Inesperado y elusivo es el mundo, pero su misma
contingencia es una riqueza, ya que ni siquiera
podemos determinar lo pobres que somos, ya que todo es regalo.
Jorge Luis Borges
¿Nos puedes platicar cómo fue tu primer encuentro con la escritura?
Se fue dando poco a poco, a una edad muy temprana. Cuando era un niño, tenía ya tiempo de estar muy interesado en la lectura en los cuentos, en las historias, en todo lo que uno se puede encontrar a esa edad y llegó un momento en el cual ya había leído todo lo que estaba disponible para mí en mi casa, en mis alrededores. Lo primero que hice fue no tanto escribir sino dibujar. Yo dibujaba historietas, pero nunca aprendí a sostener el lápiz, así que era muy problemático. Algún tiempo después, me encontré por puro azar con un libro, más o menos autobiográfico, donde Isaac Asimov explicaba sus comienzos como escritor y fue la primera referencia que tuve de que se podía ser un escritor, de que uno podía escribir sus propias cosas, publicarlas y trabajar de eso. A partir de ahí, estuve dejando y tomando numerosos intentos de escribir narraciones, artículos, cualquier cosa. No llegué a ver nada completo sino hasta 1987, cuando publiqué mi primer libro en Toluca.
¿Necesitas alguna atmósfera propicia para escribir, un lugar especial?
En estos días sí necesito cierta comodidad, no necesariamente confort, pero sí cierta atmósfera particular. Me ayuda tener música, aunque casi siempre termino no prestándole la menor atención. También me ayuda estar solo, sin distracciones, pero tampoco trato de crearme un entorno muy especial. En general, lo que necesito es esa posibilidad de concentrarme.
No hay una receta, no hay una fórmula que se pueda aplicar para que salgan de manera instantánea todos los cuentos y todas las historias.
¿Cómo vas construyendo el cuento?
Cada cuento se va construyendo de acuerdo con lo que exige. Como cada historia se origina de forma distinta, puede provenir de lugares diversos, del inconsciente, de algo escuchado en la calle o de otra historia incluso, puede ser efecto colateral de una historia que se leyó o de una que se escribió. Cada historia implica exigencias particulares, no sólo a los hechos de la trama, sino al estilo, a la técnica que se puede utilizar, no sólo para expresar lo que se va a decir sino para escribirla. Lo que he descubierto es que hay que estar atentos a lo que el cuento pide. La escritura es un reflejo de un proceso mental manifestado, de manera imperfecta, mediante la palabra escrita y es necesario averiguar qué es lo más apropiado para que ese proceso mental pase sin distorsión a la página. Así que cada cuento exige ciertas cosas particulares. Hay algunos que necesitan ir madurando a lo largo de años y hay otros que necesitan escribirse tan rápido como sea posible. Ya después se les corrige, como siempre sucede. Del mismo modo, hay textos que se emprenden a partir del final o de una imagen muy contundente y hay otros que se crean como quien va abriéndose paso por un camino inexplorado, uno no sabe adónde van a ir a parar, no se sabe cuál va a ser la conclusión ni por dónde se va a llegar a esa conclusión.
¿Qué tanto corriges tus cuentos?
Muchísmo. Me cuesta mucho trabajo dejar un texto. No soy de las personas que lo sueltan y ya. El problema es que la transmisión del proceso mental no sólo es imperfecta, sino que se encuentra con un montón de cosas en el camino. A veces el cuento mejora cuando uno está dispuesto a modificar lo que tenía en mente en un inicio, pero es muy difícil. Es necesario estar todo el tiempo alerta y atento a la posibilidad de que el cuento pierda frescura, pierda vitalidad, empiece a oler mal de tanto tenerlo ahí.
¿Cuáles son los principales elementos temáticos en tus cuentos?
Están cambiando siempre. De manera constante aparecen cosas distintas, pero creo algunos elementos que siempre están ahí flotando son el asombro o los hechos extraños que producen asombro, la extrañeza ante situaciones indescifrables o inexplicables, las reacciones de personalidades cotidianas ante hechos extraordinarios, los afanes de búsqueda -muchos de mis personajes están siempre metidos en una clase de búsqueda-, el propio acto de contar historias, el acto de imaginarse o de crearle más cosas al mundo no de nada más explorar lo que ya existe sino de imaginarse cosas que no existen y tratar de incorporarlas a un mundo ya establecido. Me interesa mucho sacar a colación esas imágenes engañosas que tenemos los seres humanos de nosotros mismos, en especial las que tienen que ver con nuestra estatura, nuestro tamaño, nuestra importancia.
¿Tienen límites temáticos tus cuentos? ¿Qué restricciones te impones al escribir?
No me impongo límites temáticos. Varios de los trabajos que están por salir son textos muy violentos y textos irónicos sobre ciertos temas, sobre ciertos modos de vida actual que son aceptados en silencio, que no se cuestionan. Mis restricciones son formales. No me interesa escribir textos sobre una fórmula, ni hacer homenajes o pastiches de un autor determinado o de un subgénero determinado y siempre ando buscando estructuras distintas, personajes distintos, modos de darle la vuelta a ciertas temáticas ya trabajadas, me interesa mucho ese tipo de innovación, aunque sea en un sentido muy limitado porque es muy difícil encontrar auténtica innovación en esta época. La misma época parece ir en contra de la aceptación de una idea así, pero, por lo menos, experimento con estos nuevos tratamientos y técnicas, para no aburrirme.
Así como sucede en el cuento «Los personajes», ¿alguna vez te han perseguido tus personajes para hacerte algún reclamo o agradecerte algo?
Cuando escribí ese cuento, yo no estaba seguro de lo que iba a suceder con lo que estaba haciendo. No todos los personajes que están ahí son míos, ni yo soy ese escritor, pero tiene que ver con esa inseguridad provocada por tanto que se había dejado de lado y que estaba abandonado. Cuando me llega a pasar algo así es sobre todo con personajes, con imágenes o trabajos que llevo mucho tiempo haciendo y que por alguna causa no consigo terminar. Me pongo a imaginar las situaciones que quisiera escribir y que no consigo hacerlo. Es una idea fascinante encontrarte con tus propios personajes porque de algún modo, como decía Borges, la irrealidad de los personajes puede contagiarse y viene la pregunta si no será uno también un personaje. Ese modo de pensar es más rico que tratar de fraternizar con las figuritas de papel, porque nos involucra más a nosotros, ya no digamos autores sino seres humanos. De las grandes cosas que hace la literatura es obligar a vernos con un poco más de sinceridad, con un poco menos de autoengaño, nos ayuda a comprendernos mejor. Con este tipo de textos podemos darnos cuenta que podemos ser dios o el demiurgo de nuestras creaciones, pero eso no quiere decir que en el orden de las cosas tengamos una estatura divina.
¿Tienes alguna preferencia por los temas urbanos?
En realidad no. Aparecen mucho las ciudades, pero tengo también mis textos campestres y rurales. No es una división que me parezca rica y que me estimule lo rural contra lo urbano. Son otras las líneas y partidas que yo me trazo con ciertas restricciones para escribir. Restricciones como estímulos, igual que las pensaba Calvino.
¿A cuáles de tus cuentos sientes más apego?
Hay varios que son muy entrañables. Me gusta mucho «Se ha perdido una niña» del libro Estos son los días -es un cuento que me ha procurado muchos amigos y que ha resultado muy entrañable para todos y eso me alegra-, «La partida», de El país de los hablistas, es un cuento triste, pero muy cercano, y me gusta mucho uno que se llama «La pasión según la sombra» del último libro y que me parece de lo mejor que he hecho en términos de forma. No sé con exactitud qué dice ni cómo fue recibido, pero en lo que concierne a ese exámen que hace uno solo, cuando ya no está con nadie, sobre los posibles méritos del trabajo propio, es uno de los textos en los que sé que hice mi mejor esfuerzo y logré todo lo que me proponía hacer. En lo íntimo, es un cuento muy querido para mí.
Algunas de las características de tus cuentos son el ritmo vertiginoso, el sentido del humor, el delirio. ¿Qué importancia tiene para ti la oralidad en el proceso que los origina?
Pasa algo muy curioso. No soy de las personas que leen textos en voz alta mientras los escribe o que los propone para escucharlos en voz alta mientras los va trabajando, más bien voy componiendo a la hora de escribir, voy figurándome ese ritmo hablado. Ésa es una parte de las que más trabajo me cuestan y por las que siempre estoy revisando, buscando términos que acaben de cuadrar para que el flujo del texto no se interrumpa. Me importa mucho eso. Hace tiempo estuve en grupos de teatro y se me quedó cierto entrenamiento y gusto por la oralidad. En cada libro trato de elegir un par de textos que se presten para leerlos con más elaboración en voz alta, para darles intenciones y hacer algo más dramatizado. No todos los textos son así y hay algunos que no se pueden leer. De lo último que he estado haciendo han sido textos con medida. Quién sabe qué va a pasar con eso y si va a llegar a algún lado el proyecto. Es un poco el modo de las primeras novelas de Daniel Sada, que lo que hace es juntar octosílabos. Tiene trabajos prodigiosos con esa técnica, una novela que se llama Albedrío, que es una maravilla, y Porque parece mentira, la verdad nunca se sabe, que parecen corridos. Lo que estoy escribiendo son textos a partir de sonetos. En lugar de octosílabos, uso endecasílabos.
Siempre me ha interesado mucho que el cuento tenga capacidad de fluir rápido, de no atropellarse; es tanto una cuestión de armado de la trama como de ritmo.
¿Hay algún espacio en tu escritura para la poesía?
Yo quisiera que sí. En la medida que puedo, inserto poesía en mis cuentos. He tratado de escribirla, pero no me acaba de gustar lo que sale. Siempre me ha gustado el poema en prosa y, por otro lado, usar a la prosa para transmitir ese tipo de imágenes y de música. Por eso me gustan mucho esos experimentos que hizo Sada y también esas prosas breves que tiene Borges en El Hacedor, que son poemas, o Francisco Tario en Equinoccio, o textos de Cortázar, Robert Walser, etcétera. Siempre me ha interesado todo eso.
¿Qué autores lees de manera constante?
Trato siempre de estar buscando nuevos, de no encasillarme en una sola cosa. Aunque Jorge Luis Borges siempre me persigue y bienvenido sea. Fue la gran lectura de mi formación; como a los trece años leí por primera vez a Borges, el cuento «Tlon, Uqbar, Orbis, Tertius», que fue publicado en la revista Ciencia y Desarrollo. En aquel entonces, yo leía esa revista por los cuentos, y fue una gran sorpresa encontrarlo. Sobre todo, porque es un cuento que no tiene nada de científico, es anti-científico, destruye la lógica del mundo en el que está montado. Es un cuento que te deja más dudas que certidumbres para toda la vida. Ésa fue una gran experiencia. Otros autores que están revoloteando todo el tiempo son Edgar Allan Poe, Cortázar de los cuentos más que de las novelas (son superiores a éstas), Mario Lebrero -un autor uruguayo casi desconocido que es una enorme influencia; su obra no ha sido recogida, pero es un gran autor secreto, de una imaginación preciosa-, Lewis Carroll, Kafka y los poetas José Carlos Becerra y William Blake, que fueron mis primeros encuentros con la poesía y siempre regreso a ellos. Descubrimientos tardíos a los que también acudo son: Milorad Pavic, escritor serbio, con su Diccionario jázaro, que es un tesoro de imaginación; Alan Moore, guionista de cómic, con un estilo muy sabroso y una gran imaginación. En la última década, descubrí a Vila-Matas y me parece un gran autor, Haruki Murakami y Roberto Bolaño. Murakami se ha vuelto muy famoso no por las razones apropiadas, creo yo, porque se publican sus novelas, pero sus cuentos son superiores. Todo lo bueno que tiene Murakami en sus novelas, está concentrado en sus cuentos.
¿Cómo ha sido el encuentro con la minificción?
Va y viene. Un proyecto puede ser puras minificciones como Grey, mi último libro, y otro puede ser un texto de muy largo aliento o incluso una novela, como la que acabo de terminar. A mí las minificciones me salen, como le salían a Calvino, es decir, por medio de una idea, que es el detonador inicial, un principio que rige una serie de cosas que se van componiendo. En Gente del mundo, la idea era inventar un libro de antropología imaginaria. Cada texto es una variación para describir un pueblo distinto. Así van surgiendo y he tenido la suerte de que aparecen de manera constante. Surgen estos impulsos para hacer proyectos muy bien definidos, muy bien delimitados en su base, pero que permiten una gran multiplicidad de cosas. La multiplicidad y el juego de las variaciones es otro elemento que me interesa mucho. Incluso cuando estoy haciendo textos de largo aliento, me resulta muy natural irlos armando mediante fragmentos. Además, me parece una idea interesante: jugar a hacer un texto largo, pero no caudaloso, no jugar a esa ficción que es como una gran corriente que te lleva, sino, al contrario, y además muy contemporáneo, pensar en el texto
como un rompecabezas que se va ensamblando para llegar a una escritura con la contudencia y el filo de la minificción.
¿Tomas notas?
Sí, pero de manera muy caótica. Una vez quise llevar un diario y me aburrí.
¿A qué otra forma artística te sientes cercano?
Al cine y a la música. Me interesa mucho ver y discutir el cine. Varias de las mayores afinidades que tengo son no sólo con escritores, sino con cineastas. Kubrik a su modo me es tan preciado como Borges.De música me encanta encontrarme con cosas raras. Tengo cierto resquemor contra esta postura muy común que asumen algunos de yo ya lo vi todo. Es una pose que me aburre. Lo que hago siempre es buscar cosas que no haya descubierto. Estoy convencido de que por muchos resúmenes que se puedan encontrar en la red, por ejemplo, la riqueza del mundo es muy difícil aprehenderla en una sola vida.
¿Qué influencias literarias y no literarias tiene tu escritura?
Hay influencias muy profundas que pueden venir de la música que escucho o de quien fui en el pasado, de esas cosas extrañas. En concreto son tres: la música,el cine, el cómic,que me interesa mucho y, sobre todo, me gusta jugar con ciertos elementos formales. Por ejemplo, Moore juega de manera muy curiosa con la página impresa; tiene, al mismo tiempo que las imágenes, una o más cadenas de textos que se van sucediendo de cuadro o cuadro pero que no son diálogos, no son explicaciones de las imágenes, sino que van aparte. Son dos corrientes paralelas del discurso y no sólo corren paralelas sino que a veces se entrecruzan y comentan unas a otras. Es muy interesante. No se puede hacer más que en cómic y no he encontrado otros juegos con el discurso más ricos que eso y en ocasiones he tratado de pasarlos al papel.
La cuarta influencia es el entorno más inmediato, lo más íntimo. Eso nunca se manifiesta como referencia autobiográfica en lo que hago, pero hay cosas muy cercanas, sobre todo en los últimos 10 años. Ciertas experiencias muy íntimas siempre acaban saliendo por la hoja. Desde hace 4 años tengo un gato y, de algún modo, ciertas cosas del trato con él, producen impresiones, ideas, reflexiones que llegan hasta los textos. Uno de los proyectos que tengo ahora, ya avanzado, es un libro sobre animales, que no se hubiera desarrollado del mismo modo, ni hubiera tenido el mismo sentido, de no haber mediado la coexistencia con el animal.
La imaginación es lo que nos mantiene con el pensamiento alerta y nos salva del tedio. ¿Qué le dirías al lector o a cualquier persona sobre la imaginación? ¿Cómo puede hacer uso de ella? ¿De qué le puede servir?
No renuncien a la imaginación. No crean que por ser intangible y por no dar beneficios económicos inmediatos carece de valor. La imaginación es lo que nos da consuelo y esperanza, pero también es esa facultad del alma que nos permite comprender mejor no sólo dónde están nuestras limitaciones sino también cuáles son nuestras posibilidades y eso va más allá de lo literario.

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