El Puro Cuento

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Minificción


Palomeras de San Roque

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Palomeras de San Roque es uno de esos lugares estratégicos de montaña donde los cazadores, escondidos en casetas camufladas, cazan a red la paloma torcaz, que emigra en el otoño hacia África.

Pervive en el lugar, todavía, un rito de matanza ancestral, un impresionante espectáculo que mueve cada año miles de curiosos. El acto consiste en que los cazadores, una vez que tienen a los cientos de palomas atontadas bajo la red, las van sacando una a una, degollándolas con certeros mordiscos.

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Subraye las palabras adecuadas

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Una mañana tarde noche el niño joven anciano que estaba moribundo enamorado prófugo confundido sintió las primeras punzadas notas detonaciones reminiscencias sacudidas precursoras seguidoras creadoras multiplicadoras trasformadoras extinguidotas de la helada la vacación la transfiguración la acción la inundación la cosecha. Pensó recordó imaginó inventó miró oyó talló cardó concluyó corrigió anudó pulió desnudó volteó rajó barnizó fundió la piedra la esclusa la falleba la red la antena la espita la mirilla la artesa la jarra la podadora la aguja la aceitera la máscara la lezna la ampolla la ganzúa la reja y con ellas atacó erigió consagró bautizó pulverizó unificó roció aplastó creó dispersó cimbró lustró repartió lijó el reloj el banco el submarino el arco el patíbulo el cinturón el yunque el velamen el remo el yelmo el torno el roble el caracol el gato el fusil el tiempo el naipe el torno el vino el bote el pulpo el labio el peplo el yunque, para luego antes ahora después nunca siempre a veces con el pie codo dedo cribarlos fecundarlos omitirlos encresparlos podarlos en el bosque río arenal ventisquero volcán dédalo sifón cueva coral luna mundo viaje día trompo jaula vuelta pez ojo malla turno flecha clavo seno brillo tumba ceja manto flor ruta aliento raya, y así se volvió tierra.

 

 
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Antes yo era

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Antes, yo era un ser humano. Tenía acceso a los olores, los colores, los sonidos, las formas, los sabores, ante mí desfilaban las personas, ocurrían las cosas. Se apoderaban de mí las emociones, a veces ―no siempre― tenía ideas. Luego, se me ocurrió leer libros, y poco a poco elegí, más que el sonido, la palabra que simboliza el sonido, más que el color, la palabra que simboliza el color, más que el olor, la palabra que simboliza el olor, más que el sabor y el tacto, las palabras que simbolizan sabores y tactos. No conocí personas, conocí sucesiones de palabras estampadas en olorosa tinta que describían personas; elegí no padecer el miedo, sino descifrar la narración del miedo; creí pensar, cuando sólo conectaba entre sí palabras que describían los pensamientos de otros.  

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Rubén

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Traga Rubén no brinques Rubén sóplate Rubén no te orines en la cama Rubén no toques Rubén no llores Rubén estate quieto Rubén no saltes en la cama Rubén no saques la cabeza por la ventanilla Rubén no rompas el vaso Rubén, Rubén no le saques la lengua a la maestra Rubén no rayes las paredes Rubén di los buenos días Rubén deja el yoyo Rubén no juegues trompo Rubén no faltes al catecismo Rubén amárrate la trenza del zapato Rubén haz las tareas Rubén no rompas los juguetes Rubén reza Rubén no te metas el dedo en la nariz Rubén no juegues con la comida no te pases la vida jugando la vida Rubén.

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Ropa usada I

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Palomeras de San Roque es uno de esos lugares estratégicos de montaña donde los cazadores, escondidos en casetas camufladas, cazan a red la paloma torcaz, que emigra en el otoño hacia África.

    Pervive en el lugar, todavía, un rito de matanza ancestral, un impresionante espectáculo que mueve cada año miles de curiosos. El acto consiste en que los cazadores, una vez que tienen a los cientos de palomas atontadas bajo la red, las van sacando una a una, degollándolas con certeros mordiscos.

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El intermediario

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Cuando al fin le confesé mis relaciones con la Otra, me insultó y amenazó con lanzar mis cosas por la ventana; pero luego, ya más calmada, quiso saber qué me atraía de ella, qué posiciones le gustaban más para hacer el amor, de qué hablábamos después.

    Cuando le confesé a la Otra que Ella ya sabía sobre lo nuestro, me insultó y amenazó con dejarme; pero luego, ya más calmada, quiso saber qué le atraía a ella de mí, qué posiciones la excitaban más, qué temas le interesaba discutir antes de dormirse.

    Ahora viven juntas. Prometieron invitarme a visitarlas, pero aún no me llaman.

 

 

La emboscada

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No es una sirena, pero finge bien. No es difícil: en el fondo, el pelo muy largo y los pechos desnudos son tanto más importantes que la cola de pez. Aparece de golpe delante de los veleros, de las lanchas, se exhibe con desca­ro.  Aprove­chando el desconcierto de los tripulantes, sus secuaces asaltan la embarcación. De ellos se dice que son tritones, pero cargan con tanques de oxígeno para disimular.

 

 

Dispersión

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El problema empieza cuando el virus, desdeñando las células, ataca la estructura molecu­lar misma del organismo, cuyos átomos entran en un proceso de dispersión lento pero conti­nuo, como si fueran imanes que se repelen unos a otros.

    El primer síntoma es un curioso y sumamente parejo aumento de volumen del paciente, que no va acompañado por un aumento de peso. En efecto, su masa no varía, aunque al cabo de varias semanas se lo note perceptiblemente más alto y más gordo. Pronto se nota que la persona comienza a atenuarse y los familiares cercanos se quejan de su falta de nitidez.

   Si no se actúa a tiempo, la dispersión se acentúa hasta que las moléculas pierden cohesión. El enfermo ya no tiene apetito, pero tampoco siente dolor. Antes de su com­pleta desapa­rición, queda reducido a una enorme mancha borro­sa, de cuya existencia es posible dudar, como si fuera una suerte de ilusión óptica.

 

Mirando enfermedades

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En el Diccionario de agronomía y veterinaria había ilus­traciones y muchas fotos. Una extraña tumoración nudosa defor­maba la articulación de una rama.

    ―¿Esto qué es? ―preguntaba yo, la niña.

    ―Es una enfermedad de los árboles ―me decía papá.

    ―¿Esto qué es? ―preguntaba yo, señalando, en la foto, el sexo de un toro.

    ―Es una enfermedad de las vacas ―me decía papá.

    Era lindo mirar enfermedades con mi papá. Como sabía que me estaba mintiendo, observaba con asombro y regocijo los desmesurados genitales que crecían deformes en los árbo­les machos.

 

Los brazos de Kalym

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Kalym  se arrancó los brazos y los lanzó a un abismo. Al llegar a su casa, su mujer le preguntó sorprendida: «¿Qué has hecho con tus brazos?».

­­­­   ―Me cansé de ellos y me los arranqué ―respondió Kalym.

   ―Tendrás que ir a buscarlos; vas a necesitarlos para el almuerzo. ¿Dónde están?

   ―En un abismo, muy lejos de aquí.

   ―¿Y cómo has hecho para arrancártelos?

   ―Me despegué el derecho con el izquierdo, y el izquierdo con el derecho.

   ―No puede ser ―respondió su mujer―, pues necesitabas el izquierdo para arrancarte el derecho, pero ya te lo habías arrancado.

   ―Ya lo sé, mujer, mis brazos son algo muy extraño. Olvidemos eso por ahora y vayamos a dormir ―dijo Kalym abrazando a su mujer.

 
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El hombre invisible

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Aquel hombre era invisible, pero nadie se percató de ello.

 

El abecedario

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El primer día de enero se despertó al alba y ese hecho fortuito determinó que resolviera ser metódico en su vida. En adelante actuaría con todas las reglas del arte. Se ajustaría a todos los códigos. Respetaría, sobre todo, el viejo y buen abecedario que, al fin y al cabo, es la base del entendimiento humano.

   Para cumplir con este plan empezó, como es natural, por la letra A. Por lo tanto, la primera semana amó a Ana; almorzó albóndigas, arroz con azafrán, asado a la árabe y ananás. Adquirió anís, aguardiente y hasta un poco de alcohol. Solamente anduvo en auto, asistió asiduamente al cine Arizona, leyó la novela Amalia, exclamó ¡ahijuna! y también ¡aleluya! y ¡albricias! Ascendió a un árbol, adquirió un antifaz para asaltar un almacén y amaestró una alondra.

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Este tipo es una mina

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No sabemos si fue a causa de su corazón de oro, de su salud de hierro, de su temple de acero o de sus cabellos de plata. El hecho es que, finalmente, lo expropió el gobierno y lo está explotando. Como a todos nosotros.

 

 

Perplejidad

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La cierva pasta con sus crías. El león se arroja sobre la cierva, que logra huir. El cazador sorprende al león y a la cierva en su carrera y prepara el fusil. Piensa: «si mato al león, tendré un buen trofeo, pero si mata a la cierva tendrá trofeo y podrá comerse su exquisita pata a la cazadora».

   De golpe, algo ha sobrecogido a la cierva. Piensa: «si el león no me alcanza, ¿volverá y se comerá a mis hijos? Precisamente, el león está pensando: «¿para qué me canso con la madre, cuando, sin ningún esfuerzo, podré comerme a las crías?».  Cierva, león y cazador se han detenido simultáneamente. Desconcertados, se miran. No saben que, por una coincidencia sumamente improbable, participan de un instante de perplejidad universal. Peces suspendidos a media agua, aves quietas como colgadas del cielo, todo ser animado que habita sobre la Tierra duda sin atinar a hacer un movimiento.

   Es el único, breví­simo hueco que se ha producido en la historia del mundo. Con el disparo del cazador se reanuda la vida.

 

 

 

 

 

 

Salmónidos

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Es universalmente reconocido que los salmones concurren a desovar al lugar donde nacieron. Para ello, recorren enormes distancias en el mar y luego remontan el río hasta la naciente. Allá­ depositan sus huevos, en el mismo sitio donde sus padres depositaron los suyos, y también sus abuelos. Me gusta pensar que hay un único lugar en el mundo, bajo las aguas de un rí­o que no conozco, hacia donde concurren todos los salmones de la Tierra en la época de la procreación. Allá­, Dios depositó el huevo del primer salmón.

 

 

Verdades

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Pongamos frente a frente a un hombre y una mujer y aproximémoslos para ver cómo encajan el uno en la otra. Primero, chocan las dos narices; luego, los pechos de ella se interponen entre ambos cuerpos. De hecho, no encajan, ambos son convexos. Pero ésta es una verdad intolerable. Están tan cerca que los alientos se mezclan y no pueden sosegar sus manos. Ladean sus cabezas, se abrazan, juntan los labios, enroscan sus lenguas. Finalmente, encajan. La pura geometría es estéril.

 


 
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Amigos / Socios

Entrecomillas

«Lamento escribirte una carta tan larga, pero no tengo tiempo de hacerla más corta».

Carta de Marx a Engels