El Puro Cuento

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Las íes y sus puntos


El lado más bestia de la vida

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Mi profesión es escribir, como todos saben.

No necesito decir el tipo de literatura que hago.

Rubem Fonseca

 

Rubem Fonseca nació en Minas Gerais, Juiz de Fora, el once de mayo de 1925; es escritor y guionista de cine brasileño. Estudió derecho y ejerció diversas actividades antes de de­dicarse por completo a la literatura. En el año 2003 ganó el pres­tigiado premio en lengua portuguesa Camões. En 1952 inició la carrera en la policía, en São Cristóvão, Río de Janeiro. Muchas de las experiencias vividas en aquella época parecen estar plasmadas en sus relatos; tiempo después obtuvo una licencia para estudiar. Retrocedamos en el tiempo. «Los crímenes de la calle Morgue», de Edgar Allan Poe, es la obra que quizás marca el inicio del géne­ro de crimen y misterio en la narrativa. En la literatura policiaca y detectivesca del siglo xx surgen, al menos, variaciones en este géne­ro —que sería injusto clasificar—, como en el caso de la narrativa de Fonseca, la cual, por una parte, tiene algo de novela policial, donde más allá de la resolución de un misterio es el protagonista quien se convierte en el tema central. Sus protagonistas se presen­tan como hombres y mujeres solitarios, son inteligentes, valientes, con un extraño sentido de la justicia. La cofradía de los Espadas contiene personajes que son asesinos o sus víctimas. El crimen es parte de la naturaleza humana, los crímenes narrados a través de sus cuentos no siempre nos dan pistas acerca del asesino y, tal como sucede en la nove­la policiaca, los crímenes que Fonseca expone están ligados íntimamente al deseo. Lo que engancha al lector en sus na­rraciones es la sensación de no saber a dónde nos llevará el au­tor; los personajes parecen estar siempre peleando a la contra, luchando contra su soledad, el amor y el desamor.

En sus relatos, las emocio­nes e impulsos del crimi­nal parecen tan naturales como beber agua; Fonseca sugiere que el hombre siempre mata por deseo. Su estilo directo hace que su narrativa sea ágil, casi vertiginosa. El personaje del cuento «Libre albe­drío» se involucra con mujeres extrañas, miste­riosas, algunas veces con mujeres superficiales y comenta : «después de algunas citas descubrí que usaba cocaína, le gustaba frecuentar tugurios, teñirse el cabello de verde, era un juguete de los medios de comunicación y de la moda, seguía todos sus designios». Más allá de resolver crímenes, a veces los protagonistas son los criminales o aquéllos con­tra los que se comete un crimen. Este primer asesino es contro­versial, pues asesina mujeres a petición de las mismas, lo que re­sulta en una especie de eutanasia auxiliada: «al establecer un nexo entre las tres muertes, robusteció, claro está, la tesis del asesinato, una conclusión apresurada y ridí­cula, pues no existe asesinato sin víctima. Y no había víctimas».

«Ángeles de las marque­sinas» es quizás el relato más tétrico; el protagonista es un viejo jubilado y viudo que se dedica a salir todas las noches después de que algo llama su atención: la miseria de las calles, de los seres humanos que están tirados en la calle. Una noche ve cómo una ambulancia se lleva a un hombre y decide que su vida, de ahí en adelante, será colaborar con las personas que se dedican a socorrer indigentes. Intenta comunicarse con las per­sonas de la ambulancia, nada, se da cuenta de que no tiene razón social y una noche que los vuelve a ver les deja su teléfono. Al no recibir la llamada de Dulce —así nombrada de forma irónica—, sale todas las noches a las calles a buscarlos; los vuelve a ver, les recuerda que les ha dejado su teléfono y después de noches de espera por fin recibe la llamada de Dulce. Los ángeles de las mar­quesinas lo esperaran esa noche en el lugar donde los conoció y se lo llevan argumentando que así podrá conocer mejor la sede de trabajo. Sorpresivamente, al entrar al recinto dos enfermeros lo sujetan, lo inyectan, lo des­nudan, «quitaron las córneas y las pusieron en un recipiente. Enseguida destazaron el cuerpo de Pavia». A diferencia de la nota roja, el tráfico de órganos y la violencia existente en Amé­rica Latina contra indigentes es tratado con más crudeza. Sin necesidad de entrar en los deta­lles amarillos de la nota roja, el final de este cuento está tan bien logrado que nos aleja del morbo; para Fonseca no importa el he­cho de que Pavia sea secuestrado y destazado, lo importante es el modo en que el crimen opera en las calles. Dicen las estadísticas que en Brasil y Colombia este tipo de delitos involucran a paramilitares, policías y narco­traficantes. En el relato, Pavia no es un indigente, pero es testigo de lo que sucede con ellos; al principio piensa que son ángeles quienes recogen indigentes en las calles, pero la denuncia que hace Fonseca contra la violencia impune ejercida hacia personas de la escala social más baja es cruda. Cuando me refiero a baja, lo hago en el sentido moneta­rio, pues la bajeza no conoce posición social; ahí tenemos el caso de los juniors en Zacatecas (hijitos chulos de empresarios, la sobrina del senador de Zacate­cas, hijos de ricos comerciantes y, de pilón, el hijo de un capo) cuya diversión era golpear in­digentes por las noches. Sus bromas pararon cuando a un vagabundo le prendieron fuego tras propinarle tremenda golpi­za. Las investigaciones dieron con los responsables. Lo terrible es que a nadie parece importarle lo que ocurre en las calles, mu­cho menos del destino de las personas que, obligados por la necesidad y complejos problemas del tejido social, viven en ellas. La hipócrita limpieza social de las calles es un crimen, pero, ¿a quién le importa realmente por qué esas personas viven en las calles? Nuestro país no es la excepción, a diario se cometen crímenes contra vagabundos.

La narrativa de Fonseca lo­gra atmósferas reales, creíbles, por su estilo directo y el humor negro que habita en sus pági­nas: «Matar a una persona es fácil, lo difícil es librarse del cuerpo. Esta frase, que podría haber sido dicha por uno de los verdugos de Auschwitz, pero que en realidad se refería, en principio, a un elefante, vino paradójicamente a mi cabeza cuando deposité el cuerpo inanimado de Heloísa».

Violencia, sexo, soledad y marginación conviven en sus pá­ginas de una forma muy creativa. Asesinos, pobres, ricos, mujeres y hombres solitarios, almas po­dridas, sensibles, atormentadas y miserables que se mezclan, de manera insólita algunas veces, otras como si el destino trazara esos hilos. De manera injusta se ha catalogado la obra de Rubem Fonseca como policiaca; si bien sus cuentos y novelas están situados en ambientes reales, al mismo tiempo son misteriosos, fantásticos, sórdidos. Atmósfe­ras cercanas a la putrefacción humana y la muerte, que nos llevarían a pensar que el autor escribe la llamada literatura negra —en lo cual difiero de los críticos—; Fonseca logra algo más que historias detectivescas, misteriosas, brutales, historias donde se narra un crimen y se descubre al asesino; el autor siempre dará la vuelta de tuerca (la que también logró Henry James, al que se le encasilló, injustamente, como autor de novela negra). Personajes ex­céntricos deambulan en sus páginas, con carencias emocio­nales, radiografías humanas, humor y erudición gastando una broma macabra. Hombres que justifican y aderezan sus actos más bajos con algún chis­te intelectual... Inmersos en impulsos y abismos, los personajes de Fonseca se ubican en los extremos. Su narrativa conserva algu­nos elementos policiacos que son parodiados por el autor; la interacción que sus personajes tienen con el crimen es el placer. Placer y muerte parecen ser su mo­tor principal; buscan el pla­cer en la muerte, otras veces buscando placer encuentran la muerte. En el relato «La fiesta» un invitado muere de un infarto en la me­jor fiesta del año, mientras todos bailan. El cadáver es ex­puesto ante los invitados y la organizadora de la fiesta —una mujer frívola, vacía, sola— está más preocupada por el hecho de que su fiesta sea arruinada con la muerte de Casemiro: «María Clara se apoyó en el brazo de Farah y durante algunos instan­tes pareció que iba a desmayarse, pero rápidamente recuperó las fuerzas. “¿Cómo pudo Case­miro hacerme esto?”, preguntó sentándose en uno de los esca­lones, él vio el trabajo que me costó preparar esta fiesta».

 

Fonseca escribe literatura de ciudad, pero no una ciudad común o turística, él escribe una ciudad violenta —como es en realidad una gran ciudad—; su prosa está siempre en confronta­ción con las normas sociales, que no son expuestas por el autor en forma de reglas o con un consejo moralizante; por el contrario, las pone siempre en jaque. Los asesinos de Fonseca no son cual­quier clase de asesinos; si bien el asesino es la basura social, el de los relatos de Fonseca está dota­do de imaginación, erudición y un humor exquisito. Un rasgo notable en su obra es la variedad de tonos y texturas, siempre en la penumbra, pero creando en cada relato una atmósfera única. Es extraño, pero siempre me gustó aquello que tuviera que ver con la muerte. Hace algún tiempo, alentada por un hombre del cual no quiero recordar su nombre (pues pertenece a una historia de desamor), hice fotografía forense, fui a lugares de hechos, a las planchas de la morgue. Me asqueaba que los peritos comieran ahí como si nada, que abrieran los cuerpos sin el mayor respeto; aprendí de un modo primitivo que el crimen no es un arte, sino el resultado de la putrefacción de la sociedad. Por lo general, el asesino de nota roja, distante de los asesinos de Fonseca, son personas que, al revisar su ficha, apenas tenían la primaria o secundaria. Esto no es lo importante, pues también hay asesinos con cédula profe­sional; lo que me asqueaba era que esas mujeres que mataban a hombres que las golpeaban habían soportado por años, así que el asesinato perdía encanto ante mis ojos: mataban, de paso, a los hijos; después, cobardes, se ahorcaban o tomaban veneno. Los que más me deprimían eran esos ladrones adictos que no pu­dieron contener el tiro, hombres engañados y borrachos que en un impulso apuñalaron. Mu­chas veces, al salir de la morgue, vomité; el olor a muerte y san­gre podrida es insoportable, me recordó el olor de algunos cuerpos que maquillé en Gayoso para ganarme la vida, años atrás, pero no era tan fuerte como en la morgue, ahí los cuerpos olían a formol, mezclado con perfume y naftalina; los cadáveres eran cuidadosamente lavados, per­fumados, vestidos por otras personas, a mí sólo me tocaba la parte menos sucia del trabajo. Abrir las páginas de Fonseca es abrir una caja de sorpresas. Por una parte, nos deja ver el lado sórdido del crimen; por otro, la muerte aparece sonriendo, mostrando un humor magnífico y que no sabemos adónde nos lleva. Incluso llegando al final del relato, muchos de sus finales nos sugieren una nueva historia. La ciudad parece un laberinto, los lectores buscamos la salida; de paso, en cada salida falsa es­tán todas las pasiones y carencias humanas. Los cuentos de Fonse­ca contienen varias técnicas, que sabe incorporar de una forma impecable: monólogo, diálogo, guion, todas las formas están permitidas, Fonseca ha contri­buido a la transformación de las formas clásicas del cuento. La cofradía de los Espadas es una crí­tica social a la vida cotidiana, a la condición humana, a la podre­dumbre que habita las ciudades. El nombre del libro corresponde al último cuento, que nos habla de una cofradía secreta de poetas que han encontrado el modo de llegar al orgasmo masculino múltiple sin eyaculación, lo cual, al final, les provoca problemas con sus mujeres. La cofradía se desintegra y hacen un juramen­to de sangre para no revelar el secreto del orgasmo múltiple; la única desventaja (o ventaja, nunca lo menciona el persona­je) es que tienen que cambiar constantemente de mujer, antes de que descubran que son dife­rentes a los demás hombres y «capaces de gozar con infinita energía sin derramamiento de semen. No podemos enamo­rarnos, pues nuestras relaciones son efímeras. Sí, yo también me volví un monstruo, y mi único deseo en la vida es volver a ser un chango».

Leer una página es similar a aparecer ante una escena del crimen y reírse de ella, reírse de nervios o producto de la gracia con que Fonseca la narra. Fon­seca recurre a todo lo posible para mantener el vértigo en sus historias: intrigas, personajes ambiguos, contradictorios, de­solados, destinos cruzados, voluntades caprichosas... los elementos que gobiernan al mundo salen a dar la vuelta. La ciudad, la soledad, la vida son sitios peligrosos, donde las posibilidades las determina el azar o el capricho de sus asesi­nos. Matar y morir, tener que hacerlo, todo parece lo mismo; olor a sexo, a soledad, a víctima y victimario. Todo puede ser la muerte, todo puede matarnos, las calles son el filo de la navaja donde caminamos a través de sus relatos. En sus líneas no existe la conmiseración, no hay redentores ni redimidos, ni en la miseria de las calles, ni en las lujosas casas. El único modo de sobrevivir es ser hedonis­ta, ser un gran cínico. Fonse­c a no qui er e c ambi a r e l mundo, pero denuncia su lado más bestia, la verdad es que nadie en sus relatos quie­re cambiar su realidad, lo que es, quizás, el rasgo más dis­tintivo en su obra. Sus perso­najes se parecen a la humanidad, a la cual cada día le quedan me­nos siglos, destinada a sobrevi­vir, no a vivir.

 

 

 



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Entrecomillas

«Le preguntan a Luder por qué no escribe novelas.

-Porque soy un corredor de distancias cortas. Si corro maratón, me expongo a llegar al estadio cuando el público se haya ido».

Julio Ramón Ribeyro