Me confieso por placer. Siento satisfacción al ser un asesino. En el momento que decidí matar a mi novio, nada me atormentó y ahora no tengo remordimientos. Estoy demasiado excitado por esta situación y por la próxima experiencia de matar.
Nuestra relación duró poco. Lo conocí en la escuela donde yo brindaba apoyo psicológico a los alumnos. Un día entró al consultorio un joven alto, delgado y muy bello. En sus ojos miré una particular tristeza. Sin preguntarle nada, él empezó a contarme que se sentía solo porque nunca había experimentado el amor correspondido. Después empezó a llorar y me relató que el verdadero problema era haber besado a su madre en un arranque de posesión. No dijo más. Me quedé pensando hasta dónde podía llegar su perversión, pero sabía que él era un adolescente poco malicioso. ¿Por qué después del beso no se atrevió a quitarle la ropa? ¿Por qué corría desesperado a confesarme su “pecado” como si yo fuera autoridad para darle el perdón o el castigo? Él no fue hacia mí para solicitarme ayuda sino a ser condenado, sin embargo, tuve que darle consejos y palabras que pudieran ayudar a recobrar su inocencia. Después de varias citas en el consultorio de la escuela, lo invité a comer. Empecé a mostrarle cariño. En un principio él me veía como si fuera su padre. Pero poco a poco dejó que entrará a violar su inocencia. El adolescente poco malicioso ahora tenía necesidad de mí y me hostigaba de tal modo que no lo podía soportar más. Fue cuando en mi cabeza empezó a trabajar la idea de deshacerme de él. Nadie en la escuela sabía de nuestra relación, ni sus amigos, ni los maestros. Así que nadie podría sospechar que yo era el asesino.
La noche en que planeaba el método, él llegó a mi departamento sin avisarme. Le grité, le dije que estaba fastidiado de sus caprichos y comportamiento infantil, él me pedía perdón y prometía no molestarme más, exigía ayuda con su voz tierna y su rostro demacrado mientras su cuerpo se sacudía en pequeños temblores. Lo hice bajar a la calle diciéndole que lo alcanzaría en cinco minutos para llevarlo a un lugar mágico donde los dos encontraríamos el placer.
Mientras él esperaba, yo subí a la azotea del edificio, me coloqué detrás de un tinaco y visualicé a mi víctima. Una bala salió directo hacia la cabeza de aquél joven. Cuando llegó la ambulancia, seguida por un par de patrullas, yo caminaba cerca del cadáver, como cualquier persona que pasea y se encuentra sorprendida ante la crueldad de los asesinos. Luego me dirigí al hospital de la zona y pregunté en la recepción por “mi hijo”, las secretarias me hicieron buscar en la lista el nombre y firmar para poder darme el pase a visita. Obviamente fue un truco para ingresar a la zona de terapia intensiva. Subí hasta el sexto piso. El acceso a las habitaciones era restringido por lo que tuve que esperar en la sala, al final del pasillo. Yo estaba ahí porque quería saber si mi objetivo se había cumplido, sólo necesitaba escuchar que el joven de la habitación 603 había muerto para poder irme tranquilo.
Éramos ocho personas esperando. De pronto una mujer llegó reclamando el acceso a una de las habitaciones, estaba completamente perturbada, emitía gritos entre palabras de dolor que no se entendían, su cuerpo expresaba desesperación y angustia, su rostro sumergido en lágrimas. Algunas enfermeras se acercaron para calmarla pero sus esfuerzos no sirvieron de nada. La mujer quedó completamente sola en uno de los sillones. Sus ojos se fijaron por un momento en los míos. Me sentí incitado a consolarla al ver tanto dolor y teniendo necesidad en ese momento de una mujer. Me pasé al sillón donde ella estaba pero inmediatamente una voz llamó:
-Familiares de Ramón Torres García.
Abrí mis ojos y observé como la mujer que imploraba antes, corrió al encuentro del doctor. Con rostro indiferente el señor de bata blanca habló con la mujer. Ella permanecía petrificada. Todos los presentes en la sala observamos con cierto morbo. Fueron breves las palabras del doctor y se retiró. Inmediatamente la mujer cayó al suelo, hincada y ahogándose en lágrimas seguía emitiendo sonidos verdaderamente desgarrantes. Nadie se acercó a consolarla. Su dolor me alimentaba. Yo ahí, en el hospital, esperando que el paciente del 603 muriera. Yo, ahí, de incógnito, esperando recibir la noticia que me proclamara como vencedor. La señora seguía en crisis cuando entró una enfermera:
-¿Usted es la madre del paciente del 603?
Presté mayor atención. La mujer afirmó con un movimiento de cabeza y con mi ayuda se levantó dirigiéndose por el pasillo hacia la habitación. Yo aun no sabía si mi tiro había acertado, pero el dolor de la mujer no me era indiferente y me daba la posibilidad de ser un triunfador.
Regresó la señora y la hicieron firmar unos documentos. Luego caminó por el pasillo. Yo me levante para alcanzarla.
-Perdóneme. Veo que está muy mal y quizá no es conveniente que en este estado siga sola. Permítame ayudarla- La mujer no reaccionó. Seguía en su delirio. Subimos al elevador y cuando íbamos a descender me dijo:
-Mi hijo, mi único hijo. Lo mataron. Si de verdad quiere ayudarme, ayúdeme a encontrar al asesino.
No dije nada. La abracé. Y nos dirigimos a levantar el acta. Luego me despedí y prometí ayudarla.
Ya han pasado varios meses. Su vida empieza a reconstruirse. La he tenido en mis brazos, ahora ella es mi mujer. El sábado celebraremos. Y como a su hijo también le prometí llevarla al lugar mágico donde encontraremos el placer.
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