No es tan malo ser pobre
Eran las cinco de la mañana cuando sonó la alarma del despertador. Es molesto tener que escuchar ese ruido infernal al despertar. No pude dormir bien esa la noche, estuve dando vueltas y vueltas en la colchoneta. Creo que me hizo daño algo que comí en la calle, en el puesto de comidas que esta en el parque, al lado del billar. Seguramente me hizo daño la empanada de pollo, estaba muy grasosa, la comida grasosa me produce nauseas, o tal vez mi hizo daño el ají amargo que le eché a la empanada, es que me gusta mucho la comida picante, pero creo que debí botar la empanada a la basura cuando sentí en mi lengua lo amargo del ají, pero me enseñaron que la comida no se debe botar y me la comí. No pude dormir bien. El dolor de estomago y las nauseas me hicieron revolcar en la colchoneta; no vomité, aunque seguramente vomitar me hubiera sentado bien. Cuando logré cerrar los ojos por algunos minutos tuve pesadillas en las que mi estomago se deshacía, la acidez devoraba mis intestinos, mis tripas se convertían en un espeso caldo pusiento y asqueroso y por la boca vomitaba sangre, fue horrible. Lo bueno es que no se interpretar los sueños sino nunca volvería a dormir en mi vida. Fue una noche horrible. Cuando el jodido despertador sonó quise estrellarlo contra la pared. Eran las cinco de la mañana y escasamente cerré los ojos un par de horas en toda la noche.
Eran las cinco de la mañana en este barrio al que sus fundadores llamaron San Pedro. Pero llevar nombre de un santo no le quita lo de barrio de mala muerte ni le quita lo de “moridero” como le dice Herminia. “San Pedro”, a los barrios pobres, como este, los nombran de cada manera. Hay de todo: santos y vírgenes. También esta El Divino Niño. Hay Papas como en el Vaticano, esta el Pablo Sexto, también están los “Juan” como Juan de no se que o que el San Juan de no se donde, o los Cristos como el Cristo Rey. También se encuentran héroes como el Simón Bolívar, el Santander, el Antonio Nariño y heroínas como el Manuela Beltrán. No sé cuantos nombres celestiales y heroicos utilizan, como si “santificándolos” o “mistificándolos” de esa manera la miseria en la que vivimos los habitantes que poblamos estos sectores será menos difícil de sobrellevar, lo que hace la fe, o la estupidez.
San Pedro, así llamaron a este barrio, cómo el valiente que negó a Jesús tres veces durante una noche. Tal vez al nombrarlo así pensaron en que si a alguno de los que vivimos en estas casuchas, cuando alguien del otro extremo de la ciudad nos preguntara sí en efecto residimos aquí, lo negaríamos tres veces. Pedro negó a Jesús por miedo a perder la vida, pero nosotros no perdemos nada negando en donde vivimos, aún así lo hacemos. Es una pendejada ocultar la pobreza. Yo nunca niego donde vivo y nada se me ha caído por decir que vivo en este barrio, aunque pienso que algunas puertas se me han cerrado al decirlo.
Herminia, la mamá de Alex, mi mejor amigo, había llegado a casa tan solo una hora antes de que sonara el despertador, cómo a las cuatro de la mañana.
Herminia era tan exacta en su horario, parecía un reloj suizo. Ella salía de su casa todos los días a las cuatro de la tarde y regresaba a las cuatro de la mañana del día siguiente. Su vida era tan rutinaria, su vida era tan predecible que me daba miedo pensar que mi vida podría ser igual que la de ella.
Herminia Trabajaba como vendedora ambulante, su semana laboral empezaba los lunes en la tarde, a las cuatro de la tarde, y terminaba el siguiente lunes, a las cuatro de la mañana. Para Herminia la palabra descanso no existía en su vocabulario, ella pasaba doce horas en la calle arrastrando el carrito de mercado que compró en el mercado de las pulgas repleto de termos de café, chocolate, aguas aromáticas, y dos botellas de aguardiente, también llevaba cuatro paquetes de cigarrillos de diferentes marcas, cigarrillo suave, Light, sin filtro y mentolado, cigarrillos al gusto de sus clientes. Su mayor clientela la tenía en
Se puede llegar a pie a
El rechinar de las bisagras oxidadas al abrirse la puerta, cuando Herminia llegó, me habían despertado, pero logré conciliar el sueño de inmediato a pesar de mi malestar estomacal. Cuando el despertador sonó, Alex se levantó de su cama maldiciendo por el insoportable ruido del aparatejo y lo apagó de inmediato, al parecer mi malestar tampoco lo dejo dormir a él, pero Alex nunca se quejaba, en eso se parecía mucho a Herminia.
Traté de dormir nuevamente, pero no pude. Estuve dando vueltas y vueltas en la colchoneta sin lograr conciliar el sueño. La espalda empezó a dolerme por estar tanto tiempo acostado y mi estomago se reveló violentamente mandándome al baño. La diarrea y el vomito me tuvieron mas de una hora encerrado en el baño. Una hora más tarde, después de que yo saliera del baño, Herminia nos llamó a desayunar al comedor. “Desayunar a las ocho de la mañana un domingo cuando los parásitos del cuerpo apenas están despertando”, sólo en casa de Alex, creo.
Sobre el comedor estaba servido el desayuno: café negro bien cargado, cómo a mi me gusta, un pan de quinientos pesos para cada uno y un par de huevos fritos en cada plato. En casa de papá, la gorda Amelia, la mujer de mi hermano Anderson, era la que cocinaba. Ella siempre trataba de variar el menú: chocolate, caldo de huevo, caldo de costilla, arepas de trigo, carne asada los domingos, sopas; la gorda tenía su buen repertorio de comidas, eso era lo único que yo apreciaba de esa gorda inmunda, su esfuerzo en la cocina, seguramente ese esfuerzo no lo hacia por mi, pero si debo reconocer que, gracias a ella, en casa de papá se comía muy bien. En casa de Alex siempre era lo mismo al desayuno: café, pan y huevos fritos, pero como yo estaba de arrimado no podía quejarme. Huevos, pan y café en casa de Herminia y más demoré en comerme el pan y los huevos que en vomitarlos en el inodoro. Fue vergonzoso.
Después del desayuno volví al cuarto y me eché sobre la colchoneta. Herminia me llevó una jarra llena de agua aromática de hierbabuena con limón para aquello del malestar estomacal, luego fue a la droguería y regresó con cuatro unas pastillas para la diarrea y dos frascos de suero para niños. Alex fue a hacerme compañía al cuarto, pero no pronunció palabra alguna, fue como estar a solas. Él siempre fue muy callado, siempre introvertido.
No hay mucho que hacer un domingo en la madrugada en el barrio y menos si se esta enfermo del estomago. Ni siquiera hay fútbol en la “tele” para distraerse por un par de horas. Pensé en salir a la calle a trotar, pero Alex dijo que eso de salir a la calle con lo peligroso que esta el barrio últimamente es “buscarse una muerte pendeja”, lo mejor es quedarse a perecear en casa toda la mañana y con lo de mi diarrea, era mejor no salir.
Herminia fue a descansar a su cuarto, ella si que tenía razones validas para pasar la mañana en casa durmiendo ya que había estado toda la noche trabajando, caminando en busca del “líchigo” diario, vendiendo sus aguas aromáticas, su café negro bien cargado, su café con leche, su chocolate espeso, su aguardiente antioqueño que poco me gusta y sus cigarrillos. Pobre mujer, le tocó vivir una vida muy jodida.
Una semana antes de mi malestar, una tarde de viernes para ser exacto, me entregaron mi cartón de bachiller. Me gradué. Recibí mi diploma. Fue en una ceremonia en la que todos los graduandos vestíamos como los ricachones del otro extremo de la ciudad, los que viven el Balcones de no se que y Portones de no se donde, los nombres pendejos están en todos los barrios. Los graduandos dejamos la pobreza a un lado, por una tarde, y nos disfrazamos de ricos, lo digo por lo de los trajes de paño, las corbatas de seda “chimba” y los vestidos de gala que vestíamos, porque en cuestión de la “etiqueta”, eso no cambia ni aunque nos vistan en trajes de porcelana.
Fue una tarde de viernes en que vestí de gala mi pobreza, aunque lo que traía puesto sobre mi era alquilado, pero por esa tarde, al menos, dejé los jeanes viejos, las camisas de siempre y los zapatos desgastados en el closet y los remplacé con la absurda elegancia de un incomodo traje de paño gris oscuro, una corbata de seda chiviada negra que me asfixiaba, una camisa de algodón y unos mocasines negros de cuero sintético que mataban mis pies.
A los catorce años me echaron del colegio público por amenazar con una navaja de doce automática al profesor Orduz, el señor que nos daba la clase de matemáticas. Ese día me expulsaron del colegio y mi viejo me dio una tunda que me quitó para siempre la costumbre de llevar cuchillos en los bolsillos.
Estudié tres años en un colegio semestralizado de los del centro de la ciudad, estuve tres años validando el bachillerato, tres años yendo a clase los sábados en la tarde, tres años de estar copiándole los trabajos a Alex, que por cierto, también fue expulsado del colegio público por “respaldarme” en mi pleito con el profesor Orduz, pero Alex ya no tenía papá para ese entonces, así que se salvó de la tunda. Tres años que se fueron volando y por fin recibí mi diploma de bachiller.
Aprendí poco en el colegio debo reconocerlo, nunca estudié con juicio, no hice ni una sola tarea a conciencia, en la evaluaciones le copié a Alex, fui un excelente estudiante vago y recibí un diploma que no merecía, un diploma que debió ser para Alex porque él fue quien hizo todo, él debió recibir dos diplomas: el suyo y el mío, pero que carajos, lo importante era graduarme y lo hice, aunque no haya aprendido nada.
La idea de ir al colegio semestralizado fue de Alex, a él se le ocurrió la grandiosa idea de pasar los sábados en la tarde en un salón de clase y, cómo fue por mi culpa que lo expulsaron del colegio público y el no perdía oportunidad para reprochármelo no pude negarme a acompañarlo. Nos graduamos, pero si me preguntan sobre matemáticas, literatura, biología o física debo responder que no se nada, mejor pregúntenle a Alex que si aprendió de todo un poco.
Ese viernes de graduación mi viejo nos dio la tarde libre. Alex, Anderson y yo trabajábamos para papá en construcción. Papá le pidió a la gorda Amelia, la mujer de Anderson, que preparara un almuerzo especial para celebrar lo de la graduación. La gorda prefirió pedir arroz chino en vez de cocinar algo especial para mí.
Mi viejo invitó a Alex y a Herminia a la casa para que almorzaran con nosotros, para que compartieran con él el orgullo de por fin tener un hijo bachiller porque mi hermano Anderson también le sacó el culo a lo del estudio y nunca se graduó del colegio, además, papá también invitó a Lucrecia, la “belleza” de novia que se levantó por los lados de la invasión. Papá siempre niega de palabra lo de su noviazgo con esa mujer, por algo será, aunque no se esfuerza por ocultar lo que hace con ella en la casa.
El almuerzo estuvo bien a pesar de los mordaces comentarios que la gorda me hacia con respecto a la plata que gasté en matriculas, pensiones, fotocopias, libros y demás.
—Lástima esa platica que gastó usted en esa mierda del colegio, Esteban —me decía la gorda inmunda—, con lo pesada que esta la situación en la casa y usted botando a la basura los pocos pesos que se gana, ¡lástima, Esteban, lástima!
Quise decirle sus verdades a la mujer de mi hermano, pero me aguanté, me mordí la lengua y callé, lo hice por consideración a Anderson y por cortesía con Alex y Herminia, además, conociendo a mi papá, sé que le hubiera dado todo su apoyo a la gorda y no a mi. La mayor satisfacción que me queda de haber estudiado fue “restregarle en la cara” mi diploma de bachiller a esa gorda inmunda ignorante.
A la ceremonia de graduación fui acompañado por Yesenia, mi novia desde hace dos años. Ni mi viejo ni mi hermano quisieron acompañarme; mi viejo porque prefirió irse de farra con Lucrecia a no se donde y a mi hermano la gorda no le dio permiso para acompañarme, a mi hermano si que le hacían falta pantalones en esos días. Alex fue a la graduación acompañado de Herminia y Maritza, su novia desde los catorce años.
Allí estábamos en el auditorio del colegio, Alex y yo, vestidos de traje y corbata, con zapatos brillantes como espejos, casi irreconocibles, éramos dos tipos nuevos, “hombres de mundo, de sociedad”, cultos, educados, claro que disfrazados, pero ahí estábamos, aunque le doliera a la gorda Amelia, aunque mi viejo y mi hermano no me hubieran acompañado; era el viernes de mi graduación y disfrutaría cada segundo de la ceremonia. Allí estábamos “bien plantados” en el auditorio del colegio en compañía de nuestras elegantemente bien vestidas novias y de Herminia ni que decir.
Herminia vestía elegantemente con su raro peinado por el que pago veinte “lucas” y sus zapatillas de tacón alto con las que difícilmente podía caminar, y Yesenia, mi novia, con su vestido negro que dejaba sus hombros y parte de su espalda desnuda, su suave cabello castaño oscuro recogido de modo que su delgado cuello quedaba libre; y Maritza, tan hermosa, tan deseable, de ella sólo puedo decir que si el genio de la lámpara me concediera un deseo, mi deseo sería estar con Maritza.¡Dios, cuánto envidiaba a Alex!
Herminia se fue antes de terminar la ceremonia, que resultó muy aburridora por cierto. La mamá de Alex tenía que trabajar, siempre tenía que trabajar. Ni el grado de su hijo fue motivo suficiente para que Herminia rompiera con su acostumbrada rutina de trabajo, ella siempre trabajaba, aunque estuviera enferma o se derrumbara el mundo sobre su espalda, Herminia siempre trabajaba, siempre.
Y ¡Maritza!... que hermosa era. Estuve toda la ceremonia viéndola, deleitándome con su belleza, soñando con ella, deseándola con todo mi corazón, es que ella es tan hermosa, más bella que Yesenia debo reconocerlo; si hubiera podido cambiar a mi novia por la de Alex lo hubiera hecho sin siquiera dudarlo por un segundo, y si Alex me hubiera pedido todo el dinero del mundo por ella lo habría conseguido y se lo hubiera entregado, lo hubiera hecho con muchísimo gusto, con una sonrisa de oreja a oreja.
Esa tarde me pasó por la mente insinuarle a Maritza lo que sentía por ella, pero ella es tan amiga de Yesenia que ni modo, tuve que tragarme mis ganas de declarármele. Yesenia y Maritza eran como hermanas, así que preferí no arriesgarme.
Después de el himno Nacional, el himno del departamento, el himno del colegio, los largos y aburridos discursos del Rector y
—Aponte Alexander — leyó el rector los nombres de la lista de graduandos, los leyó en orden alfabético, Alex era el primero de la lista—, Arciniegas Esteban —yo el segundo—, Benavides María…Y el Rector siguió nombrando pausadamente a los impacientes graduandos que deseaban tener en sus manos el dichoso diploma. Noventa y dos era el total de aquella promoción. La lista se me hizo eterna.
Al terminar la ceremonia, entrando la noche, fuimos a El Vagón, una de las discotecas del barrio. En realidad no es una discoteca en todo el sentido de la palabra, El Vagón es un simple bebedero con seis mesas de madera maciza, que más bien parecían de concreto dispuestas por lo incomodas, ubicadas estratégicamente de modo tal que quedó un espacio lo suficientemente amplio para la barra y la planta musical y otro espacio, no tan cómodo, en el fondo del local cerca del baño para una pequeña pista de baile, el techo estaba “decorado” con cartones azules de huevos y las paredes con afiches publicitarios de cerveza Águila y de aguardiente antioqueño.
Esa tarde quise ir a una de las discotecas de
—Allá es más barato, Esteban, y no tenemos que pagar carrera de taxi para regresar a casa—argumentó Alex—, vamos a El vagón, Esteban, perrito, no sea terco, no gastemos la plata que no tenemos en discotecas que no están hechas para nosotros.
“Allá es más barato” decían Alex y Yesenia… y preocuparnos hasta por una pinche carrera de taxi, eso es lo malo de ser pobre, vivir siempre con limitaciones de todo tipo, ¡qué jodida vida la que llevamos algunos, siempre resignados a lo que toca, sin poder darnos el lujo de siquiera botar unos putos pesos de vez en cuando a la basura!
Maritza no opinó, prefirió guardar silencio, ella conoce muy bien a Alex y sabe que cuando dice “no” es “no”, y de Yesenia, ni que hablar, ella es tan necia como Alex. Maritza, al igual que yo, quería ir a
Llegamos a El Vagón pasadas de las nueve de la noche, antes habíamos ido a comer hamburguesas y papas fritas al puesto de comidas rápidas del parque.
En El Vagón compramos un garrafón de aguardiente Cristal y cuatro cervezas Pilsen que César sirvió en vasos de vidrio y no en vasos desechables como de costumbre. Esa noche queríamos beber licor como locos, queríamos emborracharnos hasta vomitar. También compramos un paquete de cigarrillos mentolados de los que fuma Maritza para acompañar el aguardiente. César, el dueño de la discoteca, nos dio el treinta por ciento de descuento de la cuenta cómo regalo de su parte por lo de la graduación, por sesenta “lucas” nos salió la cuenta esa noche en El Vagón, en las cualquiera de la discotecas de
A las dos de la mañana llegó la policía a El Vagón, la orden que tienen los “polochos” es asegurarse que los bares y discotecas de este lado de la ciudad estén cerrados al público a las dos en punto de la mañana con el fin de evitar actos de violencia y vandalismo, por unos cuantos cabrones desordenados que les gusta hacer las del diablo pagamos todos, que injusticia con los que queremos emborracharnos sanamente.
César tuvo que cerrar El Vagón y nosotros tuvimos que devolvernos a casa cuando apenas empezábamos a “prendernos”, cuando apenas empezábamos a pasarla bien; por suerte, aún nos quedaba medio garrafón de aguardiente y el paquete entero de cigarrillos.
Sin nada mejor que hacer y con lo peligroso que se había vuelto el barrio decidimos ir a casa de Alex aprovechando que Herminia no llegaba sino hasta las cuatro de la mañana.
Llegamos a casa y Herminia no había llegado. Alex se quedó en la sala con Maritza bailando merengues de Sergio Vargas y yo llevé a Yesenia al cuarto de Herminia.
Estaba ahí, a solas con Yesenia en el cuarto y en mi mente seguía grabada la bella imagen de Maritza y envidié a Alex nuevamente, ¡cuánto lo envidié!, muchas veces quise ser él, pero esa noche lo desee más que nunca, esa noche hubiese dado todo por estar con Maritza.
Traté de olvidar a Maritza aferrándome al tibio cuerpo de Yesenia. Concentré toda mi energía en ella, entregué mi alma y mi cuerpo en Yesenia y casi logro olvidar a Maritza, pero al final no pude. Hice el amor con Maritza aunque era el cuerpo de Yesenia el que estaba conmigo en la cama de Herminia. Era Yesenia la que se entregaba a mí esa noche, era su cuerpo, su alma y su mente las que tuve esa magnifica noche, fue Yesenia en plenitud la que se entregó a mí y no pude corresponderle como ella lo merecía. Esa noche volví a hacerle el amor a Maritza usando el cuerpo de Yesenia, ya lo había hecho muchas veces sin poder ni querer evitarlo.
A Alex no le gustaba que yo usara el cuarto de Herminia para tener relaciones con Yesenia, no le gustaba que yo manchara las sabanas de Herminia con mi ser, no le gustaba que “el santuario de su mamá” sirviera de motel, aunque desde que empecé a vivir con ellos en su casa no me volvió a reprochar que lo hiciera.
Alex es tan callado, lo ha sido siempre, pero últimamente mas, ya casi nunca escucho su voz, no habla, al menos no me habla a mí. Imaginé a Alex haciendo el amor con Maritza en su cuarto, imagine el cuerpo de Maritza desnudo, su piel suave, su olor, su calor, imaginé sus labios besando los míos, sus manos acariciando mi cuerpo, imaginé que se entregaba a mí y volví a hacerle el amor a Maritza usando el cuerpo de Yesenia.
Dejé a Yesenia durmiendo el la cama de Herminia y fui a la sala en busca de un trago de aguardiente, lo necesitaba para calmar mis ansias, mis deseos por Maritza. Alex se había encerrado con Maritza en su cuarto. Casi enloquezco imaginando lo que ellos hacían en la habitación.
Sobre la mesa del comedor estaba la garrafa de aguardiente, al lado de la garrafa estaba el paquete de cigarrillos que no habíamos empezado. Fui a la cocina por un vaso y volví al comedor. Acomodé una de las sillas del comedor frente a la puerta del cuarto de Alex, me serví un trago de aguardiente y prendí un cigarrillo. Me senté en la silla y mientras fumaba el cigarrillo imaginaba a Maritza siendo mía aunque fuera Alex el que estaba con ella. Por un instante quise tumbar la puerta a patadas y entrar a jugar con ellos, pero recordé que era Alex el que estaba ahí dentro y me contuve.
Alex era mi amigo del alma, mi hermano y estaba con su novia, la mujer que yo más deseaba sobre la faz de la tierra.
No supe en que momento me dormí, recuerdo que Alex me despertó y Herminia aún no había llegado.
—Esteban, Esteban —Alex me llamaba—, despierte, Esteban, debemos llevar a estas viejas a sus casas, despierte, perro; mamá no tarde en llegar y a ella no le gusta que metamos viejas a la casa, levántese, perro.
—Pero si son nuestras novias, Alex, —le dije molesto por la forma tan brusca en que me había despertado—, deje dormir, perro… Herminia no dice nada si las encuentra aquí, no exagere…déjeme dormir y aproveche la ricura de mujer que tiene en el cuarto.
Volví a cerrar los ojos tratando de dormir, pero Alex insistió en que lleváramos a las muchachas a sus casas.
—Levántese, Esteban, levántese —insistió—, debemos llevarlas a casa, evitemos problemas con mamá, yo se lo que le digo.
—Usted no sabe nada, perro, Herminia no dice nada, ¿qué va a decir? ¿a ver?... le va a prohibir que se “coma” a su novia, no me joda, perro, y deje dormir, además, Herminia hace lo mismo.
—¿Qué?...¡qué mamá hace lo mismo! ¿de qué carajos esta hablando usted? ¿cómo es eso que mamá hace lo mismo?
—de nada, hermano…usted tiene razón, evitemos problemas con Herminia y llevemos a las muchachas a casa.
Fue una imprudencia de mi parte hacer ese comentario. Yo sabía que Herminia llevaba una relación con Lorenzo, el cucho de la bodega de papas que esta en la central de abastos, donde Herminia pasa la mayor parte del tiempo vendiendo sus tintos. Herminia tenía su cuento con ese señor desde hace mucho tiempo y Alex no sabía nada, y no sería por mi boca que debía enterarse.
Primero llevamos a Yesenia a su casa.
—Te amo, Esteban— me dijo Yesenia al oído antes de entrar en su casa—, te quiero mucho.
Me despedí de ella dándole un beso en la boca y le dije que la buscaría en la noche para invitarla a comer una hamburguesa. Después acompañamos a Maritza hasta su casa que queda a dos cuadras más allá de la casa de Yesenia. Esa noche me di cuenta de la frialdad con que Alex trataba a Maritza, ella se despidió de él con un abrazo y un beso en los que se veía claramente cuanto lo quería, pero a Alex pareció no gustarle que ella se le acercara, como que le desagradó que ella lo besara, eso lo noté en la expresión de su rostro, en la mueca que hizo cuando Maritza cerró la puerta y entró en su casa.
Regresamos a casa de Alex. Caminamos sin hablar, sin dirigirnos la palabra, como si fuéramos dos extraños que nunca han hablado en sus vidas. Traté de conversar con él, pero no pude. Alex aceleró el paso cuando notó que yo quería preguntarle algo; no insistí, no quise presionarlo ni indisponerlo y me limite a caminar a su lado.
Herminia ya estaba en casa cuando llegamos, nos esperaba con una taza de café sobre la mesa, café negro y espeso como a ella le gusta prepararlo.
—Los vi salir de las casa con las muchachas —nos dijo—, no se preocupen, yo se que ustedes ya son hombrecitos y tienen sus necesidades, si quieren traer a casa a sus novias, por mí no hay problema, no me mire así, mijo —le dijo a Alex—, yo soy su mamá y puede confiar en mí. Esteban, mijo, usted es como un hijo para mí, así que si necesita intimidad con Yesenia—rió—… Los vi salir de la casa y los llamé, pero ustedes, al parecer, no me escucharon…estoy feliz, mijo, Esteban, estoy feliz por ustedes, ayer se graduaron y me siento muy, muy orgullosa —y empezó a llorar.
No recordaba haber visto nunca a Herminia llorar, me impactó verla tan feliz. Alex se acercó a ella y la abrazó con fuerza. Madre e hijo se unieron en un fuerte abrazo, un abrazo fraterno, un abrazo de felicidad.
Recordé a mi vieja en ese instante, mi vieja que había muerto tres años atrás, el cáncer la había vencido cuando yo empezaba con lo de la validación. ¡Cuánto me hizo falta en ese momento!, cuanto necesite de su compañía ese día, cuanto desee recibir de ella un abrazo, quise escucharla decir que estaba orgullosa de mí, quise escucharla decir que estaba tan orgullosa como lo estaba Herminia de Alex, pero mi vieja ya no estaba y ya no podía abrazarme, ni decirme que estaba orgullosa de mi. En la que considere mi casa sólo quedaba la frialdad de papá, la rivalidad con la gorda Amelia, pero también la ternura de Anderson.
Me despedí de Herminia y de Alex, preferí despedirme, salir de la casa antes que romper en llanto frente a ellos.
En casa, papá y Anderson me esperaban para ir a trabajar.
Entré en mi cuarto a dormir, pero escuché el grito de mi viejo apurándome para salir a camellar. Yo le respondí que no iría al trabajo ese día porque estaba muy cansado y el viejo se enfureció conmigo.
—Me imagino que el cabrón de su amigo tampoco ira a trabajar hoy —refunfuño papá—, eso me pasa por darle trabajo a vagos como ustedes, a maricas como ustedes, irresponsables que piensan que todo en la vida es un juego…ESTEBAN—volvió a gritarme—, a trabajar, le dije, no me haga emputar, pendejo, porque no respondo…Anderson, rápido, dígale a su hermano que se mueva que se nos hace tarde.
Mi hermano fue a mi cuarto para convencerme que fuera a trabajar con ellos, pero le dije que no iría y él no insistió.
—Esteban, ¿no piensa ir a trabajar? —preguntó de nuevo mi viejo.
—No, señor, no quiero seguir trabajando en construcción. —le respondí con firmeza.
—Entonces no se diga más…no quiero encontrarlo en mi casa cuando yo vuelva del trabajo…usted ya no es mi hijo.
—Pero, papá —intervino Anderson en mi favor—, los pelados están celebrando lo de la graduación, entiéndalos, no sea tan duro con ellos, Esteban es buen pelado y...
—Y nada —interrumpió papá a Anderson—, Anderson, Esteban se va de mi casa y si a usted no le parece se va con él…cuando yo llegue esta noche a mi casa no quiero encontrarlo aquí, es mi última palabra, no quiero vagos en mi casa.
Papá salió de la casa con su caja de herramientas en la mano. Nunca pensé que mi viejo llegar a ser tan duro conmigo, pero lo fue, y lo odié cuando me dio la espalda.
Amelia escuchó lo que papá me dijo y se alegró por mi infortunio. Sí, la gorda inmunda fue feliz al escuchar que papá me echó de la casa. Sé que ella estuvo durante mucho tiempo llenándole la cabeza de cucarachas a papá, llenándole la cabeza de basura sobre mí: que soy un vago, que soy un vicioso, un drogadicto, un ladrón, hasta le dijo que mi amistad con Alex iba mas allá de lo normal, se atrevió a decir que yo era marica, pero nunca pensé que papá le diera crédito a sus palabras. “Eso me pasa por darle trabajo a vagos como ustedes, a maricas como ustedes” fueron las palabras de papá, y lo odié por haberlas dicho.
Amelia me odiaba, eso lo sabía. Me odiaba desde el día en que la encontré husmeando entre mis cosas y le llamé: “GORDA INMUNDA”. Fue un sábado en la tarde cuando pasó aquel incidente, un sábado hace más de un año. Fue un sábado después de que papá nos pagará la quincena.
Ese día terminamos de trabajar a mediodía cómo de costumbre y papá nos canceló los días que habíamos trabajado. Alex fue a su casa, Anderson se quedó con papá tomando cerveza cerca de la obra y yo fui a casa a bañarme y alistarme para ir a una fiesta del colegio. El plan era cambiarme de ropa en casa e ir a recoger a Yesenia para después vernos con Alex y Maritza en la parada de bus del Peñón, de allí iríamos a casa de Nelson, un compañero del colegio, que celebraba su cumpleaños número treinta y cinco. Con los compañeros de clase habíamos acordado no asistir al colegio esa tarde, ninguno de los del grupo se presentaría al salón y así podríamos pedir que nos repusieran la jornada otro día de la semana. En fin. Llegué a casa después del trabajo, pensé que no habría nadie, que yo estaría solo, supuse que la gorda abría salido a casa de alguna de sus amigotas o que tal vez abría ido a casa de su mamá que también vive en el barrio, pero me equivoqué. Allí estaba Amelia, en casa, en mi cuarto, revisando mis cosas, revisando los bolsillos de mis pantalones, buscando lo que no se le había perdido, la muy metiche.
—¡SALGA DE MI CUARTO, GORDA INMUNDA!— Le grité.
Y fue lo único que le grité. Desde ese día, Amelia me detesta, le dolió lo de “gorda inmunda”. Y no fue más. Para mi fue tan solo un incidente de mal gusto, pero ella se lo tomó muy a pecho y desde entonces tiene una pequeña guerra conmigo, desde ese día me ha hecho la vida de cuadritos y ahora disfrutaba el haberme vencido, gozaba sabiendo que papá me había echado de la casa, oírlo echarme de la casa la hizo sentir vencedora sobre mi.
Siento pena por Anderson, mi hermano que es un tipazo, noble como el que más, responsable, trabajador, buen hermano, él merece una mujer de verdad y no a esa gorda “mala leche”. Anderson tiene veinticinco años, pero parece que lleva los pantalones de un “pelado” de nueve. Mi hermano merece a una mujer de verdad y no a una bruja como Amelia, ¡pobre Anderson!, Amelia con su interminable cantaleta, sus celos infundados y sus exigencias de reina pobre lo esta matando. Y papá, el viejo es igual de cabrón, no le da ni un respiro, es un explotador, recuerdo que cuando le llegaba la hora de pagarnos la quincena nos acusa de ladrones.
—“hay tienen, el sueldo que me roban” —decía.
Hay tienen lo que me roban, es lo que nos decía cuando nos pagaba. Me enteré que últimamente le había dejado todos los gastos de la casa a Anderson, que los servicios, que el mercado, que esto y aquello. Anderson se estaba volviendo loco al lado de ese par. Entre la gorda y papá lo iban a mandar a la tumba antes de tiempo, pero, en últimas, es mejor estar en un ataúd que vivir el infierno en que mi hermano vivía.
Me gustaría que algún día Anderson ponga en su sitio a Amelia y a papá a ver si así lo valoran y lo respetan.
Cuando el viejo me echó de la casa, Anderson trató de apoyarme, pero papá lo intimido con una simple amenaza, y cuando papá salió de casa, mi hermano fue tras de él como perro faldero.
—Ya estará contenta, gorda inmunda. —Le dije a Amelia antes de salir de la casa con mi ropa en una bolsa negra, de esas donde se echa la basura.
La gorda estaba en patio de atrás lavando ropa, pero no pudo contener sus ganas de despedirme con un “jódase, marica hijueputa”.
Desde esa mañana de sábado después de la graduación, vivo en casa de Herminia, compartiendo habitación con Alex.
Herminia tenía en la casa una vajilla de plata que le regaló Luís Mario, su ex marido y padre de Alex, el día en que ella cumplió veintitrés años. Alex tenía en esa época cuatro años.
Luís Mario llegó a casa con la vajilla de plata tratando de recupera a su mujer, ya que una semana antes Herminia lo había echado de la casa porque lo descubrió con otra mujer en Tentaciones, un motelucho de los del centro, y le resultó.
La vajilla de plata le sirvió a Luís Mario para que Herminia lo perdonara y le diera otra oportunidad. Un mes después, Luís Mario se fue de la casa sin necesidad que Herminia lo echara, y se fue en compañía de Adelaida, la madrina de bautizo de Alex y mejor amiga de Herminia.
Herminia quedó desde ese día sola a cargo de Alex, de la hipoteca de la casa y de los pagos de las mensualidades de la vajilla de plata que Luís Mario había regalado.
Cuando llegué a casa de Herminia y le comenté que papá me había echado de la casa, ella empaquetó la vajilla de plata en una caja de cartón, salió a la calle y regresó después con una colchoneta nueva, una almohada, dos juegos de sabanas y un cobertor del Real Madrid para mí y me acomodó en la habitación de Alex, además, Herminia se disculpó conmigo por no haber conseguido el dinero suficiente para comprar una cama donde yo pudiera dormir mejor.
Al lunes siguiente fui con Alex a la ciudad a buscar empleo. Alex pensó que anexando una copia del pinche diploma de bachiller nos aceptarían en cualquier empresa, pero se equivocó. Al día siguiente, Alex volvió a insistir en la búsqueda de empleo: que llevemos la hoja de vida a tal empresa, que la llevemos a este restaurante, que a esta bolsa de empleos, que allí, que allá, que en los clasificados del periódico apareció esto y aquello; pero al final del día, después de caminar y caminar no conseguíamos nada, después de pedir y pedir no obteníamos nada. Fue frustrante. César, el dueño de El Vagón, nos dijo que era porque no teníamos definida nuestra situación militar y que para eso debíamos o comprar la libreta militar o prestar servicio y ninguna de las dos opciones nos pareció buena así que preferimos dejar de “empapelar” la ciudad con hojas de vida por un tiempo.
Alex no desistió en su empeño de conseguir empleo en alguna empresa y el lunes siguiente salió a las seis de la mañana con una docena de hojas de vida bajo el brazo, pero lo único que consiguió en sus andanzas por la ciudad fue a Gustavo, un joven abogado de familia muy adinerada con el que se hizo buen amigo.
Pasé varios días en casa esperando recibir alguna llamada de las empresas a donde llevé mi hoja de vida, pero no recibí ninguna. Alex salía desde temprano en la mañana y Gustavo lo traía a casa en tremendo Mazda tres último modelo.
A Alex le gustaba mucho andar con ese “mancito”.
Un martes en la tarde, después de dormir la siesta, fui a pedirle a Herminia un cigarrillo y me topé con Lorenzo caminando en calzoncillos en la sala como si estuviera en su propia casa. Herminia se asomó desde su habitación y se disculpó conmigo diciéndome que ella no sabía que yo estaba en casa. No dije nada y regresé al cuarto de Alex. Más tarde, Herminia salió de casa a trabajar cómo de costumbre, pero acompañada por Lorenzo. Aproveché el estar solo en casa y llamé Yesenia, le dije que pasará por la casa que necesitaba hablar con ella.
Yesenia fue a verme. Alex regresó tarde y cuando llegó me encontró con Yesenia, pero no dijo nada. Esa tarde, los tres hablamos de muchas cosas. Hablamos de empleo, de la universidad, del futuro, de la familia y de muchas cosas más. Yesenia dijo que quería ser enfermera. Alex quería ser abogado. Y yo, yo no tenía ni idea de que hacer con mi vida. Hablamos del futuro, pero yo no pensaba en el futuro. Yesenia también dijo que quería estar a mi lado para toda la vida. Alex, que me conocía bien, cambio de tema rápidamente salvándome el pellejo porque el sabía que yo no podía decirle a Yesenia que yo también quería pasar el resto de mi vida con ella.
La semana siguiente Yesenia empezó a trabajar en una fábrica de ropa gracias a Maritza porque ella habló con su jefe, el dueño de varios de almacenes y de la fábrica, para que le diera empleo a mi novia.
Después del trabajo, Yesenia pasaba a la casa y hablábamos, mas bien yo la escuchaba hablar de maquinas, telas, hilos y cosas de fábrica que no me interesaban. Mientras Yesenia hablaba, yo pensaba en Maritza, ¡Cuánto la deseaba!
Herminia seguía con su rutina de todos los días. A Lorenzo lo veía a diario en la casa. Alex pasaba todo el tiempo con Gustavo, ya ni a Maritza determinaba por andar con ese “mancito”.
Alex llegaba a altas horas de la noche, él ya no hablaba conmigo, era como si de repente yo fuera un extraño, un desconocido, ya no confiaba en mí. Yesenia siempre hablaba del futuro y de nuestro hogar, y yo ni siquiera conseguía empleo.
Ya eran dos fines de semana los que tenía que pasar en casa porque no tenía ni un centavo con que invitar a Yesenia a comer un helado. Me estaba desesperando porque desde hacía mucho tiempo me había acostumbrado a tener plata en los bolsillos y en aquellos días no conseguía ni para un puto cigarrillo.
Salí a la calle para despejar un poco la mente. En el camino me encontré con César.
—Vamos a El Vagón, acompáñeme y le invito unas cervezas —me dijo.
—Pero no tengo ni un peso, perro. —le aclaré.
Tomé cuatro cervezas en compañía de César y me despedí de él. Las cervezas me hicieron daño porque de repente empecé a sentirme mareado, mi cuerpo sudaba a chorros y sentía que con la menor brisa que chocara contra mí cuerpo me derribaría. Alex y Gustavo pasaron por donde yo caminaba y me llevaron en el carro hasta la casa. Me recosté en la colchoneta. Alex volvió a salir con Gustavo.
Desperté en la mañana cuando llegó Herminia. Ella, al verme, notó mi mal estado de salud y me hizo acostar nuevamente. También preguntó por Alex, yo le dije que el había salido con Gustavo después de haberme dejado en la casa.
—¡Pobre, Maritza!…esa muchacha va a sufrir mucho… cuando se entere, se va a desilusionar…pero así es la vida y Alex es mi hijo —susurró Herminia.
Ignoré el comentario de Herminia, no tenía ni alientos para preguntar a que se refería Herminia con eso de “cuando se entere”, ¿enterarse de que? : No lo sabía.
Tomé un caldo de pollo que Herminia me preparó.
—¿Cómo esta, mijo? —Preguntó Herminia con voz de madre preocupada por su hijo—; no se me enferme, Esteban, a mi me gusta tenerlo bien de salud, contento…no se me enferme, mijo.
—No se preocupe por mi, Herminia, ya estoy bien, fue sólo un malestar todo raro, pero ya se me paso, tranquilícese por favor; más bien dígame ¿cómo le fue anoche?
—Bien, mijo, vendí todo, los termos están vacíos, pero me llevé un tremendo susto esta mañanita con unos vagos que se me atravesaron por los lados del parque, afortunadamente no me robaron la plata de la venta, si no…
—¿Cuáles vagos Herminia? dígame cuales que yo mismo los pongo en su sitio, ya vera, dígame cuales.
—Olvídelo, mijo, no quiero que me lo maten por nada, yo se que usted no se deja de nadie, pero mire que no me paso nada, así que mejor alíviese y busque empleo que ya me hace falta una ayudita con los gastos de la casa. Esteban, a partir de mañana empezaré a llegar más de mañana, a eso de las siete u ocho, a esa hora no es tan peligroso andar por la calle, a esa hora “el sol espanta a las cucarachas”
—y a las ratas, Herminia, a las ratas también.
—Sí Esteban, a las ratas también…mijo, este barrio se ha vuelto un completo “moridero”, se lleno de vagos, de ladrones y de toda clase de porquerías, de desechables y mal vivientes; le digo que ya me da miedo caminar sola en la calle, a este barrio de santos lo invadieron los demonios, pero bueno, así es la vida de los pobre, a veces nos toca tener al mismo diablo de vecino. Esteban, no se preocupe si a partir de mañana no llego a la hora de costumbre, ¿me entiende, mijo?
—Si, Herminia, la entiendo.
—Es lo mejor, prefiero evitar problemas con las ratas del barrio, yo esperaré a que aclare el día, me quedaré en la bodega de Lorenzo y le pediré que me acompañe a casa.
—¿Lorenzo, Eh? Herminia, yo me doy cuenta de todo, usted y Lorenzo.
—Usted no se da cuenta de muchas cosas, mijo, no se da cuenta ni de lo de Alex que es su amigo de toda la vida.
—¿De lo de Alex? ¿a qué se refiere con lo de Alex, Herminia?
—A nada, Esteban, mejor descanse tranquilo en la camita, duerma bien, yo también iré descansar, tengo mucho sueño, lo veré más tarde.
No supe sino hasta la navidad a que se refería Herminia con eso de “lo de Alex”. Seguí en cama y dormir, la cabeza me dolía y empezaba a sentir fiebre.
Herminia tenía la razón en algo, el barrio se había convertido en una verdadera zona de guerra, en un moridero, como ella resume en una sola palabra la compleja situación en que vivíamos desde hacia unos años los habitantes del sector. No nos dimos cuenta en que momento el barrio se nos lleno de viciosos y hampones de esquina, no nos dimos cuenta en que momento los niños del barrio se convirtieron en tremendos drogadictos y matones, no nos dimos cuenta en que momento las esquinas se llenaron de jíbaros, no nos dimos cuenta en que momento la guerra llegó a nuestras calles.
Antes, tan sólo unos años atrás, se vivía de lo más sabroso por estos lados, a pesar de la pobreza que siempre ha existido en el sector, se podía caminar a cualquier hora del día o de la noche sin ser victima de algún atracador o sin ser abordado por algún vendedor de droga. Herminia culpaba a la pobreza de las personas, pero aquí siempre ha habido pobres, antes y ahora, pero los únicos muertos que enterrábamos era los que
La pobreza no es sinónimo de violencia, le he dicho a Herminia, pero ella insiste en que prefiere vivir con ricos que con pobres, ella tendrá sus razones para decir eso, aunque nunca ha vivido entre ricos.
Los pobres se toman unas cuantas cervezas o se “dan por la cabeza” y se creen los chachos del mundo, me dijo Herminia el día en que unos vagos mataron a Richard, el hijo de Polo, el señor de la tienda de la esquina. A ese pelado lo mataron por robarle una gorra de los Bulls de Chicago.
Las esquinas del barrio se llenaron de vagos, de niños con delirios de matones, de mocosos de trece años o menos que se la pasan metiendo perico y haciendo las del diablo. Pelados que matan porque si o porque no. Es que no respetan a nadie, y pobre de aquel que los enfrente porque se le echan encima en manada, le dan cuchillo y lo rematan a bala.
A las afueras del barrio, en un lote que antes teníamos como botadero de escombros, en medio de matorrales y animalejos, fueron llegando familias que venían huyendo de la violencia del campo, familias que huían de la guerra. Familias que en medio de esa maleza y basura levantaron casuchas de cartón y tejas de zinc, pero era gente buena, por eso nadie protestó en el barrio, sin embargo, entre esas buenas personas se fueron camuflando pandilleros y delincuentes de la peor calaña y hoy el barrio esta plagado de ellos. También los del transporte han sido victimas de este fenómeno. Antes los chóferes de los buses se parqueaban por aquí, pero con lo de la delincuencia, con lo de los atracos prefirieron irse para El Peñón, un barrio vecino al que aún no llega la violencia de esta zona. Fue comprensible la decisión de los buseteros, en el San Pedro los vagos los estaban jodiendo, los estaban quebrando. Hubo días en que se formaban tremendas balaceras entre pandillas y los ñeros usaban a los buses como escudos; al final de la plomacera sólo quedaban pérdidas y miedo en los chóferes. Ya no hay chofer de bus o taxi que se arrime al Barrio, ahora debemos caminar hasta El Peñón para tomar el bus que lleva al centro de la ciudad.
Muchas personas se vieron perjudicadas con la ida de los buseteros, los de los restaurantes, los de los montallantas, los mecánicos, los pelados que se ganaban el día lavando buses y todo por culpa de una manada de inconcientes que acabaron con la tranquilidad del sector a punta de bala y perico.
En los últimos meses se ha desatado una guerra entre pandillas y un enemigo al que nadie le ha visto la cara ni sabe de donde salió, pero que al parecer esta venciendo. Se trata de un grupo de encapuchados que se han dedicado a hacer “limpieza social” y están decididos a acabar con tanto “desechable” que hay en la calle. Su labor en este sector es innegable, al menos para los que vivimos aquí.
Ya han aparecido muchas victimas de esta extraña guerra. Varios de los más peligrosos delincuentes que tenían azotado el barrio fueron encontrados con “la geta llena de moscas”. Los caídos en esta guerra son pelados de entre los catorce a veinticinco años, algunas peladas también han pagado con la vida el haberse prestado para el juego de los ñeros; a nadie le gusta ver una mujer muerta en la mitad de la calle, pero así es la guerra.
En el barrio ninguno de los “buenos” se queja por lo que pasa, al fin y al cabo los que mueren son los “malos”. Da tristeza ver a esos muchachos, con los que jugábamos a la pelota cuando éramos niños, llevados de la desgracia y a sus familias, llorarlos.
Es lo malo de vivir entre pobres, como dice Herminia a diario cuando se queja de la situación del barrio.
Los amigos de ayer son los desterrados de hoy, entre ellos esta Yeison, el hermano mayor de Maritza, al que los encapuchados lo esperaron toda una noche hasta la mañana del día siguiente y le ordenaron que se largara del barrio.
Yeison era tres años mayor que Maritza, es decir que cuando murió debía tener entre veintiuno o veintidós años, y trabajaba con don Carlos, su papá, como trabajan la mayoría de los pelados del barrio, ganándose el día en el negocio de a familia porque empleo en la ciudad para los del San Pedro no hay, ni para los de los barrios como este, en fin.
Yeison trabajaba en la zapatería de su papá, él era un pelado juicioso de los que no se metía con nadie y no mataba ni a una mosca, pero vivía cansado del estancamiento en que don Carlos tenia el negocio. Yeison siempre se quejaba de lo miedoso que era don Carlos en los negocios, que nunca arriesgaba un centavo, que siempre vivía de tareas y no se atrevía a fabricar su propia marca y que por eso nunca ganaba buen dinero porque de las tareas lo único que queda es cansancio y un “líchigo” en los bolsillos.
Un día a Yeison se le dio por levantarse de su lugar de trabajo y agarrar la calle. Desde ese día no volvió a trabajar, simplemente se hartó de trabajar y se volvió un vago de tiempo completo. Don Carlos pensó que era una simple pataleta de su hijo, pero se equivoco, y de que forma, ahora tiene que llorar el haber descuidado a su muchacho.
Yeison empezó con dejar el trabajo, luego fue la bareta, luego alcohol y bareta, luego perico alcohol, bareta y putas, y cuando se quedó sin dinero para costear sus vicios se dedicó a la delincuencia. Su primer trabajo en el mundo del hampa fue robarle a don Carlos las herramientas del taller, luego siguieron los atracos en las esquinas, luego la venta de perico, luego el sicariato, al final, Yeison terminó siendo “limpiado” de la faz de la tierra por los encapuchados.
Maritza vivió una pesadilla en los días en que Yeison se transformo en una lacra.
En una ocasión la escuché decirle a Yesenia que sentía muchísimo miedo cuando se quedaba a solas en casa con Yeison. Yesenia le preguntó que miedo de Qué. Maritza le respondió que miedo de todo, hasta de ser violada por su propio hermano porque en más de una oportunidad vio a Yeison espiándola en el baño mientras ella se duchaba. Pensé que Maritza exageraba, pensé que Yeison era incapaz de hacer algo tan horrible, aunque en la calle se decía que él y Carroloco, su parcero del alma, eran responsables de haber violado a dos niñas de diez años cuando ellas iban para la escuela. Pero cómo digo, “se decía” más no era algo probado. Afortunadamente la muerte le llegó a Yeison antes de que la suerte nos diera la razón a alguno de los dos.
Alex también fue victima de Yeison y Carroloco. Una tarde en la que Alex visitaba a Maritza en su casa, Yeison y Carroloco le robaron los zapatos en plena sala de la casa, estando don Carlos en el taller y doña Ana en la cocina. Don Carlos quiso impedir el robo, pero casi recibe en el pecho una puñalada de su propio hijo por meterse en “lo que no le importa”, según Carroloco. Alex recibió de Yeison una golpiza mientras Maritza lloraba impotente por no poder ayudar a su novio pues Carroloco le impidió hacerlo.
Ese día Maritza se fue a vivir a casa de Yesenia, no tuvo alternativa; Yeison era un peligro para ella. Don Carlos no pudo negarle a su hija el derecho a protegerse y con el corazón destrozado por causa de la crueldad de su hijo se resignó a ver a Maritza huir de la casa.
Yeison pasó tres días encerrado en la estación de policía, pero fue dejado en libertad porque doña Ana convenció a don Carlos y a Maritza de retirar los cargos contra él.
Dos encapuchados rondaron la casa de don Carlos la noche en que Yeison salió de la cárcel. Lo estaban buscando. Yeison se había convertido en parte del problema y los encapuchados no perdonaban. Los tipos pasaron una y otra vez por en frente de la casa de don Carlos, pero no encontraban a su victima. La presencia de los encapuchados no pasó inadvertida para los vecinos de la cuadra, pero con la fama de “desechable” que tenía Yeison no dijeron nada, pensaron que ya era hora de descansar del hijo de don Carlos.
Don Carlos esperaba despierto a su hijo en la sala de su casa con el corazón angustiado hasta que él llego en la madrugada. Doña Ana estuvo rogando a Dios por la vida de su hijo. Fue una noche eterna para los viejos de Maritza.
Yeison llegó en la mañana a casa cayéndose de la borrachera, pero cuando sintió la pistola de uno de los encapuchados en su frente la “pea” se le fue al culo.
Yeison palideció como un fantasma, sintió que ese era su día, pero, por suerte para él, los ruegos de doña Ana fueron efectivos y los encapuchados le dieron dos horas para dejar el barrio o sería “ajusticiado”, “limpiado” de la tierra. Yeison sólo necesitó quince minutos para dejar su casa y emigrar.
En un moridero se ha convertido el barrio, decía Herminia siempre que aparecía algún “muñeco” en la calle. Y ¿Alex?: Alex era otro tipo ¿dónde carajos se metía Alex que ya nunca estaba en casa? Pensé que con Maritza, pero recordé que desde que apareció Gustavo, Alex ya no la frecuentaba.
Pasé el día en cama. Herminia me llevó el almuerzo a la cama. Lorenzo también estuvo en casa pendiente de mí y, sobre todo, de Herminia. Fue gracioso ver a Herminia con cara de quinceañera enamorada, aunque ella aún es joven, tiene entre treinta y cinco y treinta y ocho años, Lorenzo debe tener cómo cincuenta años.
Dejé la cama y fui a la sala. Me encontré a Lorenzo mirando televisión, pero no el viejo televisor sino en uno nuevo. Vi el reloj eran las seis de la tarde y Herminia seguía en casa y su carrito tintero estaba arrumado en el patio donde ella arruma los chécheres viejos, aunque en casa de Herminia todos los chécheres eran viejos, excepto el nuevo televisor. Alex dormía en cama de Herminia. Al rato llegó Yesenia a casa. La saludé y me senté en una silla al lado de Lorenzo a ver televisión. Yesenia y Herminia fueron a la cocina y empezaron a cuchichear, me pareció que Yesenia lloraba, pero cuando quise acercarme a ella, Herminia me envió a la tienda a comprar lo de la cena.
Después de cenar fui con Alex y Yesenia a caminar por el barrio. Alex estuvo callado todo el tiempo, su mente estaba en otro mundo, seguramente tenía problemas con Maritza, así que preferí dejarlo tranquilo caminando detrás de nosotros.
Yesenia nos invitó a El Vagón a tomarnos unas cervezas. Fuimos a la discoteca y después de tres rondas de frías, Alex se levantó de su silla y se fue sin siquiera despedirse. A Yesenia no le gusto para nada la actitud de Alex y la emprendió conmigo.
—Esteban, ¿qué carajos le pasa a ese amigo suyo? —me reprochó—, ¿qué bicho raro le pico para que se comporte como un patán?
—Ni idea, mi vida —le respondí—, seguramente anda peleándose con Maritza y eso lo tiene jodido, pero no me pregunte por ese mancito porque yo no sé lo que le pasa, con decirle que ya ni habla conmigo.
—¡Si, claro,! su amiguito anda así por Maritza, a otra con ese cuento…Alex lleva días sin ir a buscarla, pobre Maritza, enamorada de ese desagradecido.
—Mi vida, ya no hablemos de Alex, mejor dígame ¿qué era eso que tanto hablaba con Herminia en la cocina?
—Nada, Esteban, cosas de mujeres, y cómo usted no me dice lo que le pasa a su amiguito yo tampoco le digo lo que hablé con Herminia, así que le tocó joderse.
Yesenia no quiso decirme lo que habló con Herminia por más que le insistí en que me lo dijera. Estuvimos esa noche en El Vagón hasta las dos de la mañana, cuando César tuvo que cerrar por aquello de los policías. Íbamos de regreso a casa, caminando tomados de la mano, pasábamos por el parque del barrio, cerca de las ventas de comida rápida donde solíamos comer después de terminar la farra, cuando tres encapuchados que venían en un campero negro sin placas y de vidrios polarizados. Ahí se “bajaron” a tres ñeros que hacían parte de un “parche” que fumaba bareta cerca de donde nosotros caminábamos. Fue aterrador. Los encauchados se bajaron del campero y soltaron varios rafagazos de Mini-usi contra el grupo de ñeros y arrancaron de una como almas que lleva el diablo. Tres muñecos dejaron los encapuchados esa noche en el parque, tres muñecos y dos heridos, el resto de vagos huyó calle abajo. Yesenia me abrazó cuando oyó los disparos, la pobre casi se muere del susto y se lanzó sobre mí.
Esa noche sentí a Yesenia cómo nunca antes la había sentido, la sentí vulnerable, sentí que me necesitaba. Me agradó tenerla así.
Acompañé a Yesenia hasta su casa, por poco no logró que ella caminará porque del susto que se llevó con lo de los disparos difícilmente podía caminar.
Me fui de casa de Yesenia después de tranquilizarla, ella no quería dejarme ir, quería que me quedara a su lado, me dijo que sus viejos entenderían si me quedaba esa noche en su casa, que no habría ningún problema con que yo me quedara con ella, hasta me ofreció dejarme dormir con ella en su cama esa noche, pero yo estaba preocupado por Alex, él salió de El Vagón sin decir para donde iba y con lo de la balacera quise asegurarme que estuviera bien.
Regresé al parque para ver quienes habían caído esa noche, quise ver con mis propios ojos a los finados, también volví al lugar de la balacera porque cuando paseaba de la mano con Yesenia por el parque me pareció ver a Yeison entre el grupo de vagos habían sido baleados, pero el hermano de Maritza no estaba entre los muertos ni entre los heridos, ni siquiera estaba entre los vagos del parche según uno de los vagos que era amigo de Yeison y que se salvo de ser asesinado porque minutos antes de la balacera había ido a comprar bareta a un jíbaro que se parquea cerca del Vagón. A Alex lo encontré en durmiendo en su cama. Herminia me dijo que él había llegado temprano a casa.
Alex y yo tuvimos que levantarnos el lunes siguiente a las dos de la madrugada. Lorenzo nos dijo que estuviéramos a las tres de la mañana en su bodega para que empezáramos a trabajar con él. Herminia le había pedido a Lorenzo empleo para nosotros y él no pudo negarse, aunque le aseguró que nosotros, Alex y yo, no estábamos hechos para un trabajo tan pesado como el que él nos ofrecía.
Llegamos a la bodega tal y como nos lo dijo Herminia, a las tres de la mañana en punto. Descargar camiones, ese era el dichoso trabajo que Lorenzo no había ofrecido, como coteros, cargando y descargando bultos de papa.
—¡Bonito el trabajo que nos dio este viejo hijueputa! —rezongó Alex—, de coteros, ¿cuánto pesa un bulto de estos, Esteban? ¿mil kilos?...viejo hijueputa y eso que mamá le “abre las piernas”, que tal donde le puteara la madre, Lorenzo, hijueputa.
—Tranquilo, perro —le dije a Alex tratando de calmarlo—, no se amargue, además, en la casa se necesita el billetico, trabajemos en esto por Herminia.
Alex dejó de putear y maldecir a Lorenzo y trabajó con la boca cerrada. Descargamos un camión y enseguida llegó otro y después llegó otro y luego otro, pero ese no era para descargarlo sino para que lo descargáramos, y después era hacer aseo a la bodega y después era algo más. A las diez de la mañana estábamos que no podíamos ni caminar, a mi las piernas me temblaban y la espalda la sentía hecha pedazos, además, la tierra de las papas se me había metido hasta en el culo y la fibra de los costales me habían quemado el cuello. Quise dejar botado el trabajo, pero pensé nuevamente en Herminia.
Alex decía que entre el sitio de parqueo de los camiones y la zona en que teníamos que descargar los bultos de papa había treinta metros, y que en cada viaje de ida y vuelta que hacíamos recorríamos sesenta metros, es decir que caminábamos treinta metros con mil kilos de sufrimiento en la espalda y otros treinta metros con mil kilos de frustración en el pecho. Al terminar la jornada de trabajo, Lorenzo nos canceló el día, recibimos treinta mil pesos cada uno más el almuerzo que era cortesía de Lorenzo por ser nosotros hijos de Herminia, aunque yo no era hijo de Herminia.
Llegamos a casa después el trabajo, era un poco más de la una de la tarde. Herminia nos esperaba con el almuerzo sobre el comedor. Alex le dijo que ya habíamos almorzado, pero ella dijo que con lo pesado que es el trabajo en las bodegas era necesario al menos dos almuerzos diarios para mantenerse vivo y seguir trabajando.
Después de almorzar me di un duchazo, necesitaba descansar y quitarme la tonelada de mugre que llevaba encima impregnada al cuerpo y que tanto me pesaba. Después del duchazo tendí la colchoneta en la sala frente al televisor y me recosté.
Estando echado en la colchoneta recordé los cuatro años en que trabajé con papá en construcción, fueron cuatro años cargando bultos de cemento, pegando ladrillo, paleando arena, fueron cuatro años ampollándome las manos, cuatros años en los que pensé me había hecho duro, capaz de soportar cualquier carga sobre mi espalda, pero me bastó una mañana en la bodega de Lorenzo cargando bultos de papa para darme cuenta que ni era tan duro ni era tan capaz de soportar cualquier carga sobre mi espalda.
Herminia me despertó a las dos de la mañana, Alex acababa de llegar a la casa y esperaba en la sala a que yo estuviera listo para ir al trabajo.
El martes fue una pesada copia del lunes, y el miércoles una copia aún más pesada del martes y los días se fueron haciendo copias más pesadas que las anteriores.
Así fue esa semana, la pasé entre bultos de papa y echado en la colchoneta, quejándome de mi vida, maldiciendo mi suerte, deseando no pensar, queriendo no sentirme frustrado, sin fuerzas para salir a la calle, sin energía para dedicarle a Yesenia, esperando estar muerto.
En esos días Alex entraba y salía de la casa como si la jornada de trabajo no lo afectara, parecía que no necesitaba descansar o, al menos, no en la casa. Mi amigo estaba muy raro, ocultándome algo importante. Alex también había cortado de tajo su relación con Maritza, a veces se sentaba en la sala y hablaba horas y horas con Herminia mientras yo dormía en el cuarto, otras veces, cuando yo despertaba para cenar o ir al baño, veía a Herminia llorando, pero nunca me decía el por qué de sus lágrimas. En esos días me sentí excluido, sentí que ya no era parte de la familia, como cuando vivía en casa de papá donde todos tenían su propio espacio y yo no cabía en ningún lado, fue incomodo vivir así, me sentía como un mueble estorboso del que no se puede salir por consideración a lo que significo antes de que fuera un estorbo.
Maritza llegó el siguiente sábado en la tarde acompañada de Yesenia. Herminia la había estado esperando desde muy temprano en la mañana, pero Maritza estuvo ocupada en el trabajo y no pudo llegar más temprano. Alex había salido con Gustavo después de que llegamos del trabajo. Yesenia y Maritza lloraban y Herminia trataba de consolarlas. Traté de ignorar que ellas estaban en casa, pero Herminia fue al cuarto a buscarme y me pidió que las acompañara en el comedor.
—Yeison esta muerto, Esteban— me informó Herminia—, lo encontraron esta mañana por los lados de la invasión.
Yeison fue asesinado la mañana de ese sábado después de haber atracado a un taxista en El Peñón. Los encapuchados lo estaban siguiendo porque él no dejaba de hacer de las suyas en el barrio y cuando tuvieron la oportunidad de joderlo le dispararon cinco veces a quemarropa.
Tres balas le atravesaron el corazón de Yeison y dos más le destrozaron el cerebro, aunque con la cantidad de perico que había metido en vida no creo que le quedaran muchos sesos. El encapuchado que mató a Yeison se aseguró de dejarlo bien muerto. ¡Desgraciados, asesinos, infelices! decía Maritza, olvidando que unos días atrás su hermanito la miraba con ojos de lobo en celo, pero como no hay muerto malo sino victimas de la guerra, tocaba entender su dolor de hermana.
Muchos en el barrio se alegraron, y hasta festejaron, que Yeison hubiera sido “limpiado”, yo me encontraba entre esos muchos que se alegraron.
Don Carlos y doña Ana quedaron desechos con la muerte su hijo. La trágica noticia de la muerte de Yeison se las dio carroloco, el mismo a quien culpaban de haberlo llevado por el camino de la perdición.
Maritza fue a casa de Herminia buscando consuelo en los brazos de Alex. Ella lloraba la muerte de su hermano, pero sufrió más con la indiferencia de Alex, pues él prefirió irse de farra con Gustavo que acompañarla en su dolor.
Yesenia y Herminia seguían con sus secretos, excluyéndome de sus conversaciones, y eso no me gustaba para nada.
—¡Ay, mijo, Esteban!...usted no sale de una cuando ya esta metido en otra peor — Afirmó Herminia—, usted y ese hijo mío me van a llevar a la tumba antes de tiempo… usted y ese Alex si que saben joderle la vida a las mujeres.
Pero Herminia no decía las razones por las cuales nosotros la llevaríamos a la tumba.
El cuerpo de Yeison fue llevado de la morgue del centro a la casa de don Carlos en la noche de ese mismo sábado.
“Todos los muertos son buenos” dice el dicho, hasta Yeison, que de buen hijo se transformo a “lacra social”, tenía sus dolientes.
Para el funeral Maritza vestía completamente de negro, se veía diez años mayor de lo realmente era, estaba demacrada, ojerosa, destrozada, el dolor la había envejecido. Esa fue la primera vez, desde hacía muchísimo tiempo, que al verla no la deseaba, esa fue la primera vez que Yesenia me pareció mas hermosa que Maritza.
Al principio del funeral, los únicos que acompañábamos a Maritza y a su familia éramos Herminia, Yesenia, Lorenzo y yo, pero después llegaron los compinches de Yeison: el ratón, el mico, el piraña y un resto de animales más salidos de no se que jauría de bestias, y cada uno de ellos acompañado de su “media naranja”. El amor se reproduce en todos los grupos sociales, siempre hay un espacio en el corazón, hasta en el de los más desadaptados, para Cupido.
Al mando de la pandilla estaba carroloco, el gran parcero de Yeison, el que le enseñó a andar en las calles y a ser un “duro”.
Pasamos la noche en casa de Maritza, escondiéndonos de la muerte, si bien acompañando a un muerto, y digo que escondiéndonos de la muerte porque con tanto ñero en la casa de don Carlos no me pareció raro que pasaran los encapuchados en sus Monteros negros y nos encendiera a bala.
—Y ¿la policía no hace nada para calmar este desorden? —preguntó Lorenzo.
—Nada —le respondí.
De pronto, el silencio del funeral fue remplazado por música a todo volumen, las lágrimas fueron remplazadas por vasos de aguardiente, los sentidos pésames remplazados por el humo de la marihuana y la pena remplazada por la fiesta en la calle.
Herminia trataba de consolar a doña Ana, Lorenzo acompañaba a don Carlos y Yesenia no dejaba a Maritza sola ni por un segundo; yo pasé la noche esperando a que aparecieran los encapuchados y les jodieran la fiesta a los amigos del muerto.
Alex apareció en la mañana del domingo, Gustavo lo llevó al funeral y después se fue. Maritza se encerró en su cuarto al ver a Alex, ni Yesenia pudo convencerla de que saliera y hablara con Alex.
Los vecinos del barrio dejaron el miedo a un lado, se vistieron de hipocresía y fueron a saludar a la familia de Yeison, hasta mi viejo y Anderson se acercaron a dar el pésame a don Carlos.
Hubo momentos de tensión en el funeral cuando vimos el Campero negro parqueado dos cuadras más arriba de la casa, los ñeros no se espantaron al ver el carro de los encapuchados sino que se prepararon para “encenderlo a bala” apenas se acercara, los parceros de Yeison estaban dispuestos a vengar a su líder caído. Afortunadamente el campero dio media vuelta y desapareció calle arriba, tal vez a los encapuchados les dio miedo la cantidad de ñeros que había en el funeral o, tal vez, fue que los ruegos de doña Ana seguían dando resultados, pero esa mañana de domingo no hubo mas muertos en el barrio.
El sepelio de Yeison fue en la tarde, a las tres, en el cementerio central, el cuerpo fue depositado en una bóveda de las del fondo, donde meten a los muertos de los más pobres.
Mientras el cuerpo de Yeison entraba a la bóveda, sus amigos se despedían de él a punta de bala, puteadas, aguardiente, y mariguana. Carroloco y los suyos pagaron todos los gastos del funeral y del sepelio, don Carlos tubo que agradecerle, de dientes para afuera, el detalle que los vagos tuvieron con su hijo, pero en el fondo quería arrancarle la cabeza a carroloco por haber dañado a su muchacho, aunque a mi modo de ver, Yeison se dañó solito, él eligió vivir como rata pues lo más lógico era que muriera de igual forma, pero como dice el dicho: “no hay muerto malo”
El sepelio terminó y el mundo siguió girando, Yeison fue al mundo de los muertos y los que quedamos vivos, pues a seguir viviendo.
Después del sepelio de Yeison fui a casa y no salí sino hasta el siguiente martes en la noche cuando decidí ir a buscar a Yesenia. A la bodega de Lorenzo no volví, Alex tampoco volvió, nos cansamos de trabajar como animales de carga, la muerte de Yeison nos hizo ver que la vida no es para sufrirla sino para vivirla y en la bodega de Lorenzo si que se sufría. Ni los regaños de Herminia ni los sermones de Lorenzo nos convencieron de volver a la bodega. Con Alex nos hicimos cargo del pago de los recibos de los servicios del mes y con eso Herminia le bajo un poco a la cantaleta. Alex siguió de compinche de Gustavo y yo estuve encerrado en casa. Cuando me sentí aburrido de estar en casa encerrado fui a donde Yesenia para hablar con ella.
Yesenia me dijo que Maritza había regresado a casa de sus viejos; con la muerte de Yeison ella pudo volver tranquila con los suyos, también me comentó que la gente del barrio habla mucho de Alex, que se decían cosas de él y de Gustavo, que eran traquetos, narcos, que tenían negocios raros, que algo pasaba con ellos porque siempre andaban para arriba y para abajo en ese carrazo y vistiendo finas ropas, pero en últimas eran solo chismes de personas sin oficio, así que no presté mayor atención a esos comentarios.
Yesenia fue a la cocina a preparar la cena y recordé una conversación que tuve con Herminia el domingo después del sepelio.
—Usted no sale de una cuando ya esta metido en otra —me reclamó Herminia después del sepelio—, con esa vocación de vago que esta desarrollando ¿a dónde piensa llegar, Esteban?... ¡pobre, Yesenia!
—¿Por qué me dice eso, Herminia? —le pregunté—, no estoy de vago, sólo quiero descansar unos días y después busco trabajo, y ¿Qué es lo que usted tanto habla con Yesenia? —pregunté.
—Mijo, ¿quieres saberlo? pregúntele usted mismo a ella, ¿es su novia o, no?...Esteban, esa muchacha es muy buena y lo quiere tanto, ya no siga jodiendo con Maritza, sáquela de su cabeza, entienda, no sea bruto como Alex, valore lo que tiene y no juegue con esa muchacha, ella lo necesita, y como le dije: si quiere saber lo que le pasa a su novia pregúntele usted mismo.
—Pero ella no me dice nada, es como si no confiara en mí.
—Esteban, Yesenia no es boba, ella sabe que a usted le gusta Maritza, por eso es que no quiere hablar con usted.
Mientras Yesenia preparaba la cena pensé y pensé en las palabras de Herminia, pero no me animaba a preguntarle a Yesenia lo que le pasaba. La cabeza se me llenó de ideas, de recuerdos. Pensé en papá y la forma en que me echó de la casa, pensé en Anderson y en su relación con la gorda, recordé los días de trabajo en construcción y en la bodega de Lorenzo, sentí nuevamente el dolor de las ampollas en mis manos, sentí la fibra de los costales de papa quemando la piel de mis hombros, y cuando me cansé de pensar y recordar decidí enfocarme en lo último que me dijo Herminia el domingo: “haga algo con su vida, mijo”, pero después de darle vueltas en mi cabeza a esa frase noté que yo no tenía muchas opciones en la vida, no tenía de donde elegir, mi vida estaba ya decidida, lo mío era trabajar y trabajar como burro, rompiéndome la espalda con pesadas cargas, ganando líchigos, padeciendo necesidades y lo peor era saber que detestaba el trabajo pesado, odiaba tener que ganarme la vida a punta de fuerza bruta, cómo si yo fuera un simple animal de carga, entonces me sentí desesperado, quise ser tan bueno con los números y las letras como lo era Alex, pero no lo era, busqué un rumbo para mi, una estrella que seguir, un camino que me llevara a algo mejor de lo que ya había vivido, pero no encontré nada. Me di cuenta, sentado en el sofá de la casa de Yesenia, que mi vida era vacía, sin expectativas, sin sueños, sin ilusiones, sin metas, tan solo era yo y el día a día; así era mi vida, levantarme y salir a la calle en busca de unos cuantos pesos para poder volver a casa sintiéndome hombre. Yesenia me pidió que pasara a la mesa a cenar. Los suegros habían salido a visitar a doña Ana y a don Carlos, así que estábamos solos y traté de llevar a la cama a Yesenia, pero ella no quiso, me rechazó, me despreció.
—Yesenia, quiero saber que es lo que usted tanto habla con Herminia, —le dije— y no me salga con que son cosas de mujeres, a ver, ¿Qué le pasa? hable.
—Esteban, yo a usted lo quiero mucho, lo amo, y no piense que lo que pasó fue intencional de mi parte, simplemente, paso y no puedo hacer nada para cambiarlo—dijo temerosa de mi reacción—, tampoco quiero que se sienta obligado conmigo, esto que me pasa es mi problema y no tiene que ser suyo también.
—Ya no le de mas vueltas, Yesenia, ¿qué carajos es lo que le pasa? —exigí saber—, hable.
—Que estoy embarazada, Esteban, eso me pasa.
Salí de inmediato de la casa dejando a Yesenia con la palabra en la boca. Necesitaba caminar, despejar mi mente, pensar, olvidar, quería ser tragado por la tierra. Sentí tanto miedo, tanta angustia, mi cuerpo temblaba cuando pensaba en Yesenia y en su embarazo y maldije mi suerte, maldije mi vida, maldije a Yesenia y no dejaba de caminar y de maldecir. Pensar en que yo sería padre, en que pronto tendría un hijo me estaba volviendo loco. Herminia lo supo todo el tiempo y no me lo dijo y por eso también la maldije. Seguí caminando sin importarme que lloviera a cantaros, caminé por las lodosas calles del barrio sin buscar protección del agua, sin evitar los charcos ni los lodazales de las calles, empapado hasta los huesos, quise ahogarme en uno de los tantos charcos de la calle y pensé que así terminaría mi angustia.
No me di cuenta en que momento llegué a la invasión, a los territorios de carroloco y su pandilla, entonces vino a mi mente que ahí algún “desechable” tratando de robarme daría fin a mi vida y me sentí aliviado. Seguí adentrándome en la “olla”, en la misma olla donde Yeison había encontrado la muerte, pero no me pasaba nada, creí que era el aguacero que caía lo que había alejado a las ratas de la calle, pero más adelante encontré la causa de la soledad en las calles. En la casucha de carroloco estaban velando a otro ñero, a un tal “Dumbo”, le apodaban de esa manera por lo de las orejotas que se gastaba el cabrón.
En un moridero se había convertido el barrio, cada vez estaba más convencido de que Herminia tenía razón, cada vez mas le daba la razón a Herminia, es que era un muerto tras otro, y mataban a un vago y aparecía otro igual de malo o peor, pero a ese nuevo vago también le “daban tumbe” y aparecía otro, y la rueda daba y daba vueltas y la historia se repetía día a día.
—Siga, Esteban —gritó carroloco cuando me vio cerca de su casa—, no se empape parcero que le hace daño, siga, mi casa es su casa, acompáñenos, no se preocupe ñero que aquí no le pasa nada.
Entré a la casa de carroloco y me hice en el fondo de la sala, cómo lo hice en el velorio de Yeison, evitando ser victima de los encapuchas en caso de que pasaran “haciendo la limpieza”. Había olvidado que estaba en esos lados buscando la forma de acabar con mis preocupaciones, olvidé que estaba buscando la muerte, aunque de cierta forma la encontré, pero no de forma en que la necesitaba.
En casa de carroloco fui testigo del dolor de la viuda, una muchacha de unos dieciséis años; también conocí al hijo del finado, un pequeño de año y medio de edad.
Los ñeros no solo son buenos para hacer las del diablo, también son buenos para hacer niños y dejar huérfanos.
Conocí a toda la familia de Dumbo. Carroloco me presentó con ellos, me presentó como uno de los buenos amigos de Dumbo, ¡cómo si yo hubiera sido amigo de esa basura cuando estuvo en vida!
Me senté en una silla, al fondo de la sala, detrás del tétrico ataúd y seguí pensando en Yesenia y su embarazo. Fue ahí, viendo el ataúd y al hijo de Dumbo cuando se me ocurrió la solución a mis problemas. Yesenia debía abortar, no había de otra, ella debía terminar con su embarazo, y fui a donde estaba carroloco y le pedí un trago de aguardiente, un lápiz y una hoja. Carroloco me miró extrañado, pero me dio lo que le pedí, no creí que en casa de un tipo como la de carroloco hubiera un lápiz, pero me equivoqué. Volví a la mi silla, al fondo de la sala, frente al ataúd y escribí una carta para mi hijo, el hijo que no quería que naciera.
Hijo:
No se si deba llamarte así, la verdad es que no tengo la más mínima idea de cómo llamarte, ni siquiera sé si existes de verdad o eres una invención de Yesenia, tu madre; pero te escribo esta carta tratando de explicarte las razones por las cuales no puedes nacer.
La primera razón sería porque YO no quiero ser padre, la segunda sería porque NO quiero hijos, aunque tal vez esas dos razones sean una sola misma razón, bueno, eso no importa, el hecho es que no quiero que nazcas, no es buen momento para mi y tu llegas sin que yo te haya llamado.
Se que mis palabras son crueles inhumanas, pero son ciertas, es lo que siento, lo que pienso y no puedes obligarme a ser algo que no quiero ser.
Tengo diecinueve años y no estoy listo para asumir la responsabilidad de ser padre, sería un despropósito pretender dármelas de maduro cuando ni siquiera se lo que quiero en la vida, lo mejor para mí es que no llegues al mundo. Al escribir esta carta estoy pensando en mi bienestar.
Yesenia es una buena mujer y la quiero, pero no sé si quiero pasar el resto de mi vida a su lado. Hoy, ella me ha dicho de tu existencia y yo, al escuchar sus palabras, salí corriendo como un niño asustado, ¿qué puedo decir? soy un cobarde, un desgraciado, un hombre sin sentimientos, pero prefiero ser eso y no un hombre frustrado al que la vida obligó a ser padre.
Espero me entiendas y me perdones porque estoy convencido de que tomé la mejor decisión al negarte el derecho de nacer, es la mejor decisión, créeme.
Y de nuevo, perdóname.
Adiós.
Esteban
Dejé el lápiz sobre el ataúd y me despedí de la viuda. Iba a cruzar la calle, peo carroloco me detuvo.
—Esteban, ñerito, espere, yo lo llevo a su casa —me dijo—, no es bueno que camine solo a estas horas de la noche, recuerde que estamos en zona de guerra, a lo bien, yo lo llevo en mi moto.
Subí en
—No vuelva al barrio, perrito, —me advirtió carroloco—, Esteban, ñero, nos están matando y si lo ven por allá van a pensar que usted es de los nuestros y son capaces de matarlo, no vuelva al barrio, parce, por su bien.
Agradecí a carroloco el haberme llevado a casa y también le agradecí el consejo.
Me pareció que el mote de carroloco no tenía mucho sentido en un tipo que parecía ser tan calmado, el problema de Óscar, como se llamaba carroloco, estaba en que cuando se trababa era capaz de llevarse por delante a cualquiera. Oscar se drogaba y perdía el control de sus acciones y se convertía en una bestia incontrolable.
Entré y a la casa y cerré la puerta con llave, ya no pensaba en Yesenia ni en lo de su embarazo, ya no pensaba en nada, simplemente quería dormir. Fui a la cocina a buscar algo de comer, pero una ráfaga de fusil que se oyó en la calle me obligo a lanzarme al suelo. Los disparos se oyeron muy cerca, ta-ta-ta-ta-ta, después se oyó el ruido de un motor que arrancaba a toda maquina y luego un estrellonazo. Me levanté del suelo y corrí a la calle para ver lo que había sucedido. Abrí la puerta y encontré a carroloco bañando en sangre sobre la acera, la moto le había caído encima y le aplastaba la pierna izquierda y de la boca le salían chorros de sangre. Me acerqué a él y pude ver que estaba jodido, dos balas le habían entrado por el pecho y dos más le perforaron el hombro, debió haber muerto de una, pero no tuvo tanta suerte, la muerte le llegó de a poco y el pobre sufrió demasiado antes de irse.
Herminia y Alex salieron a la calle y al verme cerca del cuerpo inerte de carroloco me agarraron de los brazos y me metieron a la casa a empujones.
—Dejen dormir hijueputas—gritó algún sobresaltado de las casa vecinas.
Entonces los policías se enfurecieron y se fueron de casa en casa buscando testigos, pero en este barrio nadie habla, nadie ve ni nadie oye, el barrio San Pedro es un monumento a la complicidad, a la indiferencia, como todo este país del sagrado corazón, por eso es que estamos como estamos, jodidos.
Dos agentes de
Carroloco fue asesinado esa noche después de haberme dejado sano y salvo en la casa de Herminia. “Nos están matando” me dijo antes de irse y no se equivocó, pero no creo que él supiera que tenía a la muerte tan encima. Ahora carroloco, dumbo y Yeison descansan en paz y los que seguimos vivos, seguimos jodidos. Los encapuchados estaban ganando la guerra, estaban “limpiando” el barrio.
A la mañana siguiente fue el sepelio de dumbo, pero a diferencia del sepelio de Yeison, a dumbo no lo acompañaron sus parceros, a él sólo lo acompañó su viuda, su huérfano y una de sus hermanas. El sepelio de carroloco fue al día siguiente. Para carroloco no hubo fiesta de despedida a pesar de ser el líder de los ñeros de la invasión, esa vez pudo más el miedo a los encapuchados que la camaradería. La muerte asusta hasta al más malo.
—Si ve, mijo —me advirtió Herminia—, en este barrio ya no se puede vivir en paz, ¡cómo quisiera largarme de aquí! ¿si vendiera la casa? creo que por esta casa me dan veinticinco millones, una casa en el Peñón cuesta cuarenta millones, me harían falta quince millones, para comprar un apartamento en uno de los conjuntos cerrados del centro, de esos donde hay piscina y zonas verdes, para comprar un apartamento de esos me harían falta cien millones, bueno, no es malo soñar despierto, pero una casa en el Peñón, creo que si puedo comprar una casa allá, necesito conseguir quince millones, pero ¿de dónde?...Ay, Alex, es lo malo de ser pobre, siempre nos toca resignarnos con lo que tenemos, lo malo de ser pobre es tener que vivir como pobres, dígame, mijo ¿donde consigo quince millones, mijo?
—Pídale plata a Lorenzo, mamá —le respondió Alex.
Tres días después del sepelio de carroloco y ya estábamos en diciembre. San Pedro se llenó de dibujos navideños en las paredes y en las calles, el viejo Papá Noel puso su cara en cada esquina, también habían cadenetas de colores por todas partes y lucecitas titilantes en cada ventana. Las fiestas de fin de año cambian la actitud de las personas.
Era diciembre y no había vuelto a aparecer ningún otro muñeco en las calles. Después de carroloco siguieron otros tres ajusticiados en tan solo cuarenta y ocho horas, pero esos muñecos cayeron en noviembre así que diciembre fue un mes “virgen”.
Para diciembre la pandilla de desechable desapareció, los vagos más peligrosos habían sido ajusticiados y los que seguían en la lista negra prefirieron irse a joder a otras ciudades. Los expendios de droga fueron sellados y la violencia en general fue remplazada con una “paz impuesta a la mala”.
Los encapuchados fueron llamados pacificadores por las victimas de los ñeros y llamados asesinos por los familiares de los ajusticiados. Cada quien tiene su versión de la historia después de todo. Ese diciembre los “buenos” disfrutamos de las fiestas de fin de año y los “malos” recibieron la paz eterna.
A mediados de diciembre estuve trabajando de vendedor ambulante, recorriendo las calles del centro vendiendo CDs piratas y chucherías para mujeres. No me gustaba mucho ese trabajo, pero era mejor que estar bulteando en la bodega de Lorenzo o en las obras de papá, además, el billete se veía en forma, me ganaba entre cuarenta y cien lucas al día. Los primeros días fue difícil, tuve que caminar por las calles del Centro de la ciudad desde las ocho de la mañana hasta las nueve de la noche. Terminaba la jornada agotado, pero por fortuna aprendí rápido y encontré un buen punto donde vender mis productos, me ubicaba todos los días frente al centro comercial de
Alex había empezado a trabajar en esos días en una Notaría. Gustavo le consiguió el empleo, moviendo sus influencias sacó a Alex de la calle, lo salvó de los trabajos pesados. Actualmente Alex sigue trabajando allí, lo han ascendido, gana buen dinero, sin necesidad de matarse, trabajando de lunes a viernes en una oficina, a la sombra, descansando los fines de semana, también tiene seguridad social y vacaciones, me alegro por él, Alex merece lo mejor, aunque ya casi nunca lo veo.
Diciembre también le cambio la vida a Herminia, ella empezó a trabajar con Lorenzo en la bodega y me dijo que planeaba irse a vivir con él antes de que terminara el año. De Maritza supe que tenía un nuevo novio y que ya no hablaba con Yesenia.
De Yesenia no tenía noticia en particular, se que hablaba frecuentemente con Herminia, pero nada más.
Seguí trabajando en la calle, los días pasaron y la noche del veinticuatro estaba cerca. Empecé a sentirme solo, extrañaba a Alex, a Herminia, a Anderson, a papá; la nostalgia que traen los aires navideños me estaba afectando y quise buscar a mi familia.
El veintitrés de diciembre trabajé hasta las cuatro de la tarde y regresé al barrio. Antes de ir a casa pasé a saludar a papá, pero él no me dejó ni acercar, me corrió a insultos de su casa, la gorda Amelia disfrutó del show que papá me hizo en la calle.
Regresé a casa de Herminia, a mi casa.
—Esteban, mijo, busque a Yesenia —me dijo Herminia—, esa muchacha lo necesita, no la deje solita en un momento tan difícil para ella, búsquela, usted es buen muchacho también, cumpla con su deber de hombre, hágalo, mijo, es por bien suyo y del nene que va a nacer.
Salí de casa, pero no fui de inmediato a buscar a Yesenia, no tuve el valor para ir a buscarla, pensé que Yesenia estaría mejor lejos de un cobarde como yo y empecé a caminar sin rumbo. Me encontré con César cerca del parque y fuimos a El Vagón por unas cervezas.
—y ¿Alex? —preguntó César.
—No se donde anda ese mancito, perro.
—las sorpresas que trae la vida, Esteban, toda la vida conociendo al Alex y, al final, cuando uno cree saber todo de los amigos, todo de Alex, resulta que es otra persona, que no es un amigo sino una amiga —y soltó una carcajada.
Me levanté de la mesa excusándome con César, le dije que debía ir a buscar a Yesenia y se me había hecho tarde, pero me fui porque no me gusto el comentario sobre Alex.
Quise regresar a casa, pero Herminia tenía razón, yo debía enfrentar la situación como un hombre, así que fui a casa de Yesenia olvidando mi egoísmo y mis miedos.
Tuve miedo, miedo que Yesenia me odiara, miedo de los suegros, miedo de no ser capaz de hablar, miedo de mi cobardía, miedo de mi mismo, pero, al final me decidí y fui a buscarla. Era casi media noche cuando llegué a casa de Yesenia, las luces ya estaban apagadas y pensé en regresar a El Vagón.
Yesenia abrió la puerta, me esperaba. Me acerqué a ella, la miré a los ojos, a sus hermosos ojos cafés y puse mi mano en su vientre.
—Diez semanas —susurró—, el doctor me dijo que tengo diez semanas, diez semanas de embarazo.
—Bien, —le dije—, diez semanas, nacerá en agosto.
—No, en julio.
—En julio, bien, mañana iremos a comprar ropa de maternidad para usted, Yesenia.
—No es necesario, Esteban.
—Aquí estaré, mañana vendré por usted para ir a comprar su ropa, también hablaré con los suegros, mañana vendré a poner la cara.
—Ellos ya lo saben, no debe preocuparse por mis papás porque me han dado toso su apoyo, usted puede seguir con su vida, por mi y por el bebe no debe preocuparse, no tiene ninguna obligación de hacerlo, yo le quito ese peso de encima.
—Aquí estaré mañana, Yesenia —le repetí—, descanse, vaya y duerma, recuerde que debe cuidarse y cuidar a mi hijo.
—¿Qué pretende, Esteban?
—Pretendo recuperar a mi familia, a mi mujer, a mi hijo, no quiero perderla, Yesenia, no la quiero perder a usted ni al bebe.
—lo espero mañana temprano, descanse, Esteban.
Yesenia entré en la casa y cerró la puerta, no me dio oportunidad de despedirme de ella ni del bebe en su vientre.
A la mañana siguiente volví a casa de Yesenia como le había dicho la noche anterior. Fue una mañana difícil. Pude hablar con los suegros, al principio no querían escucharme, pero los convencí para que me aceptaran, les prometí cuidar a su hija y al bebe, les prometí que haría todo de mi parte para que nada les faltara. Después fui con Yesenia a comprar ropa para ella y algunas cosas para cuando el bebe naciera.
La noche del veinticuatro nos reunimos en casa de Herminia para celebrar la navidad. Esa noche fue la noche de las revelaciones, de los anuncios y de la familia.
Herminia anunció que se iría a vivir con Lorenzo al Portal de no se que, un barrio estrato cinco, un barrio como los que a ella le gustaban. Alex estuvo callado al principio, pero después del anuncio de Herminia se decidió a hacer los suyos. Empezó diciendo que ingresaría a la universidad a estudiar Derecho y que cómo tendría que trabajar y estudiar al tiempo le quedaba muy difícil vivir en el barrio por aquello de las distancias, así que se iría a vivir al apartamento de Gustavo, su pareja.
Casi me desmayo al escuchar a Alex decir que Gustavo era su pareja, ¿desde cuando? y los años de noviazgo con Maritza, yo no podía creer lo que había escuchado, era increíble. A Herminia no le sorprendió la noticia, ella ya sabía lo de Alex y Gustavo, pero a Yesenia y a mí, casi nos mata enterarnos, sobre todo a Yesenia que quiso irse de inmediato de la casa, pero Herminia la convenció para que se quedara.
Alex era mi amigo, mi hermano y, aunque me sorprendió enterarme de su relación con Gustavo, lo apoyé porque el siempre me apoyó cuando lo necesite.
—Esteban, le dije que usted no conocía ni a su mejor amigo—me recordó Herminia—, mijo, yo me voy a vivir con Lorenzo y Alex se ira a vivir con Gustavo, pues, quería decirle que hemos decidido, Alex y yo, permitirle seguir viviendo en esta casa, queremos que usted este bien y que no le falte nada, si desea vivir con Yesenia, pues cuente con nosotros y con la casa… Esteban, usted es un hijo para mí, no lo olvide.
—Gracias, Herminia, gracias.
Alex se acercó a mí y me abrazó. Se disculpó por no haber confiado en mí. Le dije que no se preocupara y aproveché para preguntarle por Maritza, pero me respondió que no había nada que decir al respecto y que él rogaba a Dios todas las noches para que Maritza lo perdonara.
Llegó medianoche, la algarabía se apodero de las calles, los juegos artificiales daban cuenta que ya era navidad, los vecinos se abrazaban y se felicitaban, la pobreza desapareció y fue remplazada por la alegría de nochebuena.
A la primera que abrace fue a Yesenia, luego a Alex, después a Herminia, también abracé a mis suegros, a Lorenzo, a Gustavo a nuevamente a Yesenia.
Anderson fue a saludarme esa noche, fue a darme un abrazo de hermano. Aproveché su visita para hablar con él. Mi hermano me dijo que se acababa de separar de la gorda Amelia, lo juro por la memoria de mamá, también dijo que se iría de casa de papá, que tenía todo arreglado para irse con uno de sus amigos a trabajar a Venezuela, que se había cansado de papá y sus constantes humillaciones. Abracé nuevamente a mi hermano y le desee éxitos en todos sus planes.
Yesenia fue a dormir al cuarto de Herminia. Los suegros volvieron a su casa, Alex acompañó a Gustavo a casa de su familia, Lorenzo invitó a Herminia al club social del que era socio. Yo me quedé cuidando a Yesenia sentado en una silla con un vaso de vino tinto en la mano y esperando a que saliera el sol de navidad sentado.
“No es tan malo ser pobre después de todo” pensaba esa mañana de navidad, no es tan malo no tener dinero en los bolsillos sí sé cuenta con amigos como los que yo tengo.
El año terminó. Enero se fue en un abrir y cerrar de ojos. Alex vive con Gustavo, Herminia vive con Lorenzo en un barrio estrato cinco; yo vivo con Yesenia en casa de Herminia. Trabajó con Lorenzo en su bodega, pero ya no cargando bultos de papa, Lorenzo me esta enseñando a administrar su negocio, él quiere que yo me encargué de la bodega cuando el se retire, dice que ya esta cansado de trabajar tanto que quiere disfrutar de su nuevo hogar y hasta piensa en tener un hijo con Herminia.
El barrio nuevamente esta en guerra, ya han aparecido varios letreros en la calle anunciando una nueva limpieza social, esta vez los encapuchados van tras una nueva banda de ratas que tiene de azote al sector. Herminia dice que la violencia en estos barrios de pobres nunca terminará y dice que me llevara a vivir a un apartamento cerca de donde ella vive. Me gustaría que Herminia fuera más optimista con lo del barrio porque la mayoría de de los que vivimos en el sector somos gente buena.
Yesenia ha estado enferma, en la noche tuve que llevarla de urgencias al hospital, el medico dice que su cuerpo no esta soportando lo del embarazo y es muy posible que pierda al bebe. Esta mañana encontré en mi billetera la carta que le escribí al bebe la noche del funeral de dumbo. Si de algo me arrepiento en la vida es de haber escrito esa puta carta.
Fin
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