El Puro Cuento

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10 de diciembre

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1O DE DICIEMBRE


Acogeré voz de narradora; me da pudor, me da miedo. Preferiría haber encontrado hoy una piel de papel de arroz que se hubiera dejado convertir en personaje. Un personaje que se preste en cuerpo, y lo demás que tenga al juego, pero no. Quizá, a causa de esa ausencia, he invitado a sentarse a una mujer carnal, de ojos enlagrimados. En esta esquina de la acera, tan parecida a otras esquinas de calles desiertas, ella me habla en susurros de su consabido gimoteo y me cuenta:

— ¿Has notado que la palabra sufrimiento es una trampa que engarza sufrir y miento? Soy yo la que habla, la que miente, sobre algo que hace sufrir por dentro. ¿Crees que me miento al sufrir? −ella pregunta− ¿Por qué lo que sufre dentro de mí no se deja decir en tono verdadero? −apura su propia respuesta siempre en murmullos y continúa diciendo: No puedo aún saberlo, pero la noche se aproxima y tal vez sea propicia para el alumbramiento. Esta piedra que sostengo ha sido mi amuleto durante muchas siestas. Otra mujer hoy vendrá como yo fui un día; hoy ella recibirá también en su virgen mano los secretos.

La mujer carnal no deja de relatarme su historia, como narradora, no puedo dejar de escucharla:

—El día que fui a una esquina de una ciudad perdida para encontrarme con la que pondría en mi mano la piedra, desesperé por completo. Llegué a la hora del ocaso, me ubiqué junto a ella y esperé laaargo tiempo.

Cuando el silencio se profundizó volaron los brillos del encanto; ella abrió su mano y, sosteniendo la mía sobre su palma, colocó una piedra. Ante semejante espanto no pude más que reprocharle la insignificancia de su ofrenda.

Su voz, serena como un llanto desconsolado, me indicó la calle desierta y dijo que fuera en busca de la simpleza de una piedra, o de alguna explicación que me sirviera. Dijo que llevaría muchas lunas la faena. Tomé el vulgar regalo, me estiré la falda y caminé sin despedirme, sin mirarla, ofendida, desgarrada por la despedida cruel y helada que me prodigaba su mirada.

Mi angustia de escritora pregunta qué pasará hoy cuando la otra llegue.

—Cuando ella venga a esta esquina, la esperaré con ilusión y con crueldad fingida. Al atardecer del día una fémina más llegará con la sonrisa abierta y se sentará a esperar que la maravilla acontezca. Entonces tomaré su mano, que ahora me parecerá tan pequeña, y pondré en su palma mi legada piedra. Ella abrirá sus ojos y fruncirá el ceño ¡tan decepcionada! Pálida y sufriente sin fingimientos, no podrá nombrar su desconcierto. Se pondrá de pie y se alejará en busca de su destino.

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Jorge Luis Borges