…como buen tímido,
para tocar en la puerta
de la casa de Juanita Ochoa.
Homenajes: a la danza
Jorge López Páez
No bien hubo abierto, se oyó música suave, como de oficina. Ella recorrió con la vista esa habitación temporal, moviendo la cabeza hacia la derecha. Luego la alzó, quizás en busca de algún espejo que le devolviera una imagen de candor.
Él aún permaneció en la entrada, su mente en giros al compás de la cabeza femenina.
Con la visión del tesoro que le ahorraría tiempo, ella retrajo los pasos hacia la puerta, aferrando la mirada al bulto en el pantalón enfrente. Mientras besaba al desconocido, con un brazo le acarició su espalda.

En 1775, según cuenta la historia, Joaquín Antonio de Mosquera llegó a Buenos, donde residiría hasta su muerte, en 1811.
En España había dirigido la Real Academia de Matemáticas, donde tendría como discípulo a un menos conocido personaje, de origen checo, llamado Juri Stepanchek o Stefanchek (duda ortográfica que, según la ironía de Tomás de Olmedo, no afectaba su buen nombre y honor). Razones no bien esclarecidas habían llevado a la familia, oriunda de Brno, a instalarse en una aldea española. El mismo Mosquera convenció al joven discípulo para acompañarlo a América como su ayudante.
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Subo al camión, me siento junto a ti al descuido y capto tu mirada, fija en mis muslos, escudriñando formas. Veo tu mano que avanza como araña hacia mi piel: buscas, intentas, pretendes, te acercas, confías. Mientras yo, agazapada en mi asiento, ¡espero, quiero, deseo, ansío que me toques…!, como pretexto para el bofetón.

Ana la reconoció al instante. Solamente necesitó unos segundos para comprender la trascendencia del hallazgo, aunque no se sintió particularmente alarmada. Nunca había sido de las que sucumben fácilmente ante ningún tipo de emoción, tal vez no por la falta de sucesos emocionantes sino por su incapacidad de interesarse por las cosas que no la afectaban directamente o que no acertaba a relacionar con el cauce más o menos tranquilo que seguían sus días. Estaba por terminar la universidad y todavía recibía el dinero que el estado destinaba a los estudiantes, hacía cerca de cinco meses que se había mudado nuevamente con Emil, y estaba buscando la oportunidad de comenzar a trabajar en el norte, donde los salarios eran aún mejores, dadas las condiciones climáticas. En la pequeña ciudad que le interesaba la temperatura había alcanzado los 35 grados bajo cero hacia el final del último invierno, pero a los días cortos les seguían otros llenos de luz y a Ana le gustaba la claridad gris de las noches escandinavas.
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A veces despertamos con una muerte a cuestas
«Poema desde la muerte»
Elías Nandino
Este es uno de mis relatos, y tiene que ver con mis mejores amigos: El Cuervo y Óscar. Los tres fuimos compañeros desde la primaria y nos matriculamos en la Facultad de Ingeniería de la unam. En verdad, yo hubiese escogido la carrera de veterinaria, pero El Cuervo era tal vez el ser más convincente que he conocido.
No, Chúcuro, ¿por qué vas a pasarte la vida entre la peste de los animales cuando puedes entrar de socio en la compañía de mi viejo?
El padre de El Cuervo, un hombre menudo, de pelo claro, proveniente de Guanajuato, que asumía una elevada posición social, nos invitaba a Oscarín y a mí bastante seguido, a pasar las vacaciones. Él, viudo, con El Cuervo de hijo único, nos trataba como si fuésemos de la familia.
Un atardecer en que estábamos de buen humor en un bar, y el espejo reflejaba el pelo negro y la cara blanca como gis de El Cuervo, a éste se le metió en la cabeza lo del viaje a Acapulco, pues tenía «algo de importancia» que contarme. «Y sólo ahí te lo voy a decir. El viejo nos presta el coche por el fin de semana, y en la Costera tenemos el departamento de la tía de Óscar».
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Diste el primer sorbo, entonces descubriste que el café no era café: eras tú. Con cada sorbo delicioso te bebías; primero tus pies, luego tu vientre, tu pecho, tu rostro y tus sueños. El vaso vacío quedó sobre la mesa, o sobre la banca, o en el suelo, como tantos otros.

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Suerte, supongo. No tuve un talento natural: sólo un par de talleres en preparatoria y cursos de actor por correspondencia. Era un galileo de tantos en Jesucristo Superestrella y daba clases de teatro para niños.
—Esto es lo que necesitamos —dijo el hombre que me descubrió— un tipo común para el mercado local.
Si alguien lee los créditos quizá pueda acordarse. Soy Tadeo Tassinari, alias T.T. O bien, por obra y magia de los labios de mr. Hermann, Tití, como esos simios ridículos. Pensé que me llevarían a Los Ángeles, a conocer un poco de mundo. Pero todo quedó en el país, en una casa gigante de una colonia vieja, con ladridos de perros y coches de parabrisas polvosos.
Las primeras películas me emocionaron. Acariciaba mujeres desnudas, las besaba en todas partes y mordía sus pezones frente a una cámara. Allí estaban la rubia anoréxica, la brasileña de tetas enormes y la agradable Malena, gran compañera y muy talentosa para fingir los orgasmos, pero con una voz de recitador borracho que obligó al estudio a doblar sus jadeos.
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Es joven, no tiene más de 17 años. Ya hablé con ella y lo hace por 30 pesos.
Está muerta de hambre, así que agarra lo que sea.
Tiene que ser un día de mucho calor, pero además vamos a dejar la calefacción al máximo durante toda la tarde.
Quiero que cuando ella abra la puerta sienta un shock de calor y aire viciado. (Le vamos a dar una llave para que entre sola.)
El lugar tiene que estar realmente sucio y desordenado. Me refiero a cajas de pizza en el piso, platos con restos de carne, vidrios sucios, cosas así. Poca luz. ¿Qué te parece una lamparita de 25 watts colgando del techo? Todo tiene que verse amarillento y enfermizo.
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Una gota de rocío, en la punta de una temblorosa hoja de sauce, se niega a caer y ser tragada por la tierra. La gota, desesperada, con sus ojillos cerrados, suplica a los dioses misericordia: entonces de ella surgen dos gotas y luego cuatro; y la gota se convierte en gotera; y la gota se convierte en lluvia; y la gota se convierte en tormenta; y la gota se convierte en río y cascada; y la gota se convierte en un mar; y la gota se convierte en el océano que se derrama, inundando puertos y ciudades: los llantos y gritos de los seres abarcan al Mundo, cuyos continentes sucumben ahogándose también.
Poderosa, la gota de rocío se carcajea, pero deja de hacerlo al sentir la seca garganta de la tierra devorándola, entonces abre sus ojillos y arriba ve al sauce y a la hoja, todavía temblorosa, de la que ha caído.

Abrí los ojos cuando faltaban ocho minutos para las diez de la mañana. El dolor que se me había metido en la cabeza la noche anterior seguía ahí, necio en terminar con la poca paciencia que me quedaba. No es justo. A mí me gusta vivir con la idea de que el dolor sólo le corresponde a los demás, pero la realidad decía lo contrario: soy igual de vulnerable que todos los seres que comparten conmigo el miserable mundo en el que vivo.
Me levanté de la cama y entré al baño; el esfuerzo que hice al orinar provocó que el dolor se convirtiera en una fina aguja que lastimaba mi cerebro. Dejé caer la cabeza y me quedé parado ahí más de dos minutos. Miré el fondo de la taza, sentí asco al descubrir mi rostro reflejado en el agua amarillenta y espumosa. Jalé la palanca. El reflejo se disolvió hasta volverse nada en aquel remolino de sonoridades que no sé por qué sentí absurdas. Es más, podría decir que todo me parecía absurdo: cepillar mis dientes hasta rasgarme las encías, bañarme con agua casi helada, imaginar que mi amante moría ahogada en la tina del baño, pensar en la novela porno que había terminado de leer tres meses antes. Todo. Todo me parecía absurdo.
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