Esa mañana, desde la cama y todavía somnoliento, verbalicé que te verbalizaba, verbalizándome. La cacofonía fue tan poderosa que un retortijón literario —síntoma al que mi deformación médica obliga a nombrar con propiedad: verbalgia— me obligó a correr al retrete y desalojar una aguada verborrea que se acompañó de pestilentes faltas de ortografía y sonoras rimas. Jalé la palanca para enviarlas civilizadamente al lugar común.
Agobiado por estas miserias, creí haber leído en el Reforma un aviso en el que Casa Lamm ofrecía una posible esperanza a mi casi desahuciada dolencia.
Acudí a su consulta externa en donde, con sospechosa amabilidad, advirtieron de los elevados costos que la atención de mi caso ameritaba y que con seguridad se haría necesario solventar gastos adicionales en materiales terapéuticos y optativas consultas. Quedó muy claro que la institución no tiene vocación para la asistencia social y mucho menos para la beneficencia.
No me importó el precio; imploré su inmediata intervención.
Sin costo, a manera de galantería —seguramente por el lastimero aspecto que mostraba— ofrecieron una consulta gratis, ni más ni menos que con la directora de la benemérita institución. Gustoso y esperanzado, me presenté a la cita. La eminente autoridad escuchó con atención el relato de mis dolencias. Muy segura de su ojo clínico explicó:
—Tu caso ya no puede atenderse en los niveles básicos; se van a requerir especialistas.
Ordenó que fuera admitido en terapia intermedia: la maestría en creación literaria.
Desde las primeras consultas detectaron un signo ominoso en mi verbalgia: se manifestaba una muy avanzada ortografiopatía. Me enviaron a consulta con el doctor A.
El facultativo analizó con detenimiento hasta los mínimos detalles de mi vergonzoso síntoma y, para colmo, me obligó a mostrarlo públicamente desnudando mis pestilentes escritos en una clase con sus alumnos. Ante sus pupilos y desde un proyector que conectó a su estetordenador, me auscultó.
Diagnosticó que mi caso no era agudo ni grave, con claridad encajaba en la categoría de esdrújulo. Lo primero que detectó fue que deformaba la forma y tal reforma era un fondo inadmisible, peligroso. Prescribió un ayuno de comas que sólo debía suspenderse después de un punto y seguido. Señaló con un indicador láser dos puntos: el primero, que mi padecimiento se originaba en el crónico abuso del gerundio, añejo vicio que, causando un enfisema, estaba creciendo, modificando, alterando y dificultando mi escritura y progresivamente la había ahogado; el segundo era la evidente obesidad que me había provocado la desmedida, descontrolada, exagerada, irreflexiva e innecesaria aplicación de adjetivos, los que «al no aportar, matan» el flujo de mis ideas, obstruyendo, persistentes y obstinados, su circulación, llevando mi caso a una esclerosis creacionista. Tal como la describió el célebre doctor Huidobro, acotó, inspirado.
Todos me miraban cual paramecio bajo microscopio. Compadecido de mi escuálida literatura, me mandó a un punto y coma; una dieta ausente de las nocivas grasas que aportan los best-sellers animales. Me prohibió tres puntos y los mencionó seguidos: comics, telenovelas y tabloides. Su sabiduría borró las interrogaciones del alumnado.
—¡Sobrevivirá! —exclamó admirado.
Cercano al colapso, sólo ansiaba entre comillas que la consulta terminara. Enfático, dijo para concluir su cátedra:
—Punto final.
En seguida fui llevado en una camilla forrada de letras con el doctor Ele, experto en detectar narradores, los que, como es sabido, son los agentes causales, o mejor dicho, con mi poco reiterada escritura, son: la etiología perniciosa de la literatura. Sonriente, vio cómo ingresé a su cubículo. Inició la consulta advirtiendo que me iba a aplicar una estrategia infalible de cinco etapas —¿dijo preguntas?—. Yo estaba aturdido. Lo que quedó registrado en mi memoria fue su acento de voz: sonaba parecida a la de Girondo, Cortázar, tal vez Borges, todos ellos famosos galenos que dirigieron clínicas literarias. Me los habían recomendado, pero me pareció muy difícil atreverme a consultarlos.
De un modo inesperado, el doctor Ele ordenó que proporcionara una muestra de mi verborrea, la frescura de la alícuota era indispensable, por lo que había que emitirla ahí mismo, en público, ante la presencia de otros compacientes. Sentí alivió por saber que al menos llevaba algo de papel. Los primeros minutos no salía nada, a pesar que pujaban los verbos. De reojo miré al resto de mis compañeros de dolor: estaban sentados, tranquilos, algunos hasta separaban las piernas, arrojaban cómodos sus verbalizaciones. Esto me animó y de la vergüenza pasé al cinismo. Pensé: si a ellos no les importa que los miren en tan íntimos trances, a mí menos. Evacué una generosa muestra de verborrea.
Como resultado del análisis, dictaminó el experto doctor Ele, se descartaba por completo el síndrome de Agota Kristof. Me tranquilizó saber que la esquizofrenia de doble yo narrador estaba ausente. Lo que se había detectado eran sospechosos indicios de un narrador oculto, tal vez una segunda etiología. Se hacía indispensable profundizar en los estudios. A manera de paliativo, me prescribió unas inyecciones literarias que eran imposibles de encontrar en el mercado normal de las biblioboticas. Pero él podía proporcionar unas copias fieles a la fórmula original —de plano ilegales—, pero, me aseguró, tenían el mismo efecto. Apresurado, acudí a la bibliofarmacia de la Casa Lamm, en donde me informaron que, por indicaciones del propio doctor Ele, sólo se podían vender de una en una las prodigiosas inyecciones; explicaron que era conocido su poder adictivo y la intoxicación por sobredosis de elementos literarios tan puros podía ser mortal. Adquirí un poco decepcionado la fraccionada imitación y me la apliqué ahí mismo. El efecto fue inmediato, salí al patio de la Casa Lamm, excitado por un agradable, pero ficticio placer literario. Me detuve en el centro de la plaza Juan José Arreola y desde ahí, con místico fervor propio de un auto sacramental, exclamé:
—¡Confieso que he narrado, pero ya no lo volveré a hacer!
Subsecuentes análisis llevaron al doctor Ele a concluir que manifestaba una muy fuerte autodiégesis subjetiva, ubicable, en la qué sólo yo podía narrar mis ideas a base de disparates. Mi literariopatía parecía ser de cuidado.
Sugirió un psicopoético análisis. Me canalizó con su colega, la prestigiada psicopoeta Eme Pe.
Debo confesar que busqué referencias de ella en internet antes de decidirme a entrar a su consultorio. Siempre había desconfiado de tales especialistas. Pensaba que la psicopoesía era cosa de mentes desviadas, iluminadas o de plano desquiciadas. No creía tener tales anomalías. Según yo, lo mío era un vulgar caso de verborrea presenil.
Alucinado por mis irracionales temores, fui conducido al consultorio-taller de la especialista. Quedé petrificado al verla: parcialmente ocultos por un antifaz bifocal, sus ojos de hipnotizada cobra hicieron una radiografía de cuerpo entero de mi anémica condición.
Cercano ya a una crisis de paranoiopoesía miré asombrado: de su boca emanaba, deleitándola, una fantasmal neblina. Tras un acceso de tos, dijo:
—Mis literoterapias son a base de talleres en grupo. No me importa cómo le hagas, pero a güevo tienes que presentar un poetexto diferente en cada sesión. Así que tú decides si te quedas o… (señaló la puerta).
Para la siguiente sesión llevé un —según yo— poetexto:
Soñé
que te soñaba
soñándome.
No
me gustó
soñar
que soñaras
despertarme.
—Repítalo —dijo la eminencia.
Soñé, que te soñaba, soñándome. No me gustó soñar, que soñaras despertarme.
Miré un espeso silencio. La psicopoeta se quedó pensativa. Convencida, recitó su oráculo fatal:
—Verbopatía idiopática simple. Tu caso no es peligroso —agregó—. Requiere de un prolongado tratamiento. Debes recluirte indefinidamente en talleres de escritores incurables.
Decidí tomar una segunda opinión.

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