Virgilio levantó el auricular, y la voz desesperada de Samuel terminó por quitarle el sueño. Calma, le dijo. Le fastidiaba que la gente creyera que por hablar de prisa uno entendería cada palabra de igual manera. Vuelve a repetirlo todo de nuevo, le dijo. Aún así, sólo entendió lo necesario.
—Necesita ayuda —le dijo a Ágatha, mientras se vestía.
—¿Y tienes que ir ahora? —le preguntó ella, al percatarse de que en el reloj del buró eran las tres de la mañana.
—Es importante.
—No vayas —le pidió con una voz que a él le pareció lejana, como si tratara de aferrarse a las tinieblas con la misma reserva de quien oculta una horrenda deformación en el rostro.
—¿Te ocurre algo? —por fin atinó a preguntarle.
—Sólo quiero que te quedes conmigo. —respondió. Y en sus palabras existía una especie de conjuro que obligaba a Virgilio a imaginarla como a una niña que teme ser abandonada para siempre en medio de un montón de sombras como aquella otra, cuyo nombre, Perséfone, aún lo embargaba de la más asquerosa de las culpas.
—No seas estúpida —le dijo, aprovechando ahora él la oscuridad, para así no mostrar cuán alejado estaba su reproche de lo que realmente creía—. Nos veremos cuando regreses del bar —agregó, intentando tranquilizarla; pero Ágatha tomó las sábanas y se cubrió con ellas hasta la cabeza
Mientras conducía a la casa de Samuel y cruzaba frente al Casal’s, Virgilio no pudo evitar que su memoria bombardeara su cerebro con imágenes en las que se veía dos años más joven y entraba en ese bar con su compañero después de una jornada de absoluto desprecio por parte de quienes los consideraban “la escoria de la ley”. Y él lo aceptaba así, sin mayor preocupación, acodado en la barra, bebiendo una cerveza, mientras veía por primera vez sobre el escenario a la misma mujer que hace unos minutos había dejado sola en su departamento, sumida en una tristeza que él comprendía, pero que estaba muy lejos de compartir.
—¿Quién es ella? —le preguntó al cantinero, mientras Ágatha, sin saberlo, entonaba a través del coro de aquella canción, “All mine”, un presagio que con el tiempo se cumpliría sólo a medias, pues el fantasma de Perséfone —“Siempre tu hermana Perséfone”, le reprocharía después— se aferraba al corazón de Virgilio con el mismo encono como el que en otros años lo hicieran el amor y la lujuria, dejándolo, a partir de su muerte, con un imperceptible o casi nulo deseo de interesarse por completo en alguien más.
—¿Te gusta? —le preguntó Samuel.
—Sí —respondió—, pero no por los motivos que imaginas.
—Se llama Ágatha —dijo el cantinero.
—¿Entonces?
—Prefiero no hablar de eso —le contestó aquella noche a Samuel, rehusándose, como siempre, a revelar lo que pensaba. Pero ahora, mientras conducía a la casa de aquel hombre que decía llamarse su compañero, se culpaba por no confiar nunca en él, por no abrirse de la misma manera en que Samuel lo hacía—. De haber sido distinto —pensaba Virgilio—, tal vez los secretos no pesarían tanto.
Tres años antes, cuando Perséfone aún se encontraba con vida, Virgilio escuchaba sus reclamos. Había pasado mucho tiempo desde el día en que él decidiera dejarla en manos de aquellas dos viejas religiosas —triste y asustada ante el inevitable abandono—; pero no el suficiente para borrar de ella el infierno, el infierno de sentirte abortada como un maldito estorbo —le decía a Virgilio, parada frente a él, completamente desnuda—. No puedes imaginar la incertidumbre que te provoca no saber por qué la única persona en tu vida decide darte la espalda… Pasé ocho años sin recibir una puta noticia tuya. Ocho años con el maldito desprecio creciendo en mis entrañas como esa cosa que ahora se pudre en el caño, ¿entiendes? Así que no me digas nada, ¿oíste? ¡Nada! Fue mi decisión…, como fue la tuya hacerlo conmigo en ese mugre orfanato. ¿Por qué, Virgilio? —preguntaba ella—. ¿Por qué? —. Pero él no podía responder. Apretaba sus puños con impotencia, mientras su mirada permanecía absorta sobre las huellas rojas en el interior de los muslos de Perséfone. Pues tal y como hacía siempre que se encontraba acorralado, Virgilio optaba por un desapego que lo ayudaba a mantener las cosas a una distancia prudente. Porque, en el fondo, como ocurriera en esa noche del primer incesto, creía que la lejanía los conduciría de nuevo a estar juntos, y no como ahora que, después de vivir varios meses bajo el mismo techo, deseaban alejarse uno del otro antes de aceptar que la culpa y el remordimiento eran las verdaderas razones por las que un Te amo resultaba una afirmación dolorosamente anhelada y difícil de pronunciar.
Cuando Virgilio entró en la recámara de Samuel, lo descubrió sentado en el sillón, distraído, observando el cuerpo desnudo de una mujer que yacía sobre la cama. Samuel —le susurró Virgilio; pero sus ojos se mantenían distantes, como extraviados en una tierra exageradamente remota, donde la voz de Virgilio debía atravesar largos e inhóspitos parajes entes de, finalmente, poder ser atendida. Samuel —lo llamó de nuevo. Y entonces Samuel, volviendo su vista y su mente de aquella región, comenzó a balbucear su crimen: Maté a esa mujer —fue lo que dijo—. Está muerta —agregó con una frialdad que Virgilio percibió inusual en él; pero cuya explicación intuyó casi de manera inmediata al encontrar aquel rostro, si bien no idéntico, bastante similar al de aquella mujer con la que él jamás había cruzado una palabra, pero de la que no ignoraba el vínculo que la unía a Samuel.
—¿Dónde la encontraste? —le preguntó Virgilio. Sabía que frecuentaba a dos o tres prostitutas de la calle Luis Aragón, y ese cadáver no le pertenecía a ninguna de ellas—. Se parece a Evelyn —agregó con malicia.
La cara de Samuel comenzó lentamente a recobrar las características facciones de juventud e inmadurez que a Virgilio le resultaban tan habituales.
—Se fue —confesó con un odio que dejaba entrever una profunda amargura—. Tomó sus cosas y se llevó a Carolina… Por fin lo hizo —dijo, sumiéndose de nuevo en una pesada y gris apatía.
Virgilio suspiró. Sacó un cigarrillo y le prendió fuego. Llamó su atención un retrato sobre el buró: una niña, de escasos cinco años, le sonreía de manera tímida detrás del cristal anti-reflejante.
—Un hombre como yo no podía ser tu padre, Perséfone —le respondió, luego de ocho años de larga ausencia, en el mismo sitio donde antes había tenido lugar su abandono.
Ella lo escuchaba con cierto recelo, y a pesar de las tinieblas del auto y de permanecer oculta de los ojos de Virgilio, su mirada no podía reprimir toda la rabia y la cruel resignación que, sin embargo, ahora debía soportar si deseaba ya no sentirse sola.
—Trataba de protegerte.
—¿De quién? —lo interrogó sin apartar la vista de aquel deprimente edificio y sin esperar ninguna respuesta—. Arranca el auto, ¿quieres? —le dijo, después de un silencio—. Te entiendo.
Pero Virgilio sabía que Perséfone estaba muy lejos de entender realmente sus motivos. Por eso ella intentaba asirse a un carácter que le permitiera lidiar con el vacío y, al mismo tiempo, como tras una densa capa de maquillaje, ocultar cada una de las cicatrices que su alma reflejaba sobre su rostro.
—Después de todo —le dijo Virgilio, dejando el retrato de nueva cuenta sobre el buró—, creo que nuestras historias no son tan distintas.
—¿De qué demonios hablas? —le preguntó Samuel, exaltado.
—…
—¿Piensas que me conoces sólo porque te he revelado algunas cosas de mí? ¡Anda! ¿Me conoces?
—…
—Entonces dime por qué maté a esta puta —lo cuestionó, apuntando con el índice el cuerpo sobre la cama.
—…
—¡Dime! ¿Sabes?
Virgilio realmente sentía saber la respuesta; sin embargo, respondió con una negativa: Y tampoco quiero que me expliques nada —añadió—. No soy tu esposa.
Samuel sonrió y colocó la mirada en el piso:
—¿Sabes por qué engañaba a Evelyn?
—Lo supongo.
—En un principio —comenzó Samuel—, tal vez cuando estábamos recién casados, coger nos brindaba la certeza de que ninguno de los dos se encontraba solo, o que ambos podíamos compartir nuestra desgracia; pero pronto todo se volvió una estúpida farsa y un tremendo engaño porque, incluso sin un gramo de ropa cubriéndonos, ninguno de los dos se desnudaba de verdad. Sólo fingíamos hacerlo, contándonos pequeñas y ridículas anécdotas que nos provocaban risa o, en el mejor de los casos, una difusa vergüenza. Nada serio. Nada importante. Entonces coger se volvió una lucha secreta por ver quién ocultaba mejor las cosas, y amarnos se redujo a un saludo hueco por las mañanas, a un “buenas noches” antes de irse a la cama.
Hizo una pausa para encender un cigarro y luego continuó:
—Hace unos días, dos o tres después del caso de la viuda del escritor, encontré a una chica en el Casal’s: Sara, dijo llamarse. Ágatha cantaba esa noche la misma canción que cuando la conocimos: “All mine”, ¿recuerdas? —Virgilio lo escuchaba sentado en la cama, observándolo, atento y a la vez escéptico, no como un compañero ni como un policía, sino del modo en que un psiquiatra analiza a un enfermo mental—. Entonces —dijo Samuel— esta chica, Sara, ocupa el banco de a un lado y me pregunta, ignoro si para iniciar conversación solamente o si porque en verdad deseaba que le respondiera: “¿Crees que podamos pertenecerle a alguien totalmente?” “A qué te refieres”, le dije. Le pidió una cerveza a Julián y, mientras él la atendía, me aclaró: “Verás, esa canción, creo, nace de un deseo imposible y, finalmente, inservible.” Te confieso —rió— que no le entendía ninguna palabra; pero su modo de hablar lo encontraba divertido. Decía: “Poseer a una persona por completo significa apropiarte de todo lo que la otra es, ¿no? Y al conseguirlo, en el supuesto de que tal estupidez pueda lograrse, esa otra persona deja de existir, por lo cual, aquello que en un principio nos entusiasmaba, se pierde para siempre. Sí, en tu interior, dirás; pero qué mugre sentido tiene ya.” “El amor es egoísta”, fue lo único y tal vez lo más idiota que pude decirle. Ella soltó una carcajada y me preguntó a qué me dedicaba. Pensé en mentirle; pero Julián nos veía. De modo que le dije la verdad: “Soy policía”. “Yo soy editora”, dijo y me extendió su mano. Aquello me pareció extraño; pero terminé estrechándosela.
Samuel volvió a hacer una pausa y encendió otro cigarro:
—Lo que pasó después —exhaló—, ya lo imaginas.
—¿Y esta puta?
—Una mala copia.
—¿De quién? —pensó Virgilio.
—Le ofrecí quinientos… Por esa cantidad me dijo que hasta fingiría ser Ingrid Bergman.
—Pues vístete —le dijo—. Hay que deshacernos de la actriz —agregó con sarcasmo.
Samuel no apartaba los ojos de las imágenes que se sucedían velozmente del otro lado de la ventanilla del auto. Mientras conducía, Virgilio repasaba la interpretación que Sara había hecho sobre lo que Ágatha cantaba aquella noche y le fue inevitable pensar en ella. Me gustó porque vi en esa mujer a alguien totalmente opuesta a Perséfone —le decía a Samuel, revelándole, sólo en su mente, aquello que le ocultaba no por pudor, sino por un infantil miedo a sentirse incomprendido—. Deseaba olvidarla. Deseaba sepultar su memoria porque, desde su muerte, comencé a odiar al mundo y a toda la mierda que lo habita. Sí, incluido yo. Me odiaba por no haber estado allí, por no haber sido mi cadáver el que apareciera en medio de ese callejón. Me odiaba por no tener el valor de volarme la cabeza, por ser un puto cobarde. Me odiaba. Y quizá aún lo hago, no lo sé. Por momentos el dolor parece darnos tregua, y es entonces, en ese momento, cuando anhelamos creer que, aun en la inmundicia, existe algo bello, distinto, capaz de curar nuestra agonía, o de hacerla mucho más llevadera. Pero Ágatha, irónicamente, lejos de librarme de mi pasado, me hundió más en él.
—Deseo tener un hijo —le confesó, tras un año de vivir juntos. Virgilio leía el periódico y, de inmediato, aquella petición de Ágatha le nubló la vista, recordándole una tristeza casi olvidada y que posteriormente, unos segundos tan sólo, se transformaría en una rabia, cuyo inesperado final lo sentiría ella sobre su mejilla. La amenaza que continuó después, Ágatha ya no la creía necesaria: el dolor en su rostro, si bien le confirmaba que Virgilio era capaz de matarla, le revelaba, también, que detrás de su corazón indiferente, aquel hombre, rudo y cruel en apariencia, conservaba un temor del que le era imposible escapar. Y cuando Samuel, oculto en la penumbra del auto, observando de reojo el anónimo cadáver en el asiento trasero, confesó por qué había vuelto al Casal’s con la absurda esperanza de hallar de nuevo a Sara, Virgilio descubrió que su compañero poseía una fortaleza que él tanto envidiaba, pues Samuel había optado por mantener sus recuerdos siempre a la vista, y no como él, que intentaba recluirlos en un ropero dentro de su cabeza. Porque allí, exiliados en una isla imaginaria y remota, le permitían soportar cobardemente la culpa y el odio que sobreviene con ésta.
—Era casada, ¿sabes? —le dijo Samuel, luego de un largo silencio.
—¿Ella? —preguntó Virgilio, señalando con la cabeza hacia la parte trasera del auto.
—No, Sara —corrigió Samuel—. Estaba… Está casada con un viejo productor de cine.
Virgilio mantenía la vista en la carretera.
—Fue extraño; pero no nos urgía coger.
—¿Por qué lo dices?
Samuel sonrió:
—Por mi falta de erección y la manera en que ella la tomó.
Virgilio comenzó a sentirse incomodo con la sinceridad de su compañero, y al mismo tiempo, unos crecientes celos se fueron apoderando poco a poco de él. Ansiaba no la franqueza, sino lo que ésta seguramente le producía a Samuel: una sensación, tal vez, de completo desahogo, de clara e invaluable libertad.
—Allí estaba —continuó—, desnuda bajo la nada idealizada luz amarilla de aquel cuarto de hotel, con estrías en los senos y en las caderas, como cicatrices de no sé cuántas desgracias. Porque era desgraciada. No lo dijo; pero sus ojos, incluso detrás de los lentes violetas, me daban esa impresión, me daban casi la certeza de que comprendía mi impotencia no porque se imaginara fea, sino, quizá, debido a que el sexo era, sólo en ese preciso instante, lo que en realidad ambos temíamos, ya que si nos encontrábamos en esa situación, era gracias a que un insoportable anhelo de cariño nos había precipitado.
Virgilio supo entonces que ésa también era, secretamente, otra de las razones que lo llevaron a pedirle a Ágatha que viviera con él, comprendió que, al igual que antes su hermana Perséfone y ahora Samuel, deseaba, como un explorador en las últimas horas de su vida, descubrir la felicidad en tierras ignotas, en la geografía más apartada de su pequeña isla. Todo sólo para darse cuenta finalmente, y no sin un dejo de amargura, que la única tierra en la cual valía la pena morir era la que tanto sufrimiento le acarreaba.
—¿Acaso no lo entiendes? —recordó—. Estoy cansada, cansada de pensar, de ocultarme, cansada de callar, de sentirme basura todos los días, de tratar de entender por qué, por qué precisamente tú. ¿Acaso no lo entiendes, Virgilio? El mundo está lleno de gente imbécil, de gente cuyo mayor interés es rascarse el culo, de gente que prefiere masturbarse con mi porno en lugar de cogerse a su esposa o a una amiga o a la perra de su hermana. ¡Entiende, Virgilio! Allá afuera casi a nadie, a nadie le interesa qué se ama cuando se ama. ¡Viven felices! O por lo menos mucho más que nosotros dos. ¿Y sabes por qué? Porque tipos como él simplemente viven sin pensar que lo hacen. ¿Te das cuenta? ¿Y tú y yo, Virgilio?... No… Con él sonrío, ¿sabes? Tú sólo me haces sentir miserable. Ahora mismo, ¡aquí!, intentando explicarte todo, no puedo alejar de mí esta…, esta maldita cosa, esta maldita sensación que se me pega a la piel como tu insoportable aroma a tabaco, como cada una de las blasfemias que me dices al oído mientras me coges… ¡Maldito seas, Virgilio! Entiéndeme. Entiéndeme.
Pronto Samuel se percató de que Virgilio, lejos de su acostumbrada pereza al manejar, pisaba el acelerador a fondo.
—¿Te ocurre algo? —le preguntó.
—No.
Pero el modo en que aferraba sus manos al volante le descubría lo contrario, y de manera difusa, como quien presencia un cuerpo desnudo bajo una luz parpadeante, también le revelaba que Virgilio, en secreto y no sin timidez, deseaba huir de algo que él, Samuel, si bien ignoraba con detalle, intuía como perturbador.
—¿Te ocurre algo? —volvió a preguntarle. Esta vez no por curiosidad, sino con el ánimo de quien espera oír un secreto, luego de que nosotros hemos revelado uno.
Finalmente, Virgilio disminuyó la velocidad y, recobrando de nueva cuenta su semblante serio, casi impasible, respondió:
—Creo que Ágatha está embarazada.
Samuel no dijo nada.
—No puedo ser padre. Cometería un grave crimen si aceptara serlo.
Desde luego Samuel desconocía los motivos que lo llevaban a realizar tal afirmación; sin embargo, del mismo modo que un psiquiatra sabe lo inútil que es obligar a un mitómano a decir la verdad, prefirió no ahondar en el por qué y esperar, con la vista una vez más del otro lado de la ventanilla, a que por fin arribaran a su destino.
Al percibir que la luna de pronto se ausentaba del paisaje y que de no ser por los faros del vehículo, estarían inmersos en una completa oscuridad, Virgilio supo, hasta entonces, por qué ese basurero del Barrio Oriente, el que ahora atravesaban con lentitud, era llamado “El desierto” por muchos de los sujetos a los que él había arrestado. Ya antes los dos habían estado allí; pero, irónicamente, el día jamás les permitió observar los detalles.
—La noche posee un brillo distinto, ¿no lo crees? —comentó Virgilio.
La respuesta de Samuel se limitó a un frío Sí con la cabeza. Imaginaba lo que harían en sólo unos minutos con aquél cadáver: bajarían del auto con el cuerpo de la prostituta y, sin más consideraciones ni dificultades, volcarían sobre él unos cuantos kilos de basura. Así, además de ocultarlo, quizá por unos días, las ratas y los insectos ayudarían a acelerar su descomposición. De cualquier modo —pensaba Samuel—, con un poco de suerte, seremos nosotros quienes estaremos a cargo de encontrar a los responsables y los que, después de una semana de fingida rutina, sepultaremos para siempre esta porquería.
—Nunca olvidas a la primera mujer que matas en tu vida —dijo Virgilio, de pronto, como reprochándole lo que pensaba—. Tal vez las razones ayudan a incrementar o aminorar la nitidez de ese recuerdo; pero sin importar cuáles sean, jamás olvidas.
A Samuel le resultaba obvio que ese comentario era en realidad una confidencia. Llevaban dos años sirviendo juntos; pero sólo en esta última noche su compañero había mostrado más de sí que en todas las anteriores. Dudaba si el posible embarazo de Ágatha era motivo suficiente para explicar tal comportamiento. Se sentía extrañado porque si bien las circunstancias le otorgaban una especie de legítimo derecho de confesión, era Virgilio quien ahora parecía habérselo apropiado.
—¿Sabes?, en ocasiones la culpa se incuba en nuestro cuerpo como un virus, como un puto virus que manifiesta sus síntomas después de varios años. De tal forma que cuando creíamos haber olvidado algo, aparece entonces un reflejo a la distancia, un rostro, una palabra, un embarazo, ¿entiendes?, surge entonces un recuerdo que, de manera súbita, precipita nuestra enfermedad y que inevitablemente, sin darnos tiempo siquiera de hallar una cura, acaba por matarnos.
—Tal vez esa es la cura, ¿no lo crees?: la muerte —dijo Samuel.
—Quizá; pero siempre será tarde —contestó Virgilio, mirando el cuerpo sin vida y sin nombre de la única persona que en ese momento atesoraba la respuesta.
Cuando apareció en su departamento, no sólo el tiempo se había gastado dos veces en su reloj, sino que lo vivido con Samuel se encontraba ahora casi en el completo abandono. Estaba por salir de la oficina, cuando Ray lo detuvo en el ascensor con el aviso de una llamada. Lo que la mujer del otro lado del auricular le dijo, provocó que Virgilio, aun después de respirar el perfume de Ágatha, creyera que nadie más, con excepción de él, habitaba en su departamento. Se dirigió a la cocina. Del refrigerador, tomó una botella de vodka y se sirvió un poco en un vaso con leche. Fue al momento de bebérselo, mientras permanecía sentado en el antecomedor, cuando reparó en el plato sucio sobre la mesa. Colocó entonces su saco en el respaldo de la silla y se encaminó a la recámara. Perséfone, pensó, era la única palabra que su memoria retenía después de haberla escuchado en el contenido de aquella llamada telefónica. Antes de girar la perilla, Virgilio percibió un ligero gemido que se colaba luminoso por el rellano de la puerta. ¿Perséfone?, preguntó. Pero de aquel nombre sólo quedaba su fantasma, mudo y encarnado en la mirada atónita de otra mujer, quien al igual que un perverso reflejo del tiempo, yacía ahora de pie, completamente desnuda, con un llanto de dolor y de tristeza escurriéndole rojo entre las piernas. Ágatha, se dijo Virgilio en silencio. Perséfone, recordó.
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