–Espero que nada me falta durante el camino.- pensaba en voz alta, mientras analizaba a su única compañía, a su “Flaca”, una bicicleta todoterreno, tan liviana como el helio, tan fuerte como el diamante, veloz igual que una gacela, tan dócil y elegante que parecía una gata y mas obediente que un esclavo.
El corazón de Emilio, latía fuertemente, se acercaba la hora de emprender el viaje, casi que se podían escuchar los latidos a pocos centímetros de su pecho; la emoción de conocer otros pueblos, otras gentes, otros cielos, le infundía fuerza para inflar la llanta de la Flaca.
Tenía cierta incertidumbre de cuánta distancia tendría que recorrer por día, pero eso no le inmutaba, todo lo contrario, lo impulsaba a vencer lo desconocido, pero este no era su motivo de viaje. Emilio estaba huyendo.
-¡Listo!- farfulló, cuando había terminado de alistar la carpa maltrecha, la poca ropa y algunas refecciones en el pequeño maletero de la Flaca. Por un momento, quedó con la mirada perdida en ella. Pensaba que nunca se quejaría, por más frío que hiciese, por más duro que fuera el camino, ahí estaría, leal e incondicional.
Y en medio de aquella solitaria madrugada y sin más ovación que la del mismo viento, aplaudiendo en las hojas de los árboles, Emilio y su Flaca se lanzaban al abismo de los caminos, a su destino. Al fin pudieron salir, él con sus manos puestas en el manubrio de la Flaca. Respiró el aire fresco del amanecer y una ola de euforias recorrió su cuerpo, se montó en los lomos de la Flaca y se fueron.
Al bajar una pendiente muy pronunciada, el viento frío le golpeaba la cara, y le sacaba las lágrimas, quizá del viento, quizá de la tristeza. Emilio conducía tranquilo a la Flaca.
Al poco tiempo, asomó el sol sus tentáculos luminosos y la temperatura fue más agradable. En la cabeza de Emilio sólo había un dilema de tantos: El Cerro de la Muerte. Y con la mirada clavada en el horizonte, Emilio se repetía a si mismo:-Si logro pasar El Cerro, la selva del Darién o Los Andes serán cualquier cosa…¡tengo que pasar El Cerro!- prosiguiendo sobre el asfalto a un buen ritmo, tratando de dejar atrás el recuerdo de Laura, los amigos del bar, la casa, la boda y aquel coffee shop en la ciudad, donde se refugiaba a tomar café y fumar todas las tardes de lluvia.
-¡Maldito recuerdo!- vociferaba, cada vez que se acordaba, mientras el sudor recorría los canales de su frente.
Habían transcurrido dos horas cuando llegó a la ciudad de Cartago. Se detuvo por un momento, para recobrar fuerzas y ver como la luz tempranera se colaba por las hendijas de las Ruinas. La antigua calle empedrada que las adornaba le recordó las vicisitudes de los pioneros que habían fundado aquella ciudad enigmática y las comparó con las propias.
-¿Cuántas lágrimas se habían derramado sobre aquellas piedras…cuánta sangre…cuánto sudor?- meditó. Y con el sol iluminándole el rostro, también se le iluminó el corazón al dejar una gota de sudor estampada en las piedras de aquella calle.
Tomó Emilio, pues, un sorbo de agua de su botella y la escupió como si estuviera cumpliendo con un rito milenario. Cabalgó su bicicleta y reanudó su viaje.
Entre la ciudad de Cartago y El Cerro de la Muerte les distanciaban algunas centenas de kilómetros. Conforme Emilio y la Flaca avanzaban, el terreno se les volvía más hostil y el aire más empobrecido. Sin embargo esto no era cosa severa para ninguno de los dos.
-La vista desde acá es hermosa- le dijo a la Flaca con cierta melancolía. Cartago ahora estaba a sus pies. El frío se hacía cada vez más cruento, por lo tanto no debía permanecer mucho tiempo en ese lugar.
Cada kilometro, cada pedaleo le exigía más concentración. La brisa fresca del lugar, traía el olor de los cipreses abrazados por la niebla, que renovaba los pulmones de Emilio y enfriaba el cromo de la Flaca.
Llegó el mediodía, y el cuerpo de Emilio le exige detenerse para reabastecerse de voluntad. Se colocó a un lado del camino, en un claro rodeado de arbustos de moras y helechos gigantes, reclinó a la Flaca en el húmedo follaje; sacó de su alforja un emparedado que había preparado en la madrugada y se dispuso a comer. Hubose devorado el tentempié y sintió sueño. Emilio se advirtió a gusto, tanto que, le invadió el marasmo.
-...Estás linda hoy...- le susurró a Laura en el oído, en frente del reverendo. Y con una corona de muérdago en su cabeza; Laura, bella y radiante, le correspondió con una sonrisa tierna. El sol estaba más amarillo, la brisa del campo acicalaba el cabello dorado de Laura y manoseaba el rostro de Emilio.
-Los declaro marido y mujer- sentenció amablemente el reverendo. En aquel momento se besaron sellando un pacto con
Abruptamente, se despertó Emilio de aquel sueño, aún con el sabor en los labios. Se levantó mustio, recogió sus cosas, alzó a
Con paso acelerado, se acercaba la tarde. Había llovido copiosamente y el espíritu de Emilio se mantenía valiente, aunque ya sus piernas no daban para más. En algunos minutos oscurecería y
Emilio, de manera imperativa, debía decidir si seguir hasta encontrar un lugar dónde pasar la noche, ó, desistir. Sabía que seguir era prácticamente un disparate, pero pasar la noche en la cima del cerro, sin más que una carpa maltrecha lo aniquilaría de frio.
-¡Tengo que pasar el Cerro!- exclamaba repetidas veces sin que nadie lo escuchara. El páramo era implacable. El frío era inhumano, tal como el acero de las cuchillas y Emilio desfallecía. Ni una casa, ni un farol, nada.
Y cayó la noche.
Para Emilio, prevalecía un solo propósito: pasar el Cerro de
Emilio se entregó por completo al Cerro. A una mediana distancia divisó una silueta luminosa.
-¡Laura, Laura!-gemía sórdidamente. Hincó sus rodillas en el barro y una lágrima se descubrió en la niña de su ojo izquierdo, congelándose en la mitad de su mejilla, por el frío mortal.
Aquella sombra luminosa se acercó a Emilio y ella sostuvo su cabeza con ambas manos, como tapándole las orejas. Él reconoció de inmediato aquella caricia, su corazón de deshizo de frío y postró Emilio su rostro en los canales de las hojas de un helecho gigante. La noche oscura se hizo eterna, en el Cerro de
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