
Las voces que hoy nos cuentan sus historias parecen tan lejanas unas de otras, parecen esparcidas sobre la isla de una manera tan caribeñamente caóticas que es casi imposible ver a República Dominicana como una unidad cercada por agua, limitada como cualquier territorio.
Cuentos como Cojuelo, Spleen en Santo Domingo y Reflejos se desarrollan bajo el sol de una ciudad que los dibuja, que los mueve de una letanía a otra, de unas ganas de ser en la urbe, de derretirse en su calor. Hay en ellos una melancolía propia de isla. Sin embargo, en los cuentos «El banquete de Don José» y «La mano que me toca en la noche» la magia es un eje distinto, pues existe en ellos una suerte de encierro propio de un sur de Faulkner o de Tennesse, una gravedad que empuja a los personajes a un único destino determinista.
No podemos señalar en concreto cómo habla el cuento actual dominicano, pero sí sabemos que esas nuevas voces dejaron muy atrás los huesos del caudillo y empezaron entonces a escuchar los ecos, la sociedad de lo que ha venido quedando.
Pero es difícil, siempre, hacer un diagnóstico certero del camino que está tomando la literatura en una determinada zona geográfica. Y en una isla, con su curiosa sensación de encierro, que además es compartida entre dos países, el intento es histérico y se vale.
Así, hoy, nuestra perversidad de lectores, de escritores y, sobre todo, el gusto de leer unos buenos cuentos nos ha llevado a reunir una pequeña parte de la narrativa dominicana, en su mayoría escrita por narradores jóvenes, que tal vez no sea suficiente, y sin embargo…

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