El Puro Cuento

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Cuento, luego existo

Una empleada de supermercado

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—Traducción de Guadalupe Flores Liera—

El jacker Jay da enter al juego y en la pantalla aparece Molly.

Camina asustada, como si sintiera la respiración de alguien cerca del cuello. Está segura de que Eso está aquí otra vez, justo detrás de ella, y que se burla mientras ella se esfuerza por verlo sin conseguirlo. Aun cuando se finge indiferente ante él, siente su respiración.

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El Campanitas

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—Traducción de Guadalupe Flores Liera—

El sobrenombre se lo había ganado de una manera muy tonta, pues en una ocasión cometió el error de contarles una historia muy personal. 

Vivía en la ciudad en la que abundan los viejos, rostros marcados por los crímenes de una época, duros como los campos de concentración donde la mayoría había prestado servicios imaginariamente. Y ahora esos campos permanecían como heridas sobre la piel de la tierra, inexorables ranuras ahogadas cada primavera por la nueva vegetación; a pesar de que, lo mismo que las barbas en los rostros heridos no consiguen cubrir la huella de la cuchillada, se diría que la cuchillada —los campos—, aunque estuvieran enterrados, sobresalían a la brisa primaveral de las espigas sin segar. De la misma manera, los rostros hablaban de su pasado, aunque en el presente se disfrazaran.

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Cuento verdadero

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—Traducido por Guadalupe Flores Liera—

Hace poco, viajaba de nuestra isla a Constantinopla. Cuando estoy de viaje quiero preguntar y saber con quiénes viajo. Nuestro vapor no llevaba muchos pasajeros, pero cuando tocamos la ciudad norte de la isla se embarcó alguien que me pareció extraño. Aire europeo, maneras europeas, hasta el andar europeo. ¡Sin embargo, su insaciable barquero lo aderezaba de inconfundible griego!

   —¡De quién se tratará éste!, me dije a mí mismo.

   Apenas partió el vapor, me le acerco, lo saludo y le abro conversación.

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Hablando con extraños

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—Traducido por Hilda Venzor—

Sé que esto es rudo. Sé que no me conoces. Al principio pensé que podrías haber visto mi nombre en los periódicos, pero puedo adivinar por tu ceño que mi nombre no significa nada. Está bien. Mi nombre no importa. Era sólo un simple nombre femenino, como el tuyo; no era especial, excepto por el dra. al inicio, que sentí que le daba peso. ¿Quizá viste la fotografía? Los reporteros escogieron una que mis padres tenían en la repisa de la chimenea; fue tomada el mismo año en que empecé en el hospital Mercy. Aparezco sin mis lentes y con el cabello rizado cayéndome alrededor de los hombros. Eso no se parece nada a mí. Yo nunca sonrío con los labios cerrados. Yo sonrío como tú estabas sonriendo hace apenas un segundo, antes de que me escucharas llamarte; yo sonrío mostrando los dientes y la encía y arrugando mi nariz. También vestía como tú, con pantalón de mezclilla y playera, y me recogía el cabello hacia atrás en una trenza cuando iba de excursión.

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La otra frontera

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—Traducido por Hilda Venzor—

El autobús se desplaza a toda velocidad hacia el norte, escupiendo música ranchera a través del verde vivo de las montañas. Mujeres mayas en colores rojos y rosas del noroeste de Guatemala lavan ropa en el pequeño río espumoso. Recargo mi nariz en el polvoriento vidrio. El estómago se me sale en cada curva. El aire entra cargado de humo y del dulce aroma de plátanos machos. Aprieto mis puños y respiro lentamente esperando llegar a la frontera. México, México: imagino a todos los pasajeros coreando, soñando con ese país norteño, esperando colectivamente que la policía no nos detenga de nuevo. Mi propio deseo es más por solidaridad que por temor. Mi rígido pasaporte azul se me encaja en el estómago justo arriba de las caderas, donde mi cangurera se pega húmedamente.

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Mi robot

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—Traducido por Toshiya Kamei e Hilda Venzor—

Me quedo en la cama y veo cómo mi robot se prepara para el día. Se rocía agua, y después se peina su cabello negro. Se pone la camisa que yo le escogí. Mi color favorito para él es el azul, el cual resalta el azul de sus ojos moteados de color oro.

   Cada mañana, después de poner el café para mí, me deja una nota. «Mary Alice», dice, «que tengas un buen día. Estaré en casa pronto para hacerte feliz». Sus palabras únicamente variaron una vez; solía decir: «Voy a estar en casa». Ahora dice, «Estaré en casa».

   Mi androide y yo vamos a mudarnos al campo el próximo año. Lawrence es el nombre de mi androide, aunque no lo llaman así en su trabajo; lo llaman Arbor, por mi apellido. Al principio, sus compañeros no lo querían —es sólo el segundo androide que han contratado—, pero, después de un tiempo, le tomaron cariño. Una vez su jefe me dijo que algunas veces se olvida que es un robot. El mes pasado casi lo invitó a tomar una cerveza.

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Amigos / Socios

Entrecomillas

« ...lo más importante nunca se cuenta. La historia secreta se construye con lo no dicho, con el sobrentendido y la alusión».

Ricardo Pligia