Shoe Shine
Por primera vez, me lustraron los zapatos en Nueva York. Pagar cinco dólares por la tarea es un robo en despoblado, cuando en la ciudad de México de donde vengo, cuesta uno.
No resistí la insistencia de la mujer al ofrecerme el servicio, a la entrada del bar al que asisto con cierta frecuencia en la Avenida Diez, a unos pasos de la Calle 43 Oeste. La curiosidad por descubrir a quien enfundada en un traje negro vaporoso hasta las pantorrillas y la mirada esmeralda podría dedicarse a lustrar zapatos.
El Bar, Lansdowne Road, es la versión neoyorquina correspondiente a un Pub Irlandés, el cual, con Mr. Biggs en la acera de enfrente y el West Bank Cafe, en la Novena y la calle 42, significan mi personal y fatal triángulo de las Bermudas. Tres abrevaderos etílicos al acecho, de características diferentes y peligros distintos, auspician compañía circunstancial sin mayor mérito que charlar, las más de las veces paja.
La barra de marquetería, del Lansdowne Road, con cupo para cuarenta comensales en hilera uno junto al otro, pretende convencer con su sobriedad. En la parte posterior, un canal de aluminio cubierto de hielo la recorre de un extremo al otro y conservar las bebidas heladas. El exuberante inventario de licores perfectamente ordenados por tipo y costo, vigila atento cada movimiento del cantinero y tienta incesantemente a quienes miramos sin espaviento a las pantallas de plasma, el partido relevante del día. Atrás, la pared entera forrada de espejos duplican la imagen del tesoro etílico y por si no fuera suficiente la variedad de cervezas suma dieciséis, incluyendo a la insuperable Guiness.
Catorce plasmas, instalados estratégicamente en los muros terracota, representan el paraíso para los fanáticos al futbol americano, al fútbol plebeyo (El nuestro, el balompié, ¡hombre!), rugby, béisbol, basquetbol y cuanto espectáculo deportivo se transmita en vivo, al momento, en cadena universal, incluidos los memorables partidos clásicos.
Las copas y botellas llenas de cerveza, a la par con los vasos de cócteles, forman un campanario de cristal de sucesivos; ding-dongs, clash-clash. A los parroquianos de las mesas los atienden una lituana y dos pelirrojillas irlandesas, las tres desabridas por igual, corteses, aunque parcas.
El ambiente, festivo y cordial, lo provoca el cantinero o la cantinera cuando el turno lo cubren latinos o hispanos, para el caso lo mismo, aunque para los anglosajones la aplicación del adjetivo lo distingue la tez de la piel. La simpatía y la chispa natural alegran al lugar colmándolo de sonrisas, dicharachos en inglés tropezado, sin faltar la música salsa estremeciendo a las bocinas del audio.
Después de beber dos copas de Malbec o cualquier otro tipo de vino, me provoca fumar y sin remedio debo salir del establecimiento a disfrutar de un buen tabaco, en la acera, como paria, igual a un enfermo contagioso y virulento. ¡Cáncer de la sociedad!, impedido a disfrutarlo en el interior de cualquier sitio público. Vaya inconveniente.
La mujer de negro, la limpiabotas, me abordó con suavidad pero con determinación, sin mediar esfuerzo a negarme al servicio de lustre de calzado. Deduzco, que por mi cara de sorpresa y la mirada fija en su inusitada belleza, la obligaron a resolverme el enigma antes que yo articulara palabra alguna.
-Llegamos, aquí, hace cinco años- De inmediato, reconocí el acento extranjero. Levantó las medias lunas en los párpados y fijó sus ojos a los míos para cerciorase entendía. Certificada la indagación. Continuó. Nuevamente, leyó mi pensamiento.
-Emigramos de Grecia, de Creta- precisó. El plural, indicaba a una familia numerosa. –Huimos del régimen de los coroneles, los últimos golpistas del País. Mi familia, en el año setenta y tres, fue perseguida sin misericordia, a mis hermanos los asesinaron, mis padres huyeron a Chipre y siendo una chiquilla de tan solo ocho años, la leva, hizo conmigo las peores suciedades. Aburridos y saciados de mi cuerpo enclenque, beodos de tanto beber cántaros de vino verde barato, los soldados me tiraron a una calle desierta en los suburbios de Atenas. Esa noche mi único deseo fue morir.
El milagro de fallecer, no se cumplió.
El plural rondaba mi mente. “Los hermanos asesinados, los padres en Chipre… ¿Entonces, con quién llegó?”
Ella, rebanaba las angustias con delicadeza y finura como si se tratara de una pierna de jamón ibérico de bellota.
-Costas, mi marido, aceptó hacerse cargo de mi, a pesar de las condiciones físicas en las cuales me dejaron los brutales militares; inhabilitada a dar a luz. Adiós a la maternidad de por vida- Un melancólico y furtivo suspiro se le escapó de entre los esponjosos labios bermellón.
El relato me avergonzó, cada palabra que decía me oprimía más el corazón. Era aberrante mantenerla hincada, sobre una almohadilla parte de su equipo de trabajo, a mis pies lustrándome los zapatos.
Las palabras de respeto y consideración que ofrecí la convencieron a sentarse conmigo a una de las mesas del salón de atrás del bar, donde podría expresarse con mayor privacidad si eso beneficiaba a su deshago.
-Aquella terrible noche, Costas, me encontró enrollada en mi misma, igual a una cochinilla de monte, junto a un basurero maloliente, por donde cruzaban ratas de tamaño semejante a conejos silvestres. Deseaba me devoraran, pero no les guste, demasiados huesos, muchos pellejos, y sin duda apestaba a olor al vino de los soldados. Resolló largamente, sin pausa… Las dos manos, con destreza inusitada recogieron la luenga mata de cabello negro para peinarse una cola de caballo improvisada. Continuó; –De verdad, las ratas me daban la vuelta.
La mesera, le llevó media jarra de vino tinto y un Panini con queso Camambert el cual engulló en tres mordidas. Los tragos largos y profundos del vino interrumpieron el silencio que se hizo mientras devoraba el pan.
El semblante, le cambió con la vianda y por supuesto el vino también colaboró. Las mejillas adquirieron un tono rosado, humanizándola. Atrás quedó el ánima solicita a lustrarme el calzado quien sabe cuantos minutos antes. Los ojos verdes ahora vivos, chispearon, aunque mantenían el reflejo del irreconciliable dolor, soportando la presencia del perpetuo inquilino dentro del alma.
-Me llevó a la casa de sus padres, entonces, era un mozalbete de doce años. Vivimos muy felices. Me consideraron una hija más, premios y castigos por igual, paseos, mimos, cariño, escuela, religión y una gran fiesta cuando cumplí los dieciséis. Como aquí, en America, en Grecia simboliza el paso de niña a mujer. Allá le llaman: La edad de merecer.
La mesera lituana rondaba con más frecuencia la mesa donde se encontraba la extraña pareja. El pensó si lo haría por brindar un mejor servicio o por encontrarse acompañado, porque cuando se sentaba por su cuenta ni un lazo le echaba. Siempre, obligado a levantar el brazo mas de una vez, con ademán de; ¡Ven! para acercarla a la mesa. Por eso, prefiere la barra donde sin necesidad de la lentitud de la intermediaria, el mismo le ordena al cantinero el pedido.
“Me estará vigilando, acaso la invitada es buscabullas, no, no le permitirían entrar al bar a lustrar el calzado a la clientela, es una cuestión insólita en cualquier sitio de Nueva York. ¿Estará celosa?, que va, es tan asexual que ni siquiera se le ocurriría una maniobra de coquetería. Pobrecilla tan flaca, sin gracia, nunca la he pillado sonriendo. Será que no sabe cómo hacerlo, si es tan sencillo, con los músculos de los mofletes, tan solo, jalar las comisuras de los labios y voila sonrisa fingida al segundo”
Para quitarse de encima a la camarera fisgona, la solicitó otra garrafa de vino, esta vez, de un litro.
-No tendrá malas intenciones, ¿verdad?- Cuestionó, la amiga circunstancial, con carilla angelical de no rompo un plato, y severa, la de la máscara de huellas indelebles consecuencia del pasado borrascoso. Me pescó de sorpresa, era un tema que ni siquiera había sopesado. Mantuve el pico cerrado al propio, pero, mi silencio lo aprovechó para volver a arremeter.
–No es mi deseo ofenderlo, se advierte buen hombre, caballeroso. ¡Yo, sería incapaz de tal vulgaridad!
“Si supiera de cuanto, yo sí, soooy ca-pa-z. Por fin, la engañe, no ha descubierto ni referencia, ni intención alguna como en las ocasiones anteriores”. Permanecí mudo, alertado por el mensaje subliminal de la primera insinuación, principie a mirarla con ojos de cama embrujada y sábanas de satín revueltas. Imposible negarle a ella, de capacidad perceptiva tan desarrollada, la impudicia detrás de la mirada pícara lanzada al centro de las pupilas esmeralda. La confrontación, inocultable.
La vergüenza la sonrojó dejando caer la mirada en la nada de la mesa para luego susurrarle al aire: -Me marcho, gracias por la gentil invitación. Permítame pagarle mi parte del consumo con un crédito semejante a diez boleadas-.
–Y el resto de la historia, ¿cuándo me la platicara?- Repare de manera insensata, dolido por el inesperado adiós. “Ahora la obligo a terminar la historia, ¿A quién, supone dejara en ascuas? A mi, no”.
La lituana, acercó la garrafa de tintorro, no le bastó llenar los vasos de más, sino hasta derramarlo fuera del borde, se detuvo, ocultando la complacencia que le provocaba su descaro. El bisbiseo, comunicaba un frágil, lo siento, mientras limpiaba la mesa con un paño blanco el cual se tornó después de tres pasadas en rojo Rioja.
Mi compañera de ocasión no tuvo mas remedio que echar reversa a la pretensión de marcharse. “Sin duda, a esta mujer le gusta el trago”.
-Cuál ave vuela por esa mente truculenta- dijo risueña, alzando la copa para brindar. La correspondí, rozando la suya con la mía.
“Vaya mujer tan enigmática, sin duda, la sonrisa le despeja una belleza singular. Por los datos de la plática, debe rondar los cuarenta, ¿Cuál será el motivo del hechizo que la rodea? ¡Es bellísima! Aunque, pensándolo mejor, el no se qué que la distingue no lo define la anatomía…”
-Me preguntaba cuanto disfrutas del vino, ¿estoy en lo cierto? o se trata de una conjetura a la ligera-
-Además de encantarme, me relaja y me hace olvidar...
Las manos de dedos largos recorrieron la frente sin rastros del paso del tiempo en la piel. El contraste, del pelo oscuro con la intensidad esmeralda de los grandes ojos y los labios carmesí, engarzados en el rostro de finas facciones rectangulares, reportaba la imagen postal de diosa del Peloponeso.
Cien ojos, envueltos en una sola mirada, interrogaban, seducían, volcándose en un suave y estremecedor relato.
-Vivimos en Astoria, recién llegamos. El barrio, como sabes, es donde nuestros paisanos, griegos, se han asentado y establecido sus negocios. Costas, consiguió empleo de inmediato en el café Argos, de lavaplatos- Sonrío con nostalgia al arrellanarse en la banca del box donde se encontraban, mirando el rojo del vino en la copa girando el tallo para bebérselo hasta terminárselo en sorbos silenciosos, pausados.
-Con la primera paga, me invito a cenar a otro local de paisanos, donde descubrí los riesgos laborales a los que se exponía diariamente, caminando por pisos de azulejo mojado y jabonoso. Le convencí, a gastar el dinero en un par de botas antiderrapantes en vez de continuar ordenado mas comida y vino verde-.
Sin comprender a donde me llevaría la conversación, pedí otra garrafa de tinto y un plato con quesos. La precisión de los detalles del relato, sin duda, harían insuficiente a la de la mesa a punto de terminarse.
-En Century Veintiuno, el gran almacén de ofertas enfrente a ground zero, ¿lo conoces, verdad?- Moví la cabeza hacia abajo un par de veces. –No hay Manhattee que no haya visitado esa tienda de locos. Prefiero otras, auque deba pagar mas, no tengo paciencia de buscar en los anaqueles revueltos y pletóricos de mercancía, mi talla, además no soporto los empujones de los turistas ávidos a comprar a precio de regalo-.
-Entiendo, eres como todos los hombres, impaciente, alérgico al shopping. Costas, ese día resistió la inclemencia del Shopping, a pesar de la multitud de afanosos compradores y finalmente, después de probarse no menos de quince pares encontró las botas que siempre anheló.
“La necesidad, nos vuelve tolerantes… pacientes”, me dije.
-El primer par, adquirido después de quince años, imagínate cuan pobres éramos. Las elegidas; color mostaza, de piel tratada, marca John Deere. ¿Las conoces?-. Asentí nuevamente y añadí;
-Extraordinarias, particularmente resistentes al agua y a la nieve, calientes y confortables-, enfatice en tono de complicidad por el gran hallazgo…-¡Y, ANTIDERRAPANTES!
-Después de pagarlas, Costas decidió estrenarlas, los pies le hacían cosquillas por calzarlas. Salimos de la tienda y se montó en ellas, revisó cuanta plata sobraba y decidió continuar el festejo.
-Debería estar complacido y muy orgulloso con la compra, comenté-.
-Estaba extasiado, se comportó igual a un adolescente con motocicleta nueva. Caminaba unos pasos, se detenía a admirarlas, brincaba, me besaba, no me explico todavía como fue que nunca detuvo a los peatones para compartir la emoción que le provocaba el par de botas nuevas. Debo decirte, querido amigo…- La luminosidad en los ojos anulaba la penumbra del salón donde nos encontrábamos, después de casi tres jarras de vino la lengua, para entonces, oblicua se esforzaba a no arrastrar las palabras.
-Duro poco el festejo, al llegar de nuevo al café Argos, al salonero que atendía la mesa de al lado se le cayó la botella de vino de la charola. Estalló en mil pedacitos el cristal… y, el líquido rojo sobre la piel mostaza, inmaculada de la bota derecha. Las manchas indelebles sobre la superficie y las agujetas-.
Mantuvo el relato sin pestañar. Se enteró después que lo ascendieron a ayudante del cocinero, luego fue cocinero y, los ingresos de la nueva posición permitieron mudarse a un departamento con una habitación y baño, privados. Para ella, significó una ventana con vista a la calle donde cultivaba pensamientos, la flor favorita de la pareja.
Una tarde, llegó mas temprano a lo común, eufórico, con un ramo de rosas rojas y el pendiente que, ahora, colgaba alrededor del largo cuello de cisne con una cruz de oro y un pequeño brillante engarzado al centro. Se contrató en lo suyo, la pesca industrial en alta mar, zarparía en tres días de Maine. La embarcación habilitada para la captura de langosta, cangrejo y especies mayores, la especialidad del marido, adquirida en el Mar del Norte y en las flotas pesqueras de Islandia.
-Entendí, que nada mas capturarían cangrejo y langosta pues era la temporada, regresaría a casa en tres semanas-. Aguardó silenciosa, meditaba la próxima frase pero el recuerdo del ausente le doblegó el ánimo. Dos lágrimas, enrojecieron los ojos esmeraldas, rodaron lentamente perlando las mejillas sonrosadas, y con la misma mano con la cual limpió la nariz las atrapó.
-¡Basta! Dejémoslo para otro día-. El dolor me conmovió, sería insano exigirle continuar. Le estreché la mano con delicadeza, me miró sin retirarla, por el contrario, encimó la otra apretándola con fuerza singular. Sus ojos anhelaban decir más sin saber como hacerlo. El silencio sobrecogedor nos encerró entro de una venturosa burbuja, aislándonos de la realidad alrededor.
-Debo concluir, mereces conocer la verdad-
Lleve el índice a su boca para detener la siguiente frase, el desconsuelo no lo borraría de su alma por terminar el relato.
Me besó con suavidad el dedo y lo apartó.
-Seré breve. Resulta que a la tercera semana de hacerse a la mar, en vez de llegar el a casa, recibí una carta del patrón en tierra, anunciaba la desaparición de la embarcación-. Desató las manos húmedas de las mías y bebió de golpe el vaso de vino. Sin levantar la vista, me acercó la copa para servirle más
-Imaginaras que de inmediato viaje a Maine. Nadie me dio una respuesta contundente al llegar, efectivamente, el barco desapareció sin dejar rastro, pero eso no podía interpretarse como si toda la tripulación hubiese muerto en alta mar. Me dieron toda suerte de explicaciones, pero para mí, mientras no vea el cuerpo inerme, Costas aun vive-.
Las razones aclaratorias de las autoridades portuarias, eran sensatas, oficialmente el naufragio era caso cerrado, no había mas que hacer, excepto, llevar el duelo dentro, cobrar el seguro y sobreponerse a la tragedia.
De acuerdo a su costumbre a leerme el pensamiento, interrumpió mis conjeturas. -Me hice limpiabotas, porque estoy segura, lo siento en el corazón, un no se que me repite todas las noches: Una mañana limpiaras las botas color mostaza, las reconocerás por las inconfundibles manchas de vino, miraras a lo alto y, reconocerás a Costa…
Junio 04, 2009.
| Comentarios |
|
3.26 Copyright (C) 2008 Compojoom.com / Copyright (C) 2007 Alain Georgette / Copyright (C) 2006 Frantisek Hliva. All rights reserved."
| < Prev | Próximo > |
|---|






