El Puro Cuento

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La bruja

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No creo en brujas de armario, pero a una de ellas la tengo por amante.

Apareció, como correspondía, durante una pesadilla que tuve a altas horas de la noche. Me despertó su aliento nauseabundo y el dedo que clavaba en mi costado con una insistencia de chiquillo imprudente. Apenas la miré me di cuenta de que era una bruja: su hermosa cara, sus labios encarnados, sus tetas puntiagudas… con tales características, ¿quién, sino una bruja, iba a estar metida en mi habitación a esas horas? Yo, de la impresión de verla y por el horror que me causó la pesadilla, apenas si conseguía respirar. Dijo que de continuar durmiendo, corría el riesgo de morir. De modo que, al despertarme, salvó mi vida.

Le dije que para ser bruja, esa había sido una acción muy humana de su parte, y que me sentía profundamente agradecido con ella.

¿De verdad?, preguntó con un aire que rayaba en desilusión; ¿cómo puedes agradecer esta vida de mierda que llevan ustedes los mortales? Creí que al salvarte te haría profundamente desgraciado, porque eso es lo que hacemos las brujas: fastidiamos a los hombres. Pero como veo que ha sucedido lo contrario, no me queda más remedio que convertirme en tu amante, por ser tan mala bruja.

Convertirse en amante de un mortal es lo peor que le puede pasar a una bruja. Es un castigo, una forma de penitencia por obrar de manera tan contraria a sus fines, por trasgredir su naturaleza malhechora: ella, tratando de hacerme mal me hizo un bien, y su castigo ahora sería darme placer por muchas noches. Para ellas, el sexo es horrible; es como revolcarse en la escoria. Para mí, es una suerte que no nos rijamos por las mismas leyes, humanos y brujas.

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Jorge Luis Borges