A la masita, aunque más parecía ameba, muchas la llamaban pollo. La misma que fue creciendo, primero verde en el fondo, para terminar cubriéndolo todo ¿Y cómo se ganaron? Porque aquella niña, al sentarse a orinar, a mitad de madrugada, sintió que una viscosidad ardiente le rozó las nalgas, por poco y le destruía su todavía virginal órgano reproductor (aunque un amigo cariñoso de su hermana mayor lo haría con mucha lujuria en un par de meses) quemándolo y dejándolo chamuscado como sí hizo con la hermana, muy de mañana cuando se metió a la ducha sin percatarse que la masita, ameba o pollo que había crecido ya se estaba expandiendo por todo el desagüe y las cañerías aledañas.