El Puro Cuento

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Crash

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A ti

 

Mantengo mi auto estacionado a una orilla del Parque Central. Pronto moriré, así que no es extraño que piense en esto antes de terminar con una bala en el fondo de mi cráneo; no es extraño que recuerde cómo es que llegué a este desenlace después de haber vivido diez años rodeado de mentiras y secretos. Yo debí de haber muerto en aquel accidente; sin embargo, la muerte parece haberme puesto en una sala de espera. Ahora enciendo la grabadora. Pienso confesarme ante este aparato impersonal porque deseo hablar sin que nadie me interrumpa con preguntas estúpidas y, lo más importante, porque deseo que mis palabras duren más que unos segundos.

Mi nombre es Abel Caín, pero ese nombre es tan falso como todo en mi vida últimamente y como cada una de las malditas cosas que he escrito en estos años. Sí, soy un escritor y soy un mentiroso. Octavio Paz decía que la literatura cuenta verdades a través de mentiras; pero yo no me he esforzado en revelar ninguna. Quizá la única sea que soy una porquería a la que los críticos se empeñan en denominar “exquisita”, sin siquiera advertir el hedor a mierda que se desprende de ella. Son unos imbéciles. Las personas en general son imbéciles. Y ahora me arrepiento de no haber apuntado ninguna dedicatoria para esa clase de gente: “A ustedes, para quienes la mentira les ayuda a no sentirse tan miserables”. Lo irónico es que yo también pertenezco a ese mismo tipo de personas evasivas. Justo ahora prefiero refugiarme en mis recuerdos en lugar de hacer algo para que el hombre que está próximo a llegar no me meta un disparo en la frente. No tardará, lo sé. Violet seguro le ha dicho que paso las tardes en este sitio porque me gusta escribir en lugares tranquilos, lejos de las molestas personas. Lo cierto es que vengo aquí obligado por el recuerdo y la culpa. Hace diez años ese viejo árbol recibió el impacto suicida de mi auto, vio morir a lo único que el tiempo me ha dejado nombrar verdadero, a Beatriz.

Al contrario de lo que muchos pensaban, a sus dieciocho años, ella era mucho más madura que otras mujeres de su edad, o incluso mayores. En ningún momento se sintió intimidada cuando un hombre con el doble de años le invitó un café y trató de seducirla. Me dijo que no era el primero que lo había intentado. Trabajaba de mesera en el Dante’s, un café a donde solía ir después de la oficina. Me sentaba en la puerta más apartada de la puerta, pedía un express y lo tomaba mientras llenaba servilletas con borradores de cuentos que se me habían ocurrido en el trabajo. La había atrapado, en varias ocasiones, observando el movimiento horizontal de mi pluma; entonces me dedicaba una sonrisa gentil y seguía con sus labores. Con el tiempo ese gesto de disculpa se volvió descarado y comenzó a sonreír cada vez que cruzaba una mirada conmigo. Al principio no supe cómo tomar su comportamiento: si como una simple curiosidad o como un indicio de que yo le gustaba. Cualquiera que fuese la opción, era obvio que existía un interés hacía mí. Estaba acostumbrado, o por lo menos era bastante común en el trabajo, que mujeres de mi edad encontraran mi afición a la literatura como algo atractivo, tal vez porque dentro del ámbito burocrático eso significaba una cualidad verdaderamente extraña o singular. Pero una joven como ella qué podía buscar en un tipo con una vida rutinaria y aburrida como la mía. Primero pensé que era huérfana y buscaba inconcientemente en mí una figura paterna; después deseché esa posibilidad por estúpida y porque, en verdad, la había visto en un programa televisivo. Así que debía de existir otra razón que explicara mis dudas; sin embargo, por más hipótesis absurdas que creó mi mente, no supe con certeza cuál era la única capaz de convertirse en ley. De modo que le invité un café y le dije que si quería ir a mi casa cuando terminara su turno. Otro día, dijo y se levantó de la mesa sin sorber ni una sola vez el maldito café.

Al día siguiente no le dije nada; pero se me consumía el estómago por saber qué secretos guardaba detrás de esa intrigante sonrisa. Me parece increíble cómo una negativa puede generar en ciertos sujetos como yo una patológica fijación. Tenía que hacer algo. De tal forma que comencé a frecuentar el lugar por más tiempo, imaginando que esa tonta mesera se burlaba de mí desde la máquina de capuccinos. Pensaba que tal vez se divertía dándoles una lección a oficinistas idiotas como yo. Pero a los quince días se acercó y me preguntó si aún seguía en pie lo de la invitación. Ahora qué tramas, pensé mientras le respondía Sí, claro.

Durante el trayecto, se mantuvo en silencio. No respondió a ninguna de mis preguntas: ¿cómo te llamas?, ¿eres huérfana?, ¿estudias?, ¿por qué trabajas?, y finalmente, ¿te gusto? Permaneció con la vista fija sobre el cristal, observando cómo se sucedían las imágenes callejeras al igual que en un descompuesto proyector fotográfico. Llevaba siempre un negro pantalón ajustado y una blusa blanca, uniforme del Dante’s. La imaginaba desnuda, más bien, trataba de imaginarla desnuda. Ya habían pasado casi veinte años desde que yo tenía su edad, y la anatomía de mis parejas de aquel tiempo, francamente, era historia en mi recuerdo. Podía inventarle alguna particularidad, como un lunar en la ingle o un tatuaje en un lugar recóndito y oscuro; pero temí decepcionarme de no encontrar nada. Debía esperar. Luego me asaltó otra pregunta: Por qué demonios había aceptado esta vez.

Entramos en mi departamento, una pequeña pocilga en un séptimo piso, con pocos muebles y libros hasta en el baño, que de ningún modo aparentaba ser la casa de un empleado del gobierno. No tenía a nadie a quien mantener o brindarle comodidad, así que me gastaba mi sueldo en comida, café, cigarrillos, vodka, la renta y, por supuesto, libros. El que ella estuviera ahí produjo que por primera vez sintiera vergüenza del estado de mi casa. Disculpa, le dije. No tienes por qué, dijo, sentándose en la orilla de la cama. Había transcurrido media hora desde que escuché su voz en el Dante’s; pero, quizá por la falta de ruido, me pareció que la escuchaba por primera ocasión. Noté nerviosismo en sus palabras, y no supe si se debía a las circunstancias o a que ya era su tono natural.

No hubo rodeos. No hubo bebidas que sirvieran de preparativo. Sólo se extendió en mi cama mientras yo permanecía recargado en el umbral de la puerta de la habitación. Sonrió, y con una palmada sobre las sábanas, me invitó a acercarme. Me senté a su lado y ella comenzó a desabotonarse la blusa; arrojó sus zapatos y se deshizo de su pantalón. Luego se colocó sobre sus rodillas y empezó a desvestirme. Traté de ayudarla, pero apartó mis manos, diciéndome que no hacía falta. Me sentía incómodo. Ella se puso de pie y tiró de mi pantalón, arrojándolo después al piso. No uso trusas ni bóxers, no uso nada, así que una erección fue lo único que sorpresivamente quedó al descubierto. Ella se llevó las manos a la espalda y, en segundos, sus senos pendieron en el aire, sus pezones fijaron su vista en mí como un par de ojos dispuestos a robarme la memoria. Entonces la tomé de la cintura y quise acercarla. Me rechazó con su mano; luego dio un pequeño paso hacia atrás y quedó completamente desnuda. Al verla de ese modo, quise lamerla entera, quise ser sus dedos que apartaban la mata rizada de vellos y se hundían con perversión en el fondo húmedo y abisal de su sexo, quise poseerla, quise profanarla de la forma más enferma y cruelmente conocida; sin embargo, terminé por ser yo el poseído.

Cuando desperté y encontré la cama vacía y una nota en el hueco que su cabeza había dejado grabado en la almohada, no pude evitar reírme y pensar que ese pequeño detalle debió haberlo visto en alguna mala película. Prendí un cigarrillo y la revisé. Respondía cada una de las preguntas que le había hecho en el auto, incluso la que no me atreví a realizarle: “Me llamo Beatriz. Tengo padres. Estudio derecho. Trabajo porque me da la gana y vine hasta ahora porque me esperé a ver cuánto me deseabas.” Eso último me causó conflictos. ¿Cuánto se desea a alguien?, y ¿qué demonios se desea cuando se desea? Eran preguntas que ocupaban en mi cabeza el espacio que mi trabajo demandaba. Pero un burócrata tiene el suficiente tiempo libre para elaborar respuestas ridículas.

Trabajaba de nueve a seis de la tarde en la Dirección General de Información, aquel maldito organismo que el gobierno creó después de la risible guerra contra la violencia para fichar a todas las personas que vivían en esta ciudad. El trabajo era mínimo: se laboraba cuatro horas, lo cual me dejaba el tiempo suficiente para rascarme el culo con tranquilidad y volverme paranoico con teorías de conspiraciones. Beatriz conspiraba contra mí. ¿De qué forma? No lo sabía con certeza; pero la alimaña de la duda construyó su guarida muy cerca de mi cerebro, se entretenía comiendo mis neuronas mientras yo trataba de poner en práctica todo mi conocimiento deductivo para solucionar las interrogantes que esa mesera había dejado, tal vez con alevosía, entre mis sábanas. Pronto me asaltó el miedo, el miedo a caer de rodillas, completamente maniatado, ante la voluntad de una extraña. La maldije en voz alta, y la mujer a quien en ese momento le tomaba sus datos, frunció el ceño, recogió sus documentos y se alejó masticando entre dientes que los burócratas éramos una porquería.

Por la noche volví a verla. Cogimos hasta que la aurora dijo basta. Mi cuerpo me dolía y una sensación de malestar oprimía mi cabeza. Me levanté a preparar café. Me permití ser distinto y le llevé a la cama una taza. Ella me vio, sorprendida, y con un gesto de desconfianza se limitó a decirme que era un tonto. Hizo sentirme ridículo, como un grandísimo payaso. Beatriz observó la hora en el reloj, bebió el café a prisa y se metió en el baño. Me preguntaba qué estaría pensando mientras el agua de la regadera le acariciaba el cuerpo de una forma muy distinta de la que yo lo había hecho apenas unas horas antes; pero la puerta no sólo parecía ocultar su cuerpo de mis ojos, sino que, además, se convertía en una muralla infranqueable entre su mente y la mía. Qué podía hacer. Me quedé sentado en el borde de la cama, observando mi cuerpo sedentario y antideportista, y sentí asco. Vomité en el piso. De seguro me veía patético limpiando aquella excreción. No entendía cómo una mujer como ella podía hacerme sentir tan vulnerable. Entonces salió del baño con una toalla enredada en el cabello. Qué sucedió, dijo. La cena, contesté, debió caerme mal. Ah, exclamó y no me dirigió la palabra hasta que se marchó de mi departamento. La despedí en la puerta. Cuando ella ya bajaba las escaleras, se detuvo y regresó la mirada. Gracias por el café, dijo. Una sonrisa imbécil se dibujó en mis labios al cerrar la puerta. Puede ser distinto, me dije. Puede ser distinto, me repetía mientras me encaminaba al baño a masturbarme.

Luego no nos vimos durante un tiempo. Después de insistir varias veces, por fin conseguí verla. Sentía una lacerante impotencia porque deseaba poseerla por completo y ella parecía resistirse. Esa noche le leí una carta que le había escrito durante el trabajo, una carta que si bien aparentaba ser erótica, escondía detrás de cada palabra una infinita tristeza. No esperaba que Beatriz se percatara de eso, como tampoco me importaba que no supiera quién diablos era Cesare Pavese o Paul Éluard. Pero el que guardara un absoluto mutismo, el que sólo moviera sus extraños ojos rasgados con una indiferencia inaudita, me hizo montar en cólera y gritarle que se marchara. Era cierto que yo no había escrito esas líneas con la esperanza de conseguir su admiración. Y si bien estaba seguro que ningún otro hombre le dedicaría algo parecido, su perpetuo silencio me hacía pensar que la literatura, al contrario de lo que pudo decir Cheever, no valía ni un céntimo de mierda, es más, incluso un trozo de excremento valía su peso en oro en aquellos videos coprofílicos a los que mis compañeros de la oficina eran tan afectos. ¡Lárgate!, le grité, arrugando la carta entre mis dedos y dejándola olvidada en el piso. Beatriz se levantó y tomó su chamarra. Me miró por unos instantes, como con una rara mezcla de odio y lástima, y luego se dirigió hacia la salida. Al pasar junto a la arrugada hoja, se inclinó y la introdujo en su bolsa. Dio unos pasos más y después cerró la puerta. Bien, lárgate, repetí en silencio. Quería golpearla, deseaba estrangularla con demencia para que de esa forma tuviera un motivo verosímil para no hablar; pero lo último que hizo me empujó a espiar su huida. Abrí la puerta y la descubrí sentada en las escaleras, con la hoja desenvuelta frente a sus ojos, repasando cada oración. ¿Por qué no subes?, le pregunté en un tono que rayaba la súplica. ¿En verdad quieres todo esto?, me dijo. Sí, le respondí, encendiendo un cigarro. Bien, dijo, poniéndose de pie y acercándose a mí. Por qué esperar, añadió, entrando nuevamente en mi departamento.

Dormir con alguien no sólo debería ser el compartir la cama con otro o el sudor pegajoso de un cuerpo desnudo o el olor matutino de una boca atestada de bacterias, también debería ser el compartir el pánico y la taquicardia que nos producen una pesadilla. Aquella noche de la carta, fumaba junto a la ventana, observando la respiración agitada de Beatriz, su pecho yendo en un vaivén como de olas en medio de una tormenta. Fumaba y las volutas de humo de mi cigarrillo se estrellaban en el cristal de la ventana como un reflejo a distancia de esa misma tormenta. ¿No puedes dormir?, me preguntó, de pronto, como si el clima siempre hubiese sido soleado. No, a veces padezco insomnio, le respondí. Tu departamento tiene una linda vista, comentó, robándome mi cigarrillo. Qué soñabas, me animé a preguntarle. Ella lanzó una enorme bocanada que terminó rota en mil fragmentos sobre el invisible cristal. No te importa, respondió, apagando el cigarro en el alféizar y regresando a la cama. Permanecí con la vista sobre la calle desierta. Beatriz me miraba desde la almohada como quien trata de contener el llanto. Soñé que me matabas, dijo y se dio la vuelta. Me quedé callado, golpeando mi frente en un monótono y lento tic-tac, como un retrasado.

“Soñé que me matabas.” He pensado en todo lo ocurrido aquella madrugada y, con el tiempo, comencé a creer que nada de eso realmente pasó, que tal vez ese episodio se trata de un arrumbado borrador que dejé olvidado en algún viejo cuaderno o de un recuerdo que inventé para no sentirme tan culpable o para hallar una justificación a lo que sucedió después. Ya no nos frecuentábamos tan seguido. Yo aprovechaba esos lapsos escribiendo como un adicto que no le encuentra sentido a su vida, si no se introduce una aguja en las venas. Pero algunas mañanas me aparecía por el Dante’s con la intención de verla. Sus compañeras me informaron que llevaba días sin asistir al trabajo. Comencé a preocuparme. Le hablé varias veces a su celular, pero no contestaba. El no saber qué diablos ocurría, la maldita incertidumbre, me volvía paranoico en extremo. Estuve a punto de pararme en su casa, tocar la puerta y decirle al primer idiota que abriera que Beatriz y yo cogíamos, que por ese simple hecho exigía saber de ella. Me agradaba imaginar la cara que pondría el desafortunado que me recibiera. Tal vez me hubiera ganado un puñetazo por parte de su padre o una bofetada de su madre; pero la alegría que nos produce el ser infantilmente crueles, soporta esas nimiedades. Iba a mandarle un ultimátum, pero recordé lo que me había confesado, jugando noches antes. Esa ocasión me sentía Ingrid Bergman en Casablancay le ofrecí cien pesos por cada secreto que me contara. Beatriz debía responder como Humphrey Bogart, que nadie pagaría ni un centavo por ellos; sin embargo, aceptó. La verdad, sólo contaba con doscientos pesos (unas botellas de vodka y unos libros se habían apoderado de gran parte de mi sueldo). Bien, dijo, el primero es que eres especial en mi vida. Nada mal, pensé, sabe mi lado sensible. Luego le di los cien restantes. ¿El segundo?, dije. En cuanto intentes dominarme, te daré un pase directo a la mierda. Entonces borré el ultimátum que escribí y me encaminé a la oficina con la idea de que era un pendejo machista; sin embargo, mientras trabajaba, o fingía hacerlo, me asaltó la teoría de que ante una mujer inaccesible, el sentimiento lógico que se origina en uno es el de la posesión. Sí, eso explica, pensé, que el índice de violaciones vaya en aumento: no se debe a las minifaldas ni a tonterías de ese estilo, sino al poder de elección que poco a poco han adquirido las mujeres. O te detienes al escuchar un No, o Derechos de la mujer te joderá todo el día. Sí, de otra forma cómo explicar que las putas de los anuncios clasificados te prometan ahora ser sumisas y no las salvajes ninfómanas de antaño. Sí, después de todo no estaba tan mal. Sonreía como idiota cuando sonó el teléfono. Era ella: ¿Vienes por mí a la salida?, me preguntó. Claro, acepté.

Llegué al Dante’s a las seis treinta, temprano. Pensaba tomarme un café para que los treinta minutos de espera restantes fueran mucho más placenteros; pero aquella vez ni tomé ni esperé nada. Justo cuando iba a cruzar la puerta, a través del cristal, la vi sentada en una mesa con un joven a quien le acariciaba la mejilla con una ternura que jamás creí que poseyera. Ese simple gesto, peor aún su significado, cayó sobre mí como si alguien me hubiera lanzado un hacha directo a la cabeza. Quién es ese tipo, fue lo primero que me pregunté. Retrocedí de la entrada y me introduje en el local de a lado, una librería. Mientras disimulaba observar algunos títulos, una incertidumbre cruel y un coraje malsano me comprimían el cuerpo. No entendía qué había visto o de qué se trataba. Aquel tipo, pensé, puede ser un amigo, un familiar. Pero siempre suelo preferir las peores hipótesis, las que me acarrean un increíble dolor y una densa pesadumbre: Ese chico es otro de sus amantes, me dije con esfuerzo. Si eso es cierto, pensé, entre ellos existe algo mucho más especial que lo nuestro. Fue entonces cuando comprendí que por más que intentara husmear en su cuerpo, no encontraría otra cosa que vacío. Comprendí, a partir de esa primera revelación, que yo ansiaba algo que hasta entonces no me había percatado de que necesitara: la sensación de ser amado, de provocar en una mujer algo mucho mayor que treinta segundos de contracciones vaginales y mililitros de fluido lubricante. Necesitaba no sentirme solo. Por primera vez lo aceptaba: estaba solo. Me había mentido durante mucho tiempo porque no soportaba la idea de ser tan vulnerable, tan cobarde. Le temía al mundo, y ocultaba ese temor con una fantástica misantropía.

Ahora que aceptaba las cosas, tenía que hacer algo al respecto, tenía que hacer algo con ella, con ese chico y conmigo. La pregunta obvia era Qué. Primero pensé en largarme de ahí y no hablar con Beatriz hasta el otro día; luego ideé esperar hasta las siete y entrar como si nada; después me dije que no debía esperar ni un puto segundo, sino entrar en el Dante’s de una buena vez y gritarle a ella que era una puta ninfómana. La verdad es que no opté por ninguna de las anteriores y elegí una cuarta: seguirlos para ver qué pasaba.

Llamé a Beatriz desde la librería y le dije que un trabajo de última hora me hacía imposible pasar por ella, que me disculpara. Ella me dijo que era una lástima, pero que ya nos veríamos otro día. Cuídate, dijo y colgó. Bien, no tardará en salir, pensé. Imaginaba que, al no estar yo, lo haría en compañía del joven. No me equivoqué: cruzaron frente a la entrada de la librería y siguieron derecho, rumbo a la Avenida Central. Si todo sucedía como lo cruelmente imaginado, caminarían tres cuadras y entrarían al hotel que se encuentra a escasos metros de la mencionada avenida. Era un hotel barato; pero Beatriz nunca mostró ningún reparo las veces que cogimos ahí (siempre elegíamos la habitación 39, decía que le daba la sensación de estar en casa). Caminé detrás de ellos. Beatriz llevaba el uniforme del trabajo, así que era fácil ubicarla. No tenía planeado lo que sucedería. Sólo los seguía con la intención de quedarme en la puerta del hotel una vez que entraran. Pero fue ahí, en la maldita puerta con el estúpido nombre de EROS pintado en rojo sobre los cristales, donde la armería del otro lado de la acera me dijo lo que el destino planeaba para mí. No era casualidad. No creo en ellas. Los estoicos pensaban que nuestra vida estaba íntimamente relacionada con la de los demás, atravesada con un hilo transparente; decían que así como una gota de vino se esparce dentro de un recipiente con agua, de igual modo los actos de cada persona mantienen contacto con los de otra. No sé cuál sea el verdadero sentido de que nuestras vidas se entrecrucen; pero creo suponerlo, o mejor dicho, me gusta creer que funcionamos como una especie de justicieros fatídicos del orden. Así que compré una 9 mm, salí de la armería y crucé la calle. Encendí un cigarrillo no por nerviosismo, sino por el simple placer de llenarme los pulmones de humo, además de hacer tiempo, claro: deseaba sorprenderlos en pelotas. Imaginé la escena: subía las escaleras hasta el tercer piso, luego recorría el pasillo con el arma metida en el pantalón y tocaba en la recámara 39. Nadie respondía. Tocaba de nuevo. Se escuchaban murmullos del otro lado de la puerta, después pasos. Giraban la perilla y un joven ojo masculino me inspeccionaba por el resquicio de pies a cabeza. Ahí se detenía mi imaginación. No sabía lo que sentiría al ver aquel ojo mirándome. Pero lo que hice fue patear la puerta y darle con ella en la cara a ese estúpido muchacho con olor a orines. (Sí, porque todos los jovencitos apestan a meados, siempre me lo ha parecido.) Se llevó las manos al rostro y Beatriz saltó desnuda de la cama al verme cruzar la puerta. ¿Qué hiciste?, me gritó, apurándose a levantar al chico del piso. Pude responderle que me había dejado solo; pero me quedé callado. ¿Qué diablos te pasa?, volvió a gritarme, esta vez acercándome su cuerpo desnudo, retándome. Tal vez debí tirármela; pero levanté el arma y accioné el gatillo. En segundos, la cabeza del joven se desparramó sobre el piso y las sábanas. Su sangre también apesta a orines, pensé. Luego sentí un retorcido placer, y me sentí dios cuando tomé a Beatriz de los cabellos y la saqué del cuarto. Algunos curiosos se asomaban al pasillo, pero al vernos pasar, cerraban de inmediato la puerta. ¿Qué vas a hacer?, me preguntaba Beatriz, mientras bajábamos por la escalera. Por primera vez escuchaba el miedo en su voz. Me llené de orgullo. Quizá era el único que había tenido ese privilegio. Y por irónico que parezca, esa vez yo tenía el control, el poder de decidir. Y decidí meterla en un auto que estaba estacionado frente al hotel y bajar al chofer con la amenaza de enviarlo al infierno si no apartaba su culo del volante. ¿Qué vas a hacer?, me seguía preguntando, mientras mis ojos observaban a las personas que se perdían en el espejo retrovisor. Lo siento, me decía. Lo siento. De verdad discúlpame. ¡Por favor!, le reproché. No sé qué me repugna más, si el que mientas o el que creas que soy un idiota. Es la verdad, dijo. ¡Perdóname!, suplicó. Entonces me pareció patética, me pareció que su imagen de chica ruda no era más que una tonta coraza para defenderse de sus temores y que cedería con la presión indicada como el himen de una quinceañera.

Estás loco, me había dicho días antes en mi departamento, después de que le contara que en ocasiones me daba asco el mundo y que me gustaría arrojarme desde lo alto del mirador de la Torre Central. ¿Te lanzarías conmigo?, le pregunté, mientras le pasaba mi lengua por uno de sus pezones. Sin decir nada, apartó mi rostro de mi cuerpo y comenzó a vestirse. Eres un grandísimo idiota, me dijo. ¿Por qué lo dices?, la cuestioné. No me respondió. Se peinaba frente al espejo como si mi voz hubiera sonado del otro lado del mundo. Te hice una pregunta, le dije. Ella dejó el peine el tocador y se acomodó junto a mí. Hay veces, dijo, que me das la impresión de hacer cosas para que te apruebe, y otras que creo haces porque no encuentras más remedio. Tu idea de lanzarnos juntos de la Torre es una de estas últimas. Es como si tuvieras a un gemelo totalmente distinto, habitando dentro de ti, como si por momentos fueras una especie de Abel y por otros un Caín. Y a veces eso me da miedo, dijo y se marchó.

En este momento, quién soy, le pregunté, mientras encendía la radio para intentar tranquilizarme. ¿Soy Abel o Caín? No lo sé, dijo, temblando de frío y cubriéndose el pecho con los brazos. Contesta, Beatriz, le dije, aún con calma. No lo sé, repitió. ¿Qué me vas a hacer?, dijo. ¡Contesta la puta pregunta!, le grité, golpeando el volante. ¿Quién soy? Ambos, ambos, dijo con miedo. ¿Qué vas a hacerme?, insistía. Realmente lo ignoraba. Nada había sido planeado. Así que esperaba que algo me diera la respuesta. No quería dispararle. No me preocupaba la policía, sino lo que sentiría una vez que viera sus ojos sin vida. Ya no le guardaba coraje. Comprendí que ella jamás me había mentido, que la fidelidad no formaba parte de nosotros, que no podía culparla por no sentir cariño hacía mí. Entonces qué demonios debía hacer. Y de la radio brotó larespuesta: “And if a double-decker bus crashes into us, to die by your side is such a heavenly way to die.” Así debía ser: moriría de la misma forma que aventarme de la Torre Central, aplastado como un perro. Moriríamos los dos. Pisé el acelerador. Alcanzamos los 90 km por hora antes de que un enorme árbol se lanzara contra nosotros. Así debía ser: el choque debía de hacernos polvo, debía de rompernos los huesos, la muerte debía tragarnos como una puta golosa. Pero aun ella tiene preferencias.

Cuando recobré el conocimiento, un dolor en el hombro me ardía como una llamarada. Era un vidrio que encontraba salida en mi espalda. Tuvo suerte, me dijeron los doctores, horas más tarde. Se equivocaron, la de la suerte fue ella. La imagen que vi de Beatriz muerta me queda en la memoria como una cruel e imborrable fotografía. Su cabeza descansaba sobre el tablero, cubierta de vidrios, y su sangre escurría hacia el tapete igual que sus brazos colgaban rojos e inmóviles como dos trapos. La tomé del pecho y la recargué en el asiento. Sus ojos perdidos en la nada me llenaron de escalofríos y de miedo, de terror. Aunque emitía un leve murmullo, sabía que su muerte era inevitable. Aun así, salí del auto y pedí ayuda. Me dijeron que los paramédicos no tardarían en llegar. Luego volví al auto y, con esfuerzos, abrí la puerta donde ella se encontraba. La tomé entre mis brazos y la sostuve en ellos hasta que los hombres de la ambulancia me la arrebataron. Quería gritar, llorar por ser un completo estúpido, por no haber muerto yo también. Qué clase de destino era ese. De su boca ya no salía ningún sonido. Tenía la ridícula esperanza de que, como en las malas películas, ella me dijera algunas palabras finales, palabras que me devolvieran un poco de lo que ya no tenía, un poco de fe en el mundo o en mí. Pero no diría nada. Lo que tenía que decirme lo había hecho ya. Me correspondía a mí creerle o no...

He tratado de encontrar, al igual que Cernuda, el lugar donde habite el olvido. Quizá eso era lo intentaba hallar en Beatriz. “Pero nadie que busque realmente encuentra”, leí en una novela. Ahora lo sé, ahora que los hilos de mis acciones me han devuelto a este punto del que jamás debí apartarme. Porque todos los días que siguieron después de ese accidente son, de alguna forma, una mentira. Comenzando por mi nombre. Decidí cambiarlo no para evitar el delito de asesinato (eso se solucionó gracias a algunos fraudes que hice para las personas indicadas), sino que necesitaba comenzar de nuevo o, por lo menos, creer que lo hacía. Entonces me convertí en un prestidigitador, en un fantasma que intentó hallar en la literatura el alivio suficiente. Pero me equivoqué. Y ese error es el me ha enseñado que el pasado ni siquiera es tal, que la muerte no nos coloca en una sala de espera para ver la televisión mientras aguardamos nuestro número de ficha, sino que esperamos ahí porque serviremos como el arma en el deceso de otra persona. Violet no sabe que su amante es en verdad un asesino contratado para matarme, no sabe que el nombre de Abel Caín es sólo una ficción que una chica inauguró con su muerte. Y tal vez grabo todo esto para que ella, Violet, la mujer que ingenuamente cree conocerme, tenga la oportunidad de regresar el tiempo y así darse cuenta que mi vida se le ha escapado entre los dedos como las espirales de humo de un cigarrillo perdido en la oscuridad…

Ya basta. Llegó la hora de morir de una buena vez. Stop.

 

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Ricardo Pligia