Nuno y el Grillo
En horas de la mañana de un lunes aparecieron flotando río abajo tres pescadores que tres días antes habían desaparecido sin dejar rastro alguno.
Los tres hombres desaparecieron el mismo día en que se escuchó un fuerte silbido que venía de algún lugar río arriba, muy lejos del pueblo de donde eran oriundos los tres desafortunados pescadores.
La fuerte corriente arrastraba troncos y animales muertos río abajo, sin embargo, los tres cuerpos permanecían en un mismo lugar flotando.
Los tres pescadores muertos flotaban en la mitad del caudaloso río formando una flecha que apuntaba en sentido contrario a la corriente. De los oídos de los tres hombres salían finos hilos de sangre que se iban mezclando con el agua turbia. A veinte metros, río abajo, se encontraba la canoa de los pescadores medio destruida.
El primero en ver aquella espeluznante imagen fue Nuno el hijo del panadero, que andaba en busca de un lugar fresco para dormir la siesta, luego de escaparse del colegio.
Nuno permaneció en silencio varios minutos contemplando a los tres hombres flotar en la mitad del río formando una flecha que apuntaba en dirección contraria a la corriente del río.
El agua corría con más y más intensidad, pero por alguna extraña razón los tres cuerpos permanecían en el mismo lugar, como si una extraña y poderosa fuerza, superior al caudal del río, los detuviera con tal empeño que pareciera que nada en el mundo lograría mover a los inertes cuerpos de aquel lugar.
La mañana llegaba a su fin y Nuno seguía con sus somnolientes ojos observando a los pescadores. Los ojos del muchacho se fueron cerrando sin que él mismo se diera cuenta. Nuno se quedó dormido sobre la húmeda arena en la orilla del río mirando a los tres hombres muertos que formaban una flecha que apuntaba río arriba.
Nuno despertó rodeado por todas las personas de su pueblo, que caídas sobre la arena, se retorcían de dolor con las manos cubriendo sus oídos. Al parecer algún mal desconocido los agobiaba.
Al igual que a los pescadores muertos, a los pueblerinos también le brotaban hilos de sangre de sus oídos. Las mujeres lloraban de desesperación y los hombres trataban de ocultar su cabeza enterrándola en la arena para calmar el dolor.
Nuno se levantó temblando de miedo. El muchacho observó que no solo las personas sufrían aquel extraño mal pues en las bases de los árboles yacían muertas aves de todos los tamaños y colores, que al parecer, y por alguna extraña circunstancia, perdieron su sentido de vuelo y se estrellaron aparatosamente contra los enormes árboles. También los anímales de tierra sufrían: zorros, ardillas, osos, venados y demás animales del bosque, incluso los insectos, se retorcían sobre la húmeda hierba del bosque. En el río los peces saltaban alocadamente como si alguna extraña fuerza proveniente de lo más profundo del río los estuviera lanzando a los aires.
Para Nuno era incomprensible lo que acontecía. Él, un simple niño, hijo del panadero del pueblo, no sabía que hacer ante lo que sucedía frente a sus ojos.
El muchacho pensó en salir corriendo e internarse en lo más espeso del bosque donde la única que habita es la tranquila soledad, pues él estaba atemorizado por la extraña realidad que lo rodeaba y además, allí ningún mal lo alcanzaría, o al menos, ya no sería testigo del sufrimiento de hombres y de animales.
Una suave voz al interior de Nuno le ordenó que mirara río abajo. El muchacho obedeció a esa suave voz.
A un metro de la orilla del río flotaba la canoa de los pescadores muertos; pero extrañamente la pequeña canoa ya no estaba destruida si no que se veía fuerte y además, se resistía a ser arrastrada por la terrible corriente del río, cómo si la canoa tuviese voluntad propia.
La voz le habló nuevamente a Nuno. Esta vez le ordenaba subir a la canoa y navegar río arriba. Así lo hizo el muchacho que sin saber por qué obedecía aquella voz.
El joven actuó sin pensar, simplemente obedeciendo a esa voz, y con gran destreza y sorprendente habilidad saltó a la canoa, empuñó con fuerza el remo y empezó a navegar río arriba luchando valientemente contra la fiera corriente.
La corriente del río aumentaba a medida que Nuno avanzaba. El agua se mostraba más y más turbulenta cómo si su único objetivo fuera volcar al joven navegante.
Después de luchar y luchar contra la corriente, Nuno se vio amenazado por una extraña fuerza invisible. Los pedazos de árboles y demás objetos que bajaban por el río eran desviados intencionalmente contra la canoa de Nuno. La pequeña embarcación se convirtió en el blanco de aquella extraña y desconocida fuerza.
La canoa tambaleaba y parecía sucumbir ante la embestida de los troncos y demás objetos que la golpeaban.
Los golpes que recibía la canoa y el ímpetu del río empezaron a desalentar a Nuno que de repente sintió desvanecer su valor y confianza.
De pronto el cielo empezó a oscurecerse y el aire a tornarse frío y denso. Una anormal brisa levantó arena de la orilla del río y formó una espesa nube de hojas secas, arena y polvo que cegaban a Nuno. El muchacho quiso saltar de la embarcación y escapar de la furia de la naturaleza pero no lo hizo pues comprendió que si saltaba de la canoa posiblemente moriría ahogado en el caudaloso río.
En algún momento, sin que Nuno se diera cuenta cuando, el río se calmó, el viento dejó de soplar y la nube de polvo y hojas secas se esfumó y el cruel clima dejó de ser una amenaza para el muchacho.
Nuno pudo abrir los ojos aunque con algo de dificultad pues le ardían a causa del polvo y el aire frío.
El rostro del joven reflejaba el agotamiento causado por la dura lucha contra la vehemente corriente del río.
Empapado, temblando de frío y miedo, Nuno recordaba el sufrimiento de las personas de su pueblo y de los animales del bosque al igual que recordó a los tres hombres que murieron extrañamente en el río.
Sobre una inmensa piedra, que nunca había estado en aquel lugar, justo en la mitad del río, se encontraba sentado un extraño monstruo del tamaño de 10 hombres adultos.
Nuno observó detenidamente a aquel personaje. Se trataba de un demonio aterrador, igual a los demonios descritos por los abuelos del pueblo en sus relatos de las noches frías y oscuras cuando se reunían en la plaza del pueblo con el fin de asustar a los jóvenes y a las mujeres.
El monstruo era un gigantesco grillo con algunos rasgos de humano. Era una bestia de largas y negras piernas que al sentarse las rodillas sobrepasaban la altura de su cabeza además, sus extremidades inferiores estaban cubiertas por gruesos pelos que parecían punzantes espinas, sus brazos eran filosos y amenazantes como espadas mortales, el rostro era pequeño y sobresalían sus enormes ojos rojos como brasas encendidas.
Aquel demonio le habló a Nuno:
—¿Quién eres insolente muchacho para atreverte a venir hasta mí sin ser requerida tu presencia?
Pero Nuno no escuchaba lo que el grillo le decía y solo veía el movimiento de los raros labios de aquel monstruo.
—¿Qué dice?, ¿Será que creo que este demonio me habla pero en realidad no lo hace?… ¿mi temor a esta horrible bestia es tal que hasta pienso que me habla? …¡debo estar alucinando1 —pensaba Nuno que seguía mirando fijamente al Grillo que seguía moviendo sus labios aunque de su boca no salía ningún sonido.
El grillo dejó de hablar por un instante y observó detenidamente al joven que permanecía de pie sobre la pequeña canoa con el remo en sus manos y sin hacer el más mínimo movimiento, como si estuviese petrificado de miedo.
—¡Ha de ser estúpido porque no parece entender mis advertencias!…le haré una última advertencia… si no hace caso lo haré sufrir al igual que a los tres insensatos que se atrevieron a pescar en mi territorio.
Después de meditar por unos cuantos segundos, el grillo decidió advertir a Nuno por última vez:
—NIÑO TONTO…lárgate de mi territorio o sufrirás las consecuencias…te lo advierto… he sido paciente con ustedes….durante años les he permitido llevarse los peces de mi río pero ya me harte…si no te vas, acabare contigo y con todo ser vivo a cien kilómetros a la redonda.
Pero Nuno no se inmutaba; las palabras del demonio de largas piernas no llegaban a los oídos del muchacho que permanecía inmóvil sobre la canoa con el remo en sus manos y su mirada puesta en el rostro del grillo.
—¡Te lo advertí muchacho insolente!…has de sufrir mi ira al igual que la sufrirán aquellos seres vivos que tengan sentido del oído…YO SOY EL TERROR DE AQUELLOS QUE PUEDEN OÍR .
El grillo inhaló una gran cantidad de aire y llenó sus pulmones, su pecho se infló de manera descomunal, luego sus labios formaron un círculo y de ellos salió una terrible y ensordecedora onda sonora que se fue esparciendo kilómetros y kilómetros a la redonda.
Inmediatamente el agua volvió a mostrar su furia, un fuerte remolino amenazaba con destruir la pequeña canoa, los peces saltaban como locos por las aguas, los pájaros en el cielo caían inexplicablemente de los cielos, pero Nuno permanecía sobre su canoa como si nada estuviera pasando, ni siquiera el fuerte remolino que lo amenazaba lograba inquietar al muchacho.
El Grillo desconcertado y casi sin aliento detuvo su ataque al ver que no producía efecto alguno en el muchacho y pensó que tal vez no se había esforzado lo suficiente para acabar con su rival.
De nuevo el temible demonio inhalo aire, mucho más aire que la primera vez, tanto aire que esta vez su pecho se infló el doble de lo que se infló en su primer ataque.
Los labios del Grillo volvieron a formar un círculo y nuevamente el agua se torno violenta y los peces saltaron y saltaron por las aguas, y las aves caían de los cielos al suelo, y los animales terrestres se revolcaban en la tierra tratando de cubrir sus oídos; pero Nuno seguía impávido sobre su canoa observando al grillo formar un círculo con sus labios.
El demonio no entendía lo que sucedía. Sí su silbido era tan fuerte y aterrador cómo ningún otro silbido en el mundo de los hombres y en el mundo de los demonios ¿Por qué su poderoso y destructivo chiflo no causaba ningún mal al joven de la canoa?
Esa pregunta daba y daba vueltas en la cabeza del desesperado grillo que al ver que sus ataques no dañaban a Nuno se desesperaba más y más.
Un tercer silbido lanzó el Grillo contra Nuno. Esta vez el chiflido fue 10 veces más fuerte que los anteriores. El agua se levantó en forma de enormes columnas, tan altas cómo los inmensos árboles del bosque, el cielo se oscureció y la luz del sol desapareció por completo perdiéndose entre las sombras del terror; sobre las aguas del río se apreciaba una enorme cantidad de peces muertos, pero a Nuno no le causo ningún efecto el ruido del Grillo.
Completamente agotado y desesperado, el grillo empezó a golpear el agua con sus brazos de espada queriendo derribar al muchacho de la canoa, pero no lo conseguía.
En un último intento por acabar con Nuno, el grillo se lanzó sobre el muchacho con la intención de cortarlo en dos con sus filosos brazos, pero como estaba tan agotado debido a los tres silbidos que había lanzado antes, no calculó bien la distancia a la que estaba el muchacho y su canoa y solo logró partir en dos el remo que empuñaba Nuno en sus pequeñas manos de niño.
Nuno logró salir ileso del ataque pero se llevó un tremendo susto. Con los dos pedazos del remo que quedaron en sus manos, el joven se puso en guardia para enfrentar a su enemigo.
El grillo calló al agua luego de fallar en su intento por cortar en dos a Nuno. Tan solo un minuto después de caer al agua, el temible demonio emergió de las profundidades del río más enfurecido que antes.
Nuevamente el Grillo enfrentó a Nuno. Esta vez estaba decidido a no fallar e impulsándose con sus largas y poderosas patas se lanzó contra el joven que lo esperaba con los dos pedazos del remo en sus manos.
El grillo no supo en que momento uno de los dos pedazos de madera se incrustó en su pecho y atravesó su negro corazón. Los ojos del demonio se perdieron como se pierde la luz en la profundidad del río y con un último aterrador silbido se despidió de este mundo y se desvaneció en el aire.
La espesa niebla desapareció, el río se apaciguó, el sol apareció en el horizonte, si bien el sol ya se empezaba a ocultar su rostro. La corriente, aunque era suave, empezó a llevar a Nuno río abajo y en 10 minutos el joven se encontraba en el lugar de donde había partido a su azarosa aventura.
En la orilla del río, sentados sobre la húmeda arena, se encontraban los habitantes del pueblo que se recuperaban de aquel extraño mal que los agobió tan intensamente.
Los cuerpos de los tres pescadores desaparecieron sin dejar rastro alguno: fue como si la bravía corriente los hubiese devorado.
Entre los pueblerinos que se recuperaban sobre la húmeda arena se encontraba el panadero, un hombre en cuyo rostro se encontraban las marcas de una vida dura y laboriosa.
Al ver a su hijo descender de la canoa, el panadero corrió a abrazarlo y besarlo. Nuno nunca antes se había sentido tan amado por su viejo padre como en aquel momento.
El panadero le hablaba y le hablaba a su hijo pero el muchacho parecía no entender lo que su padre le decía.
Por un instante el panadero pensó que Nuno estaba sordo debido a los desagradables ruidos que provenían de río arriba, pero después de mirar al joven a los ojos y recordar como era su hijo, el viejo panadero sacó con sus dedos dos bolitas de pan que Nuno había introducido en sus oídos.
Un buen padre conoce a su hijo, y el panadero sabía de las mañas de su hijo. Introducir bolitas de pan para poder dormir en la arena del río después de escapar del colegio era una de las feas costumbres que el hijo del panadero tenía.
Al día siguiente Nuno fue homenajeado por las autoridades y del pueblo.
El muchacho recibió todo tipo de agasajos, de regalos y de premios por haber vencido al demonio que habitaba río arriaba y que por poco acaba con la vida en aquella región; sin embargo, Nuno no pudo salvarse de la mano formadora de su viejo, el muchacho recibió un fuerte castigo de parte de su padre por haberse escapado de clases para ir a dormir al río la mañana anterior.
FIN
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