El Puro Cuento

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Cuentos dominicanos

Cojuelo

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Turn your lights down low,

never never try to resist, oh no;

unless your love come shining

into our lives again.

Bob Marley and Lauryn Hill

 

La maldita tuya…

Dijo esas palabras antes de la trompada; yo no pude ver la sangre que brotó de inmediato: dejé caer la mirada. Los ojos del tipo me buscan, escucho la voz serena aunque levemente agitada: Eso es pa’ que aprenda a respetar a los hombres, coño.

Ella no se quitaba las manos del rostro, las mismas manos que segundos antes, en el callejón que era tan nuestro, exploraban los colmillos y cuernos, inmensos, de la máscara.

 Las coincidencias son una vaina: encontrarme a Ignaura en pleno carnaval. Yo había llevado mis experimentos antropológicos sociales muy lejos y decidí vestirme de diablo, con todo lo que pesa ese traje y el calorazo. Y ahí estaba ella, entre el sudor, la asfixiante algarabía de La Vega, todo normal para una tarde de domingo en febrero. Nos escapamos de la multitud y cervezas van y vienen. Me advierte que anda con un tipo, un casinovio, una vainita… dos cervezas y media Malboro lights para llegar hasta el callejón y acercarnos tanto que yo no puedo besarla, pero le huelo el aliento cariñoso que me permite acudir a la nostalgia prematura, que me da la excusa para decirle: A que no le pones la mano. Ella me entrega la sonrisa que me trajo problemas dos años atrás y me recuerda que yo soy un fresco y abalanza la mano, entera, se acerca más y yo imagino, demasiado, enmedio del tumulto que nos deja solos en el callejón hasta que llega el susodicho, muy bien puesto, su camiseta Carnaval Vegano Comparsa Las Fieras. Alaridos. Ella no llora, baja las manos y veo la sangre. Ahora está encojonada, como poseída, empoderada por el dolor. Espero el golpe, ahora me toca a mí. Yo no sé pelear y no me sale una palabra. Él, machito, me dice: Prepárate, cuando llegues a la capital te toca lo tuyo.

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Caja china averiada

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Un hombre halló una caja cerrada, la cual abrió y halló dentro otra más pequeña, la cual abrió y halló dentro otra más pequeña, la cual abrió y halló dentro otra más pequeña, y así hasta hallar una caja del tamaño de una partícula de polvo, la cual abrió y halló dentro, cerrada, la primera caja que había hallado.

 

 

Reflejos

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Si realmente quieres saber quién soy, tienes que estar absolutamente vacío como yo. Entonces habrá dos espejos mirándose mutuamente, y sólo se reflejará el vacío. Se reflejará un vacío infinito: dos espejos mirándose mutuamente. Pero si tienes alguna idea, entonces verás tu propia idea reflejada en mí.

Osho

 

Yo, que lo sé todo desde mi silla azul, lo veo y lo invento. Frente a la barra, ahí está el hombre. Decido que él está pensando sólo en ella, mientras mira el café. La historia podrá ser la misma, pero éste es el sonido de la desolación, de la duda. Una pequeña dosis de retraimiento, alucino, y puedo perderme toda la esfera que cubre este momento en su vida, único, particular, permanente. Ese hombre pequeño siempre existió, siempre será y, sin embargo, ahora simplemente me pertenece, y aunque la culpa no es de nadie, así será y los puntos se reconocerán cuando todo llegue al mismo vértice. Él se abandonará a la muerte esta noche. Yo lo he decidido.

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Dos de agosto

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a Laura, eternamente

 

El asunto no es olvidar, sino saber recordar…

Eliseo Alberto

 

1

Aquel pasillo parece eterno. Blanco, estérilmente blanco, con sus lámparas de halógeno, su piso reluciente, sus paredes ásperas y estrechas. Camina lentamente, pero deseando que el trayecto se acabe lo antes posible. Siente sus piernas temblorosas, su rostro que le quema por el ardor del llanto… su soledad.

Camina como si el mundo dependiera de esa marcha, su mente no tiene capacidad para ocuparse de nada más. Es él y ese pasillo perpetuo que lo lleva a encontrarse cara a cara con la muerte.

Todo lo supo desde un principio, desde las primeras palabras, desde ese patético intento por encajar. Lo vio en sus ojos, en esa manera torpe y segura de caminar. Sí, fue una certeza tan clara que pronto la olvidó.

Duda entre seguir o simplemente quedarse parado, situarse al borde del pasillo y esperar

—¿esperar qué? —se pregunta. Además algo decide por él: sus piernas se agitan vacilantes, pesadas como acero, pero con voluntad autónoma de seguir avanzando.

Lo supo y lo olvidó, igual como siempre sabemos que todos vamos a morir y, aunque la realidad nos asalta en ciertos momentos de lucidez, andamos por la vida como si fuera eterna. Lo intuyó con esa trágica seguridad que suele presagiar algún ocaso.

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El banquete de don José

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José Benítez no tenía prisa. Esa tez color barro al mediodía tenía controlado hasta el aire del establo. No se movían ni los pensamientos, si es que pensamientos tienen los caballos y las vacas, sin su autorización. Amo y señor de su señoría, sólo como un condenado en su última hora, no era ni feliz ni infeliz.

El sombrero blanco rechinaba al sol. Pero el sol no le gustaba demasiado. A José Benítez no le gustaba realmente casi nada. A pesar de que era un parejero, comparón para los adentros, tampoco le importaba qué decía la gente de su apariencia. La gente tampoco le gustaba mucho. Con esas costumbres, si se aparecía en el establo con las botas descascaradas, para nadie era sorpresa que el atuendo lo completara una camisa de seda fuera de lugar, abierta casi hasta el ombligo, mostrando esa panza llena de pelo que le daba un aspecto de oso color barro al mediodía.

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La mano que me toca en la noche

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[La mano que me toca en la noche es lisa, delgada y pequeña. Resbala por la estirada curvatura de mis piernas cuando estoy dormida. Trepa por mis muslos y poco a poco se acerca al capullo que alberga todas mis ganas. Al centro de mí misma. Al centro de todas las cosas.]

Judith II, Gustav Klimt

 

Hoy me levanté cansada, quizás por la embestida de anoche. Me faltaban fuerzas para preparar el acostumbrado desayuno familiar. Pero tuve que hacerlo. No hubo escapatorias. Al salir del dormitorio me encontré con la mirada acusatoria de mi padre, para quien dormir un poco más de seis horas era sinónimo de vagancia y nunca perdonaba un retraso en su comida mañanera. Así que sin darle demasiadas vueltas a las cosas, me deshice de la modorra y comencé a batir huevos, a calentar leche y a tostar el pan. En diez minutos, todo estuvo listo. Mi hermano menor y mi padre esperaban en la mesa con impaciencia. Mi madre no esperaba. Hace tiempo que ella no espera. Desde que un tiro la mató una tarde en la que salió corriendo rumbo al parque y en lugar de encontrarse con la caída del sol se tropezó con una bala que puso fin a su vida.

Por eso sólo ellos desayunaron esta mañana y sólo ellos me miraron como si yo hubiera cometido un pecado imperdonable. Pero no me importaba. Tenía cosas más importantes en qué pensar. En especial, en las cosas que hacía y decía papá. Cuando yo tenía siete años, él me dijo que yo, y todas las niñas del planeta, teníamos una cueva que escondíamos entre las piernas. Una cueva con la que a nuestros padres les gustaba jugar. El juego consistía en lo siguiente: Nos ocultábamos en algún rincón de la casa, en un lugar en el que ni mi madre ni mi hermano nos pudieran encontrar, y ahí yo dejaba que me quitara las bragas, se sacara la manguera que guardaba en sus pantalones y la escondiera en mi interior. Eso nunca duraba más de diez o quince minutos. Yo acostada en el piso, en el clóset, en mi cama o en la cama de mi padre, y él meciéndose sobre mí mientras me decía cuánto le gustaba y lo feliz que se sentía porque yo sabía hacerlo muy bien.

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Spleen en Santo Domingo

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En ese entonces, andábamos siempre juntos como si fuéramos miembros de una secta religiosa cuyo fin fuera destruir el mundo. Íbamos de un extremo a otro extremo de la ciudad en el Seat rojo de Villa. Irrumpíamos en fiestas y en bares y en billares. Asistíamos a conferencias en que hacíamos preguntas controversiales y donde de vez en cuando les arrojábamos zapatos a las personalidades que dictaban las conferencias. Empezábamos a beber a la siete, hablando de la existencia humana hasta que daban las tres de la mañana y manejábamos de vuelta con el radio puesto, tarareando las canciones como zombis.

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Instructions for men left by women

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Despierta. Abre los ojos. Respira hondo. Haz diez lagartijas de las de Charles Atlas. Date una ducha con agua bien fría.

Deja entrar en tu cuerpo el espíritu del rey Schahriar. Haz tuya la voluntad de no pasar más de una noche con la misma mujer. Claro, no las mates. Simplemente no abras la puerta, no contestes el celular, borra los mails sin leerlos. Mujer que has visto desnuda, mujer muerta.

Engaña al cerebro imaginando que la mujer que te botó ha muerto. Los detalles son importantes. Recibiste la noticia. Un choque con una patana, se envenenó con Tres Pasitos; no, mejor un infarto. Ella en el ataúd. Suegra con lágrimas embarrándole la cara. Amigas en desfile de chismes. Tu actitud de estatua con luto y con gafas. La lluvia sobre la fosa. Siempre llueve en los cementerios imaginados.

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