-¿Así que le dijeron que yo conocí un poco a Pedro Lápite? -dijo después de beber un largo trago de vino-. Pues mienten, porque yo lo traté mucho, quizás demasiado. Y dicen verdad, porque nunca llegué a conocerlo del todo. Pero vea, amigo, esa es una historia que ya no interesa a nadie; yo no sé si usted es un periodista, un curioso o si lo envía ella, pero en este caso le advierto que estoy dispuesto a hablar, que no me atemoriza, y que lo haría aunque no me ofreciera estos pesos que tan bien me vienen.
La sala era amplia, de techo alto y estaba escasamente iluminada. Se llegaba a ella atravesando un vestíbulo del que partían numerosas puertas. El visitante fue invitado a sentarse; se le informó que el señor vendría enseguida. Mientras esperaba, se le impusieron los retratos familiares: patricios de cuello almidonado, jóvenes melancólicas, militares adustos, ancianas severas lo contemplaban impasibles desde un amarillo invulnerable. El visitante se movió inquieto en el sólido sillón de alto respaldo. Un lujo sombrío circulaba entre los tupidos cortinados de terciopelo oscuro. Uno de ellos se agitó levemente...
Pedro Lápite era un hombre alto, de huesos grandes y labios rígidos. Tenía la mirada fija del fanático o del hipnotizado. Estaba enfundado en un riguroso traje negro. Impresionaba vivamente el contraste con su rostro y sus manos de una blancura de yeso. Su cortesía era tan evidente como su distanciamiento. En vano el visitante luchó por mantener vivo el diálogo. Algunos minutos más tarde estaba de nuevo en la calle.
- Habrían transcurrido unos escasos diez minutos pero se me antojaron muchos más. En aquella ocasión, me acuerdo muy bien, había ido a presentarle mis condolencias por la muerte de su padre. Se habían cumplido dos semanas del entierro y era una visita de luto como se estilaba entonces. Pedro había sido siempre un tipo reservado, ya desde niño. Yo hacía muchos años que lo conocía, habíamos compartido algunos cursos en el liceo, pero nunca lo había frecuentado. Su padre al morir le legó una cuantiosa fortuna y una soledad enorme. Pero yo creo que su hurañez se vio acrecentada por los rumores que circularon acerca de las extrañas circunstancias de la muerte de don Pedro. La gente es muy dada a distorsionar, tergiversar, exagerar y otras cosas por el estilo, usted sabe. Por eso me pareció importante demostrarle apoyo en ese trance. Lo cierto es que a don Pedro lo sepultaron con la mayor reserva en la cripta familiar y ahí acabó todo. O ahí empezó todo. Un mes después del entierro Pedro partió. El viaje duró tres años. Se dice que recorrió Europa, parte de Asia y algunas regiones americanas. Un día inesperado volvió y se encerró en su desmesurada mansión para no salir durante otros tres años.
Tres meses habían transcurrido desde el regreso de Pedro Lápite cuando empezaron a llegar las cajas. Al principio a nadie le llamó la atención; era natural que un viajero con sus posibilidades económicas hubiese hecho una cantidad de adquisiciones. Pero cuando pasaron seis meses y las cajas seguían llegando casi diariamente la gente comenzó a murmurar y luego a inquietarse. Hubo quienes aventuraron que aquellos recipientes tan bien embalados contenían armas, basándose en los diferentes tamaños y en el peso; otros sostuvieron que se trataba de drogas, teoría que se debilitaba ante las cajas grandes; también se habló de animales vivos que allí vendrían narcotizados para ser objetos de posteriores experimentos y hasta hubo alguno que arriesgó la hipótesis de que se tratase de seres humanos.
Se cursaron denuncias a la policía, a la prensa, a diferentes sociedades de animales, a varias comisiones de defensa de los derechos humanos. Todo fue inútil. El abogado administrador se opuso terminantemente a que las cajas fuesen abiertas. Reivindicó derechos, presentó escritos, movió influencias y por tratarse de quien se trataba todo se solucionó. A ello coadyuvó que un mes después los envíos empezaron a espaciarse y al año casi habían cesado. La gente fue llamada por otros acontecimientos más urgentes, más novedosos. Sólo unos pocos conservaron viva la curiosidad. Intentaron sondear a la servidumbre valiéndose de la amenaza o el dinero pero nada lograron. Ya fuese por temor, por fidelidad o porque en realidad poco o nada sabían, los sirvientes coincidieron en una respuesta: había que preguntarle a la señorita Merisa, ella era la única que sabía todo lo que pasaba en la casa. Era bien conocido que tanto valía interrogar a la tumba del padre de Pedro como a la señorita Merisa, una mujer severa y de mirada intimidante que era su incondicional ama de llaves.
- La señorita Merisa... No habría de conocerla hasta mucho más adelante. En los años que siguieron no volví a ver a Pedro, primero a causa del largo viaje y después porque no recibía a nadie. Supe de él, como todo el mundo, a través de las habladurías y de algunos prudentes artículos de la prensa. Por otra parte, mi vida muy atareada de aquellos días no me dejaba tiempo para ocuparme de Pedro y sus excentricidades. Porque siempre fue medio raro, ¿me entiende? Algunos hasta decían que estaba medio chiflado.
-Lo cierto es que ya casi lo había olvidado cuando un día apareció aquí, en este Café, como un fantasma. Es como si lo estuviera viendo, mire, enfundado en un impecable traje gris pizarra, con el sombrero al tono y un largo paraguas en la mano. No saludó a nadie, fingió no verme y se desplazó con sus característicos movimientos lentos hasta una esquina del salón. Se sentó en aquella mesa, ¿ve?, pidió un café y allí permaneció durante una hora larga mirando a través del ventanal. En meses sucesivos siguió viniendo de tanto en tanto, siempre sin hablar con nadie, siempre encerrado en sí mismo. Una tarde me encontraba solo en esta misma mesa, leyendo novelas como de costumbre, cuando sentí a mi lado un ligero carraspeo: alcé la vista y allí estaba él, rígido y balbuceando algo a medio camino entre la disculpa y el saludo. Lo invité a sentarse y charlamos de viejos tiempos durante un buen rato. Ya anochecía cuando se despidió no sin antes invitarme a su casa. Como podrá imaginar, cavilé mucho antes de responder a su invitación. ¿Fuma? Este es un buen tabaco para armar, de esos que se consiguen cada vez menos.
- Sí, lo pensé mucho antes de aceptar la invitación. Al fin de cuentas Pedro nunca había sido mi amigo, no había pasado de compañero de colegio; durante años ni se había acordado de mí; además, era un hombre extraño con el que no tenía tema en común salvo algunos retazos de tiempo y previsibles anécdotas de estudiantes. Lo despedí prometiéndole una pronta visita pero con la íntima convicción de que no iría. Antes del mes me sorprendí llamando a la puerta de su imponente casa. Qué inconsecuente, pensará usted. En verdad, no sé qué me impulsó. Quizás el verlo tan solo, o un cierto afecto que en el fondo siempre le había tenido, o la posibilidad de tener acceso a su archivo familiar o, más probablemente, la tentación bien humana de acceder a un sitio poco menos que prohibido. De pronto fue todo ello junto o alguna razón más profunda que entonces no alcanzaba a discernir.
Las visitas se hicieron habituales. Una vez por semana el visitante se instalaba en lo de Pedro al menos por un par de horas. De la sala inicial derivaron hacia una habitación más confortable. Continuaban hablando poco y siempre del pasado; a Pedro parecía no interesarle el presente. Con frecuencia jugaban ajedrez mientras bebían deliciosos vinos dulzones. Cuando no jugaban el visitante aprovechaba para hojear periódicos extranjeros que Pedro recibía en abundancia y a los que apenas prestaba atención. Así transcurrieron casi dos años. Más de una vez se despidió con la decisión de no volver. Por uno u otro motivo siempre retornó. Una especie de acostumbramiento fue creciendo entre ellos.
- Una tarde de otoño, no bien llegué noté que Pedro estaba distinto. Se lo leí en los ojos. Nos pusimos a jugar al ajedrez pero advertí que no se concentraba. Aunque mantenía la vista fija en el tablero era evidente que su mente estaba en otra parte. Realizó unos cuantos movimientos torpes más propios de un principiante que de un jugador experimentado, tanto que yo me permití un par de bromas. De pronto levantó la vista, el rostro ligeramente sonrojado, los ojos brillantes de excitación, y mientras se estrujaba nerviosamente las manos me dijo que debía revelarme algo. Antes de que yo pudiera decir una palabra, agregó que en todo ese tiempo le había dado tales pruebas de amistad que él se sentiría feliz de poder confiar en alguien cuya discreción descontaba. No dijo más. Se levantó, indicándome con una seña que lo siguiera, y me condujo ante una puerta de sobrio repujado que, según yo había observado, permanecía invariablemente cerrada.
- Qué le parece si pedimos otra botella de vino?
La puerta se abrió y entraron en una semipenumbra opresiva. El visitante distinguió dos cosas: una consola a su derecha, en la que se apoyó, y enfrente un cortinado oscuro, de muchos pliegues. Pedro se dirigió al muro y manipuló una serie de llaves. Luego empezó a descorrer lentamente el cortinado -como un director que buscase extraer el mayor efecto posible de la escena- y transcurridos algunos centímetros lo abrió del todo con un tirón brusco.
- Las luces me cegaron. Recuerdo los grandes cuadros blancos y negros que daban al pavimento el aspecto de un enorme tablero, porque allí se clavó mi mirada. Pedro me tomó por un brazo y me hizo avanzar unos cuantos metros. Torsos brillantes, rostros resplandecientes, brazos y manos cercenadas, me rodearon apenas conseguí observar a mi alrededor. Por un instante sentí temor pero de inmediato comprendí que me hallaba rodeado de estatuas. Una hábil iluminación destacaba una cabeza, un tronco o unas piernas perfectas abandonando otras zonas a un débil cabrilleo o a las sombras. Al principio miré al montón, sin mucho discernimiento. Después entendí que me encontraba en una larguísima galería a cuyos lados se alineaban innumerables estatuas. Estas reposaban sobre pedestales y parecían surgir de hornacinas hondas de tinieblas. De tanto en tanto un busto interrumpía la serie. La luz era intensa sólo en las zonas que cubrían los focos. Dos veces doblamos a la derecha y la galería aún continuaba. Reconocí esculturas famosas como la Venus de Milo o la Victoria de Samotracia pero de otras muchas no tenía idea. Pedro, que me estudiaba sin disimulo, vino en mi ayuda en los casos que juzgó necesarios. Me señaló al Apolo de Belvedere, al bellísimo Apolo cazador de lagartos, a Afrodita en muy diferentes versiones. Vi también el Laocoonte, Atenea en una estela funeraria y una figura de Poseidón, su bronce oscuro resaltando entre el mármol blanco. Cuando calculé que nos aproximábamos al final de la galería empezamos a encontrar bultos cubiertos por amplios lienzos. Eran estatuas que estaban en restauración y por ningún motivo debían ser descubiertas, entendí. Me demoré unos minutos contemplando una graciosa Afrodita y al hacerle un comentario a Pedro advertí que ya no estaba a mi lado. Lo busqué en las cercanías, lo llamé discretamente, pero nada. Entonces la curiosidad me venció. Con mucha cautela, después de mirar hacia todos lados, comencé a levantar uno de los paños. A los pocos centímetros aparecieron los cascos traseros de un caballo en posición de salto o como si fuera a levantar vuelo, por más que esto resulte absurdo. Aunque no veía a nadie me sentí observado fijamente. Dejé caer el velo y enseguida regresó Pedro. "Vamos, quiero que conozcas mi taller" -me dijo.
- La pieza cuya puerta daba a la galería era amplia y estaba llena de focos. Una larga mesa ocupaba el centro y sobre ella se alineaban en aparente desorden herramientas, pedazos de mármol, grandes trozos de argamasa, miembros sueltos y hasta pequeñas figurillas. El resto de la habitación estaba poblado de estatuas o, mejor dicho, de una sola estatua que se repetía innumerables veces.
- Como ves -dijo Pedro-, la escultura es mi pasión. Lo ha sido siempre. Durante mi viaje encargué reproducciones de todas las obras que me fue posible admirar o contemplar. Contraté a los mejores artistas, exigí los materiales más nobles. En algún caso modesto me ofrecieron originales. Los rechacé no por avaro sino porque carecen de relevancia. Eso que llaman originalidad no existe, es una mentira. El artista griego que esculpió la Afrodita que hace un momento admirabas lo que hizo fue copiar innumerables Afroditas anteriores. Sólo detalles diferencias a las obras consideradas más bellas de todas las otras semejantes de su tiempo. Aun las llamadas creaciones más originales no son otra cosa que la recuperación de formas olvidadas con el tiempo o en otras culturas. Pero, lo que es más importante, hasta las llamadas obras maestras, si se observan con meticulosidad, revelan errores y pequeñas imperfecciones. Por eso yo me he consagrado a una obra única, en el afán de alcanzar la perfección. Como ves, no se trata ni siquiera de una figura entera sino tan sólo de una cabeza.
Más tarde, al despedirse, Pedro rogó al visitante que volviera, puso el archivo familiar a su disposición y le entregó un pequeño estuche de cuero repujado. Ya en la calle el visitante, curioso, abrió el estuche y a la vacilante luz de un farol espió el contenido: un espejo y una navaja relumbraron con estupor.
- Salí decidido a no volver, pero volví. Por esos años me interesaba la Historia. Soñaba con ser un gran investigador y destacarme con aportes originales a la historiografía nacional. Sabía que el archivo de Pedro guardaba documentos de sus antepasados, inaccesibles a quien no perteneciera a la familia, sobre los que se tejían conjeturas. Era mi oportunidad. No podía desperdiciarla. Lejos estaba de imaginar que aquella noche me estaba aguardando.
La segunda vez que el visitante pisó la galería el sol entraba de lleno por los amplios ventanales y todo lucía tan normal, tan cotidiano, que sintió vergüenza por su imaginación aprensiva. Volvió a quedar solo y entonces, como un desafío secreto, se encaminó a la zona de los lienzos. con nerviosa expectativa y algo de temor descubrió enteramente una estatua. Perseo en actitud de victoria empuñaba todavía el bronce. La otra mano había sido brutalmente cercenada. Por más que se había asegurado de estar solo, todo el tiempo se sintió observado.
- Las puertas que daban a la galería eran muchas, según fui descubriendo, y por ellas se accedía a salas también pobladas de estatuas. Pedro me dejaba solo en la biblioteca, donde estaba el archivo, pero en cuanto yo entraba en la galería o en alguna de esas salas me vigilaba discretamente. Siempre estaba allí puliendo, lustrando, retocando, acariciando, murmurando... Esto contribuía a acrecentar en mí una vaga sensación de amenaza que me acompañaba todos los días desde que llegaba hasta que me iba, ya muy avanzada la madrugada. Paulatinamente, fui dedicando menos horas al archivo y más a la compañía de Pedro. Pasábamos largos ratos contemplando las estatuas; aprendí a auxiliarlo en el pulido y en la delicada restauración.
- Esa noche, justamente, esa noche que ya no habría de olvidar, nos demoramos en una de las salas. Nos atareábamos con un fauno mientras una mucama, la única admitida en ese sector de la casa además de la siempre entrevista Merisa, se ocupaba de la limpieza del lugar. No de las estatuas, porque Pedro no permitía que las tocaran. Era una morochita de ojos dulces, aire sumiso y cara picada por la viruela. Circulaba siempre con la cabeza gacha y tan silenciosa como una sombra. Yo la observaba desde un espejo cuando la muchacha hizo un movimiento torpe y derribó con su plumero cuatro o cinco estatuillas de barro cocido que se encontraban sobre una repisa. Al intentar evitar la catástrofe quebró el cristal, se cortó una mano y las figuras igual se hicieron añicos. La sangre brotó abundante. Pedro, con un gemido ahogado de animal herido, se lanzó hacia ella. Lo creí afectado al ver la sangre, pensé que se apresuraba a auxiliarla, pero no, se agachó y comenzó a recoger los pedazos. De improviso surgió Merisa. Estaba de espaldas a mí. Me impresionó la rigidez de su nuca; recuerdo sus cabellos apenas domeñados en una viscosa trenza. Por largos segundos permanecimos inmóviles: yo junto al espejo, Pedro sosteniendo los trozos de barro, la muchacha con los ojos clavados en la mano herida que escondía dentro de la otra. Merisa la contempló durante esos segundos eternos, luego giró lentamente: su mirada se desplazó hacia Pedro, acurrucado y gimoteante, y enseguida se clavó en mí.
Se encontraba desnudo en una playa desierta. Corría desesperado huyendo de algo amenazante hasta el agobio. De pronto divisaba una remota silueta. Quería ir hacia ella pero sus pies se hundían en una arena crecientemente movediza. La figura se acercaba envuelta por completo en un velo negro. El pugnaba por zafarse pero el cerrojo ya alcanzaba su cintura. Detrás del velo distinguía con alivio la imagen de su madre. Se preparaba con anticipado deleite a recibir la caricia, el tierno beso. La figura se inclinaba, el velo caía y allí estaba ella: la mirada terrible lo helaba de espanto, las serpientes se deslizaban por su rostro, las manos de bronce lo asfixiaban...
- Esa pesadilla ya no habría de abandonarme. Me ha torturado porfiada durante todos estos años. La noche no me traía el descanso sino la amenaza siempre latente. Fueron muchas las ocasiones en que me aguanté despierto aunque los párpados se me caían y hasta me desplomaba del asiento incómodo que elegía a propósito; todo por miedo a dormirme y a que ella me visitara. Pero un tiempo después ya no respetó la luz y comenzó a visitarme también durante eso que llamamos vigilia. Yo podía estar en un ómnibus o en un bar charlando con alguien como con usted ahora o en la oficina y de pronto se producía algo así como un fogonazo: allí estaba la playa, la figura, el velo negro. A veces la serie de imágenes se continuaba hasta el fin, usualmente venían en forma de flashes breves y estremecedores. Era para enloquecer, se lo aseguro.
La brocha se movía con rapidez subiendo, bajando, formando círculos, acudiendo a cubrir algún claro. Estaba pronto; ahora le tocaba el turno a la navaja. Esta fue probada una vez más en su filo y en su temple e inició la diaria tarea raspando suavemente aquella piel endurecida por los años y el exceso de angustia. De improviso describió una absurda pirueta y desde escasos centímetros de la carótida se precipitó en el lavabo.
- Sí, usted no me creerá pero ese día casi me corto la garganta. Me disponía a afeitarme como siempre, como toda la vida; me había enjabonado con mi brocha y ya había comenzado a pasar la navaja cuando veo que sus ojos me acechaban desde el espejo. El horror, el odio, el hechizo casi me llevan a rebanarme el pescuezo. Desde entonces tomé precauciones. Primero corté el espejo de modo que al afeitarme no pudiese verme los ojos, pero después, no sintiéndome seguro, decidí rasurarme al tacto nomás. Al principio me costó mis buenas cortaduras, luego me habitué tanto que ya lo hago mecánicamente.
- En la Biblioteca sólo encontré palabras vacías: "La Gorgona tiene un simbolismo de madre terrible, o sea, lado destructor de la naturaleza. Hay quien dice que es un símbolo de la fusión de los contrarios, es decir, belleza y horror. Por ello excede las condiciones soportables por la conciencia y mata al que la contempla". No logré comunicarle a nadie lo que me estaba ocurriendo. Descarté sucesivamente al médico, al analista y al sacerdote. Me encerré todavía más en mí mismo pero no por una decisión heroica sino por no encontrar una salida. La única certeza que tenía era que no debía hablar con Pedro, si bien sabía -oscuramente sabía- que él era el único que podría entenderme. Y pude disimular bastante, más allá de que algún día me encontraron más extraño que de costumbre, y nadie hubiera advertido nada si no hubiera sido por aquel desgraciado incidente.
La piel cobriza lo cubría, lo buscaba, lo excitaba. Esa cobra sí que sabía enroscarse con antigua maestría. Hacía el amor como una cabra en celo. El sexo estaba a punto de estallarle pero ella sabía bien graduar las caricias, sus manos corriendo de un sitio a otro, no dejando zona sin explorar, sus senos ofreciéndose y escamoteándose en el momento justo en que su mano izquierda abandonaba la cadera sinuosa y se deslizaba hacia el bolsillo del saco y ella sacaba la lengua de los testículos y empezaba morosa a lamer hacia arriba se detenía unos segundos en el ombligo y su mano derecha ya empuñaba el acero y ella empuñaba ardorosa su sexo y ahora sin detenerse lamía hasta alcanzarle el rostros y los cabellos caían sobre él en cascada y ella lo miraba ofreciéndose en el colmo de la excitación... La navaja se abrió completamente y un alarido resonó en la habitación.
- Fue horrible. Yo apenas conocía a la mujer. Menos mal que advirtió mi ademán a tiempo y pudo escapar, pero se imaginará el escándalo que se armó. Le juro que en ese momento yo tuve la certidumbre de que ella me había alcanzado por fin. Tiempo y dinero me llevó arreglar el asunto. Estuve muy poco detenido aunque yo le temía más al otro encierro.
Se lo veía llegar al cementerio en las primeras horas de la mañana o cuando faltaban una o dos horas para cerrar. Siempre entraba por la puerta principal llevando un ramo de siemprevivas en una mano y un diario o un libro en la otra. Deambulaba un rato largo entre las tumbas aunque no parecía buscar ninguna en particular. De tanto en tanto se detenía ante un busto o una estatua y murmuraba palabras o sílabas ininteligibles. Después se sentaba con la expresión de un hombre que carga con una gran pena o un oscuro sufrimiento y que encuentra por fin un hálito de alivio. Los guardianes lo sorprendieron más de una vez entonando una melodía dulcísima que los conmovió con la tristeza que contagiaba. Al saberse observado, callaba de inmediato. Nunca habló con nadie, siempre rehuía las miradas. Más de una vez el guardián tuvo que avisarle que ya era tarde e iban a cerrar. Nunca dejó de acatar dócilmente las indicaciones.
- Sus agentes estaban por todas partes. El cementerio era el único lugar donde yo encontraba una cierta paz. Pedro también iba al cementerio pero nunca nos topamos. Después de aquella noche yo no volví a pisar la casa. Le confieso sí que fueron muchas las tardes en que rondé por las cercanías con la débil esperanza de que la casualidad me encontrara con Pedro. Pero fue inútil. Poco más tarde -acontecimientos terribles se sucedían en este país- las amplias ventanas de la planta baja fueron tapiadas y Pedro volvió a encerrarse.
- Cuando emergió, ya todo había pasado. Me parece verlo venir del cementerio adonde iba casi todos los días, recorriendo a paso lento esta avenida, mirando a uno y otro lado con esa expresión de deleite contenido que yo le había observado tantas veces en la galería mientras se arrobaba en la contemplación de sus estatuas. Hace unos meses dejé de verlo y hace unos días me enteré de su desaparición. Nadie sabe qué pasará con la casa. Unos dicen que la destinarán a Museo, otros a Biblioteca pública, otros a ambos fines. No sé, la gente inventa tantas cosas. Dicen que tampoco se sabe qué fue de Merisa. Hay quienes sostienen que volvió a su pueblo natal, hay quienes juran haberla visto en la casa. Mienten o prefieren ignorar. Yo sé muy bien dónde se encuentra.
- Venga -agregó incorporándose con un brillo afiebrado en los ojos-, yo lo llevaré hasta ella. Tenga este estuche por si es usted el elegido. Eso sí, llegado el momento no vacile en cortar.
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« ...lo más importante nunca se cuenta. La historia secreta se construye con lo no dicho, con el sobrentendido y la alusión».
Ricardo Pligia