El Puro Cuento

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Neodisea

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Acto uno

 

I

Ella, debajo de un árbol imaginario, pellizcando una manzana, pensando en un algo sin forma definida: No tienes idea de lo decidido de este diciembre, de mis sesenta y ocho grados de frío, de lo que pesa la carta que me ha enviado mi padre. Dice que es navidad, que me perdona por virarle la cara la última vez que nos encontramos. Que no he sido la hija más humilde, pero que he sido la hija... Este año nada de árboles enterrados dentro de la casa. No sé bien debajo de qué ubicarla, así que la he metido dentro del cuaderno que pensaba regalarte, a donde traspasé todos los poemas que te he escrito, con esta letra enferma que seguramente no entenderías…

Él, Ulises, haciéndose materia, amarrándole los ojos con las manos, diciéndole secretos lascivos al oído: Te traje chocolate.

Ella, sobrecogida, sacudiendo de su vestido las cáscaras: Oh, ¿para mí, que soy la no primera, la no última, el ave y el paso?

Ulises, acercándole la boca: La verdad, no, ha sido una chispa que guardé debajo de la lengua tras el almuerzo. Pero toma, te la regalo.

Ella, devolviéndole el beso con los dientes juntos: No la quiero, las chispas de chocolate me hinchan la garganta. ¿Y si dejo de respirar?

Ulises, despreocupado, caminando hacia la pintura barata que cuelga de la pared: ¿No se supone que los celacantos respiran por la epidermis y no por la garganta?

Ella, mirando atenta cómo choca el ruedo de su pantalón con el comienzo de los zapatos. Hay hojas secas incrustadas en ellos, sólo dios sabe de dónde viene y hacia dónde va: No lo sé, aún no pesco uno, tampoco es que quiera.

Ulises, prediciendo la pregunta que ella todavía no hace: Hazme algo lindo, que no vengo de ningún lado.

Ella, caminando hacia Ulises, con las manos escondidas en la espalda, como quien guarda una sorpresa: Te morderé el cuello.

Ulises, esperando: Qué me decías de tu padre, cuándo dices que te ha escrito.

Ella: La otra noche, Ulises, cuando me estrujaste el corazón contra esa pintura que recién admirabas.

Ulises, con los ojos cerrados, sintiéndose un pedazo de carne: Te odia tu padre, lo comprendo, contigo las emociones jamás podrán ser intermedias.

Ella, sin dejar de mirarle, arrodillándose ante él, oliéndole el sexo: Ponme un nombre, uno que te guste.

Ulises: Circe, porque Circe vivía en una isla.

Ella, pintándose los labios: Gracias a dios, me abrumaba no tener nombre.

Ulises, sacudiéndole del pelo el cadáver de una mariposa, dejando libres a las que siguen vivas todavía: ¿Circe?

Ella: ¿Sí?

Ulises: Abre la boca y trágame.



II

Circe, enredada, como la buena hierba, con la cabeza debajo de la axila de un lobo: Nadie tiene una boca como la mía.

Ulises: Nadie, eres diosa y odiosa. Alrededor de tu castillo rondan fieras de todos los tamaños y naciones, hombres que alguna vez vinieron por tu cabeza y perdieron.

Circe: Cuéntame de mí antes de conocerte, pareces saber algo de mi historia que no puedo recordar.

Ulises, trepándose sobre ella: No me dirás que la amnesia no es en realidad tu papel más conveniente. No te burles de mí.

Circe: Nada pasó por mi vida antes del primero de agosto, lo juro.

Ulises, sujetándole el cuello, hasta casi asfixiarla: Antes pasó tu padre y un tobogán.

Circe, abriendo los muslos: ¿El que me odia y el que reparte regalos en las fiestas?

Ulises: El que no te conoce y en el que ya no crees.

Circe, persiguiendo la luz mientras es penetrada: Duele, haz que sangre y no dejes de hablarme sobre ellos.


III

Ulises, en posición fetal, totalmente enroscado, totalmente vulnerable: Si un día me voy, ¿morirás?

Circe, elevando las piernas: Si un día te vas, no recordaré lo que fui ni lo que soy.

Ulises: Soy tu memoria.

Circe, besándole las manos: Te amo, no deja de suceder.

Ulises: Ni dejará.


IV

Circe, plantando los huesos de una manzana en el jardín: Cuando era niña desenterraba cosas, con el tiempo aprendí que el amor es un ciclo, si sólo te dedicas a recogerlo tarde o temprano acabará.

Ulises, desnudo, columpiándose de un árbol que ella inventó para los dos, estudia todos sus movimientos: cómo se agacha, cómo toca y fertiliza la tierra con su vulva, cómo llora: Tengo sangre en la entrepierna, ¿es mía?

Circe: Es de ambos.

V

Ulises, con los brazos pegados al pecho, temblando de frío: ¿Por qué te gustan los caballos, Circe?

Circe, bajo la lluvia de un diciembre, no le contesta.

Ulises: Entra, te enfermarás.

Circe: A dónde, no tiene techo nuestra casa.

Ulises: Antes te quejabas de que todas las casas tenían forma de figura geométrica ¿y ahora necesitas un techo?

Circe, cruzando el portal, rozándolo, descuidada, con el brazo, separándose inmediatamente: En qué año dices que murió Pitágoras.

Ulises: Algunos después de que yo desembarcara en tu reino.

Circe, distraída, mirando debajo de la mesa: ¿Me invadiste?

Ulises, abriendo una sombrilla negra dentro de la casa: ¿no lo recuerdas, verdad? Tenías un color inexacto en las mejillas, a veces eran moradas y otras azules, a veces parecías un fantasma.

Circe, ignorando la mala suerte que es segura después de abrir adentro un quitasol: ¿Y ahora? Olvida la pregunta, la mesa está coja, Pitágoras ha huido y ya nadie la nivela.

Ulises: Tienes miedo de tu historia, por eso ignoras mis palabras y el inútil artefacto que ahora me adorna, es que no hay nada que me proteja del clima... ¿Has notado que anulas mi lengua, que es de veneno y almíbar, que es de buena y mala intención, según mi estado de ánimo, depende de si ese día, en ese instante, tengo ganas de amarte?

Circe, sentándose frente a la coqueta de madera, que se comienza a hinchar: Tengo miedo de descubrir que debería odiarte.

Ulises: ¿Odiarme? Yo debería odiarte, convertiste en cerdos a mis compañeros de toda la vida, a mi mano derecha, a mi mano izquierda, a mis manos.

Circe: Ahora eres rey y a veces te dejo peinarme.

Ulises: Yo prefiero mi corona imaginaria, la que me hice cuando nací.

Circe: Cuando no se es dios, ser rey es una opción de respeto.

Ulises, cerrando la sombrilla con rabia: De qué habla, señorita, si besa estos pies, los pies de Ulises todas las noches, ¿qué más dios que yo?

Circe, bebiendo agua del florero, para aromatizarse la garganta: Los dioses no son inseguros y pequeños, ni usan paraguas dentro de la casa, realmente los dioses no son víctimas de las inclemencias del tiempo, aquí me tienes a mí, bajo la lluvia de un diciembre, totalmente desensibilizada y seca, incapaz de ofrecerte una toalla.

VI

Ulises, ya seco, poetizando: ¿Recuerdas lo que hacías cuando nos conocimos, Circe?

Circe: ¿Cuándo no tenía nombre?

Ulises: Sí, en ese mismo tiempo.

Circe: Bostezaba.

Ulises: Pensé que escribías un poema...

Circe: Por eso.

Ulises, presionando la punta del bolígrafo contra su carne: Ven a sentarte en mis piernas.

Circe: Tengo una historia entre las manos que no puedo soltar.

Ulises: Sería interesante saber a quién le escribes, porque a mí ni media línea.

Circe: Para ti fue medio beso y es todo un libro.

Ulises: Para mí tu ironía, sí... No repetiré que quiero que vengas.

Circe, dándole la espalda: Ni yo que no puedo.

Ulises: Jamás me hiciste un poema en el que no me hicieras ver como un hijo de puta, yo que lo he dejado todo por ti, tú que enterraste en un mes tres años de mi vida.

Circe, llevándose a la boca la última página de su diario: No te atormentes, ya habrá quien venga a enterrar estos que son nuestros.


 

Acto dos

I

Circe, aún adormecida, se levanta de la cama y se dirige al baño, ya allí se quita las pantaletas para sentarse en el inodoro: Les tengo miedo.

Ulises, deteniéndose mentalmente en el marco de la puerta: ¿Les tienes miedo? ¿A qué, a quiénes?

Circe: A los caballos, ¿No me preguntaste eso cuando sangrabas?

Ulises: No. Cuando llovía.

Circe: Oh…

Ulises, sin dejar de admirar su erección mañanera: Por qué dices que les temes.

Circe: Porque me excitan, bueno, no todo, sólo una parte de ellos.

Ulises, buscando desesperado un calzoncillo: No digas más, ¿que no sabes que para algo se hicieron las puertas?

Circe: Las arrancaste de raíz, ¿lo olvidas?

Ulises: Cierto, quería verte en todos los momentos, hasta en los más embarazosos…cuéntame, ¿por qué elevas las piernas después de hacer el amor?

Circe: Le enseño el camino correcto a tu semilla.

Ulises, cerrando los ojos: No estoy preparado.

Circe: ¿Preparado para qué, querido?

Ulises: Para darte un hijo, demasiado llamativo es mi ombligo todavía.

Circe, levantándose exaltada, buscando una ducha de rosas con vinagre en la gaveta: Si acaso se estuviera tramando un hijo en mi vientre me lo daría yo, que soy quien reventará en vómitos, en estrías, quien lo pujará. Después de eso, después, Ulises, puedes darle tu apellido y lucirlo, decirles a todos “Este es mi hijo, pero no me dolió ni la cuarta parte de una rasgadura.”

Ulises, estirando la mano: Regresa.

Circe, cerrando la gaveta y contando hasta diez: Sólo si me abrazas.

Ulises: Sí, ensayemos otro hijo.

 

II

Ulises, tirando sobre la mesa un billete con la cara de Mistral: Traje pan, huevos y chocolate.

Circe: ¿Los robaste? Regresas con el cambio exacto.

Ulises: No, vendí uno de tus poemas.

Circe, apartando la vista del libro de Neruda: Un poema mío nos dará cena y postre, no dejo de sorprenderme.

Ulises, mordiendo un trozo de pan: Apuesto a que estás leyendo la canción desesperada.

Circe, sonriendo: No, estoy con Las Fieras, te leo un pedazo, ¿quieres?

Ulises: Quiero.

Circe: “Se deseaban, se lograban, se destruían,
se ardían, se rompían, se caían de bruces
el uno dentro del otro, en al lucha a muerte,
se enmarañaban, se perseguían, se odiaban,
se buscaban, se destrozaban de amor,
volvían a temerse y maldecirse y a amarse,
se negaban cerrando los ojos.”

Ulises: No dejes de hablar, ese hombre nos describe, ¿lo conoces?

Circe: A penas le presté un poco de atención antes de hoy.

Ulises, comiéndose las uñas.

Circe: “ (…) y los puños de Rosía
golpeaban el muro de la noche, sin dormir,
mientras Rhodo desde su almena cruel
vigilaba el peligro de las fieras despiertas
sabiendo que él llevaba el puma en su sangre,                                                                           y aullaba un león agónico en la noche sin sueño
de Rhodo, y la mañana le traía a su novia desnuda,
cubierta de rocío, fresca de nieve como una paloma,
incierta aún entre el amor y el odio,
y allí los dos inciertos resplandecían de nuevo
mordiéndose y besándose y arrastrándose al lecho
en donde se quedaba desmayada la furia.”

Ulises, suspirando profundo: Me retracto, no nos describe.

Circe: Nada de pumas ni conejos, ya sé, eres un lobo.

III

Circe: Dormí como una bestia.

Ulises, mirando a las sombras por el hueco de la ventana: ¿Te has preguntado lo que sería salir a la calle a conocer sombras?

Circe, lavándose los dientes: No.

Ulises: Estabas vestida de fiesta cuando puse los pies en tu marina, ¿ibas a dónde?

Circe, sentándose sobre él: Venía de un entierro.

Ulises, besándole los hombros: ¿A quién despedías?

Circe: Creo que a mi padre, no lo recuerdo con exactitud.

Ulises: En mi entierro te quiero triste.

Circe: No asistiré a tu entierro.

Ulises: ¿Y eso por qué?

Circe: Porque para cuando estén bajando tu féretro a las entrañas mismas de la tierra, yo estaré poniendo mi cabeza en la soga.

Ulises: De todas formas hubiera venido por ti.

 

IV

Ulises, mirando con curiosidad el cuaderno de su mujer, una montaña inservible de poesía, que auxilia ahora la pata coja de la mesa: Hazme a mí también un poema que sepa a gloria.

Circe, poniendo en el plato de él lo que pretende ser una carita feliz: Mira lo que he hecho con la tocineta y los huevos fritos, es un alguien sonriente.

Ulises, empujando el plato hacia el lado, recogiendo del suelo el cuaderno, derrumbando la mesa: Es de esto de lo que te hablo, de poesía, de tu amor por mí demostrado a través de lo que pares.

Circe, haciendo como que no le escucha: Vamos al jardín, el viento hoy no existe y quisiera subirme al columpio.

Ulises, abriendo el cuaderno en la misma mitad: Mira esto, Circe, míralo, dime en qué lugar aparezco yo, en qué lugar me escribes enamorada. Si empleas mi nombre en algo tuyo es para hacerme el payaso del cual burlarte.

Circe, arrebatándole el cuaderno de las manos: La poesía para mí no es un pasatiempo, no es algo con lo que me interese mercadear, competir, ni siquiera se me antoja perfeccionarla, si escribo lo hago para liberarme, porque soy una burda olla de presión que no quiere estallarte en la cara. Gracias deberías darle a Zeus por no encontrarte tan a menudo en mis papeles manchados de lágrimas, de coraje, de veneno, gracias deberías darme a mí por amarte tanto como para no escribirte.

V

Circe, meciéndose sola a falta de viento

Ulises, en cuclillas, mirándola: ¿Me odias?

Circe, fijando la mirada en la niebla que se acerca: A veces.

Ulises, comiéndose las uñas: A otro si le escribías, al otro hombre que amaste, me refiero. Le fabricaste un pedestal que envidio, del que no se baja todavía.

Circe, escurriéndose las lágrimas: La silla siempre ha estado disponible para ti, que eres mi fin y mi comienzo. No tengo memoria de los meses anteriores al primero de agosto, no quiero saber a quién le escribí.

Ulises, parándose detrás de ella, preparándose para empujarla: Te refrescaré la memoria, odiabas a un hombre que no te quería, uno con mujer y perros, con una casa caliente en el otro extremo del mundo.

Circe, cayendo al suelo, llenándose todos los orificios de musgo: Veo que la historia se repite en tres de sus cuartas partes.

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Acto tres

I

Circe observa cómo se expande la sangre por sus rodillas- Se me harán costras- se lamenta.

Ulises ha entrado en la casa, dejándola afuera. Se niega a pedir disculpas: Realmente se merecía que la empujara.

Circe se pregunta dónde está el hombre que alguna vez le prometió no escribir sobre las heridas que otro le hizo y se estruja los ojos. Entra a la casa, cojeando. Él le acerca un vaso y le pide que beba. Minutos antes vació en él todo el contenido del frasquito de veneno que ella le regaló en su cumpleaños. Circe aún confía, traga el líquido, que supone inofensivo.

Ulises, mirando por la ventana- Estoy triste... por nosotros. Sólo cogemos.

Circe: Mientes. Hacemos el amor.

Ulises: Yo ya no hago el amor contigo.

II

Circe, frente a una fogata que él improvisó en medio de la sala, hace mucho tiempo, y que aún arde, echa a quemar las páginas secretas de su diario, las que Ulises no ha leído y ya no podrá: Vayan al infierno en paz, pequeñas mías.

Ulises, mirando las maletas abiertas sobre el sofá, mirándola a ella, como quien tiene que tomar una grave decisión, entrecierra los ojos y calla.

Circe, sorprendiéndose de pronto suspendida en el aire: ¡No me dejes ir hacia la luz!- suplica.

Ulises, escondiendo las manos detrás de la espalda: Es que aquí sólo hay una gran oscuridad que no mereces.

 

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«El adjetivo debe ser la amante del sustantivo y no la mujer legítima. Entre palabras van bien ligámenes pasajeros y no matrimonios eternos. De esto se desprende si un escritor es original».

Alphonse Daudet