Para Carlos López,
digno sobreviviente
en el submundo de la edición
Babeando mi abstinencia como bestia en brama y husmeando con la urgente necesidad de un acostón y de encontrar algún lúbrico oasis donde terminar con mi fastidiosa sequía sexual, visité El Café de Nadie, en Jalapa, esquina San Luis; el nombre me pareció muy ad hoc para un escritor mundialmente desconocido como yo. Al subir las ruidosas escaleras de madera, las polillas comenzaron a protestar al sentirse perturbadas por mis ansiosos pasos. Muy pronto me di cuenta por qué. El recinto estaba acogedoramente desierto, aunque sus paredes estaban atiborradas de obras al óleo y dibujos de mal gusto. Deben ser del dueño, pensé, o de algún amante de él porque, de otra manera, esto no estaría ofendiendo la vista de los visitantes. Más tarde, al conversar con el dueño, un argentino radicado en México, pude percatarme de algunas cosas. Claro, el tipo era insoportable; volví dos veces más por aquel lugar, pero siempre hacía honor a su nombre: no había nadie; ni Dios se aparecía por ahí.
En otros cafés pude entablar conversación con damas a las cuales no les fui tan indiferente y eso levantó mi muy alicaída autoestima, pero cuando descubrían en mis anteojos a la Lennon las asquerosas intenciones de perro insaciable y en mi larga y lacia cabellera la urgente necesidad del intercambio de fluidos corporales, el encanto se rompía, como en los cuentos de hadas.
Pero donde pude percibir mayores posibilidades de éxito fue en el Hexen-Café (lugar de brujas, según sus guapas meseras). Pues para ser brujas, están bien buenas, pensaba yo, al realizar mis lecturas en aquel mágico lugar, y las apunté en mi lista de futuras víctimas. Incluso las obras expuestas gozaban de una descarada lozanía artística. En el Hexen encontré almas mucho más sensibles que en ningún otro lugar.
Un martes de octubre, harto ya de mis nulos resultados, me puse a departir con tres jóvenes poetas que ese día visitaban casualmente el café, prodigando elogios mutuos a sus respectivos trabajos. De entre ellos, sobresalía un joven no sólo por su inentendible poesía, sino también por sus ínfulas coyoacanenses. ¿Y tú, güerito, qué andas haciendo con estos pinches mugrosos?, pensé preguntarle, pero luego lo olvidé, pues en la mesa de al lado había una mujer de escasos veintiséis años que poseía muy apetecibles carnes en todo su cuerpo, propias de una teibolera: senos exuberantes que parecían asfixiarse en aquel tremendo escote, cabello largo con algunos mechones dorados que saltaban sobre su aura como chispas de divinidad y unas piernas sin medias que mostraban, a mi lasciva mirada y sin ningún recato, la hermosura de su piel apiñonada, invitándome a toquetearlas. La reunión con aquellos jóvenes poetas fue de franca camaradería, pero de muy poca ilustración literaria, pues mi corto y desgastado entendimiento no comprendió la complicada y profunda estructura de su poesía. La verdad es que tampoco les puse mucha atención, pues sólo tenía ojos descarados para aquella hermosa mujer que no paraba de besar a su atolondrado acompañante.
Más tarde, cuando la pareja se disponía a partir, acompañados de mi desencanto, la bella mujer dejó caer al piso, con la malicia propia de una niña precoz, muy cerca de mí y sin que su acompañante se percatara de ello, un pequeño papel. Los bates, absortos en la perfección de su vanguardia poética, ni por enterados se dieron. Fingiendo un ataque de tos, me agaché, cogí el papelito, me disculpé con los integrantes de la mesa y me dirigí al excusado.
—Voy a descargar el lagarto —dije, recordando una película de Tarantino.
Nadie volteó siquiera a verme. Tan jóvenes y con tanta falta de sentido del humor, pensé, triste.
El papelito era de color rosa y olía a perfume de mujer necesitada, ¿o era un simple mortal ávido de sexo quien leía aquello? Contenía un dato que echó a volar mi imaginación:
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. Esto para mí fue como una invitación a cometer alguna fechoría o, por lo menos, a masturbarme cibernéticamente, como lo hacen hoy en día millones de jovenzuelos.
Al regresar a la mesa, me despedí de los poetas.
—Debo llegar a lavar los platos usados en la comida —dije muy serio.
Eso sí les dio mucha risa. A mí no me pareció tan simpático, pues para un solitario como yo, las labores en el hogar son algo cotidiano. Antes de llegar a mi departamento a realizar las tareas «propias de mi sexo», me detuve en un café internet, anunciado con letras rojas de neón, como un antro, y escribí a Granescote: «Hola, hermosura, soy tu fan núm. 1. Me alegra mucho que mis miradas lujuriosas hayan vencido tu indiferencia de cortesana. No sólo me alegra, me produce un orgaaaasssmo. Dame una fecha y un lugar y ahí estaré, tan puntual como un clásico inglés. Sólo me conformaría con olerte (¡mmmm!), contemplarte (¡mmmm!) o admirarte (¡mmmm!), pero si tu lascivia me lo permite (¡¡¡mmmmmmmm-mmmmmmm!!!). Ya sé que dirás que soy un presumido, pero hasta ahora ninguna mujer se ha quejado de mi lengua viperina. Bueno, después de hartarte de tantas emes, le envío un gran beso a tu delicioso escote... y otro a tu entrepierna. Ahora me voy a intentar conciliar el sueño, aunque sé que es imposible, pues tu malicia de ángel perverso me lo impedirá. Muchos besos».
Después de aquel sublime y sugestivo mensaje, poblado de onomatopeyas, ahora había dos posibilidades: a) que a vuelta de correo electrónico me enviaran a darle de besos en la entrepierna a mi chingada madre y b) que se abrieran las puertas del paraíso de la lujuria, para dar paso a la libido y al intercambio de secreciones corporales.
Para mi fortuna, el inciso b) resultó victorioso.
Al día siguiente, respetando a mi madre, Bety me contestó: «Como me lo imaginé, eres un pinche guarro. Sin embargo, tendrás una oportunidad de demostrar esas capacidades de las que tanto alardeas. Espero que no sea yo la primera mujer que se queje de ti. ¿Conoces el Lau’s, en Madero, a dos calles del Zócalo? Ahí estaré hoy a las siete de la noche. Espero que el clásico inglés que traes dentro de tu chilanga ralea haga honor a su fama; no soporto los retardos. Llevaré la misma ropa que ayer, pero iré sin calzones. Un beso de diez minutos».
—¡Ah, cabrona! ¡Ah, cabrona! —exclamé jubiloso después de leer aquello y continué—. Dejaré descargar sobre ti toda mi artillería pesada acumulada durante... ¿cuánto tiempo tengo sin coger?
Sin importarme los pormenores de mi ayuno sexual, me dediqué durante todo el día a prever los detalles para mi encuentro con aquella hermosa mujer y decidí enumerar las acciones a seguir:
Punto número 1. Dejar la fiel y desgastada mezclilla y utilizar el único pantalón de pana que había en mi ropero.
Punto número 2. Echar mano de todos los ahorros (un caballero inglés jamás permitiría que una dama pagara la cuenta) y
Punto número 3. Llegaría, cuando menos, a las siete menos diez.
Todo el día anduve errando y vagando como sonámbulo (algunos me hicieron notar que andaba como pendejo, pero no caí en provocaciones): durante el desayuno derramé una taza de café sobre el pantalón de un camarada y recibí las primeras mentadas de madre del día. Bien merecidas. Más tarde, al salir a la farmacia a comprar aspirinas, olvidé salir con las llaves del departamento y al regresar tuve que romper un vidrio de la ventana para poder entrar. Luego, al intentar planchar la única camisa decente que tenía, olvidé la plancha sobre ella y así, cosas bonitas.
Imposible comer. El recuerdo de aquella perfecta figura no sólo me había quitado el hambre sino hasta el modito de andar. Al llegar las cinco de la tarde, la tensión y el nerviosismo habían llegado a su clímax. Cometiendo algunas otras tonterías, debido a mi embotamiento, quedé casi listo a las seis treinta.
Bañado, perfumado y luciendo una cabellera relamida, debido a las grandes cantidades de gel que me apliqué durante el largo rato que pasé frente al espejo, llegué caminando a las seis cuarenta de la tarde a la estación del metro Balderas, pues yo vivía a tres cuadras, con la ilusión y la sonrisa de un estudiante al inicio de cursos reflejada en el rostro y con la imagen del escote de Bety recorriendo mis entrañas.
En los pasillos encontré una gran cantidad de gente y prisas características a esa hora del día: muchedumbre silenciosa con la mirada clavada en el piso; otros, viendo hacia adelante, como buscando su destino, afectados aún por la angustia y el recuerdo del pesado ambiente de trabajo en la oficina; mujeres remolcando a sus hijos de la mano respondiendo con oídos sordos a sus acaloradas protestas y culpándolos por su desgracia; ancianos arrastrando pesadas bolsas que contenían la indiferencia de los hijos y jóvenes que mostraban orgullosos su despreocupada precosidad a los transeúntes, propinándose largos besos al estilo de Gael García y la Vanessa Bauche, semiescondidos en cualquier resquicio de los pasillos. ¡Viva México!, pensé al contemplar tanto folclor y descubrir el tumulto esperándome en los andenes.
Procuré pasar, deslizándome entre la gente, a los primeros lugares y colocarme lo más cerca posible del vagón, pero tropecé con alguien.
—Órale, cabrón, no empujes —me gritó un joven-búho-malencarado, abriendo los ojos desmesuradamente, provocando que sus lentes de Benito Abusadito se opacaran, lanzándome una mirada asesina y ofendiéndome con su aliento de salario mínimo. No le respondí y reculé unos pasos, pues en ese momento no tenía tiempo ni ánimos para pegarle a nadie.
Llegó el primer tren. Imposible abordarlo. La turba, desbordando ansias y desesperación, se abalanzó sobre él, como si dentro hubiera ofertas de temporada, y me dejó fuera. Espero el otro, me dije, aún tranquilo. Tengo tiempo. Tres minutos después, llegó el otro vagón. Para esos momentos, yo me encontraba en el mismo lugar que cuando llegué por primera vez a los andenes. La escena se repitió. Loco frenesí, empujones, torteadas, zapatos al aire, trompicones, maldiciones y gritos de protesta de algunas mujeres necias que no entienden que los primeros vagones son para ellas.
Tampoco pude entrar. Me comencé a desesperar.
Para el tercer tren en escena ya estaba decidido a permanecer en los límites del andén, es decir, un paso más allá de la raya amarilla. Cuando alguien se acercaba intentando robarme mi posición, mañosamente me adelantaba, conservando mi lugar. Por fortuna, esta vez el tren no tardó tanto; sin embargo, el tumulto ya había adquirido las mismas proporciones que a la llegada del tren anterior. La gente parecía emanar de la luz de las lámparas, del suelo, de las escaleras y de las paredes; era una verdadera marabunta.
No entré en el tercer vagón, me metieron. Entonces sufrí las vejaciones que amablemente me prodigaba el remolino de la multitud. Sentí su desesperación en mis nalgas (si fuera gay, este sería el lugar ideal, pensaba); pude oler su necesidad por llegar a ducharse y también percibí con el olfato los rezagos de frijoles con epazote de la comida corrida. Aunado a todas estas desventuras, la ventilación no funcionaba. ¡Viva México y sus funcionarios!, repetí para mis adentros, al fin que ellos viajan cómodamente en sus autos último modelo. En la estación Juárez, no bajó ni un alma, pero aumentó el olor a gases de diferentes tipos: chicharrón en salsa verde, mole de olla y lentejas con tocino, entre muchos otros que pude reconocer. Castigo divino. ¿Quién me manda ser tan pobre?, me recriminé.
Al llegar a Hidalgo salí del vagón, aprisa y cómodo, llevado en vilo por la misma muchedumbre que me invitó a entrar en Balderas. Ahora estaba retrasado para mi cita, ya eran las siete menos diez. Bueno, me dije, en dos minutos llegaré al Zócalo, es decir, con ocho minutos de anticipación.
La gente continuaba brotando de los mismos lugares que en la estación Balderas, indiferente a mí y a todo su entorno. Algunos se detenían a comprar golosinas, el periódico o películas piratas exhibidas en el suelo, para después continuar su camino, apresurados y en silencio, como empujados por una fuerza extraña.
Para esos momentos ya me había olvidado de la impasibilidad y de la flemática actitud que adquirí al salir de mi casa, pues pensaba que llegaría tarde si no me apresuraba. Al llegar a los andenes de la línea dos ya me esperaba otro gran número de gente, sólo que de espaldas a mí. Me recordaron al enorme grupo de pingüinos que se protegen del frío y las tormentas de nieve colocando sus cuerpos lo más juntos posible; yo era el pingüino último, que merodeaba alrededor de la gran masa intentando colarme por algún resquicio. Tomando como experiencia lo sucedido en Balderas, mañosamente me coloqué en medio del grupo. Ya es de conocimiento popular la forma que se sube a estos vagones. Esta vez el tren sólo tardó unos segundos. Aflojé el cuerpo y en tres segundos ya estaba hasta el fondo del vagón, cargado amablemente por la turba.
Confiado, optimista y alegre, ya me relamía los bigotes de la libido al pensar en mi encuentro con aquel oasis de perfectas dimensiones. Por fin terminaría mi ayuno sexual. Ahora podría dejar descansar a la zurda. Bellas Artes y Allende sólo me produjeron algunos sofocos y descubrí con horror que ya me estaba acostumbrando a la hediondez de la comida corrida. Pero, al llegar al Zócalo, comenzó la debacle.
Además de que algunos necios intentaron abordar lo inabordable, pues el vagón estaba a reventar, impidieron la salida de todos los que teníamos que bajar. Los gritos de desesperación se escucharon de diferentes ángulos:
—¡Háganse a un lado!, ¡dejen bajar!, ¡qué bárbaros!, ¡ay, oigan, no sean brutos!, ¡bajan, bajan!
Yo era uno de ellos, pues la puerta aún se mantenía abierta. Cuando ya casi lograba mi objetivo, imaginando que mi bella Bety estaba fuera del vagón estirando las manos y tratando de jalarme, sucedió algo bochornoso, propio de las películas de Tin-Tan: algún malvado o distraído me pisó el zapato izquierdo y me lo zafó. Fue un instante, largo e interminable, durante el cual la vida sucedía en cámara lenta. Aún alcanzaba a salir del vagón, aunque sin un zapato. Imaginé la ridícula escena llegando ante aquella beldad calzado sólo con el zapato derecho y el calcetín del pie izquierdo riéndose a carcajadas de mi cara de imbécil. Decidí quedarme y recuperar aquel maldito zapato. Las puertas del vagón se cerraron y el tren continuó su marcha. Chequé mi reloj. Faltaban ocho minutos para llegar puntual a mi cita. Sin poder agacharme, comencé a tantear el piso del vagón con el pie descalzo. Mi calcetín saludó a varios zapatos. Sus dueños me miraron con rabia y desprecio. «Es que... perdí un zapato», me disculpaba, ruborizándome y sintiéndome doblemente imbécil. Antes de llegar a la estación Pino Suárez mi pie izquierdo localizó al extraviado quien, alegre como un niño al ver llegar a su papá a la salida de la escuela, corrió hacia él y se colocó en su lugar. Ahora ya estaba completo. Ya podía llegar nuevamente ufano, guapo y simpático ante mi escultural Bety-gran-escote. Esto nuevamente alimentó mi libido. Sentí una leve punzada en mis genitales. Chequé otra vez mi reloj. Faltaban seis minutos para las siete. Al llegar a la siguiente estación, aventé y arrollé a cuantos aparecieron en mi camino, como si llevara bajo el brazo un balón de futbol americano y estuviera en la zona de anotación, ganándome varias mentadas y golpes de los afectados, pero nada me detenía entonces. Al salir del vagón corrí, corrí y corrí imaginándome que la muchedumbre ofendida me perseguía y eso me avivó al bajar, casi volando, las escaleras para llegar al vehículo que me llevaría de vuelta al Zócalo. Pero como un terrible presagio, el tren tardó más de lo debido. Apareció a las 6:57. Quise tener alas, pero, ¿de qué me servirían las alas, si no sé volar?, pensé en mi desesperación, capaz que me estampo en un poste de luz o en un edificio alto, a veces soy tan pendejo....
La llegada al Zócalo me devolvió la confianza y nuevamente empujé a la gente sin importarme las mentadas del personal y salí corriendo con la esperanza de encontrar a mi futura amada. Sólo tenía 90 segundos para llegar a mi cita de amor. De la estación Zócalo al número 69 de la calle Madero, lugar donde se encontraba el Lau’s, sólo me separaban unos doscientos metros. Otra vez corrí como perseguido por mi destino. En mis orejas retumbaban las palabras de aquella belleza: «No me gustan los retardos» ¿o habrá dicho los retardados? No sé. La desesperación se había apoderado de mí. Llegué a aquel antro ochenta segundos después de la hora. Bety ya había pagado su consumo y se disponía a salir del lugar. Llevaba su molestia colgada de las cejas. Al verme, ni siquiera se inmutó. Esto confirmó un vago presentimiento que me asaltó desde el momento en que me dirigí al retrete del Hexen-Café para revisar aquel papelito rosa que contenía su mail y que olía a mujer intolerante. ¿Y si el mensaje no era para mí? ¿Lo había tirado en aquel lugar con la esperanza de que lo recogiera el poeta joven al cual llamaban sus amigos el 100% guapo, que por estar embebido en la ininteligible lectura de sus poemas no se percató de sus intenciones?
Si la hubiera abordado aclarándole que yo era quien recibió su mensaje y que era conmigo con quien había pactado aquella esperanzadora cita, tal vez me habría hecho sentir tan imbécil como si llegara descalzo y sin calcetines a aquella cita de frustrado amor. Sólo me dediqué a admirar su ondulante figura y a imaginarme su sexo descubierto y sin pudores esperando ser atendido por la enjundia de un poeta cuya juventud, con seguridad, le proporcionaría el placer en las cantidades adecuadas para tan alta estirpe. Su rítmico andar, enarbolando aquellas hermosas nalgas que me lanzaban una mirada desdeñosa, seguido de mi desgastada vista, se perdió al dar vuelta en Isabel la Católica. En ese momento comenzó a soplar un viento frío, muy frío que abofeteó mi rostro, ofendió a mi cuerpo deforme y sudoroso y me regresó a mi avenjentada realidad. La Luna, en todo lo alto, resplandeciente como pocas veces y colgada de las marquesinas de los edificios, me invitó a caminar de regreso a casa, sosteniendo con fuerza las frustradas ilusiones de mis cincuenta años en los bolsillos de mi único pantalón de pana.

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