Traducido por Hilda Venzor
Mary había tenido suficiente. Los niños —¡¿niños?! Seth tenía cuarenta y Stefani cuarenta y uno— habían estado peleando desde San Cristóbal. «Tú eres». «No lo soy». «Sí, tú eres». Sentada en la parte trasera del estrecho auto rentado, Mary traducía al español por la suavidad y belleza del lenguaje sus insultos que iban y venían, pero su pulso todavía latía con impaciencia y su estómago se revolvía. —¿Podrían callarse los dos? —dijo al fin—. Se supone que esto es un viaje divertido.
—Madre —Stefani le advirtió. Mary se encogió de hombros y apagó su aparato auditivo. Ella notó que Seth tenía un gran lunar gris en la parte trasera del cuello que temblaba cuando gritaba, y Stefani giraba su cabello como un caballo espantándose las moscas. Habían sido una hermosa pareja cuando recién se casaron, pero ahora eran una pareja demacrada, adúltera y materialista. No era su culpa. Tampoco su problema.
«No necesitas un carro más grande», leyó Mary en los labios de Seth mientras se volteaba de perfil, el lunar rebotando; «necesitas una pinche camioneta U-Haul». Y Stefani, igual de poco imaginativa, también replicaba: «Lo que yo necesito es un hombre que no sea un pinche miserable».
Si no hicimos nada bien, pensó Mary, al menos el padre de Stefani y yo sabíamos cómo pelear. ¿No sabía Stefani que Seth consiguió este auto de renta en una ganga? ¿No sabía Seth que Stefani compraba compulsivamente? Mary se sentó apretada entre maceteros para jardín, una rejilla de hierro forjado para vinos que había sido de alguna manera quemada para hacerla parecer rústica, una pila de tapetes tejidos, tres hamacas, y algunos espejos extremadamente puntiagudos que, amontonados en el asiento a un lado de ella, reflejaban su cara al revés, haciendo de su ligera barbilla doble un monstruo triple y todos los pelos en ésta como largas cerdas de plata de jabalí. Lamentaba su reflejo, recordando al guapo lanchero viejo que le había guiñado el ojo mientras remaba llevándola a ella y a los niños a través del lago ahogado en lilas flotantes.
Se volvió hacia la ventana. Las montañas en esta parte de Chiapas eran exquisitas. Azul humeante. El aire afuera, pensó nostálgica, probablemente olía a ese humo —humo azul de madera del fuego de las cenas, pequeñas buenas cenas de maíz tostado y pollo marinado en limones y chile; ella nunca aspiraría esos aromas porque Stefani insistía en mantener las ventanas cerradas, el aire acondicionado encendido—. Acelerando, Seth giraba alrededor de fornidas mujeres mayas vestidas con blusas bordadas caminando en fila india por la orilla del bosque, hombres de piel oscura regresando en bicicletas a sus villas. De vez en cuando unas cuantas chozas aparecían y desaparecían. Mary saludaba a los niños que estaban en los patios polvorientos con sus perros y sus cerdos, pero ellos no le devolvían el saludo —¿por qué habrían de hacerlo? Era sólo otra vieja americana que pasaba—.
Su estómago hizo un decidido movimiento. «Necesitaré ir al baño pronto». Con su telex apagado, ella no podía decir qué tan fuerte era su voz; no muy fuerte, aparentemente, porque ninguno de los dos pareció ponerle atención, aunque Seth, frunciendo el ceño, hizo un movimiento hacia afuera con la mano como diciendo: no gasolineras, no pueblos, no arbustos. El camino se curveaba y subía, vueltas y vueltas entre las nubes. Mary se frotó el estómago y se recostó en el asiento. Siempre había amado los viajes en carro; era una buena viajera. Hasta ahora, San Cristóbal había sido su ciudad favorita y la catedral su lugar favorito, donde, arrodillada, había celebrado el Festín de la Asunción esa mañana con hermosas mujeres de piel morena en huipiles bordados, hombres en sarapes rosas, hombres de negocios en camisas de poliéster, soldados adolescentes, niños y una camioneta llena de turistas franceses parlanchines. Pero alguna fruta que le había comprado a uno de los vendedores con chal en las escaleras de la catedral no estaba cayéndole bien. Podía sentir un fluido maligno y oscuro que empezaba a burbujear dentro de ella. «Me estoy enfermando», anunció.
«Te dije que no te comieras esos plátanos machos». Era Stefani, gesticulando. «Estaban fritos en manteca de cerdo. Pero claro, tenías que comértelos».
—Estaban deliciosos —dijo Mary—. Stefani torció la boca y volvió a su asiento; Mary, con la mano en el estómago, también hizo una mueca. Los plátanos no estaban buenos. Estaban grasosos e inmaduros, sólo se los había comido por despecho a su hija sabelotodo, quien no había comido otra cosa que PowerBars desde Mérida. Había sido una tonta por haber traído a Stefani y a Seth a México. Sólo porque ella había pasado los años más felices de su niñez aquí —años antes— no significaba que ellos disfrutarían lo que ella había disfrutado: la suave tibieza del sol de las montañas, los colores en la tierra del cielo al amanecer. Sonrió, recordando la viva comunidad de artistas expatriados en la que sus padres la habían criado. Fue una niñez de flores, fuentes y fiestas que no cambiaría por nada. Encendió su aparato auditivo y se inclinó hacia delante, esperando distraer a los niños con una historia de los años felices de su niñez, pero un nuevo cólico la detuvo.
Frunció los labios y apretó sus nalgas, tratando de suprimir un insistente pedo, pero éste salió de todas maneras, miró a Stefani y a Seth voltear a acusarse uno al otro y después, en una impotente ráfaga de vergüenza, sintió sus intestinos aflojarse completamente e inundar sus pantalones y el picoso tapete de lana en el cual había sido forzada a sentarse por falta de espacio. Horrorizada, dejó caer la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.
—¡Está muerta!— gritó Stefani.
—¡Ay, por Dios!
Bueno, era buena idea. Mary mantuvo los ojos cerrados.
—¡El olor!— Seth viró tan bruscamente que uno de los espejos se ladeó y le raspó el brazo a Mary. —No puedo soportar el olor.
—Mi madre está muerta ¿y lo único en lo que puedes pensar es en el olor?
—No me gusta el olor de la gente muerta, ¿está bien? ¿De acuerdo? No tiene que ver nada con tu madre, es el olor en sí mismo.
—¿El olor en sí mismo? ¿Disculpa? ¡Es de mi madre de quien estamos hablando!
—Bien, ¿qué quieres que haga? ¿Qué vamos a hacer? Dime qué hacer.
—Tenemos que encontrar un hospital.
—¿Cómo?
—No lo sé. Tenemos que encontrar a un mexicano y pedirle ayuda.
—No hablamos español. Sólo tu madre habla español.
—Sólo mi madre hablaba español. —Lágrimas. Después, —estamos en el medio de la nada.
—De verdad no puedo soportar el olor.
Frenos. Seth vomitando a un lado de la carretera, Stefani rogándole que se serene. Mary abrió los ojos. Estaba oscuro. Estaba sorprendida. No se había dado cuenta cuánto tiempo había pasado. Quizá de verdad estaba muerta. Pero no, podía olerse a sí misma. No era para tanto. Sólo mierda natural, humana. No se sentía tan mal tampoco, su trasero y muslos enfriándose alrededor como un baño de lodo en un spa. Aun así, era humillante. Como la vejez, era humillante. Tan humillante como ir en el asiento trasero al cuidado de niños.
—No puedo manejar con ella en el carro— dijo Seth.
—No vamos a dejar a mi madre muerta a un lado del camino porque, en primer lugar, pagó por este viaje, si bien recuerdas.
—Estaba pensando —tartamudeó Seth— podemos amarrarla a la parte de arriba del carro.
—¿Hacer qué?
—Envolverla en el tapete y atarla arriba del carro. Hasta que lleguemos a un teléfono.
Silencio.
—Es la única manera en la que podré manejar, cariño.
Mary abrió la boca para protestar, pero nada salió. Aturdida, no se movió, se puso rígida como el cadáver que se supone que era mientras que, molestos y con náuseas, las dos personas que más había amado en el mundo la envolvían en el tapete, la izaban y la amarraban al techo del carro con una cuerda de una de las hamacas. Cuando se metieron al carro y empezaron a manejar, abrió los ojos y miró las estrellas. Ahora podía oler el humo, el aroma profundo de los pinos y sentir el viento fresco. Nunca se había sentido tan libre, tan sola, tan invisible, tan enojada. Sabía que abajo su hija y su yerno estarían todavía peleando. Habían peleado por la casa que ella les había comprado, el trabajo dental por el cual ella había pagado, las deudas que ella había liquidado. No les importaba pelear. Les gustaba. Probablemente hasta se querían. «Yo soy a la que ellos no quieren», pensó Mary. Sólo soy una vieja inconveniente con una conveniente cuenta en el banco. Empezó a llorar, después se dejó llevar de nuevo por la belleza del cielo nocturno sobre ella y, finalmente, a pesar de las sacudidas debajo de ella, se quedó dormida.
Despertó cuando el carro frenó. Luchando para levantar la cabeza, vio que se habían detenido ante un pequeño puesto polvoriento que estaba sólo en la orilla del bosque, iluminado con focos rojos y verdes como en Navidad. Oyó a los niños salir del carro y correr hacia el puesto. Esperaría hasta que regresaran, les confesaría la verdad, y luego podrían todos volar a casa de nuevo y olvidar esa pesadilla.
Pero los minutos pasaron. Y más minutos. Y más. Finalmente, Mary desató las cuerdas de la hamaca y se sentó. El frente de la tienda estaba lleno de los mismos tapetes de lana brillantes que Stefani había estado buscando. ¡Está de compras!, pensó Mary. Maldita. Está comprando y Seth está regateando, y estarán ahí por horas. Se deslizó por el carro hacia el asiento del conductor.
Sacó el juego de llaves extra de la guantera, encendió el carro y empezó a manejar. Durante kilómetros, no se permitió reír, pero una vez que empezó, no podía parar. Podía imaginarse a los niños cuando salieran y encontraran que el carro no estaba. Pensarán: «algún mexicano lo ha robado con el cuerpo de mamá arriba». Empezarán a pelear acerca de quién tuvo la culpa.
—¡Mía! —pensó Mary, jubilosa—. ¡Mía, toda mía!
Hubiera dado cualquier cosa por ver sus caras. Pero ése era el problema de estar muerta: no podía andar paseando y disfrutando de las cosas. Sólo tenía que regresar al hotel del lago de las lilas, lavarse, comprar alguna ropa bonita y encontrar a ese lanchero guapo. Después, llamaría a su abogado en Estados Unidos, cambiaría su testamento, compraría una casa aquí en las montañas y se asentaría por fin a vivir la vida que siempre había querido vivir.

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