El Puro Cuento

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Aquí Está tu Pisto

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Aquí Está tu Pisto

El abuelo se volvió loco.  A saber cuándo, o a lo mejor siempre fue loco.  Vivía refundido en la parte grande de la casona, donde nadie entraba, excepto mi abuela Mama Güicha, y la Ligia mi hermana, que siempre andaba merodeando sin que nadie la notara.  Parecía espíritu de tan silenciosa, era medio mística y todo le daba asco.  Y siempre andaba merodeando sin que nadie la notara.

Fue la Ligia mi hermana la que notó las rarezas del abuelo: hablaba solo pero viendo al mismo lugar como que si alguien estuviera allí; salía de su cuarto con los ojos pelados como botones, y siempre que iba a la letrina se llevaba una cajita que parecía cajón de muerto, pero chiquita.  Mama Güicha, mi abuela, decía que el abuelo era un hombre inteligente y educado, por algo era hijo de un cura.  Y que en sus tiempos había sido alto y guapo, pero a saber por qué maleficio se había enjutado todo y había agarrado ese aspecto que nos daba miedo a todos, menos a la Ligia, mi hermana, que siempre andaba merodeando sin que nadie la notara.

Mama Güicha era brava y maleducada.  Pero era buena: todo el tiempo cuidaba al abuelo y crió a hijos, nietos y hasta a extraños, como a un negrito que dormía en unas bodegas que había en el último patio de la casona. Nadie sabía de donde había salido ni cómo se llamaba de verdad. Un buen día Mama Güicha mi abuela lo halló entre los chuchos escarbando el basurero de la cocina, y ya le había dado un par de escobazos cuando la mirada tristona y la enorme sonrisa del negrito se le metieron por los ojos y la ablandaron tanto que lo recogió y lo bautizó como Manuel. Dijo que ese nombre le quedaba bien a un negro, porque los verdaderos caballeros --como sus hermanos-- tenían nombres como Pantaleón, Dimas, Idelfonso o Napoleón.

El Manuel siempre andaba merodeando, como la Ligia mi hermana, pero a él todo mundo lo notaba porque hacía mucho ruido y se tropezaba con las cosas.  Siempre andaba con hambre y era el primero en asomarse a la cocina cuando empezaba a oler a comida, aunque Mama Güicha mi abuela lo recibía mal. ¡Metido, meque, ochoconyó! --le decía-- ¡Negro sin oficio, crés que la comida la regalan! ¡Ya te viera en otro lado, donde tuvieras que pagar por lo que te hartás! Comete esta tortilla, y salí de aquí porque si no vas a ver....  Y así, entre insultos y malos tratos, Mama Güicha le dio comida, vestido, y escuela al negrito Manuel, que la quería y hasta le dijo "mamá" un día, poquito antes de que un buen escobazo le recordara que tenía que decirle "Doña Luisa".

De todos modos el Manuel ya estaba acostumbrado a los escobazos.  A lo que no estaba acostumbrado era a los chiliyazos del chicote de cuero trenzado que servía, según Mama Güicha, "para sacarle el diablo del cuerpo a estos cipotes cimarrones, cuando hacen cosas que sólo pueden ser obra del enemigo malo", pero una noche le cayó: lo oímos chillando y gritando entre lágrimas, mocos, hipos y babas. ¡No me mate, Doña Luisa, Doña Mama Güicha! ¡Le juro que me lo encontré tirado!  Y trataba de besarle los pies a Mama Güicha mientras ella lo pateaba y le daba duro con el chiliyo.  ¡Negro ingrato, maldecido, comunista! ¡No sólo sos negro, sino también ladrón! ¡Ahorita me vas a decir de dónde te robaste ese billete y lo vas a devolver y no te quiero volver a ver y te va a castigar Dios y te vas a ir al infierno, o a lo mejor de allí venís, diablo feo! ¡Me vas a matar de una cólera, malagradecido!  Y así hasta que se cansó y se fue y dejó al Manuel llorando y chupando mocos, enrollado en un rincón de la cocina con el billete bien apretado en la mano.

El Manuel nos dijo que había encontrado el billete todo arrugado y lleno de caca en la letrina. Salimos corriendo para allá, pero a medio patio nos detuvo la Ligia mi hermana y nos dijo: "el abuelo está en la letrina", y luego se esfumó. Nos quedamos parados medio muertos de miedo,  pero nos ganó la curiosidad y nos fuimos a asomar a las rendijas de la letrina por donde parpadeaba la luz del candil del abuelo, que estaba hablando viendo para el rincón, como que si alguien estuviera allí: "¡Suficiente me has hecho sufrir, mal parida, por ese dinero que decís que te robé!  Decís que era tu herencia, pero vos ni eras mi hermana ¡Aprovechada!  No me has dado paz desde el día que te moriste; no te bastó con echarme esa maldición que me tiene todo enjuto y enfermo.  Ni siquiera en la letrina me dejás solo.  Pero si querés tu pisto ¡Andá a buscarlo entre la mierda!...", y sacaba billetes de la cajita y se limpiaba con ellos...

A la mañana siguiente planeamos desde tempranito cómo sacar los billetes de la letrina y en la noche, cuando ya estaba oscuro, nos levantamos y nos fuimos con unos lazos y un candil para que el Manuel se metiera entre el hoyo y sacara todo el pisto.  Pero en cuanto acercó el candil salió una gran llamarada que le chamuscó el pelo y toda la letrina prendió fuego.

En medio del gentío que corría para arriba y para abajo con cubetas y guacales oímos una gran carcajada y vimos pasar al abuelo corriendo.  Se perdió en la oscuridad y no volvimos a saber de él.

 

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Julio Ramón Ribeyro