EL HOMBRE QUE JUGABA A SER DIOS
El hombre que pensaba ser Dios estaba sentado a la mesa en su casa de campo. Enfrente de él un paquete de cigarrillos y algunas especias. Leía el periódico como enterándose de los asuntos de los mortales, de esas pequeñas migajas de la creación. El hombre que jugaba a ser Dios tenía una nieta, que amablemente le cuidaba. Él creía que era parte de su ejército de ángeles, que en algún momento le había abandonado. Ella lo visitaba durante los fines de semana y cuando se enfermaba le atendía con cariño. Ese día le sugirió que dejara de fumar, le dijo que eso no le hacía bien. Con una sonrisa solamente vista en aquellos seres que se saben inmortales le respondió que no se preocupara. Ella escondió una pipa que le encontró en su habitación. Depositó jabón en ella para que al usarla se llevara una sorpresa. Ese día el hombre que jugaba a ser Dios se llevaría una sorpresa. Por la tarde, al fumar su pipa preferida no encontraría más que burbujas, las vería, con asombro, elevarse y las reventaría con los dedos. Entonces lo sabría. Esa no era una casa de campo. Esa casa no era suya. Estaba ahí porque algo dentro de su cabeza no funcionaba bien. Lloró por vez primera desde que su hija había muerto.