El Puro Cuento

  • Aumentar fuente
  • Fuente predeterminada
  • Disminuir fuente
Inicio Cuentos de nuestros lectores Minificción La Maravillosa Máquina del Manzanita

La Maravillosa Máquina del Manzanita

E-mail Imprimir PDF

Pero cuando dormíamos, la cosa era diferente. Como si nos diera cancha libre para que jugáramos. Bueno imagino que no se sentiría desafiada o cuestionada. Además sabría que durante el sueño no nos podíamos hacer los vivos, o tirarnos en su contra. Entonces salíamos todos a jugar. Algunos de nosotros hacía rato que habíamos olvidado cómo se jugaba porque estábamos guardados hacía un montón. Había  que sacudirse el polvo y salir al frente.

Con los pibes, jugábamos un partido de fútbol en el campito de atrás de casa. La pelota no era de cuero, eso hubiera sido más que un sueño, la gloria más bien. Tampoco era de trapo: era de goma y de color rojo y ardía cuando te pegaba en las piernas desnudas o en la cara como le pasó al arquero de los otros. No creas que éramos un equipo completo ni nada de eso. Cinco de cada lado, contando el arquero. Era un picadito alegre y esta vez sin piñas, cosa que ocurría dos por tres. Y yo que del otro lado era un maleta, de este lado me las arreglé para meterle un gol al Rata.  No me preguntes por qué le pusimos Rata, porque ni siquiera tenía los dientes largos. Pero un día alguien se lo dijo y le quedó, era así entre nosotros. A mí me llamaban Manzanita porque soy menudo, y tengo la cara redonda y colorada. Y a mi primo lo llamábamos Limón. Al de la vuelta de casa le decíamos Chupete. Pero que querés que te diga, nunca nos importó cuán exactos fueran los sobrenombres. Lo importante era tener uno, porque si no, estabas jodido, era como si no fueras nadie.

Otras, nos tocaba hacer de grandes. Teníamos trabajos, mujer e hijos, y hasta problemas. Problemas de toda clase vos sabés, la gente grande siempre tiene algo de qué quejarse, que la cuota de la luz, que la medianera, que el vecino que jode con los perros, que los abuelos no están bien. Viven la vida así, saltando de problema en problema, hasta que un día, son el problema. Te digo es más entretenido hacer de pibe, jugar a las bolitas, irte a pescar, bañarte en una laguna, robarle frutas a los vecinos, qué sé yo, disfrutar de esos veranos largos, tan largos que al fin hasta ganas de ir al colegio te agarran. Claro, no es como ahora que los pibes tienen computadoras y juegos electrónicos, pero nosotros no,  ni locos nos dejarían hacer una cosa así.

Ayer tuve la oportunidad de hablar con los otros; algunos  sospechan que en el momento justo de despertarnos, se abre como una brecha y cuando ella mira hacia fuera nosotros podemos mirarnos hacia dentro. Entonces, es posible que podamos cambiar algunas cosas, cosas sencillas digo, el tono de voz,  la elección de una preposición, la pierna con que pateamos la pelota. En fin, no sabemos hasta donde podemos llegar.

Es difícil decir quién es el más viejo, ni cuántos somos. Mi primo El Bocha dice que no somos los únicos. Lo que debe ser cierto porque a veces aparecen unos tipos curiosos, parecen viejos  que vienen del otro lado, me pregunto si no serán espías. Aunque también pueden ser exilados, a los que ella guarda como nos guardaba a nosotros. No los vemos jugar, andan solos por ahí y no hablan con nadie pero nos miran con cara de idiotas.

En el otro lado, las reglas son de acero y dicen que el molde es irrompible. Hay que andar derechito, uno no se puede desviar porque si no,  no sabés cómo se pone. Una vez, El Rata se distrajo y quiso seguir  el juego y ella lo miró de frente. La mirada nos encerró a todos en una pared  gris que nos chupaba el aire y se elevaba hasta un cielo encapotado de caras desdibujadas. Yo no pude pensar, ni moverme hasta la noche. El Rata ya no juega en nuestro equipo.

Cuando no me toca jugar, ya no me quedo quieto. Me imagino cosas. Más que nada son preguntas. Y nunca me había hecho preguntas. Qué pasará cuando crezca, quien es esta que todo lo controla. Desde que me hago preguntas me siento diferente. Temo que se avive.

Por suerte,  ella está cada vez mas ocupada con crisis del otro lado, y los juegos ahora no los entendemos, algunos salimos, otros nos quedamos, pero no sabemos qué corno tenemos que hacer. La verdad, andamos medio perdidos. Temo por este lugar.

Descubrí que hay un momento que es también un lugar, justo antes del despertar donde uno se puede esconder fugazmente. En ese lugar, vi otros como yo. Aprendí a quedarme todos los días un poquito más. Cuando pueda me voy.

Ayer, me fui de paseo. No pude resistir. La  brecha era amplia y luminosa. Me puse el cuerpo de andar afuera y  me fui a caminar por el parque. Hacía rato que no veía palomas y escolares de guardapolvo blanco. Uno de esos pibes era igual a mí: patitas flacas, guardapolvo almidonado, y la corbata que me ponía la vieja. En la cartera de cuero, llevaba un libro que se llamaba “Alfarero” por lo que deduzco que estaba en tercer grado.

El pibe se acercó sonriendo y me dijo “ya lo leí”.  Me puso el libro en las manos y se fue.

  Al abrirlo supe que era ella diciéndome mi vida. Como en un cuento.

Comentarios
Buscar
¡Sólo los usuarios registrados pueden escribir comentarios!

3.26 Copyright (C) 2008 Compojoom.com / Copyright (C) 2007 Alain Georgette / Copyright (C) 2006 Frantisek Hliva. All rights reserved."

 
Usar puntuación: / 55
MaloBueno 

Amigos / Socios

Entrecomillas

«La brevedad es el alma del ingenio».

William Shakespeare