El Puro Cuento

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Café Popular

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Quizá me hayas visto, sentado frente a la ven­tana. Todos los días vengo y siempre trato de agarrar el mismo lugar. Tomo mi café a sorbos lentos, a veces mordisqueo un pedazo de pan dulce. Nunca hablo con nadie, sólo para decirle a quien me pregunta si puedo compartir la mesa, cuando ya no hay lugares, que estoy esperando a alguien. Y si debo compartir la mesa con algún extraño le esquivo la mirada para poder ver la gente que pasa en la calle afuera. Llevo tanto tiempo de cliente aquí que ya me sé de memoria toda la carta. Aunque la primera vez que vine no fuera mi idea, ya me siento como en casa. Y la comida no está mal.

La idea fue salir a cenar para que mi nuera Eva no tuviera que cocinar. Sus hijos, Jaime y Tania —mis nietos— suelen llegar tar­de a casa. Tania estudia para ser estilista y Jaime tiene un puesto de ropa en el mercado. Ese día los esperamos y tomamos el au­tobús nocturno hasta el centro de la ciudad. El café estaba casi vacío, sólo una que otra pareja sentada en los reservados en la parte de atrás; un tipo solitario que hojeaba el periódico senta­do en un banco frente a la barra cromada que refleja las luces incandescentes; quizá un traba­jador que esperaba empezar su turno de noche o que demoraba su regreso a casa.

Yo dejé de trabajar hace unos cinco años. Ya nadie contrata a los viejos. Sacaba un taxi e iba en busca de clientes de noche, pero es algo arriesgado, sobre todo para un hombre de mi edad. Sin embargo, sí dejaba dinero: dos o tres idas al aeropuerto o a la central de camiones antes de la medianoche y luego llevar jóvenes que salían de los antros hasta los suburbios. A veces me pedían que los esperara afuera de alguna vecindad mientras compraban algo, luego se su­bían de nuevo con prisa y algo nerviosos, pidiéndome que manejara más rápido, como si estuviesen huyendo de alguien. Sólo después me enteré de que compraban droga. Pero trabajo es trabajo y esas cosas son los riesgos del oficio.

Como padre de familia siempre sentí que el dinero no alcanzaba. Yo estaba contento de tener un niño, nada más. Aun cuando mi esposa dejó de trabajar y vivíamos sólo de mi sueldo, ella insistía en que el niño se sentiría muy solo, que debíamos hacer una familia más grande. El siguiente año nació nuestro segundo hijo, pero hubo complicaciones y murió al día siguiente. Creo que ella nunca lo superó y una parte de ella también murió ese día. También murió nuestro amor. Quizá ella pensó que habíamos fallado, que nunca debimos llegar a ser padres, que éramos unos fraca­sados. Ya casi no hablábamos y entonces empecé a buscar a Etelvina. Ella y yo fuimos a la misma escuela. Solíamos vernos para tomar unos tragos después del trabajo. Mi esposa estaría en casa cuidando al hijo y se me hacía fácil convencerla de que necesitaba trabajar horas extras para ganar más, y pues nunca se opuso. Etelvina y yo íbamos al California Dancing Club, a veces a un hotel por un par de horas. Ella también estaba casada, pero me decía que su marido le era infiel. Me decía que prefería mi compañía, que yo la hacía sentirse bella y joven otra vez y que ella necesitaba eso de vez en cuando.

Cuando me contó con quién se había casado, me hizo pensar todo dos veces. Él era el chico rudo de la escuela. Nada inte­ligente, pero sabía arreglárselas y se llevaba con la flota pesada. Había entrado a trabajar a la Compañía de Luz y Fuerza y rá­pidamente metió una pata en el sindicato. Acumulaba contactos y privilegios mientras los demás acumulábamos deudas. Yo no quería arriesgar el pellejo, pues mucha gente en la política acaba muerta por asuntos menores, pero Etelvina decía que no le importaba, que el tipo sólo que­ría que ella estuviera feliz y que, además, nunca se daría cuenta. Así empecé una segunda familia.

Ellos ya tenían dos hijos, pero él perdió el interés. Por aquel entonces estaba escalando dentro del partido, con viajes por toda la república y todos los gastos pagados; además, ella estaba convencida de que tenía una mujercita en cada puerto, podía olfatearlas en su ropa. Por eso sugería que nos viéramos, que fuéramos a un hotel donde hacíamos el amor con prisa y después ella lloraba. Yo siempre quise quedarme ahí con ella, tra­tar de darle consuelo, pero siem­pre tuve que regresar al trabajo; siempre con el sentimiento de culpabilidad por hacerla llorar y apenado por ser el débil, mie­doso a perder mi trabajo e inca­paz de hacer algo para cambiar nuestra situación y rescatarnos de esa vida de mentira. Yo le acariciaba su vientre hinchado, la extrañaba durante semanas y luego nos reuníamos otra vez; Etelvina, cansada y melancólica.

Todavía le llamaba de vez en cuando, pero nuestros encuen­tros ya habían cesado varios años atrás. Mi esposa murió hace una década y me mudé a casa de mi hijo, con Eva y los nietos. Sé que desde el principio mi presencia les molestaba, y cuando mi hijo se largó poco tiempo después no nos cayó como sorpresa a nadie. Cuando eres joven, todo lo que tienes es el futuro; de viejo, lo único que te queda es el pasado. Yo nunca abandoné a mi familia como lo hizo él, pero tampoco me imaginé que me quedaba la opción de hacerlo. Creo que a la gente le cambian las prioridades. Hay tantas oportunidades hoy en día. Así les decía Eva a mis nietos. Yo la observaba criar a los niños, pero nunca quise en­trometerme. Yo dependía de ella para todo y lo que menos quería era provocar tensión e ira. Me pasaba los días en la casa y era difícil salir a solas. Sólo podía lograr ver a Etelvina si Eva me dejaba a solas por un rato cuan­do íbamos juntos al centro para hacer compras. Una vez logré convencerla de acompañarla al dentista para salir a la calle mientras la atendían.

Siempre le marcaba desde un teléfono público en la calle. El teléfono sonaba y sonaba. Me imaginaba su tono agudo haciendo eco en la casa vacía y los pasos de una sirvienta sobre un piso de duela. Pero contestó Etelvina, su voz baja y suave, como si la hubiera despertado. Oírla me paralizó. No podía anunciar palabra alguna. Habló de nuevo, su voz más fuerte, más firme, casi impaciente. Otra vez hubo un silencio y luego, lentamente, dijo mi nombre. «Sí. Soy yo». Le dije que quería verla. Que era urgente. Me dijo que la esperara en el lugar de siempre. Que me pidiera algo y ella lo pagaría al llegar, que no se tardaría. Me quedé con la bocina en la mano después de que ella colgó, como si fuera su mano.

Caminé las cuatro cuadras al restaurante El Cardenal, un lu­gar elegante revestido de madera oscura, con sus manteles blancos y cubiertos de plata. Siempre íbamos ahí. Tan distinto al café, con su vajilla quebrada y man­teles manchados, las meseras en sus uniformes amarillos deste­ñidos, medias de color carne y sus zapatos raspados de lona. Etelvina me invitaba a almorzar ahí y luego me pasaba servilletas rellenas de billetes. «Para que no te haga falta —me decía—. Tendrás que coser unos bolsillos secretos en tus pijamas». Cuan­do llegué, el restaurante estaba casi vacío, sólo dos mesas ocu­padas de hombres de negocios en traje y corbata que tomaban café mientras leían el periódico. Elegí la mesa frente a la ventana y pedí un café con leche. Me lo trajeron con una canasta de pan y un vaso con agua, los cuales consumí con tranquilidad, es­perando a que Etelvina llegara.

La vi caminar por la acera opuesta hacia el restaurante. Siempre con tanto estilo, aun a nuestra edad. Sobria elegancia. Vestía de negro, un abrigo de tres cuartos, a pesar del calor que prometía el día, medias negras y botas de charol con tacón. Llevaba su cabello, ya bastante canoso, recogido. Al verme a través de la ventana pausó, como si hubiera interrumpido el ritmo de su paso. Volvió a sonreír y entró al restaurante. Su perfu­me parecía llenar el lugar. Traía aretes largos incrustados con obsidiana que hacían juego con sus pupilas oscuras. Man­tuvo la sonrisa mientras me paré a besar su mejilla, pero la sonrisa se desvanecía mientras se acomodaba en la silla frente de mí. Supuse que se había percatado de mi desesperanza total. Colocó su mano sobre mi antebrazo.

—Hola, mi amor —me dijo.

—Te ves hermosa, como siempre.

Me apretó la mano con la suya y me preguntó qué me pasaba. Bajé la mirada mientras torcía la taza de café sobre su platillo. «Nada —le dije—. Sólo quería verte de nuevo. Y pedirte un favor. Necesito que me consigas unas drogas». Sacó un cuaderno y una pluma de su bolsa. «Escribe lo que necesitas. Le encargo al chofer que las traiga». Sacó un palillo del con­tenedor de porcelana y empezó a hurgar entre sus dientes. Era una maña que tenía, sin importarle en dónde se encontraba. Tomé la pluma y empecé a apuntar. «Te voy a dar varios nombres. Ahora venden fármacos genéricos y luego tienen nombres distintos, pero que consiga lo que pue­da». Ella sacó sus lentes de un estuche de piel, lista para leer lo que le escribía. En cambio, mi vista siempre ha sido perfecta. Siempre pude leer los nombres de los países pintados sobre las popas de los barcos atracados en el puerto.

Una vez pasamos un fin de semana en Veracruz. Pude convencer a mi esposa de que debía asistir a un curso de capa­citación. Etelvina y yo tomamos el tren de noche el jueves y re­gresamos el domingo. Fuera de la capital nos sentíamos libres, sin miedo de que nos vieran juntos caminando del brazo por la calle, al bailar al ritmo de la marimba en la plaza, bajo las palmeras en la calurosa noche tropical. Fue la única vez que nos permitimos hacer muestras de afecto en público. Una vez de regreso en la ciudad, sentí que habíamos perdido algo para siempre.

Le pasé la lista y me la leyó. Colandine, Cogentin, Thora­zine. La pronunciación se le dificultaba. Diphenhydramine. Le dije que cualquiera me servi­ría. «No debe haber problema —me dijo, volteándose para observar a la gente en las demás mesas y bajando su voz—. El chofer suele comprar cosas para mi marido». Dobló el papel y lo guardó en su bolsa. Se echó hacia delante y me dio un fajo de billetes. «Come algo», me dijo. Se paró del asiento, ajustándose la falda. Intenté pararme tam­bién, pero ella puso una mano sobre mi hombro. «No te levan­tes; está bien. Ahorita vengo».

Llamé al mesero y pedí un plato de fruta, unos huevos motuleños, un jugo de naranja y otro café, que apenas ha­bía empezado a tomar cuando Etelvina reapareció. Traía una bolsa de plástico con el logotipo de una farmacia, la caricatura de un doctor simpático, pero que me parecía más bien terrorífico. Me dio la bolsa. «Aquí tienes, me tengo que ir. Llámeme en la noche». Se agachó y me plantó un beso en la mejilla. Sentí cómo su lápiz labial me había dejado una mancha que no quise borrar nunca, pero extendió la mano y me la quitó, frotándome con un dedo. Se despidió y me guiñó el ojo. Al cerrarse la puerta sonó el timbre y me quedé quieto por un rato, escuchándolo.

Pago la cuenta y salgo a la ca­lle, deteniéndome sobre la acera al escuchar el timbre de nuevo. Miro al interior de la bolsa y veo que me ha echado otro fajo de billetes junto a las cajas de pastillas. Abro una de las cajas y mastico una píldora mientras camino de regreso hacia el Café Popular, en donde me instalo junto a la ventana. Pido un jugo de naranja para mitigar el sabor de la droga.

   A veces pienso en llamarle. Saco la tarjeta telefónica de mi bolsillo y la miro. Está estampa­da con un detalle de la obra La espina, de Raúl Anguiano: un campesino que extrae la espina de un cactus de la planta de su pie con un largo cuchillo de hoja ancha.

La mesera me sonríe. Es siempre tan amable, su cabeza ladeada, buscándome los ojos, quizá feliz de saber que sigo vivo. «¿Qué le traigo hoy, mi amor?». Así me pregunta siem­pre. Aquella noche yo no comí mucho, un omelet de jamón y un café. Dejé que la mesera me lo sirviera bastante fuerte. Trae una jarra de peltre con café de grano y otra con leche caliente y te sirve hasta que levantes la mano o le digas que ya. La cafeína me cae bien, siempre me despierta y reduce la somnolencia que me inducen las drogas. No sé si fue la cafeína o el colesterol en los huevos, pero traía un remolino en mis tripas. Oía el timbre de la puerta y sentía un chiflón de aire frío que acariciaba mi mejilla. Veía la televisión colocada en lo alto de la pared: los resultados y los goles de los partidos de futbol del día en diferentes ciu­dades, reproducciones múltiples reflejadas en el espejo que corre sobre un costado del café y en donde se veían las caras de los pocos clientes y el humo de sus cigarros que se sostenía en una delgada nube azul. Fue la mese­ra quien se me acercó primero. Vino a limpiar la mesa, a volver a colocar el salero, las salseras y la azucarera en su charola y a arre­glar las servilletas. Me preguntó si quería algo más.

Mi silencio hizo que se aga­chara para verme los ojos y puso una mano sobre mi antebrazo.

—Te han dejado, ¿verdad? —me preguntó con voz baja pero firme.

Caminó hacia un hombre que supuse era el gerente de tur­no. Luego los dos vinieron a la mesa, ambos viéndome a los ojos de cerca, como si estuvieran en busca de signos vitales. El hom­bre me preguntó mi nombre y si sabía mi dirección. Me dijo que podía llamar un taxi.

—Yo no sé dónde vivimos ahora. La ciudad es tan grande. Nos mudamos el año pasado a un fraccionamiento nuevo de asistencia social. Se trata de un desarrollo enorme de miles de casas idénticas. Todas las calles llevan nombres de políticos de la administración pasada, muchos de ellos caídos en desgracia y algunos otros muertos. Después de un mes las paredes de las casas y los letreros estaban llenos de graffiti y obscenidades y los cha­vales se encargaron de romper todo el alumbrado público, de modo que todas las calles lucen iguales y yo no sé ni por dónde entramos o salimos.

Me quedé callado y se fue­ron. La mesera me trajo un vaso con agua y me miraba mientras me lo tomaba. Se me había resecado la boca. A lo mejor las drogas ya estaban haciendo efecto. Eso es lo que Eva hubiera dicho. «Ahora hay un trata­miento para todo», decía. Vi que un taxi se detuvo afuera. El taxista se bajó sin apagar sus luces y entró al café. El gerente se le acercó y hablaron duran­te unos minutos, mientras el taxista me miraba por encima del hombro del gerente, a quien vi darle unos billetes. De pronto, ambos vinieron a la mesa, se agacharon para ob­servarme y el gerente me tomó de un brazo. «Vamos a llevarte a casa», me dijo. Trató de levan­tarme. Yo resistí, pero el taxista me agarró por debajo del otro brazo y pronto me pusieron de pie. El taxista se agachó, colocó su cabeza debajo de mi axila y me levantó de tal manera que yo ya no pisaba; con una maniobra, los dos lograron llevarme hacia la salida. El gerente abrió la puerta del taxi y me empujaron adentro, acostándome sobre el asiento de atrás y cerrando la puerta. El taxista se subió y arrancó. Ya ni me levanté en el asiento. Preferí quedarme acos­tado y ver cómo las auras de los faroles iluminaban las ramas en lo alto de los árboles.

Desperté en una cama dura, cubierta por un cobertor de felpilla y con la cabeza hundi­da en una almohada flácida y rasposa. Las paredes estaban pintadas de blanco con manchas amarillas de humedad. Una ventana arrojaba una luz pálida sobre la pared. Pensé en cómo quemábamos papel de niños con los rayos del sol a través de una lupa. Sobre la mesa de noche había una jarra de agua, un vaso y una Biblia de bolsillo. Por el silencio total supuse que todos seguían dormidos. Pensé que tarde o temprano vendría una enfermera a poner su mano calientita sobre mi frente, to­marme la temperatura y traerme el desayuno en una bandeja de plástico que colocaría sobre la cama. Me levanté por las ga­nas de orinar. El baño era muy pequeño, de azulejos desporti­llados color rosa y un cubículo de ducha de acrílico quebrado. Sobre la cisterna del excusado había dos toallas y dos barras de jabón Rosa Venus. Así me di cuenta que me habían dejado en un hotel de paso.

Me desvestí y me duché, sin poder secarme bien por la toalla desgastada y casi calva. Al revi­sar los bolsillos de mi pantalón descubrí unos billetes, debió dármelos el taxista en un gesto de generosidad que, sin saberlo, me había salvado la vida. Era poco dinero, pero suficiente para dos cosas: un desayuno y, lo más importante, hacer una llamada telefónica. Sólo me sé un número de memoria. Salí del cuarto. La llave había quedado pegada al otro lado de la puerta, la retiré y la metí en mi bolsillo.

El elevador descendía lenta­mente y crujía entre cada piso. Las quemaduras de cigarro ha­cían un patrón en la alfombra y una fragancia barata persistía en el aire. Un letrero en neón colgado por encima de la entra­da destellaba, la falta de focos causaba que el nombre quedara incompleto: Hotel Atlantic. Pero eran suficientes las letras para que reconociera la calle y saber que seguía en el centro de la ciudad, tan sólo a unas cuantas cuadras del café. Entré en la tienda de la esquina y me compré una tarjeta telefónica. Había un tiempo en que las lla­madas dentro de la ciudad eran gratuitas. Un gesto de solida­ridad por parte del gobierno en respuesta a los temblores, cuando comunicarse se volvía lo más urgente. Pero ahora hay que comprar una tarjeta y se ha impuesto un costo mínimo a la comunicación, como si una palabra valiera lo mismo a veinte.

Sabía de memoria el número telefónico de Etelvina porque le había marcado durante años. En casa no podía apuntar nada porque Eva empezaría a hacerme preguntas, así que lo memoricé y le llamaba una vez por semana, ya que ella nunca podía llamar­me a mí. Nadie sabía de su exis­tencia y supusieron que a mí ya no me quedaban amigos. «Toda tu generación está muerta», me decían los nietos de manera jocosa, pero mientras pasaban los años se volvió una verdad. Después de salir de la escuela, tomé un trabajo en la cervecería, pues pagaban mejor, aunque estaba más lejos. Empecé a salir con una muchachita del depar­tamento de facturación. No tomaba las cosas muy en serio, pero luego se embarazó y tuve que casarme con ella. En aquel entonces uno se hacía responsa­ble de su familia y hacía lo que podía para salir del apuro; no como ahora.

Al principio mi hijo nos enviaba dinero, algo para ayu­darnos, para llenarnos de es­peranza, pero después de unos meses el dinero dejó de llegar. A lo mejor estaba demasiado ocupado con su nueva familia. En el norte hay pueblos polvo­rosos y desolados en donde sólo ves niños, mujeres y ancianos, como yo. Todos los que pueden se van al otro lado en busca de una vida mejor. Y aunque no la encuentran, no regresan. Los que regresan sólo llegan para la Navidad, traen unas camionetas enormes, de pintura metálica y con ruedas altas y cromadas, repletas de regalos. Pero desde hace quién sabe cuánto que habíamos dejado de contar las Navidades.

Paso todo el día en el café y regreso al hotel en las noches. La mesera sabe que me tendría que echar si no pido nada, pero me deja la carta y atiende a otra mesa. Toma su tiempo. Siempre sé lo que voy a pedir, pero leo toda la lista de platillos de nue­vo, antes de mirar por la venta­na a la gente que pasa por la calle. Si hay muchos clientes me tomo una pastilla para calmar­me, tratar de hacer que mis dientes dejen de castañetear. Así siento que no llamo tanto la atención.

 

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