El Puro Cuento

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Entrevista a Frank Báez

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Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio.

Alejandra Pizarnik

 

      ¿Escritor, cuentista, narrador o cuentero?

Me gusta la palabra escritor porque no es confusa. Cuentista es alguien que vive del cuento, o sea, una especie de embaucador. Narrador suena a apellido vasco. Cuentero es como un escritor que metieron preso o algo así.

      Cuando se trata de cuentos, ¿el escritor tiene una maqueta o al menos un hilo que atraviese ese cuento que está por escribir?

El problema es que uno se imagina que lo que el escritor va a contar se empieza a gestar en cuanto se sienta a escribir. Los cuentos se van proyectando en la cabeza del escritor a cada instante. Uno siempre está contándose historias y mientras uno duerme o hace el amor o pasea al perro, estas historias se van acomodando en la cabeza y se van preparando para salir a la superficie. Por lo que no es que el escritor empiece a escribir desde que se sienta frente al teclado, sino que cuando se sienta es porque hay algo que se ha estado proyectando en su cabeza y piensa que ha llegado el momento para que se proyecte fuera de su cabeza.

     ¿Todavía se puede escribir una metodología de cómo hacer un cuento?

Depende quién la escriba. Si la escribe Denis Johnson o Ricardo Piglia, corro a la librería y la compro. El problema es que esas metodologías o recomendaciones terminan escribiéndolas tipos que se han dado cuenta que han fracasado escribiendo cuentos. Sin embargo, uno se hace la pregunta, para qué escribir sobre el cuento, si uno aprende sobre los cuentos leyéndolos. En fin, siempre leo los decálogos que hacen los cuentistas.

      ¿De qué o de dónde no puede nacerte un cuento?

 Los cuentos no deberían nacer de la cabeza de los que no tienen talento para escribir cuentos.

      En tus historias existe una magia que se va revelando sin muchos preámbulos, sin muchas vueltas, un lenguaje desvestido de casi todo, casi sin simbolismos ni mucho menos descripciones atragantadas de palabras ¿Qué puede ser eso que identifica la manera en que escribes tus cuentos?

Supongo que con mis lecturas y mis vivencias. O quizás con un estado mental particular que me ha llevado a dirigirme a los libros que me resultan más preciados y a las cosas que más me fascinan de la vida. O el azar. Quién sabe.

      En algunos de tus relatos la identidad de los personajes se esconde tras una letra del alfabeto, sólo eso, ni siquiera un nombre. ¿Es para ti una forma de resaltar la importancia de la historia, de la anécdota, más allá de los personajes? ¿Es una forma de destacar el carácter ambiguo de la identidad, una referencia a Klossowski? ¿O simplemente una cuestión de estilo?

La literatura pone en duda el concepto de identidad. Desde que escribimos un cuento autobiográfico y empezamos a escribir del yo, ese yo trasciende nuestra identidad y se transforma en un yo estético, esto significa que cobra más significado a medida en que suene mejor o quede compuesto de una manera que consideramos perfecta. En cuanto a utilizar las letras iniciales de los nombres, siempre me ha llamado la atención ese apelativo desde que empecé a leer a Kafka. Podría decir que hago eso como un homenaje a Kafka, aunque un montón de escritores hacen eso con sus cuentos; por ejemplo, Bolaño y otros más, y supongo que él y otros lo hacen y lo hacían porque resultaba pesado escribir de uno mismo y de la gente que uno conoce nombrándolos como personas de carne y hueso y no como personajes, porque de repente uno tiembla pensando que no va a escribir tal cosa por pudor, y además de que de repente te pueden demandar y meterte en problemas, por lo que uno lo cambia, como Kerouac, que cuando uno lo lee se da cuenta de que cambiaba los nombres por nombres que rimaban con los originales. A mí me pasa lo mismo, ya que la literatura que yo hago en gran medida es hecha a partir de experiencias de la vida y de experiencias literarias. Se podría decir que hay cincuenta por ciento de artificio y cincuenta por ciento de biografía. Cuando mis textos parecen más artificiosos, son los más biográficos de todos. Y viceversa.

      ¿Entonces piensas que el escritor debe escribir sobre su vida o, al menos, sobre las cosas que se mueven alrededor de su mundo?

No seamos estrictos. Cuando uno lee se da cuenta de que es difícil generalizar. Existen demasiados estilos. Hay obras escritas sobre aproximaciones a lo desconocido, que son hermosas y valiosas, pero a mí me parece que eso es más certero en el plano poético que en el narrativo. De cualquier manera, me encantaría escribir cuentos sobre Rusia y China, lugares donde nunca he estado.

      El tono melancólico en tus relatos es también caótico, esperanzador y tartamudeante como un niño de cinco años que cuenta algo, ¿es algo que tiene que ver con la isla, la espera, el calor o las ganas de llorar que provoca el mar cuando se le observa un buen rato sin parpadear?

Depende de qué tipo de relatos. A mí me gustan los personajes que se meten en situaciones complicadas y me gusta mezclarlos con gente que conozco o de situaciones que me han contado e ir creando una especie de mitología de mi generación en que la gente que he conocido haga sus apariciones, y terminen mezclándose con los personajes que tengo en la cabeza, y me acuerdo de un poeta coreano que está encarcelado y que, sentado en su celda, escribe desde hace tiempo un poema a cada persona que conoció en su vida.

      Palabras que podrían acompañar de comentario a algunos de tus cuentos son: melancolía, ambigüedad, delirio, asfixia, impotencia, inmovilidad, humor, caliente. ¿Qué preocupaciones humanas son las que pones en juego? ¿Cuáles son esas palabras que pueden marcar alguna de tus historias?

El uso, la escogencia y la manipulación de las palabras tienen que ver directamente con la historia que cuento. Un cuento se levanta a partir de palabras y esas palabras tienen que saber sostenerlo, ya que, si no, por cualquier sacudida el cuento se viene abajo.

      Así es, toda escritura nace de la palabra y algunas palabras pueden salvar un relato; otras, como dices, matarlo, pero dentro de ese juego de palabras que tejen tus relatos, ¿cuáles son esas «certidumbres» humanas que como escritor pones más en juego en tus historias?

A mí no me gustaría que los lectores bostecen y se duerman leyendo mis cuentos. Me interesa que los lectores se rían cuando escribo algo que me hizo reír. Eso hace que la narración funcione. Pero todo esto es pretencioso. Escribo de pasiones humanas, de estados de ánimo, de la caída y la redención. Escribo de ese momento en que de repente uno se detiene —fregando unos platos o sentado en la oficina—, se rasca la cabeza y se pregunta qué estoy haciendo con mi vida o qué es mi vida. De ahí me gusta partir.

      La mayoría de tus cuentos poseen una musicalidad muy notable, como en el caso del monólogo «Lola». Como sabemos que eres poeta, y además poeta que gusta mucho de la generación beat, no sería demasiado casual, pero, ¿qué tipo de música es la que normalmente suena debajo de cada línea que escribes?

Si tienen algo de ritmo, esto se debe a que leo mucho en voz alta, como si las narraciones fueran poemas de largo aliento. A uno que otro de los beats, sobre todo a los que renegaron de ser beats, los sigo leyendo con interés, pero creo que al igual que a los surrealistas o a la generación del 27, hay un momento en que uno debe darle la espalda y colocar esos libros en sus tramos y abrir los libros que están en el siguiente tramo.

      Imaginando al cuento como un hombre desnudo, ¿dónde está el inicio del cuento?, ¿qué órganos no son tan vitales?

Los cuentos están en el hígado. Por lo que aprovecho este medio para recomendar a los escritores mexicanos que no beban mucho. ¿Órganos no vitales? La pierna derecha. Ampútenla. Uno no necesita la pierna derecha para escribir.

      Y la nariz, ¿sirve de algo para escribir?

Si usas lentes, la nariz te sirve para sostenerlos.

      Recientemente, en algunos de los libros de cuentos publicados por jóvenes escritores de República Dominicana hay una suerte de arte cuentística que tiene mucho que ver con una manera diáfana y directa de decir las cosas, decirlas como sólo se dirían en cualquier barrio dominicano, la jerga como lenguaje inequívoco para comunicar lo que realmente se siente y cómo se siente. ¿Piensas que es una especie de neopostumismo? ¿Te identificas con ello?

Para escribir cuentos se necesita mucho talento. No creo que un cuento es superior porque esté escrito de una manera simbólica o porque esté escrito de una manera directa. Los escritores dominicanos, no sólo de esta generación, sino también de las anteriores, lo que necesitan es lectura, es abrir bien los ojos y tratar de alcanzar esa zona donde uno siente que está escribiendo algo de valor y que necesita publicarlo y divulgarlo. En República Dominicana, nuestra única opción literaria es el futuro.

      Es innegable que los países con fuertes crisis políticas y sociales sobre sus espaldas han dado grandes frutos en la literatura. ¿República Dominicana ha hecho una literatura equiparable con su historia?

Tenemos varios casos. Sobre todo de esfuerzos individuales. A diferencia de Cuba, México, Argentina y otros países latinoamericanos, en República Dominicana no se ha podido conformar una gran generación de escritores de alta categoría. Tipos que discutan y se sienten en cafés, arrojándose entre ellos pedazos de pan. Tenemos un caso en los cuarenta con un movimiento literario denominado Poesía Sorprendida, que fue bendecido por Andre Breton, pero que no duró mucho, ya que el régimen trujillista lo desmanteló y con los años los poetas aprendieron una fórmula de hacer poesía y repitieron esa fórmula hasta que los poemas no salían. Tenemos el caso de Pedro Henríquez Ureña, que debido a las condiciones políticas y sociales de la isla, se decidió a emigrar y vivió en México y Argentina, formando parte de la vida literaria de esos países y aportando un montón de ideas, conocimiento, pasión y rigor. Tenemos muchos casos. Pero a la larga, sólo tenemos obras representativas de una que otra época, pero no una obra que trascienda los respectivos periodos de tiempo y que continúe fascinando a generaciones venideras. Apostemos a los que vendrán.

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