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La dulzura de los reposteros

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En el pueblo eran los únicos reposteros. Razón válida para además ser los mejores. Pero no morían en la gloria, buscaban siempre sorprender a sus clientes habituales. Entonces era muy común maravillarse en celebraciones como cumpleaños, bautismos, aniversarios o casamientos, de las tortas que los Karkoris elaboraban en la tradicional panadería ubicada frente a la plaza.
Y si de innovar se trataba, las propuestas diferentes no pasaban solamente por la forma final de la torta, que podía asemejarse a lo que uno quisiera, ya fuese un automóvil, una vivienda, un edificio con helipuerto, una pelota de fútbol o una modelo venezolana posando para Playboy: en los ingredientes residían muchos de los secretos del éxito.
Eran comunes las charlas en la panadería entre los clientes y la familia Karkoris en las que los primeros aventuraban ingredientes y los segundos, se cuidaban con las respuestas, sin dar jamás una que permitiese a los curiosos, descifrar tal o cual misterio.
El merengue rojo fuego que había dado vida al riquísimo demonio de casi un metro de altura para el cumpleaños de 18 del mayor de los Pérez García, fue todo un suceso. No solo por lo bien que combinaba con el tridente de chocolate amargo, sino porque parecía una réplica a escala.
O el glaseado de la torta del aniversario de casados de los Benvenutti, de un verde casi transparente, más parecido a la bilis de un lagarto que a una exquisitez repostera, de esas que llevan a cualquiera a abandonar dietas y promesas de no probar nada dulce.
El misterio era mayor dado que los Karkoris no llamaban a ningún proveedor de la ciudad para que les trajera las materias primas, sino que ellos iban en sus dos utilitarios a realizar las compras. En el pueblo los tenían como grandes profesionales y no pocas fueron las veces que les preguntaron por qué siendo tan buenos en lo que hacían, no probaban suerte en la ciudad.
- En la ciudad nadie valora lo artesanal. Cualquier sabor viene bien. Aquí, en el pueblo, los paladares gustan de placeres más intensos - dijo una vez la señora Karkoris nieta del primero de los Karkoris que había arribado al pueblo cinco décadas antes y abierto ese lugar, que era la perdición personificada.
Pero además de profesionales, más de una vez demostraron ser excelentes seres humanos. En ocasiones trágicas, como las inesperadas muertes de los hermanos Zimmerman, de trece y quince años, acercaron al velatorio tartas y masas finas para amenizar la triste jornada, logrando que aunque sea por momentos, las delicias lograran dejar de lado las penas.
Todos recuerdan las lágrimas de la Sra. Mannara, viuda desde entonces, cuando le anunciaron la aparición de su esposo, en realidad, del cuerpo de su esposo, en las profundidades del arroyo. Pero perdura más en el recuerdo de esa tarde gris, el enorme pastel de frambuesas con forma de corazón que los Karkoris acercaron en gesto de acompañar a la pobre mujer en tremendo instante.
Quién no querría en su pueblo tener gente así. Quién no buscaría en ciudades distantes seres humanos con esa calidad de gente, con ese talento innato, esa dedicación al trabajo, a la innovación, al placer de los demás o bien, a lograr, con lo que producen, la paz de almas atormentadas por la tragedia.
La Sra. Karkoris los ve salir de su panadería felices y entonces ella también se siente feliz. Los quieren y se sienten queridos. Cómo, entonces, no preocuparse por tenerlos contentos. Cómo no acercarles algo dulce, sabroso y tentador, para apartar las penas y aquietar los interrogantes.
Porque sabe bien, tal se lo trasmitiera su abuelo desde que tenía edad suficiente para estar en su falda, que las dudas pueden surgir en toda operatoria y que como la música calma a las fieras, la comida hace lo propio con el hombre. Y qué mejor en aquella oportunidad, que la propia sangre del Sr. Mannara para elaborar ese símil frambuesa tan sabroso, si al fin de cuentas, era el Sr. Mannara el que husmeaba a escondidas cerca de los hornos de la panadería, seguramente para robar alguna de las cotizadas recetas. O cuando los granujas adolescentes irrumpieron en la noche... nada como el sabor del miedo mezclado con harina.
Y esos mendigos en la ciudad, tan a la deriva en la vida, otra vez teniendo un objetivo dentro de la sociedad, cumpliendo un rol como ingrediente, y la ciudad, con un problema menos. Qué tan difícil podía ser lograr una armonía. Qué tan complicado era dar lo que otros querían y tomar lo que estaba de más. Dulcemente, claro. Porque para amarga, ya estaba la vida.

 

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«He hecho esta carta más larga de lo usual porque no tengo tiempo para hacer una más corta».

Blaise Pascal



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