El Puro Cuento

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Inicio Cuento, luego existo


No estaba muerto, andaba por ahí...

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Estábamos bebiendo los de siempre en una de las cantinas de siempre, el Mango’s, las Camelias o la Güicha, no me acuerdo, cuando entró Ra­mírez. Se sentó atropelladamente, se sirvió un trago generoso y se lo tomó de un solo; hizo las caras de siempre, nos vio con solemnidad y declaró:

—Les cuento que se murió el Maíz.

—Otra vez —dijo el Chato—. De seguro que está donde la hermana, una señorona fina que viene a recogerlo o manda a los hijos cuando le avisan los de la talabartería que el Maíz está en las últimas. Se pasa un tiempo con ella y luego aparece bien recuperado y hasta chapudo. Un montón de veces nos han dicho que se murió y luego aparece bien alentado.

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De vuelta al Zócalo en 8 minutos

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Para Carlos López,
digno sobreviviente 
en el submundo de la edición

Babeando mi abstinencia como bestia en bra­ma y husmeando con la urgente necesidad de un acostón y de encontrar algún lúbrico oasis donde terminar con mi fastidiosa sequía sexual, visi­té El Café de Nadie, en Jalapa, esquina San Luis; el nombre me pareció muy ad hoc para un escritor mun­dialmente desconocido como yo. Al subir las ruidosas es­caleras de madera, las polillas comenzaron a protestar al sentirse perturbadas por mis ansiosos pasos. Muy pronto me di cuenta por qué. El recinto estaba acogedoramente desierto, aunque sus paredes estaban atiborradas de obras al óleo y dibujos de mal gusto. Deben ser del dueño, pensé, o de algún amante de él porque, de otra manera, esto no estaría ofendiendo la vista de los visitantes. Más tarde, al con­versar con el dueño, un argen­tino radicado en México, pude percatarme de algunas cosas. Claro, el tipo era insoportable; volví dos veces más por aquel lugar, pero siempre hacía honor a su nombre: no había nadie; ni Dios se aparecía por ahí.

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Acerca de las ventajas del ser mediocre

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Antes de hacer el amor con una mujer que no le gusta, piensa:

Mediocre, digna palabra para insultar a un amigo que murió años después de salir de la secundaria. A ciencia cierta no sé cuál es su origen etimológico ni su significado primigenio, sólo sé que me suena a medio, término medio, como una carne que está parcialmente cruda, en la que se disfruta el sutil sabor del fuego mien­tras entre los dientes aún fluye la sangre como último vestigio de lo que es la vida. El justo medio, como el propuesto por Aristóteles, aunque, pensándolo bien, si era justo y medio, pues no era tan justo, quizá más bien, mediocre. Es sabido, porque eso dicen (Donoso), que la idea del filósofo griego estaba más bien cerca de la prudencia, una prudencia, sana: puede ser muy inteligente, pero si no tiene prudencia, es un idiota. Ahora que si intentamos recordar las condiciones en las que se supone vivió Aristóteles, bajo el cobijo de los gobernantes y maestro de Alejandro Magno, la prudencia no aparece como la mejor opción de vida; ante la opulencia parece más fácil caer en los excesos: de la carne (por supuesto), del poder, de la arrogancia: mira que decir que sólo los filósofos y ricos (como él) podían acceder al mundo de las ideas, de los dioses. ¡Qué formas tan sutiles usa la modestia para manifestarse!

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Asunción

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Traducido por Hilda Venzor

Mary había tenido suficiente. Los niños —¡¿niños?! Seth tenía cuarenta y Stefani cuarenta y uno— habían estado peleando desde San Cristóbal. «Tú eres». «No lo soy». «Sí, tú eres». Sentada en la parte trasera del estrecho auto rentado, Mary traducía al español por la suavidad y belleza del lenguaje sus insultos que iban y venían, pero su pulso todavía latía con impaciencia y su estó­mago se revolvía. —¿Podrían callarse los dos? —dijo al fin—. Se supone que esto es un viaje divertido.

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Los ojos de Amira Bibanovic

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Les pregunto a ustedes si pueden oírme, les pregunto si no es ilusión mía que observan mi cuerpo yaciente en esta cama, recibiendo con dificultad cada aspiración que congela mis pul­mones... sólo gracias a que me duele cada respiro sé que sigo viva pretendiendo contarles esto, a pesar de que no pueden escucharme… vean en mis ojos lo que este tubo de látex, atravesando mi garganta, me impide decir; o es acaso que me he quedado muda por la impresión de saber que en el instante de un parpadeo caben la vida y la muerte juntas, o porque vi una estrella alejándose de mí o desplomándose entre la blancura de estas sábanas lim­pias que me envuelven… pero contemplen mis ojos, cada par­padeo es el intento por musitar que hace unos días estaba aquí mismo, con mi padre al lado, hablándome tan suave que, para percibir su voz, había que poner alertas los dos oídos, pero resultaba suficientemente audible para no dejarme dor­mir cuando no debía; véanlo, aún permanece aquí, tomando mis manos, observen su sonrisa dulce cuando me contempla y acaricia mis cabellos, así estaba hace horas o días; y yo hundida en el silencio… a mí siempre me ha gustado el silencio —pero no el que entonces empezaba a rodearme, amenazando con aprisionar mi alma cuando la estrella se alejaba mientras mi cuerpo era transportado en un vehículo con la sirena encendi­da—, aunque mi padre supo, como lo supe yo, que no que­ría estar en ese silencio… sé que es una gran tontería no tener cuidado al atravesar una calle, aunque después de haber sido arrollada por un auto a nadie se le dice que ha sido una ton­tería... la sirena sonando me lo daba a entender, pese a que su ulular parecía hundirme más en mi propio silencio… ¿saben? en eso me parezco a mi madre, y ella a mi abuela, quien tam­bién solía callar lo que pensaba; se dice que mi madre era una mujer insensible, pero era más bien silenciosa; cuando iba por una calle se detenía fingiendo que miraba los objetos del es­caparate en un establecimien­to, aunque en realidad estaba escuchando alguna melodía de la radio puesta por los emplea­dos y esperaba a que la música terminara antes de irse de ahí, caminar por las calles y perder­se entre la gente... así mismo iba yo, distraída por las notas que llegaban a mis oídos desde la acera opuesta: una canción ju­bilosa que me transportaba a momentos felices...

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Trópicos subterráneos

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Cuando despertó y se asomó por la ventana para ver qué tanta era la claridad matinal con el sol saliente, ve que el puerto se ha alejado con el mar de la ciudad, quedando los barcos varados en el arenoso lodazal de los muelles. Era sábado, teniendo que trabajar en el taller de los sueños hasta el mediodía. Después, unas cervezas con los compañeros del taller con abundante botana de mariscos. A nadie de la ciu­dad le extrañaba que el puerto y el mar se alejaran porque era cuestión de la marea baja con la marea alta, no de un me­canismo hidráulico operado por la mano humana ni de Dios y sí de la Luna.

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El infierno

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Jaló el gatillo. Sonó el disparo. Enseguida, brumas huecas. Vacío. Tres segundos después, despertó. Estaba en el infierno. Para su asombro, descubrió que ese lugar no era un terrible laberinto de ogros, bestias fornicando y cuerpos desollados. Por el contra­rio, todo irradiaba felicidad, alegría lúbrica, templanza mordaz. Había mujeres desnudas, cierto, pero no eran adúlteras desterra­das, ni ladronas, ni prostitutas. Eran simples doncellas cuya muerte las había sorprendido en medio de un rapto hombres ilustres departiendo felices con botellas de cogñac importado. Un niño jugaba eternamente con su pelota. Un hombre cortaba el pelo a un hijo de vecino. En su semblante ha­bía un guiño de felicidad conte­nida. Se miraba al espejo y dejaba correr una lágrima al re­cordar el momento en que ha­bía sido llevado agonizante al hospital. Desde el segundo día de estancia en el infierno com­prendió que sus días en la tierra los había malgastado en quime­ras de sueños ajenos. Un tratan­te de marketing acostumbrado a negociar, persuadir y vender. Todo en aras de un éxito que nunca llegó. Durante años ha­bía creído en la nobleza de su labor, pero al final descubrió que en realidad desperdició increíbles cantidades de tiempo en arengas tan inútiles como absurdas. Sus oyentes terminaban asqueados, devorados por lo vicioso, hueco y falso de sus palabras. Una tar­de cualquiera decidió pegarse un tiro en la cabeza. Fue su ali­vio. Cuando despertó, pensó que se aburriría en el infierno. Mas no fue así. De inmediato fue llamado a comparecer ante los mandos superiores, quienes le impidieron sermonear. Uno de ellos, de barba puntiaguda hasta el suelo, habló a nombre de los otros nueve. Le pidió que diseñara la planeación estraté­gica y la visión a mediano plazo del infierno. Nadie lo había he­cho antes. A nadie se le había encomendado una tarea seme­jante. No tuvo más remedio que aceptar. Le dieron toda cla­se de insumos: documentos, ci­fras, datos, contabilidad de ingresos. Por supuesto, no ha­bía egresos.
 


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Amigos / Socios

Entrecomillas

« ...lo más importante nunca se cuenta. La historia secreta se construye con lo no dicho, con el sobrentendido y la alusión».

Ricardo Pligia