Más allá del ver está el mirar. La vista es inocente, es discreta, es sosegada, es deliberada, es mojigata. La mirada es perversa, es imprudente, es polémica, es libre. Un texto que habla sobre la mirada como un rayo de luz que asalta el ojo, que nos mata la memoria cohibidora y nos revive la imaginación.
Una “S”. Ése es el sello de la muerte de Jonathan, de esa muerte que le da vida, de esa muerte que no es dolor sino goce. Es el sello de su vitalidad, de la misma que enluta por tanto exceso, por tanto placer por placer. Ése es su cuarto. Allí donde se celebran las fiestas, en el que su luto celebra la vida, en el que la muerte simplemente lo nace. Una fiesta que se celebra desde su puerta, hasta el pliegue que mejor se esconde en sus cortinas. Así permanecemos en ese, que es su luto, cuando nos burlamos de tanta seriedad, de tanta complicación. Permanecemos en ese luto mientras haya una “S” que podamos poner, que podamos quitar, en medio de la cual podamos vivir. Una “S” como la que Jonathan plasma sobre el computador, sobre la puerta, sobre el clóset, sobre sus cortinas. Como cada “S” que enuncia, como cada “S” que sale de él.
Pero, ¿Qué hay de un garabato hecho a pulso en forma de “S”? ¿Será la “S” de un superhéroe conocido? ¿Será una marca de ropa? ¿Qué hay de su tamaño, que casi y no puede percibirse? Esa “S”, que parece temer a ser objeto de reconocimiento, pero que pide a gritos ser motivo de admiración, se ha convertido en mi acertijo. Una admiración que empieza en su cuarto y termina allí, pero que se percibe con más claridad en su ausencia, en los elementos presentes que la ofenden. Elementos que están en una explosión de desconfianza, de colores, de explosión. Y es en el escenario que salta a mi vista cuando recién entro al apartamento de Jonathan. Ese escenario que restringe la entrada a través de un ojo clínico, allí en la puerta, capar de reducir el universo en milímetros y de juzgar quien está al otro lado: un lente que decide. Corro con suerte: el espía del otro lado me conoce y el ojo clínico guiña. Logro entrar. Y es en ese instante en el que empiezan las detonaciones, todas al tiempo, de mi imaginación. Detonaciones que destruyen y crean. Explosión de un arco iris, de colores que vienen pero no se van, de colores que bañan a esas cuatro paredes. Son esos fragmentos que se bañan de tonos, de texturas, de formas, y que se adhieren a las paredes, a ese tablero de rompecabezas. Se empiezan a mover fichas: de arriba abajo, de izquierda a derecha. Un rompecabezas con infinidad de soluciones.
Y què mejor idea que contemplar ese juego de niños, como niños: sentado en esas sillas en las que el deseo de no destruirlas es más pesado que las mismas; sillas que se preocupan de las ciencias físicas, del efecto de gravedad, del concepto de fuerza. Sin saberlo, estoy a una mirada de encontrar la respuesta a mi acertijo. Es a través de la vista, no de la mirada: esa en la que se transita del morir al vivir, del vivir al morir. Una vista que mata, pero que da luz a otra realidad, a una historia que envuelve. La historia de las cosas que se marcan, de la pertenencia, de la identidad. La historia de la cama que soporta diariamente un peso, del clóset que abre y cierra, y del computador que hace lo que se le diga. Una realidad en la que se vive cómodamente, y no en la que se disfruta de la comodidad con la que se vive. Es la historia del escenario “S”, en el que no se piensa para vivir, sino más bien, se vive para pensar, para crear. Un escenario en el que la vida se da la oportunidad de transitar entre el nacer y el morir, entre lo que es y lo que puede ser: en medio del cambio absoluto. Y la genialidad de esto no está en otra cosa que en la complejidad de la vida, que se deriva de la simpleza en la que viene y en la que se va.
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