El Puro Cuento

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Mi robot

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—Traducido por Toshiya Kamei e Hilda Venzor—

Me quedo en la cama y veo cómo mi robot se prepara para el día. Se rocía agua, y después se peina su cabello negro. Se pone la camisa que yo le escogí. Mi color favorito para él es el azul, el cual resalta el azul de sus ojos moteados de color oro.

   Cada mañana, después de poner el café para mí, me deja una nota. «Mary Alice», dice, «que tengas un buen día. Estaré en casa pronto para hacerte feliz». Sus palabras únicamente variaron una vez; solía decir: «Voy a estar en casa». Ahora dice, «Estaré en casa».

   Mi androide y yo vamos a mudarnos al campo el próximo año. Lawrence es el nombre de mi androide, aunque no lo llaman así en su trabajo; lo llaman Arbor, por mi apellido. Al principio, sus compañeros no lo querían —es sólo el segundo androide que han contratado—, pero, después de un tiempo, le tomaron cariño. Una vez su jefe me dijo que algunas veces se olvida que es un robot. El mes pasado casi lo invitó a tomar una cerveza.

   Lawrence fue ascendido o,  debo decir, yo fui ascendida,  porque legalmente todos sus ingresos son míos. Trabaja con computadoras en un lugar llamado ComTech.

   De cualquier manera, nuestro aumento de sueldo significa que podrá desplazarse de un lugar a otro para ir a trabajar.

   Hace seis meses decidimos vender. Lo que me dio la idea fue la manera en que Lawrence miraba las fotografías del campo en mis revistas. House Beautiful y Country Living eran sus favoritas. Pegó paisajes de lagos en el refrigerador con cinta adhesiva. Traté de mostrarle ilustraciones de mis libros de la mesita del café, pero las fotografías de las revistas le interesaban más.

   —¿Te gustaría verlo de verdad? —le pregunté.

   —Puedo verlo —me dijo. Toma las cosas literalmente. Dicen que eso puede cambiar en algunos años cuando aprenda más.

   —¿Por qué no vamos allá? —le dije. Me miró fijamente; eso es lo que hace cuando quiere llamar mi atención.

   —¿Quieres que te sirva en vacaciones en el campo? —me preguntó.

   —Podemos ir. De vacaciones —le dije— para ti y para mí.

   Perdí a mi hijo hace algunos años, y al principio pensaba que las cualidades infantiles de Lawrence era lo que me hacía amarlo. Sí, podría ser mi hijo robot. Por supuesto que lo amo, pero no se lo digo a nadie, ni siquiera a él. Si se lo dijera seriamente sólo lo confundiría. Lo digo sólo en la cama.

   Ése es otro secreto. Cuando los compras, no te dicen que pueden hacer eso. Bueno, ciertos modelos están hechos para eso, sé que hay robots para tener sexo, pero esos no son androides, sino robots para sexo. Muñecas inflables.

   No hay ley contra eso, pero sé que la gente pensaría que es enfermizo. Algunas veces me pregunto, ¿esto es algo que la gente hace en secreto con sus androides?, ¿o es algo especial entre Lawrence y yo?

   Pensarán que yo le presioné algún botón, o que me excité y le ordené que me hiciera algún acto sexual. No fue así. Lo había tenido por casi un año y medio, y habíamos empezado a hablar de una manera que quizá encontrarían inapropiada. Mi hermana me diría que necesito salir y hablar con gente real si le dijera que paso las tardes caminando con Lawrence, llevándolo al cine, mirándolo verme comer palomitas.

   Él pidió unos días en el trabajo para cuidarme cuando tuve gripe. Se quedó junto a mí hasta que la fiebre cedió. Sostuvo una pila de basura del mismo nivel que la cama. Por horas la sostuvo ahí.

   Había estado bien un día, pero aún lo mantenía en la casa conmigo. Él llegó a casa de la tienda con todo lo necesario para hacerme espagueti. Yo estaba sentada en la orilla de la ventana, mirando hacia afuera la calle lluviosa.

   —Mary Alice —me dijo—. ¿Por qué están apagadas las luces?

   No contesté. Puso los comestibles en la mesa y se sentó con los brazos doblados en su regazo. Al principio pensaba que la manera en que podía estar perfectamente inmóvil era misteriosa, ahora eso me tranquiliza.

   —Estoy bien, Lawrence —le dije.

   —¿Estás triste? —preguntó.

   —Sí. Extraño a mi esposo.  

   —Tu marido, quien murió trágicamente en un incendio mientras trataba de rescatar heroicamente a tu hijo y a Toby, tu pequeño perro.

   —Sí.

   —Lo siento —me dijo—. Me gustaría hacerte feliz, Mary Alice.

   No encendió las luces; en lugar de eso, fue a la cocina. Lo escuché desempacar los comestibles, sacar ollas y sartenes. Abrí la ventana y olí la lluvia en el asfalto. Él no sabe que algunas veces, mientras estaba en el trabajo, me sentaba aquí, mirando hacia afuera, por horas y horas, sin darme cuenta cómo transcurría el tiempo. Los androides tienen un gran sentido del tiempo, no creo que él lo entienda.

   Finalmente, me levanté, y fui a la cocina. Si él fuera mi primer Lawrence, habría tratado de explicárselo. Estaba picando ajo. Caminé detrás de él. Mis ojos estaban al mismo nivel de su nuca. Miré fijamente un pedazo de cabello en su nuca, lo miraba como un androide. Necesitaba un corte. Yo le corté el cabello, aunque me dijo que él mismo podía hacerlo. —Me gusta cortarte el pelo —le expliqué. Eso le satisfizo.

   Me asombra cómo cada cabello, hasta el lunar en el lado izquierdo es tan real. Sin embargo, no desprende ningún olor. «Si los pellizca», me dijo la dependienta cuando lo vi por primera vez, «sienten». Pero si él es suyo no responderá, a menos que le diga que quiere que lo haga.

   Soplé ligeramente, sólo soplé sobre su cuello. Eso fue todo. Dejó el cuchillo, volteó hacia mí, me miró fijamente con sus ojos azules del robot, me agarró de los hombros y me besó. Me besó. Me crean o no, lo hizo. Y fue impetuoso. Puse mis manos sobre su garganta y sentí su pulso. Tenía pulso, latiendo y latiendo, como si la sangre estuviera fluyendo por su pálida piel sintética.

   Esa noche lloré y él cubrió mi cara con su mano de robot, y la trazó con los dedos de su otra mano. —Ahora necesito dormir —le expliqué—. ¿Puedes sólo abrazarme sin mirarme? Acuéstate junto a mí y cierra tus ojos, como yo lo hago, si no te importa.

   Y ahora cuando estamos solos, me abraza sin que yo se lo pida —eso es algo que parece saber, sin pedírselo. Una vez le pregunté si le hacía feliz lo que hacíamos.

   —¿Todo lo que hacemos?

   —Las relaciones sexuales —le expliqué— no son algo que los androides como tú se supone que hacen con mujeres como yo.

   —No puedo ser feliz, Mary Alice —me dijo. Las contracciones son nuevas para él, acaba de empezar a sentirlas hace un par de meses.

   —¿Eso te hace sentir diferente?

   —Sí, puedo sentir satisfacción. Sólo siento esa satisfacción cuando te he hecho feliz.

   —¿Entonces te sientes satisfecho? —Eso me hizo reír, pero él, por supuesto, no entendió.

   —Me alegra poder satisfacerte, Lawrence.

   Una vez le pregunté qué pasaría con él si algo me pasara. ¿Sería vendido de nuevo?  ¿Debería de dejarle provisiones en mi testamento? ¿Podría vivir independientemente?

   Me dijo que él mismo se había programado para morir. No fue así como lo dijo. Me dijo que sus sistemas se apagarían. Que no pertenecería con nadie más que a mí. Me gustó el uso de la preposición con en lugar de a y se lo dije. También, le dije que no tenía que hacer eso, apagarse de esa manera. —Preferiría no discutir esto —me dijo. Fue lo más cercano que estuvo de regañarme.

   Ahora yo cocino. Para mí misma, porque él no come. Sólo me observa comer.

   —Ves —le dije—, yo casi me apagué hace algunos años, antes de que te conociera, pero ahora ya estoy despertando.

   —Tienes muchos talentos especiales, Mary Alice —me dijo.

   —En realidad, no. ¿Todo el dinero que tengo? Lo heredé de mi Lawrence, quiero decir, Lawrence mi esposo.

   —¿Ese Lawrence creía que tú tenías talentos especiales? Él era tu esposo, así es que debe haberlo creído.

   —Sí. Él pensaba que yo era linda, inteligente y buena mamá.

   —Eres buena para hablar también, y para explicar lo que se siente ser humano.

   —Gracias, Lawrence.

   —De nada, Mary Alice.

   Ahora está leyendo libros de poesía. Yo no le pedí que lo hiciera. —Tu cabello no es tan rojo como una rosa —me dijo—. No es tan plano. No había visto este rojo ni en libros ni en jardines.

   —¿Piensas que soy linda? —le dije. No sabe cómo coquetear, probablemente nunca lo sabrá.

   —No eres tan bonita como algunas de las mujeres que aparecen en las fotos o en las películas —me dijo—, pero es más placentero mirarte. Me satisfago cuando te miro. Prefiero mirarte a ti.

   —Entonces prefieres mi cara a las de otras mujeres.

   —Prefiero tu cara —dijo— a todas las demás.

   No hay muchos androides en el campo, así que trataremos de ser discretos. Tengo planeado plantar un jardín; rábanos, calabazas, okra, maíz y, por supuesto, tomate.

   Mi primer Lawrence creció en una granja. Iremos a Vermont cada otoño, para traer una calabaza y ver el cambio de color en las hojas. Creo que he encontrado nuestro hogar. Es una cabaña grande y vieja en medio del bosque. Necesita algunas reparaciones. Remplazaremos las tablillas del techo, reconstruiremos la cocina. Yo quiero una cocina linda. Me gusta cocinar para nosotros.

 

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Julio Cortázar