El Puro Cuento

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EL TRASIEGO

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Quico Vizcarra y yo crecimos juntos, los dos éramos oriundos del pueblo de Los Otates, una poblaciòn muy pequeña de no mas de cinco mil habitantes. Pero eso sí, tenía su escuela, su iglesia y su palacio municipal.

Me acuerdo que cuando llegábamos de la escuela, salíamos a andar por los caminos, por las milpas, a tirarle con la resortera a los pájaros y a los conejos que se atrevían a pasar por entre el breñal, y también recogíamos las guayabas que caían de la huerta de los Rebollo.

Ibamos a la escuela, ahí en el pueblo, y al catecismo los jueves por la tarde. Nos lo enseñaba el padre Zurita  y me acuerdo que nos decía, "no hagan enojar a Dios". Cuando se lo comenté a mi padre, me dijo, "sí hijo, Dios es cabrón", y eso se me quedó muy grabado en la cabeza y yo creo que por eso yo siempre le tuve mucho miedo a Dios.

Con el tiempo, dejé de ver a Quico, a mi me mandaron mis padres dizque a estudiar a Culiacán pero eso del estudio nunca se me dió, para que es más que la verdad. Quico se fue a México a estudiar para contador o algo por el estilo. Desde  chamaco Quico era bueno para los números y sabía muy bien como gastar el dinero que le daban en su casa porque siempre le sobraba. A mí, en cambio, siempre se me acababa. Lo que me daban siempre me lo gastaba , en papas o en raspados o en cualquier tontería, él no, casi no gastaba en nada, era muy ahorrativo y creo que por eso quiso ser contador.

Muchos ya se habían ido para otros rumbos, unos al norte, al otro lado, otros a Guadalajara y algunos otros a México como Quico. Yo soy de los pocos que se quedaro ahí, ayudándole a mi padre en lo de la tierra que cada vez se ponía más difícil y apenas si dejaba para irla pasando.

Sin embargo en Los Otates pasaban cosas, las calles del pueblo habían mejorado, ya no se alborotaba tanto el polvo cuando hacía mucho aire o cuando pasaban los carros y los camiones. También las casas empezaron a verse mejor. Algunos hasta construyeron verdaderas residencias.  Habían llegado familias nuevas, la verdad no se de donde, pero eran por el estilo de uno, tipo ranchero pero con mejores prendas, carros nuevos, camionetas grandes, pick ups del año, algunas con placas gabachas. Parece que se dedicaban también a lo de la tierra pero no por ahí cerca, mas bien como que venían del norte, del otro lado.

Sí, llegó mucha gente nueva, pero el mas importante fue don Rigoberto Antuñano.  Al poco tiempo de su llegada, el alcalde del pueblo se largó, ni adiós dijo, lo cierto es que nadie lo volvió a ver y el que se quedó en su lugar resulto un sobrino de don Rigoberto.

Llamaba la atención de don Rigoberto, su sombrero tejano, una gigantesca hebilla dorada en su cinturón, llena de brillantes y sus botas amarillas de piel de cocodrilo.

Este señor, poco a poco se fue relacionando con la gente antigua del pueblo, porque hasta eso, era generoso, simpaticón y carismático. Una vez, en punto de copas mi padre le pidió trabajo para mí pues veía  que lo de la tierra se estaba poniendo cada vez más difícil, y don Rigoberto me aceptó con él.

Quico había encontrado trabajo en México, mientras, seguía estudiando, pero no estaba satisfecho. Decía que se sentía solo y medio melancólico. Cuando le hablé de él, el patrón me dijo: "tráitelo". Y así fue, Quico empezó a trabajar con el patrón poquito después que yo, en lo suyo, en lo de los números.

Para qué digo cuánto aprendimos Quico y yo con el patrón. Nos hicimos hombres a pesar de ser muy jóvenes, Bebimos y tragamos de lo bueno. En México comíamos en los mejores restaurantes de Polanco, y las mujeres caían fácilmente, y hasta entonces supimos lo que es tener dinero a manos llenas y a tirarlo sin remordimientos.

No voy a decir a que trasiego nos dedicábamos, pero esto sí dejaba, andábamos mucho por diferentes pueblos y ciudades, inclusive del otro lado. Eso sí, había que andarse con cuidado, pero para eso andábamos bien equipados. Las situaciones difíciles las sabíamos resolver como Dios manda.

 

Un día escuché los pasos del patrón y sus ayudantes que acababan de llegar de quién sabe donde. El ruido de sus tacones era inconfundible, sus botas de cocodrilo sonaban sobre el piso de mármol. Con escuchar el ruido de sus botas se me fruncía el cutis de miedo. Zacatón que siempre he sido.

-¿Donde anda el pinche Obdulio?, preguntó. Como se me  esconde ese cabrón cada vez que salgo fuera. A ver Ambrosio, ¿como quedó la bronca de los Espinosa?

-Ya pagaron patrón, ya esta el dinero en poder de doña Margarita.

-!Doña Margarita¡, Imbécil, ¿no les dije que ese dinero me lo dieran a mí directamente? . !Pendejos¡ Están ora sí que como la yunta de Siláo, cada vez están peor, apenas no estoy yo y comienzan a hacer puras pendejadas.

-Me dijo Quico, patrón, ya ve que él es el que lleva las cuentas.

-Pero el que manda aquí soy yo, ya le he advertido a ese cuentachiles que ese dinero lo necesitaba fresco para un negocio de ahoritita. A ver, tráiganme a ese cabrón.

A mi me tocó presenciar la escena. Quico estaba muy tieso, muy serio, pero le aguantó la mirada al patrón. Total, lo que tenía que pasar pasaría y esperó la ráfaga. Como que nunca se llevaron bien Quico y el patrón, como que había un choque de personalidad entre ellos.

-A ver cabrón, como está eso del dinero de los Espinosa, en qué habíamos quedado.

-Pues se lo entregué a Mar..., digo a doña Margarita patrón, ella me lo pidió.

-Pero como chingaos te pones a desobedecer mis órdenes gran jijo.

-Pues ella me lo pidió, me dijo que usted ya sabía, tenía necesidad y....pues usted no llegaba.

-Grandísimo pendejo, pues ahora sí que la cagaste porque ese dinero lo necesitaba para ahorita, a ver como le haces cabrón pero yo necesito ese dinero, ah, y otra cosa, que sea la última vez que me levantas la voz, oilo bien. Y a propósito, y la Márgara, ¿Dónde está?.

Todos nos quedamos mirando unos a otros, como si nos quisiéramos pasar la pelota.

Habló Obdulio:

-Se fue patrón, hizo su equipaje y se fue, dijo que usted ya le había dado permiso, que su mamá estaba malita. Y se fue a Tepic, quesque se puso más mala, y se fue. Que en cuanto llegara por allá le echaba un telefonazo.

-Ya tiene rato que la noto rara a la Márgara, voy a aclarar eso.

Hacía tiempo que yo me había fijado en Margarita, era una muchacha muy hermosa, como de 20 años. Era fruta fresca y estaba en sus meros jugos. Pero la verdad, el que hacía que ella se pusiera inquieta no era el patrón, con el era puro fingimiento. El que le alborotaba la calentura era Quico Vizcarra, ni más ni menos. El patrón tenía hembras regadas por todos lados y cosa rara, a él le gustaban güeras y la Márgara era más bien morenita, pero la verdad, qué bien estaba.. En una de sus idas por Tepic, pues se la trajo.

Yo llegué a llevar a Margarita a Tepic para visitar a su familia, o a Culiacán, de compras. En el camino ella me preguntaba por Quico, que si era así o asado, que si tenía novia. Yo nomás le daba el avión y le decía que parecía cura de tan inocente y tan reservado que era. Yo nomás le decía que estaba muy bonita, y que lástima que tuviera dueño.

El patrón se sospechaba algo, aunque no lo decía, como que se guardaba el hecho de que ya no estaba para muchos trotes. La chica parecía demasiado fogosa para él. Algo me dio a entender el patrón un día que íbamos para El Venado, aunque no exactamente me lo dijo asi, pero yo lo deduje. Lo que sí se es que el que se metiera con alguna de sus mujeres sobre todo con Márgara, no viviría para contarlo.  A mí se me revolvían las tripas no más de pensarlo. Zacatón que siempre he sido.

Esa semana, un jueves de junio por la mañana, nos dijo el patrón que teníamos que salir para Mazatlán, que había un buen negocio. Le dijo a Quico que nos acompañara para que viera bien lo de los números. Me acuerdo que ese dia nos llevamos la Hummer. Empezaban las lluvias y los campos y los montes verdeaban ya por algunas partes. A lo lejos se divisaban las lomas y una linea recta que era la carretera donde íbamos.

El patrón estaba contento esa mañana, iba dicharachero y cantando, en el estereo se escuchaba música de los Tigres del Norte, no se cuantas veces nos recetamos "La Puerta Negra", que era la favorita del patrón. Recorrimos así no se cuanto tiempo, pero debe haber sido como una hora.

Don Rigoberto le preguntaba a Quico algunas cosas del negocio, y este nomás asentía con la cabeza y le daba informe de como andaban las cuentas, del dinero, de en qué convenía meterlo, que si no había problemas. Tambien le preguntaba de como iban las cosas allá en su casa, de cómo estaba su madre, o si de que Delfina su hermana se iba a quedar para vestir santos..

-A Delfina ya se le está pasando el avión, hay que conseguirle alguien que le quite lo tristona, ¿No crees?.

-Pues ella dice que así está a gusto patrón, y mi madre necesita a alguien que la ayude.

Pasamos el puente que va  para la desviación a Novolato, y después de un rato, habló el patrón.

-Y tú Quico, cómo andas con lo del inglés, ¿Siquiera lo mascullas un poco?

-Algo aprendí estando en México, patrón, pero ya no le seguí, ya ve que me tuve que regresar.

-Porque verás, cada vez tenemos más negocios del otro lado, y yo necesito a alguien que se pueda mover por esos rumbos sin mayores problemas y que sea de mi confianza, ¿Cómo ves?, si quieres te pago un buen curso.

-Pues la verdad sí me gustaría patrón, pero ¿como dejamos aquí el negocio?

-Por eso no te preocupes, si quieres te mando a Canadá, dicen que por allá está más tranquila la cosa, ¿Qué te parece?

-Pues muy bien patrón, yo se lo agradeceré.

La Hummer seguía avanzando por la carretera y pasando por la loma de Las Tinajas, se empezaron a ver algunos árboles, había una desviación cerca de la Elota y por allí nos metimos.

-Párate aquí Obdulio, vamos a echar una miada. Ya de viejo uno, se la pasa orinando a cada rato. Dicen que es por lo de la próstata, pero ya sabes que los médicos me dan mucha muina, mira tu que, tantos años cuidando la virginidad para que de repente venga un médico culero de esos y te meta el dedo por donde te digo, no, ni madres,  prefiero seguir siendo virgen.

Todos soltamos la carcajada menos Quico que apenas esbozó una sonrisa. Bajamos de la camioneta y nos dirigimos a satisfacer nuestras necesidades a la sombra de los árboles. Y ahí, todos formaditos cuando le dice el patrón a Quico:

-Con que está guapa la Márgara, ¿verdad?.

Quico no sabía que decir, solo se atrevió a balbucear: "pues parece que sí, ¿verdad?"

-Pues tu ya sabes como son estas cosas, pero creo que te has pasado de cabrón, ¿no te parece?. Cuando dijo esto el patrón dirigió su mano derecha al revolver pero Quico se le adelantó y quiso echar mano al suyo, solo que para ese momento, Obdulio ya tenía encañonado al contador y yo nomás escuché tres disparos. Los tres en medio del cuerpo.

El pobre de Quico, mi amigo de la infancia, había pasado a mejor vida.

Todavía Obdulio alcanzó a darle una patada en el pecho y poniendo la punta de su bota en la mandíbula le dijo:

-"¿Ya te murites Quiquito?"

El patrón se dirigió a mi y me dijo:

-Pobre Quico, yo no se que tenía este muchacho que nunca me cayó bien, qué lástima, pues con su padre, que en paz descanse, siempre me llevé muy bien. Pero está bueno que se sepa que a mí, ningún hijo de la chingada me juega las contras con mis viejas. y este güey se anduvo acostando con la Márgara y eso sí que no se lo pude perdonar.

Yo solo pude decir:

-Así es, patrón, él se lo busco y ni modo, así son las cosas.

Al día siguiente apareció en el periódico de  "Los Otates" la siguiente nota:

"Matan a conocido abogado de los Otates"

"El conocido contador público don Enrique Vizcarra  Mandujano, vecino de los O Otates, apareció asesinado el dia de ayer con ocho tiros, cerca del Rio de Las Tinajas.  El cuerpo fué encontrado por unos arrieros que provenían del Sombrero. El mencionado contador deja a su madre y una hermana en el más profundo desconsuelo.

Afortunadamente don Rigoberto Antuñano conocido empresario de esa población y benefactor de la misma y para quien trabajaba el susodicho contador, se ha hecho cargo de los gastos ocasionados por la defunción antes mencionada. La policía ya investiga el caso y señala que los indicios apuntan al móvil de robo, aunque no se descartan otras causales"

Yo me quedé con mucha tristeza por la muerte de mi amigo, sobre todo considerando la forma tan artera en que lo ultimaron, porque realmente, no se lo merecía, y no se lo merecía porque la verdad, lo de Quico y Márgara no era mas que un amor platónico, nunca llegaron a acostarse. Quico nunca gozó del cuerpo de esa mujer.

El que sí se acostó con ella fue otro, pero de pendejo lo digo.

GABRIEL CALPENA

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