El Puro Cuento

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INANICIÓN

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Inanición

 

YAGO:

La noche y el infierno

asistirán al parto de mi engendro.

William Shakespeare, Otelo

 

 

Estimado Director Sánchez-Navarro:

 

A diferencia de lo que sucede con la mayoría de los hombres, he aprendido, no sin arduos esfuerzos, cabe destacar, a eliminar la culpa y los remordimientos de mi conciencia. De suerte que las líneas que está por leer no son, bajo ninguna circunstancia, una confesión, ni mucho menos un escrito para sanar mi alma. Lo haré, eso sí, con el fin de que aproveche el relato lo mejor posible. Deseo que monte una nueva obra teatral, será bien recibida se lo aseguro, claro, siempre y cuando logre articular con lo que sigue un libreto inteligente. Si me permite la sugerencia, el siguiente título provoca en mí, un hondo sentimiento de satisfacción y bienestar: Inanición...

 

Como de costumbre, el viernes por la noche había función en el foro Miguel Ángel Asturias. Acudí, entre otras cosas, porque Alejandro, su hijo, debido a su irrevocable dictamen, haría el papel de Yago en la famosa obra de Shakespeare. Debo decir que es un personaje delicioso, un demonio perfecto. No cualquiera puede ser Yago, debe haber algo dentro de las entrañas del actor que guarde semejanza con el personaje. Estoy convencido que, la verdadera crueldad es imposible buscarla, se nace con ella y su hijo, carece de tal cualidad.

 

En fin, al terminar la función, lógicamente enfurecido por su decisión que aún escuece mi orgullo, esperé en la barra del bar a que Alejandro se diera un baño. Tras ello, salimos inmediatamente con dirección a mi casa, teníamos cita con Josefina, la escritora por aquello del libreto que nos encargó su compañía. En el transcurso, conversamos sobre ella; a ambos, desde que tengo memoria, nos parece brillante. Para pronto, llegamos a casa. El frío era excesivo, empañaba cada una de las ventanas de mi hogar, de modo que nos bebimos un par de whiskeys para calentarnos. Cuando Josefina llamó a la puerta, llevábamos escritas, a lo mucho, un par de cuartillas; francamente estábamos en la peor de las disposiciones creativas. Bien sabe que el teatro además de engorroso, es vil y miserable. Así pues Director, Josefina encendió, como siempre, con su peculiar manera, un cigarrillo y comenzamos una nueva escena.

 

Reconozco porqué, pero en cambio, intento recordar, mas no sé, exactamente, de dónde surgió la idea tal cual; supongo que de algún texto de Rubén Damasco, o de los grandes versados sobre el tema como Roberto Sorenstam, René Atri o Lorena Esteva. El caso es que, particularmente, había estado, desde hacía tiempo, obsesionado por probar la carne humana. Para ser exacto, a Josefina, le regalé El Arte de la antropofagia que, sin duda recomiendo y, para mi fortuna, le fascinó tanto como a mí. Ella y yo que, desde hacía tiempo salíamos únicamente por el magnífico placer de fornicar, habíamos tenido hondas discusiones sobre dicho tópico. A Josefina le parecía demasiado cruel comer la carne cruda y a mi, por el contrario, comerla asada, excesivamente cursi. Puedo recordar también que, en ocasiones anteriores habíamos discurrido sobre la parte del cuerpo que comeríamos; para mi sorpresa en eso no hubo pugna alguna, los dos convenimos que lo más sabroso serían los sesos.

 

El plan salía a la perfección. Alejandro estaba inundado de tristeza; su actuación había sido terrible, la peor desde que inició en el taller de teatro, y cómo no iba a ser, en su momento se lo advertí señor Director, su hijo escribe no actúa. Para borrar ese inmenso despecho el chico decidió embriagarse. Nuestra previsión fue contundente. No paró hasta terminar con la botella de un scotch que, siendo sincero, nunca me ha convencido del todo. Grave error que heredó de usted, querido Director. En menos de cuarenta minutos estaba tumbado, con los ojos en blanco y respirando por la boca. Acto seguido, le amarramos el cuerpo con cinta canela, con cuerdas y sábanas, dejando solamente visible su rostro. Después decidimos sellarle la boca con cinta de aislar por si acaso volvía en sí.

 

Lo llevamos cargando a la cocina. A pesar de ser menudo de complexión, nos fue sumamente difícil trasladarlo, ¿sabe? Una vez ahí, en el pulcro suelo de mi cocina, listos para principiar, Josefina y yo, nos hicimos de cubiertos: algunos trinches y unos cuantos cuchillos. Ella levantó delicadamente el párpado de Alejandro, inmediatamente el ojo color verde de su hijo se hizo notar, daba vueltas como si soñara. En el epílogo de la suculenta obra Cocina Humana de René Atri leímos que no era necesario quebrar el cráneo para acceder al cerebro. Extraer un ojo era una posible vía, mucho menos aparatosa y sí, más sencilla.

 

Y así lo hicimos. Sumergí de un golpe cuanto pude, el cuchillo en el ojo de su hijo. Hubiera sido un grito ensordecedor pero, dada la cinta que cubría sus labios apenas se dejó oír un sonido como de mecanismo atrofiado «orgh». Alejandro comenzó a moverse, era como un mejillón vivo cuando le exprimes limón, pese a ello Josefina no le soltó ni por un instante. A partir de ahora, para mi despecho, la escena se hizo acompañar de música ruidista: lamentos, quejidos y el particular «orgh» que su vástago emitía desde lo más profundo de su garganta. Jamás pensé que Alejandro fuera tan cobarde… De cualquier modo, el globo ocular es dañino para la salud así que lo tiramos al cesto de basura.

 

Con el cuchillo piqué, rasgué, corté y nada, decidí mejor, levantarme por un martillo y una cuña; después de unos minutos de golpear la cuenca, del fondo, entre ríos de sangre brillante y oscura, emergió como de aquél mar rojo, del color mismo de la perla, un pedazo de exquisito cerebro. Era blanco, sí, blanco como el marfil y suave como el algodón. Con la ayuda del tenedor y el cuchillo corté un pedazo y lo dirigí, directamente a mi boca. Tras eso, Josefina y yo comimos hasta empacharnos. Naturalmente, fui yo quien devoró la mayor parte del cerebro de su hijo Director. No sé qué tienen los Sánchez-Navarro pero en el fondo, créame, son más insípidos de lo que aparentan. Por ahora, apenas llevamos el torso, sino mal recuerdo un brazo y las nalgas; los genitales, pequeños pero prometedores, y la lengua, demasiada larga, la estamos reservando para las visitas.

 

Debe admitir buen Director que, <<Inanición>> es un gran título. ¿Usted qué opina?

 

Saludos cordiales,

Ernesto Boccaloni

 

PD. Siempre quise ser Yago…

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