El Puro Cuento

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La fuente

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Un escritor de cabello casi blanco y revuelto por haberlo peinado con prisa, se sentó frente a su computadora para revisar las últimas líneas del día anterior. Los anteojos que se sostenían con la punta de la nariz resbalaban constantemente y le provocaban una mueca casi imperceptible para reacomodarlos, aunque lo que reflejaba su rostro no era el fastidio por este continuo resbalar, sino duda revuelta con coraje, al parecer la inspiración huyó por la ventana y no conseguía concentrarse. Se dio un descanso y paseó la vista por el estudio, hacía mucho que no percibía el ambiente que reinaba en él, era como si viajara a otro mundo porque al abrir la puerta, el golpe de aroma de tabaco, cedro e incienso penetraban hasta el cerebro haciéndole alucinar.

En la alfombra tres o cuatro montones de libros formaban su colección de rarezas. Volteó a observar detenidamente sus dos libreros de caoba, quería encontrar algo entre los cientos de ejemplares que le dejaban ver sus historias a través de los lomos apretados, algunos mostraban la huella del uso continuo mientras que otros, los que se adquirieron por considerarlos prometedores y por la compulsión de tener siempre una nueva lectura aguardando en la repisa, permanecían con la envoltura intacta, quizá como consulta si hay suerte, sus páginas serán acariciadas algún día.

Una corriente de aire lo sacó de sus pensamientos, se dio cuenta de que el ventanal que estaba detrás de su escritorio estaba abierto, las cortinas de gasa y encaje eran alas que volaban en su estudio, a través de su marco de madera se veía el paisaje otoñal del jardín, al observarlo, a cualquiera le sugeriría un cuadro de Van Gogh en movimiento.

Se levantó para estirar las piernas y contemplar a los tres árboles de colores cálidos, a los arbustos de las esquinas recortados recientemente por él mismo y a las flores de colores temerarios, que vivían dentro de las cercas bien alineadas. Lo que más le gustaba desde ese ángulo, era a la aguadora de la vasija rota, una mujer con peinado romano, vestido translúcido, cinturón de perlas y cuerpo delicado, que nunca se cansaba de saciar la sed del delfín postrado bajo sus pies descalzos.

Alrededor de la fuente, varios rosales perfectamente podados, eran su pasión, no podía decir que su día había terminado si no pasaba antes de acostarse a visitar a sus rosas, las mimaba como si supiera que ellas recibían el amor que les prodigaba, y como recompensa, las flores más hermosas asomaban cada amanecer.

De pié en la ventana, con la mirada perdida en todo y nada, quiso recobrar el propósito de sus palabras, porque al revisarlas un momento antes, se percató de que solamente eran un montón de sinsentidos y redundancias escritos en verso. Tenía atrapado en su pecho el sentimiento hecho idea, porque su mano no cooperaba en poner las frases que le dieran la exactitud a lo que deseaba plasmar, jamás le había sucedido esto, mucho menos, cuando había encontrado el principio, sólo era cuestión de sentarse a darle forma, de dibujar en su mente el escenario y danzar con las letras en el papel.

Se volvió a sentar en su silla, atento a la pantalla recorrió la hoja para agregarle algunas comas, sustituyó los adjetivos que no lo convencían por algunos más elegantes y agregó verbos donde creyó que faltaban para darle movimiento.

Es inútil – pensó – y se dejó caer bajo el peso de la derrota. Buscó su taza de café entre los papeles y libros que abundaban en desorden sobre el escritorio, y tomó pensativo un sorbo. – ¡No es posible!, para hablar de amor se pueden utilizar todas las situaciones, lo conozco, lo puedo describir, siento como si el árbol de las ideas no tuviera hojas para tomarlas entre mis manos y con su ayuda, explicar al mundo lo que siento. Me duele la cabeza de tanto pensar, las manos no me responden y se me congestiona cada vez más el sentimiento en el pecho...- y dejó su poema para después.

Bajó al jardín para aclarar su horizonte y obtener un poco de descanso, le preocupaba haber perdido la magia de la palabra, no adivinar el amor en el brillo de los ojos, no encontrar lágrimas de consuelo ante el despecho y regresarle cada caricia a su musa entre líneas.

Buscó las tijeras y se dirigió a los rosales para quitarle las hojas muertas y acomodar de nuevo los tallos, cortó algunas flores para el jarrón del estudio y regresó por la pala, quería aflojar la tierra y dejar que las raíces crecieran a placer. Mientras realizaba estas tareas, veía sin observar a la silenciosa dama dueña de los rosales, normalmente se aseguraba de su buen funcionamiento y que el agua no dejara de correr. Compró esa fuente años atrás con la idea de darle un toque especial a ese espacio, pensaba en esto cuando el vuelo de una mariposa llamó su atención, la siguió con la vista hasta que se posó sobre la cabeza de la aguadora, la mariposa reanudó el vuelo pero el escritor no la siguió esta vez, se quedó prendido de los ojos verdes de la mujer que apareció en su jardín. Sorprendido, caminó unos pasos hacia atrás y tomó la mano que se extendía ante él y le solicitaba ayuda para bajar del húmedo pedestal. Era muy blanca, el cabello lacio se recogía en la nuca con la ayuda de una diadema de estrellas de mar. Una vez abajo, ella tomó su otra mano y se la llevó a la cintura, mientras el sonido del agua de la fuente se transformaba en una pieza de vals, comenzaron a bailar al compás lento y cristalino de la música, con cada paso afloró la sensualidad retenida en sus sentidos, él movió la mano libre para alcanzarle la parte desnuda de la espalda y la jaló para acercar más los cuerpos. Aspiró el aroma de rosas de la piel de su cuello y se turbó con el estremecimiento de ambos cuando intentó besarla.

La música se paró inundando de borbollones de silencio el jardín. Se apartó apenado seguro de haber cometido el error de la prisa, como respuesta a tales sentimientos una sonrisa asomó en el rostro de la aparición: - No te alejes ¿es que no me reconoces? No soy mujer de amores fugaces, soy la musa que perdiste en un rincón de tu corazón, he venido a hacerme presente en este momento de obscuridad, para que vuelvas a creer en mí y me saques del encierro al que me sometiste, por no tener amante que inspire el movimiento de la palabra en tu interior – y para sellar sus palabras y asegurarse de que no escaparan en el viento, lo besó profundamente mientras se soltaba del abrazo, como el rocío se resbala del pétalo por las mañanas.

Al abrir los ojos, todo estaba en su lugar, la fuente como siempre, con la mujer de mármol y su vasija rota que vertía agua para calmar la sed de un delfín postrado a sus pies. Dejó todo en el piso y corrió a su estudio, se sentó en su silla para tratar de besar de nuevo los labios de seda de la hermosa musa, con las palabras tejidas con el hilo de la esperanza, de encontrarse con un nuevo amor que inspire su pluma de escritor.

Denise Monti

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