El Puro Cuento

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Accidente

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Accidente

Gerardo Gutiérrez

Ayer por la tarde tuvimos noticias de una mujer que perdió la conciencia en un terrible accidente. La dama, que responde al nombre de Lucía M. llevaba puesto un delantal de cocina y traía en la mano derecha una bolsa con el mandado recién comprado. A continuación pasamos a relatar los sucesos tal y como acontecieron, pues como ya saben nuestros queridos lectores, este diario se caracteriza por su escrupuloso apego a la objetividad y a la verdad de los hechos.

Cerca de las 12:45 del medio día venía caminando, muy despreocupada nuestra desafortunada señora, sobre la calle Madero. Repentinamente, de la parte más alta de unos andamios se desprendió un destello de luz. Algunos transeúntes lo describen como un rayo fulgurante de color verdoso. Al parecer, la mujer recibió la descarga en plena frente, lo cual provocó que su conciencia saliera hecha pedazos. Cuando arribó la Cruz Roja ya se había arremolinado una multitud de curiosos alrededor del cuerpo inmóvil. Un equipo de paramédicos hizo lo posible por recoger todos los pedazos de conciencia que se encontraban esparcidos, por lo menos en un radio de ocho metros.

Dos horas después del accidente, la víctima ya había despertado en una cama del Hospital General de Occidente. Durante los primeros minutos ella hizo todo lo posible por regresar rápido a su casa, pues aún no había preparado la comida. Con voz pausada pero firme insistía: “Señores, déjenme salir, mi marido ya debe estar furioso”. Sin embargo, los médicos la obligaron a permanecer postrada en cama. Uno de ellos, ciertamente condescendiente trató de calmarla: “Señora, no puede abandonar el hospital. Acaba de perder su conciencia en un accidente”. La pobre Lucía M. no daba crédito “Mi conciencia. No puede ser. La traigo conmigo desde los siete años”. Por supuesto, aún no se manifestaban del todo las nefastas consecuencias. Sólo era cuestión de horas, o minutos tal vez.

Mientras redactamos esta nota, nos hacen saber que, en efecto, la señora Lucía M. ya no es capaz de recordar sus orígenes. Ella insiste en haber llegado a la tierra desde un meteorito. Preguntas tan simples como ¿cuántos años tiene? le provocan espasmos de risa incontrolables. Un médico refiere que sus negaciones de Dios resultan sobrecogedoras. Lo mismo niega la existencia del cielo, de los infiernos, o de cualquier otro espacio trascendente más allá de la vida. Los reclamos no se han hecho esperar. Representantes de una asociación conservadora la acusan de apóstata. Sabemos que han recabado firmas entre ciudadanos notables para que se le impida salir del hospital alegando que en tales condiciones puede sembrar discordias y contaminar a ciudadanos de buena fe. Incluso, aseguran que, en caso de una operación exitosa, nadie puede saber con certeza si la conciencia esparcida en la calle podrá ser reintegrada totalmente. Uno de los dirigentes, visiblemente contrariado sostenía lo siguiente: “¿Qué pasaría si algunos fragmentos se perdieron para siempre?. Ya se ha visto cómo, en casos semejantes, nunca falta algún curioso que decide llevarse un trozo, aunque sea minúsculo, de conciencia ajena. O bien pudo haber sucedido que algunos fragmentos de conciencia se hubieran deshecho entre el tumulto de pisadas. Nada tenemos contra esta señora, pero no debe salir de aquí”.

Por otra parte, la señora Lucía M confunde cualquier creencia con sus animales y advierte que todas las disciplinas científicas no son más que fabulaciones de mercenarios sin escrúpulos. Por supuesto ha perdido conciencia de clase, conciencia religiosa, conciencia política. Sin embargo, nadie puede afirmar que Lucía M. se ha convertido en una persona demente. Al parecer ha recibido a sus dos hijos y a su marido de un modo consecuente y afectuoso.

Sólo nos resta hacer un atento llamado a cualquier ciudadano para que en caso de haberse quedado con algún trozo de conciencia de la señora Lucía M. sean tan amables de regresarlo. Pueden acudir a esta redacción, o bien directamente a las oficinas de recepción, en el Hospital General de Occidente.

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