El Puro Cuento

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El santo bebedor

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Andreas, el santo bebedor imaginado por Joseph Roth, llegó descalzo y roído como siempre a las puertas del Museo Nacional de Arte. Una lluvia ligera pero persistente lo había empapado. Debo darme prisa, pensó. Estarán a punto de cerrar. Entonces se acercó a la urna de cristal colocada bajo el frontispicio. Urgó en sus bolsillos, sacó un billete de cinco francos y como cualquier devoto ciudadano lo depositó en la urna de cristal transparente que de manera simbólica había sido colocada desde hacía muchos años por el director Bonsellé. Nadie se percató, pero bajo la camisola mugrienta llevaba una ofrenda. Flores de Batignolles para el más adorado de sus maestros.

Así pues, con paso seguro y lento caminó a través de varios salones enormes. Como era de esperarse muchos visitantes lo miraban acuciosamente. Acaso se preguntaban ¿qué hace un borrachín andrajoso en un museo como este? Pero a decir verdad nunca le habían importado aquellas miradas, al contrario, con frecuencia experimentaba cierto regocijo tras el escrutinio furtivo de jóvenes, turistas y damas de buen aspecto. Debo ser como un artilugio exótico en medio de tanta belleza. Sonrió.

Así llegó hasta uno de los últimos salones donde solamente había cuadros itinerantes, muchos de ellos codiciados como reliquias sagradas por muchos museos del mundo. Pero antes de entrar al salón, Andreas dio inicio a un extraño ritual. Abrió su bolso de mantilla y sacó un par de zapatos viejos, los cuales limpió minuciosamente con las mangas de su camisa y el vapor caliente de su aliento. Varias veces los examinó de cerca y de lejos como hacen los boleros profesionales. Se acercó hasta el pequeño cuadro de su artista, colocó los zapatos en el piso, justo bajo el cuadro. Enseguida, ahí mismo, sobre los zapatos, depositó con mucho esmero el pequeño ramo de flores que traía bajo la camisola mugrienta. Durante varias horas contempló el pequeño cuadro de su amado maestro. Tomó las flores de Batignolles, guardó sus zapatos y salió de la sala. Nadie sabe cómo, pero aquel pequeño cuadro empezó a recobrar tonalidad y vigor en ciertos colores gastados por los siglos. Poco a poco Andreas empezó a ser considerado realmente como lo que era, un santo bebedor.
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