El Puro Cuento

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La Carótida Anónima

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La Carótida Anónima

Davo Valdés de la Campa.

 

El Asesino mató por tercera vez. Esta ocasión había elegido los suburbios de Santiago de Chile. Habían pasado poco menos de doce minutos desde que había degollado a su victima. Desconocía su nombre, solo se limitaba a buscar mujeres solas y desesperadas. Se encontraba parado frente a ella mientras limpiaba su cuchillo con la ropa interior. Este brillaba con el reflejo de la luna y en él se dibujaba la figura de aquella mujer. Que atada de pies y manos yacía inmóvil ante el psicópata. Ella no ofreció mucha resistencia, más bien parecía disfrutarlo. Se dejó guiar por el verdugo e intento mirarlo a los ojos. Aquel que entró a su departamento al morir la tarde, con el pretexto de revisar un corto circuito que afectaba a todo el edificio. Lo primero que hizo fue golpearla y dejarla inconciente. Todo giraba, mientras caía en la  alfombra azul.

 

El asesino sintió como la adrenalina recorría todo su cuerpo. Se sentía Dios, el hombre más poderoso del Universo. Mientras él se preparaba para una noche de acción, sangre y tortura. Ella despertó, lo miró y no se inmutó, no parecía estar asustada. El hombre experimentó una sensación que no había tenido nunca. No soportaba la tranquilidad con la que ella permanecía. No grito y no ofreció resistencia alguna mientras le ataba manos y pies con un cordón. Tampoco pudo resistir la mirada de aquella infame mujer, el juraría que era de lujuria y perversión. Él siempre  había amarrado a sus victimas para que ofrecieran una resistencia inútil y que tan solo las debilitara. Este forcejeo era lo que tanto lo excitaba y lo hacia cometer lo inimaginable. Esta ocasión no había sido así. Ella permaneció callada y serena. No pidió explicaciones ni rogó por su vida,  a pesar de haber sido golpeada durante varias horas. Intentó torturarla, trato de romper sus pensamientos y entrar en su mente. Pero ella lo único que expresó fue rendición. En un ataque de desesperación, el coloco una bolsa de plástico en su rostro. De esa manera no tendría que ver aquellos ojos vacíos y melancólicos. Escucharía en su lugar la respiración de la joven, cada vez más acelerada  hasta el punto de la asfixia. Ahí fue cuando corto delicadamente su cuello. La sangre brotó lentamente y las sábanas blancas se tiñeron de rojo. Se apresuro a retirarse. En realidad no había disfrutado en lo absoluto aquella noche. Fue fría, tranquila y sin dolor alguno. Tal vez sufrió más aquel asesino por no poder consumar sus desviadas obsesiones que aquella joven que parecía haber esperado todo el día para morir. Como si sólo hubiera sido asesinada en cuerpo, por que su alma ya hubiera perecido años atrás.

 

Él se marchó, sin despedirse, sin mirar atrás. Ella se quedo ahí. Acostada, sola, desesperada, abandonada y muerta. Durante cinco días, tendida en su cama bañada en sangre. De no ser por la terrible pestilencia que emanaba del departamento, los vecinos nunca se hubieran percatado de su ausencia. La policía pregunto quien era ella, su nombre. Silencio. Nadie ni siquiera en su muerte pudo recordarla o mencionar su nombre. Tal vez ese fue siempre su destino. La soledad…

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