
Cuando terminé de reunir los textos de «La brevedad es una catarina anaranjada», tuve la necesidad de escribir un epílogo que refiriera a la ficción breve y a la literatura fragmentaria. En él, los géneros se definieron, mostraron su técnica, su pensamiento y psicología a través de la obra de Pérez Estrada y Gómez de la Serna.
Autores y estudiosos, una vez que la ficción breve tomó carta de naturalización, continuamos con la pregunta natural: de dónde proviene nuestra influencia. Llega por callejuelas en la noche, llega de cualquier tiempo y lugar. Aquí y ahora quiero hablar de las páginas vacías que dejó aquel otro ensayo, cuando me refería a la literatura antigua.






